Universidad Nacional Autónoma de México • Instituto de Investigaciones Sociales

The Touraine Boys and the pobladores’ impossible social movement

Alexis Cortés**

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* Artículo ganador del XI Premio Iberoamericano en Ciencias Sociales, promovido por el Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México, bajo el título “Los Touraine Boys y el movimiento social (imposible) de los pobladores chilenos: análisis crítico de una intervención sociológica (1985-86)”, el cual fue ajustado para cumplir con los criterios de edición de la Revista Mexicana de Sociología. El texto es resultado del proyecto de investigación Fondecyt 11140336.

**Doctor en Sociología por el Instituto de Estudios Sociales y Políticos de la Universidad del Estado de Río de Janeiro (iesp-uerj). Departamento de Sociología de la Universidad Alberto Hurtado. Investigador responsable del proyecto Fondecyt 1200841: “Radiografía del pensamiento crítico latinoamericano: las antologías de Clacso como aproximación a un canon regional”. Temas de especialización: sociología de las ciencias sociales, sociología latinoamericana, sociología de los movimientos sociales y pensamiento crítico. Erasmo Escala 1884, Región Metropolitana, 8340577, Santiago, Chile.

El autor agradece a Sebastián Ureta por su apoyo para pensar el proyecto que dio origen a esta publicación, a Geoffrey Pleyers por sus comentarios críticos e inestimable apoyo para realizar la investigación, y al equipo del proyecto, especialmente a Isabel Yáñez y César Luzio.

 

Resumen: En el ocaso de la dictadura chilena, un grupo de investigadores aplicó el método de intervención sociológica de Alain Touraine al movimiento de pobladores cuando se definía la forma de transición a la democracia en Chile (1985-1986). La conclusión —los pobladores no correspondían a un movimiento social, sino a uno imposible— habría contribuido a consolidar la vía pactada de democratización que excluyó a actores sociales como los propios pobladores. Aplicando el concepto de performatividad de las ciencias sociales, este artículo investiga en qué medida la sociología fue decisiva para la definición de las coordenadas que orientaron la transición democrática chilena.

Palabras clave: performatividad, intervención sociológica, Alain Touraine, movimiento de pobladores, movimientos sociales, transición democrática.

Abstract: In the twilight of the Chilean dictatorship (1985-1986), when the form of transition to democracy was being defined, a group of researchers applied Alain Touraine’s methodology of sociological intervention to the pobladores’ movement. Their conclusion that the pobladores were not a social movement but an impossible social movement could have contributed to consolidate a negotiated form of democratization that excluded social actors like the pobladores. Applying the concept of social science’s performativity, this paper investigates to what extent sociology helped establish the coordinates that oriented Chile’s transition to democracy.

Keywords: performativity, sociological intervention, Alain Touraine, pobladores’ movement, social movements, democratization.

 

A comienzos de la década de los años ochenta, la dictadura militar chilena debió enfrentar una serie de protestas, convocadas originalmente por sindicatos mineros debido a la crisis económica. Si bien al inicio estas movilizaciones contaron con apoyo de amplios sectores y de toda la oposición política al régimen, posteriormente se radicalizaron, desbordando a sus convocantes; entonces reapareció como actor protagónico el movimiento de pobladores (Delamaza y Garcés, 2012). La periferización urbana de las protestas y la rearticulación de organizaciones populares pusieron nuevamente en el primer plano político y académico a los pobladores.

Sin embargo, este movimiento ya había alimentado, a lo largo de su trayectoria, una rica imaginación sociológica (Cortés, 2021). Prácticamente desde finales de los años cincuenta, no hubo teoría que buscase comprender América Latina que no incorporase el fenómeno de las barriadas y sus efectos sociales/políticos. Aunque inicialmente las preocupaciones de las ciencias sociales se concentraron en las consecuencias negativas que la (anti)urbanización popular traería, el paso siguiente fue la valoración del papel disruptivo de su acción en la esfera política, destacando sus potencialidades para la consecución de cambios de carácter reformista o revolucionario (Garcés, 2015). Sin embargo, el golpe de Estado de 1973 pareció ponerle fin a este movimiento.

¿Cuál sería el papel que cabría a los pobladores en la democratización? ¿Quién canalizaría políticamente la energía liberada por las protestas en los barrios populares chilenos? Ambas preguntas fueron simultáneamente formuladas por los actores políticos que buscaban terminar con el régimen de Augusto Pinochet y por el mundo académico que, congregado principalmente en centros de estudios independientes, había hecho del retorno democrático su principal agenda de investigación (Garretón, 2014). Los primeros se agrupaban en dos vertientes opuestas: los partidarios de una vía rupturista que identificaban en la movilización y en los pobladores la principal posibilidad de triunfo; y los apoyadores de una vía pactada de transición a la democracia, basada en el respeto irrestricto del itinerario de transición institucional predefinido por el régimen, para quienes la radicalización de los pobladores, notoriamente entre los más jóvenes, era una potencial amenaza a esa arquitectura.

El mundo de las ciencias sociales chilenas dialogó directamente con estas preocupaciones, buscando establecer las potencialidades y las debilidades de los actores sociales que volvían a escena tras el abrupto quiebre del golpe de Estado (Angelcos y Pérez, 2017; Iglesias, 2017). Teóricamente esta agenda fue subsidiaria de los debates sobre los Nuevos Movimientos Sociales que en plenos años ochenta renovaban la preocupación por una acción colectiva menos centrada en el Estado y más anclada a las subjetividades (Touraine, 1984). Entre estos investigadores destacó un equipo de sociólogos alojados en la organización no gubernamental sur: Centro de Estudios Sociales y Educación, institución que hizo de los movimientos sociales una de sus prioridades. Aplicando las contribuciones teóricas de Alain Touraine para el estudio de los movimientos sociales, así como su metodología, la intervención sociológica, entre 1985 y 1986 los sociólogos realizaron una investigación financiada por el Ministerio de Asuntos Extranjeros francés, en la que llegaron a la conclusión de que el movimiento de pobladores no correspondía a un movimiento social, sino a uno “imposible”, por el carácter fragmentario y discontinuo de sus acciones sociales. Consecuentemente, no jugaría el papel que se le atribuía en la construcción de la nueva democracia (Dubet et al., 1989). Precisamente, este artículo se interroga sobre los efectos que tuvo esta definición del movimiento de pobladores sobre el trazado de los marcos de acción posibles y de las coordenadas de comprensión de lo social en la gestación de la transición democrática chilena.

Recientemente, Gabriel Salazar (2013) ha revivido la polémica que lo enfrentó en el interior de sur con estos investigadores mediante el concepto de Touraine Boys, que les atribuye un papel análogo al de los Chicago Boys, los economistas de Pinochet que implantaron las reformas neoliberales, pero esta vez en la legitimación de la transición pactada que excluyó a actores sociales como los pobladores. Hasta cierto punto este artículo busca testear la noción de Touraine Boys, aplicándola de manera crítica a un grupo de autores que utilizó rigurosamente la teoría y metodología tourainianas.

La noción de Touraine Boys grafica la interrelación de lo político y la producción de conocimiento científico-social. Sin embargo, resulta problemática en tanto atribuye una consistencia homogénea al equipo tourainiano y lo compara con los economistas de Chicago, cuya unidad de cuerpo y poder coactivo es difícil de encontrar en otro grupo intelectual (Valdés, 1995).

El interrogante que atraviesa este texto básicamente es: ¿Cómo las ciencias sociales, pero en particular la sociología, son capaces de coproducir su objeto de estudio, participando de las disputas que buscan describir? Mediante la aplicación de la teoría de la performatividad de las ciencias sociales (Ramos, 2014), que parte del precepto de que las ciencias sociales no sólo describen la realidad, sino que también la modulan, se pretende contribuir a la autocomprensión del rol político de la sociología en Chile, así como al estudio de uno de los movimientos más importantes para la historia de las movilizaciones sociales en América Latina: el movimiento de pobladores.

El estudio de los efectos políticos sobre la transición a partir de la consolidación de “comunidades epistémicas”, hasta el momento, se ha concentrado principalmente en el análisis de los economistas, especialmente de la Corporación de Estudios para América Latina (Cieplan), ligada a la democracia cristiana, y que dio continuidad a las políticas neoliberales de la dictadura durante los gobiernos de la Concertación Democrática (Gárate, 2012). Si bien esto ha permitido poner de relieve la importancia política de las ideas, en cierta medida ha ocultado el efecto performativo del resto de las ciencias sociales en la producción del escenario transicional.

En momentos en que las premisas de la transición democrática son cuestionadas por la sociedad chilena y donde ésta ha encontrado nuevos canales de expresión y contestación, el análisis de las consecuencias sociales de esta controversia académica puede dar luces para repensar las propias ciencias sociales y su importancia en los procesos políticos recientes del país andino. Esto no sólo como un espacio que refleja sus transformaciones o apenas como una esfera de producción de descripciones de ellas, sino como una disciplina que incide y enacta esas propias realidades.

 

La intervención sociológica con los pobladores chilenos

Esta intervención se realizó entre 1985 y 1986 en Santiago de Chile y fue financiada por fondos franceses, gracias a la intermediación de Alain Touraine, cuyo Centre d’Analyse et d’Intervention Sociologique (cadis), dependiente de L’École des Hautes Études en Sciences Sociales (ehess), se asoció al centro chileno sur. El equipo de esta investigación fue conformado por François Dubet, estrecho colaborador de Touraine, y un grupo de investigadores chilenos: Eugenio Tironi, Eduardo Valenzuela, Vicente Espinoza, Paulina Saball y Fernando Echevarría. Producto de esta colaboración, se publicó en París Pobladores: luttes sociales et démocratie au Chili en 1989, así como una serie de papers en la revista Proposiciones de sur.

Los avances de esta investigación llevaron a Touraine a afirmar que el movimiento de pobladores era un “movimiento social imposible”, inclinado a la fragmentación y a la desintegración, incapaz, por tanto, de cuestionar los contenidos culturales de la sociedad.

Pero ¿debemos considerar esta diversidad de las conductas colectivas como la consecuencia directa de una situación de exclusión y de impotencia o, por el contrario, no podemos ver ahí el estallido, la desintegración de un movimiento social imposible y que sólo se manifestaría al precio de la reconversión de temas sociales en temas morales o religiosos? Aquellos que no están definidos o se hallan situados sólo negativamente no pueden crear más que un deseo de movimiento social, corriendo el riesgo, incluso, de producir lo que yo denomino un antimovimiento social, es decir, una comunidad integrada y homogénea que lleva en sí misma lo contrario incluso del conflicto abierto que define un movimiento social (Touraine, 1989: 248).

La intervención sociológica con pobladores buscaba determinar si estos eran un movimiento social (una acción colectiva conflictiva por el control social de los modelos culturales) o histórico (su objetivo no es controlar o transformar el sistema de dominación social, sino pasar de un tipo de sociedad a otro) y así ponderar el papel de este actor en la transición democrática. La conclusión bien podría ser resumida de la siguiente manera:

Los pobladores no se ubican en una clase social “pura”, ni son una comunidad “pura”, ni están totalmente integrados a la nación, pero tampoco totalmente en ruptura con ella. Los pobladores se sitúan en medio de un sistema de referencias múltiples, circulan de una a otra, y a pesar de estar en una situación insoportable, a pesar de su peso demográfico, a pesar de sus capacidades de movilización que no es la de una masa alienada y apática, ellos no constituyen un movimiento social construido mediante un tipo de relaciones sociales, una identidad relativamente homogénea a un proyecto. Pero tampoco son una masa anómica y movilizable por una contra-elite o por un Estado, como las describe Germani. Son simultáneamente más y menos que eso, son un actor desarticulado (Dubet et al., 2016: 95).

La inconsistencia estatutaria de los pobladores, dada por la tensión de diferentes polos identitarios, consagraba su carácter de “actor desarticulado”, incapaz de poner en cuestión el sistema cultural imperante y de proponer normas nuevas; por lo tanto, imposibilitado de constituirse como movimiento social, e incluso más, con la patente amenaza de convertirse en su negación.

En el caso que estamos estudiando de los pobladores nos encontramos primeramente con la desarticulación entre las orientaciones ofensiva (la acción reivindicativa) y defensiva (la acción comunitaria); y en segundo lugar, con una situación donde uno y otro tipo de acción encuentran obstáculos que las llevan a ambas a un punto crítico. En estas circunstancias parece difícil, por ejemplo, referirse a los pobladores como a un “movimiento social”. En efecto, la crisis de la acción reivindicativa y los límites del comunitarismo desembocan en un fenómeno que corresponde bastante aproximadamente a lo que Touraine denomina a veces genéricamente como un “antimovimiento social”, cuya expresión más patente es la violencia (Tironi, 1986a: 30).

Afirmar la imposibilidad de los pobladores de ser un movimiento social, si bien, según los investigadores, no implicaba negarle agencia o importancia, era una afirmación políticamente provocadora, sobre todo si se toma en cuenta que, en ese momento, los sectores que defendían una salida rupturista y movilizante a la dictadura no sólo apostaban por los pobladores como los actores principales de la “política de rebelión popular” impulsada por el Partido Comunista (pc), sino que además habían puesto todas sus expectativas en el año 1986 como “el decisivo” para el derrocamiento del régimen. Socialmente, la idea de desarticulación seguía siendo apuntada como el principal obstáculo para que los pobladores alcanzaran toda su potencialidad política (Baño, 1985; Campero, 1986), pero el “espectro” (Tironi, 1986b) de su movilización continuaba amenazando la salida institucional de la dictadura. Con todo, esta investigación venía a mostrar que, lejos de cultivar ansias rupturistas, los pobladores se inclinaban por un tránsito pacífico: “la intervención sociológica confirmó lo que sospechábamos: el nulo potencial revolucionario de los grupos urbanos pobres y su elevado grado de adhesión simbólica al nuevo escenario”(Tironi, 2013: 170).

 

La performatividad de las ciencias sociales

¿Cuál es la relación entre la generación de conocimiento científico y la producción de la realidad social? ¿Cómo el estudio de un movimiento social puede modular la propia comprensión que tiene de sí, así como la visión que la sociedad construye sobre ese actor colectivo? Estas preguntas remiten a un concepto que ha ganado interés creciente y fuerza explicativa en el campo de la sociología del conocimiento: la “performatividad” de la ciencia. Tal como la comprende Claudio Ramos (2019), la performatividad implica que toda afirmación, en tanto acto de habla, refuerza, cuestiona, orienta, legitima la realidad, ayudando a moldearla.

En el caso de las ciencias sociales, en la medida en que sus objetos pertenecen al mundo social, sus fronteras con lo extra-científico son mucho más porosas, lo que no sólo permite que los elementos del entorno social incidan en su construcción científica, sino que también posibilita que los modelos y las visiones que producen sean capaces de convertirse en pautas de sentido orientadoras del comportamiento de los actores sociales. En otras palabras, las ciencias sociales, al producir hechos científicos, también generan hechos sociales, influyendo y modelando la realidad que esperan comprender (Ramos, 2012).

Las ciencias sociales, según Pierre Bourdieu, poseen el privilegio de convertir su propia práctica en objeto de estudio. Sin embargo, aunque significativos, han sido intermitentes los esfuerzos de autocomprensión de las ciencias sociales en Chile; destacan los estudios sobre la institucionalización de la sociología y sus prácticas investigativas (Garretón, 2014), las redes intelectuales y sus lógicas de internacionalización (Devés Valdés, 2004). No obstante, en el último tiempo se ha podido observar un interés creciente por parte de las ciencias sociales en Chile por “no sólo examinar las condiciones de creación de conocimiento en las distintas disciplinas que componen este campo, sino también estudiar el rol que estas juegan en la producción de lo social” (Ariztía, 2012: 9). Es en ese marco que se deben comprender los esfuerzos teóricos de comprensión de la performatividad de las ciencias sociales o los estudios sobre la importancia y el papel del pensamiento tecnocrático en el funcionamiento democrático y estatal (Joignant y Güell, 2011; Silva, 2010).

La conformación de este naciente campo de estudios en Chile es inseparable de la renovación que ha generado en la sociología de la ciencia la consolidación de la teoría del actor-red (Latour, 2008). Desde esta perspectiva, la producción científico-técnica, así como su difusión y su fortalecimiento, es el resultado de la interacción de actores heterogéneos (humanos y no humanos) que intervienen en la producción de hechos científicos (laboratorios, centros, empresas, publicaciones, investigadores, etcétera; Callon, 2001). Los límites entre lo científico y lo social, en esta perspectiva, aparecen imbricados en múltiples diálogos, interacciones y espacios de influencia mutua.

Aunque las ciencias sociales, con excepción de la economía, han sido descuidadas por este enfoque, la influencia de la teoría del actor-red ha permitido un desplazamiento desde la sociología de los intelectuales a una sociología de las intervenciones (Eyal y Buchholz, 2010). Es decir, el tránsito del estudio de un tipo social particular (los intelectuales) al análisis de la manera en que formas de conocimiento pueden adquirir valor como intervenciones públicas. Las ciencias sociales no sólo generan representaciones de la realidad, sino también la realidad que esas representaciones retratan (Law, 2009). Este tránsito desde análisis contextualistas de la producción científica a análisis performativos (Fourcade, 2007) ha estimulado la generación de un gran número de investigaciones que han iluminado nuevos problemas y abordajes para entender la relación entre estas disciplinas y la sociedad.

 

El movimiento de pobladores

El movimiento de pobladores ofrece un potencial aún no explorado para la comprensión de los efectos de las ciencias sociales en la modulación de lo social, puesto que este movimiento y sus estrategias de poblamiento popular han sido uno de los fenómenos que mayor atención han despertado en las ciencias sociales, contribuyendo a la generación de una significativa producción bibliográfica, que ha favorecido las dinámicas de consolidación del propio campo. La cuestión social urbana (Castells, 2008) generó una densa cadena de reflexiones en torno al tópico poblacional, desde análisis de corte espacial/urbano hasta de índole política y económica (Pastrana y Threlfall, 1974). La teoría de la modernización comprendió la generalización de la barriadas (favelas, callampas o villas miseria) como una de las principales asincronías de la modernización latinoamericana (Germani, 1973). La teoría de marginalidad culturalista resaltó la incapacidad de los marginales para adaptarse a la moderna vida urbana, por el bagaje rural que transportaban al migrar del campo a la ciudad (Lewis, 1961). Al alero de la teoría de la dependencia, surgió una versión estructuralista de la marginalidad que la entendía como un resultado del desarrollo capitalista y no como un obstáculo para el mismo, contribuyendo decisivamente a la politización de la cuestión urbana (Nun, 2001; Quijano, 1970). Y la teoría de los movimientos sociales urbanos identificó la movilización de los pobladores durante la Unidad Popular como una nueva forma de lucha de clases y una innovadora fuente de poder popular a partir de la organización del espacio local (Castells, 2008).

Durante la dictadura militar, si bien inicialmente primó el pesimismo académico sobre este actor, debido a la política de desarticulación y neutralización de los pobladores, con el paso de los años destacó la renovación de los repertorios de acción colectiva de los pobladores para enfrentar las crisis económicas: las organizaciones económicas populares (Razeto et al., 1990), las organizaciones habitacionales y las coordinadoras nacionales de pobladores (Campero, 1987). Estas manifestaciones revivieron el interés académico por este actor, lo que se reforzó cuando los pobladores ganaron protagonismo con las protestas contra el régimen en los años ochenta.

Si bien este protagonismo político de los pobladores durante la dictadura se correspondió con una centralidad en las agendas de investigación de los cientistas sociales, para Mónica Iglesias (2011) los pobladores no sólo debieron encarar el cerco económico y represivo que les imponía la dictadura a través de la crisis y la represión directa, sino que además tuvieron que enfrentar un “cerco teórico” por buena parte de la sociología política local. En la misma dirección, Gabriel Salazar (2013) acuña el concepto de Touraine Boys, imputando a los sociólogos que aplicaron el bagaje teórico tourainiano una responsabilidad central en la legitimación de la transición pactada que perpetuó el modelo neoliberal y que implicó la exclusión de los actores sociales que contribuyeron a la derrota de la dictadura (Garcés, 2017). La asociación, realizada por los “teóricos de la transición”, entre la acción de protesta de los pobladores con irracionalidad, anomia y vandalismo, se habría impuesto como criterio de verdad definiendo los marcos de la transición (Bravo Vargas, 2017). Tal como lo sintetiza el historiador Mario Garcés en entrevista: “[En] cierta etapa, aparece naturalizada la lectura de la transición como la única posible. En ese sentido, hay un segmento del mundo intelectual y político que opta por la salida institucional, que es presentada como una salida más realista”.

Desde la perspectiva de Salazar, los Touraine Boys parecen contar con una eficacia performativa casi perfecta. Aparentemente, el destino del movimiento popular, así como su papel en la transición, fue sellado por el resultado de la querella intelectual que enfrentó a los pro-movilizaciones versus los que las veían como un potencial obstáculo para la transición a la democracia. ¿Cómo desentrañar el carácter performativo de la sociología sin al mismo tiempo sobreestimar su capacidad para modular esa realidad?

 

Metodología: genealogía de una intervención sociológica

Este artículo se propone aplicar la noción de performatividad de las ciencias sociales al campo de estudios de los pobres urbanos, a partir de una investigación específica realizada a mediados de la década de los años ochenta por un grupo que usó la teoría y la metodología de Touraine con el movimiento de pobladores chileno. Para ello, se realizó una “genealogía” de la intervención sociológica realizada por sur a este movimiento.

Para Michel Foucault (1992), la genealogía trata de hacer aparecer los conceptos y las interpretaciones como sucesos en el teatro de los procedimientos que los hacen posibles, ocupándose de las meticulosidades y de los azares de su comienzo y su desarrollo. Metodológicamente, esto se tradujo en una “reconstitución de escena” y en un ejercicio de “reflexividad retrospectiva” con los investigadores implicados.

Para la reconstitución de escena se realizó principalmente trabajo en archivos. La recopilación documental se efectuó en el cadis (Francia), a través de la revisión de los archivos de Alain Touraine sobre América Latina y los documentos del convenio entre cadis y sur (Chile). Entre estos se encontraban la correspondencia sur-cadis, el proyecto y el presupuesto originales, informes de avance y correspondencia de los investigadores. Con este material fue posible reconstruir la intervención sociológica: objetivos, contexto político, dificultades y difusión. Al mismo tiempo, este trabajo permitió ponderar la centralidad de Touraine para las ciencias sociales chilenas y latinoamericanas durante la década de los años ochenta, mediante la revisión de cartas de recomendación, registros de visitas de Touraine a Chile, proyectos de tesis doctorales, etcétera.

El ejercicio de reflexividad retrospectiva se aplicó mediante entrevistas semiestructuradas a los investigadores que participaron en este proyecto o dialogaron con él. Lo que se esperaba era registrar la autocomprensión que estos investigadores tenían sobre la intervención sociológica en la que participaron, así como indagar sobre las trayectorias de sus protagonistas y el contexto de producción de la investigación. Las entrevistas se realizaron con base en dos muestras. Primero, el núcleo central de investigadores que aplicó la intervención (cinco entrevistas): François Dubet, Eugenio Tironi, Eduardo Valenzuela, Vicente Espinoza y Paulina Saball. Segundo, se entrevistó a un grupo de interlocutores (10 entrevistas) en dos submuestras, siguiendo la misma lógica de la intervención sociológica. Una de aliados: Alain Touraine, Manuel Antonio Garretón, Guillermo Campero, Rodrigo Baño, José Joaquín Brunner, Tomás Moulian y Gonzalo Delamaza (aliado crítico), y otra de contradictores: Gabriel Salazar, Mario Garcés y un investigador anonimizado.

Junto con lo anterior, la traducción y edición del libro Pobladores en español (Dubet et al., 2016) permitió un ejercicio de memoria académica inusual, ya que los cuatro investigadores principales de la intervención escribieron textos que revisitan su trabajo 30 años después, a la luz de las virtudes y críticas atribuidas a esta investigación. El lanzamiento del libro permitió además el reencuentro del grupo y un intercambio muy divergente de lecturas de la obra conjunta y del movimiento de pobladores.

Si las ciencias sociales producen efectos en la realidad que buscan interpretar, ¿de qué manera la “intervención sociológica” realizada en sur sobre el movimiento de pobladores afectó las condiciones sociales que posibilitaron una transición democrática pactada que prescindió de las fuerzas sociales que contribuyeron a la caída del régimen, como los pobladores? Cuando Philip Oxhorn (1994) se preguntaba a dónde fueron los protagonistas de las protestas que hicieron tambalear al régimen dictatorial una vez instalada la democracia, no hacía sino diagnosticar la desaparición y, con ello, la derrota del movimiento de pobladores. ¿El grupo de sur diagnosticó anticipadamente una realidad o ayudó a construirla? Sin duda, parte de la respuesta puede ser encontrada en las dinámicas y las limitaciones del movimiento de pobladores mismo, pero otro tanto puede ser hallado en la manera en que los investigadores de la época ayudaron a comprender a los pobladores durante las discusiones decisivas que terminaron por trazar las grandes líneas de caracterización de lo que sería la transición a la democracia.

¿Qué explica el tránsito del “hecho científico” del movimiento de pobladores como un movimiento social imposible hacia su aceptación como un “hecho social” con consecuencias políticas? Para responder es necesario cualificar las condiciones internas del campo de las ciencias sociales que posibilitaron que esta noción fuera aceptada y, hasta cierto punto, incorporada al debate político de la época.

 

El mentor: Alain Touraine

La figura de Touraine está íntimamente ligada a América Latina (Pleyers, 2006). Su temprana contribución a la institucionalización de la sociología regional a finales de los años cincuenta, a través de misiones académicas que lo llevaron a realizar labores de docencia tanto en la Universidad de Chile como en la de São Paulo, crearon la base de un poderoso vínculo entre estas nacientes escuelas, sus principales figuras y el teórico francés (Lopes, 2013). Su propia biografía personal, familiar y política es inseparable de su paso por Chile (Touraine, 1973). Los aportes teóricos que realizó sobre la sociedad post-industrial, sobre los movimientos sociales y sobre los procesos de subjetivación lo transformaron en uno de los teóricos contemporáneos indispensables para comprender la modernidad, con la particularidad de haber hecho del contexto latinoamericano uno de sus principales focos en sus reflexiones sobre sujetos sociales, democracia y modernización.

De acuerdo con uno de los intelectuales chilenos más influyentes de ese momento:

Él tenía una irradiación, yo no creo que nadie que trabajaba profesionalmente en alguno de los múltiples centros dejaba de haber leído por lo menos algún artículo de Touraine. Él era una figura, además, latinoamericana, no era solamente Chile. Tenía esta particular relación, tenía muchos discípulos chilenos destacados. Y Touraine publicaba en revistas en América Latina, en la revista mayor de sociología de la época que era la Revista Mexicana de Sociología. Entonces sí, diría yo que él tenía el standing de una especie de figura carismática intelectualmente hablando. Jefe de una cierta óptica (entrevista con J.J. Brunner).

Fue en la década de los años ochenta, en el auge de su prestigio internacional, que este teórico ejerció un influjo prácticamente incontestable sobre los cientistas sociales chilenos. Como lo rememoró Eugenio Tironi a la hora de explicar su influencia:

Él era el líder intelectual de la sociología movimentista en el mundo, ha hecho estudios y teoría sobre los movimientos sociales. Y él siempre fue una figura en conflicto con la visión más institucionalista. Segundo, porque Touraine había hecho este trabajo sobre el carbón y sobre Huachipato que había sido muy influyente. Y tercero, porque él había sido un gran formador de personas. Entonces como que todos los caminos llegaban, en nuestro caso, a Touraine (entrevista con Eugenio Tironi).

La apreciación anterior es refrendada por otro miembro del equipo de la intervención sociológica:

Él mantuvo siempre una relación muy estrecha con Chile, con la intelectualidad, en particular con Ricardo Lagos y con todos los intelectuales que giraron en torno a Flacso [Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales]. Y él entonces influyó mucho en la reflexión sobre movimientos sociales en los años ochenta en Chile. Y muchos de nosotros nos formamos en ese grupo (entrevista con Eduardo Valenzuela).

Touraine dirigió muchas de las tesis de posgrado de algunos de los más relevantes exponentes de la sociología chilena y latinoamericana, y fue clave para la sobrevivencia física e intelectual de la academia chilena. Gracias a su apoyo y patrocinio, muchos investigadores consiguieron salir del país con becas ante la amenaza autoritaria. Así lo sintetiza Gonzalo Delamaza, quien también se doctoró bajo su guía, en entrevista: “En Francia había muchos exiliados, era un círculo, tuvo mucha importancia el tema de la renovación en esa gente que estaba ahí. Y Touraine era una especie de padrino natural, amigo, apoyador”.

El sociólogo francés estableció un diálogo directo con los centros independientes que florecieron en la época, realizando constantes visitas al país y estableciendo una correspondencia fluida con sus pares chilenos. Según señala uno de sus principales interlocutores locales, la influencia terminó siendo recíproca, pues el interés por la democratización fue resultado del diálogo con sus pares y estudiantes chilenos y no un elemento directamente desprendible de su producción intelectual anterior:

A Touraine nosotros lo convencimos del tema de la democracia. Yo diría que nosotros lo convencimos de que en estos países esto es lo que hay que hacer; sin embargo, yo diría que nosotros llegamos a lo que llegamos pensando desde esa vertiente, la vertiente de él (entrevista con Manuel Antonio Garretón).

La presencia que logró mantener en Chile en plena dictadura contribuyó a fortalecer su influjo teórico sobre las ciencias sociales chilenas. Al mismo tiempo, su figura hasta cierto punto fue sacralizándose en el mundo intelectual, con poco espacio para el cuestionamiento de sus presupuestos:

Cuando venía Touraine y daba sus charlas, sus seminarios se reunía toda la gente de sur, de la Flacso, del ilet y del Cieplan. Entonces eran unos 30 intelectuales que estaban en torno a eso. Y todos, claro, aplaudían al maestro, ninguno le contradecía nada (entrevista con Gabriel Salazar).

El rol de Touraine fue fundamental para conseguir el financiamiento francés de la investigación; además, proporcionó el marco teórico y el método para realizarla: la intervención sociológica. La misma le proporcionaba a la pesquisa un aura de cientificidad que la legitimaba dentro del campo. Ahora, esa legitimidad estaba dada no sólo por su carácter experimental o por las evidencias que proporcionó, también porque su creador le transfería su propio reconocimiento científico (Cousin y Rui, 2011).

La publicación de los resultados de la intervención sociológica con los pobladores no fue lo que generó su impacto científico, pues la principal obra asociada al proyecto fue editada en francés y sólo recientemente traducida al español (2016), lo que limitó su circulación. Sin embargo, el material de la intervención circuló como documentos de trabajo y, sobre todo, fue recogido tempranamente por Touraine para elaborar su interpretación sobre las transiciones democráticas latinoamericanas y en particular de la chilena (Touraine, 1989).

Touraine era para la mayoría de todos estos centros de estudios una gran influencia. Al punto que esta idea de la convergencia, de la transversalidad, era una idea sociológica, no era una idea política. Y además, tenía mucha cercanía con líderes, con Ricardo Lagos, con Frei, padre e hijo, con toda la clase política chilena de centro izquierda. Así que su influencia fue importante, pero yo no diría excesiva, no fue él que generó las condiciones ni diseñó el proceso, pero sí tuvo mucha importancia en la gente que acompañaba intelectualmente este proceso (entrevista con Guillermo Campero).

Estas ideas circularon profusamente por los centros de investigación independientes en Chile, los que a su vez fueron el espacio por excelencia de conformación de la estrategia de salida pactada a la dictadura (Puryear, 1994). En mayor o menor grado, todos los entrevistados reconocen la existencia de lo que podríamos llamar un “efecto Touraine” en la discusión. Su teoría y, en este caso, su método proporcionaron orientaciones decisivas para dar un soporte intelectual a los arquitectos de la transición democrática.

 

El método: la intervención sociológica

La propuesta teórica de Touraine, a comienzos de la década de los años setenta, poseía la originalidad de diagnosticar el fin de la sociedad industrial y el surgimiento de una sociedad programada o post-industrial, la cual ofrecía nuevas oportunidades para que los sujetos (individuales y colectivos) se transformasen a sí mismos en actores. Su principal preocupación puede ser resumida en la pregunta: “¿Cuál es el movimiento social que ocupará en la sociedad posindustrial el rol central que fue del movimiento obrero en la sociedad y de aquel movimiento de las libertades cívicas en la sociedad comercial?” (Touraine, 2006: 271). La búsqueda de ese nuevo movimiento social era clave, pues su definición, por un lado, integraba las orientaciones culturales de la sociedad y el conflicto social; por otro lado, rechazaba su identificación como simples manifestaciones de contradicciones estructurales de un sistema de dominación. Los movimientos sociales, si bien pueden contener elementos defensivos (de identidad o intereses), deberían trascenderlos con propuestas de cambio social, es decir, requerían ser básicamente contra-ofensivos. Pero, ¿cómo detectar al o los movimientos que llevaran en su seno la promesa de futuro que Touraine buscaba?

La intervención sociológica se proponía ser ese método: “Como no todo lo que se mueve es un movimiento social, era necesario saber si había un movimiento social en lo que se movía” (Dubet, 2007: 25). La intervención sociológica, por tanto, “pretende ser el método que corresponde en prioridad al estudio de las conductas colectivas por las cuales se producen las formas de organización social como resultado de conflictos sociales por el control y la apropiación de los patrones culturales mediante los cuales una colectividad construye de manera normativa sus relaciones con su medio ambiente” (Touraine, 1986: 199). La intervención sociológica estudia grupos de actores que se hayan comprometido en la práctica con una acción colectiva común, los cuales son sometidos inicialmente a la confrontación con una serie de interlocutores, aliados y oponentes, lo que permite la observación directa y controlada de sus prácticas conflictivas. Su foco son más las bases que los dirigentes de las organizaciones. Como forma de control de la particularidad de los grupos, se conforman y acompañan más de uno y a partir de ellos se busca extraer y sistematizar el sentido de las prácticas, procurando alcanzar el grado más alto de historicidad del movimiento.

Específicamente, la intervención sociológica de Touraine sugería un esfuerzo de autoanálisis de los movimientos, atribuyéndoles un papel activo a los investigadores en el proceso de “conversión” que este método proponía, es decir, una especie de alineamiento entre las interpretaciones y los análisis propuestos por los investigadores y el ejercicio de autocomprensión de los grupos. Para esa tarea, los investigadores se dividían en dos roles: por un lado, el “intérprete”, responsable de facilitar el autoanálisis del grupo, y el “analista” quien cumplía un rol más provocador al introducir las hipótesis que el propio grupo no era capaz de producir, por la inmediatez de su acción o por la ideología que el propio movimiento genera.

El rol de los investigadores era determinante. De acuerdo con Dubet: “Lo que está en juego en la intervención sociológica es intentar definir este conjunto [identidad, oposición y totalidad] y comprender así cuál es la forma y el contenido de la conciencia de los actores, su conciencia de sí, de sus adversarios y del enjeux de sus relaciones” (Dubet et al., 2016: 17). La intervención sociológica confía en los actores y los trata como “intelectuales” que reflexionan por sí mismos, pero complementariamente el sociólogo debe estar en condiciones de debatir y discordar de las interpretaciones que los actores producen. No basta con registrar los propósitos de los actores ni confrontarlos con matrices teóricas preestablecidas; lo que se busca es el contraste de ideas entre investigadores y actores. Habría en la metodología un componente horizontal, pues los actores pueden resistir a las hipótesis de los sociólogos: “El sociólogo no es ni el simple testigo de lo que piensan lo actores, ni el teórico que sabe, mejor que los individuos, lo que ellos piensan y hacen” (2016: 20). Por eso, la intervención con pobladores estuvo llena de un cierto coraje intelectual, al romper con la visión romantizada que, por ese entonces, se tenía del pueblo: no buscaba hacer la revolución, sino que más bien demandaba trabajo y derechos. Y además mostraba inconsistencias y problemas sociales (delincuencia, drogadicción, alcoholismo, etcétera). Estas particularidades del método, según Dubet, y una cultura intelectual poco inclinada a la polémica, dificultaron la adaptación de los investigadores al rol del analista confrontador, salvo en el caso de Tironi, quien rápidamente se acomodó y le sacó el máximo rendimiento a la técnica.

El método no se sitúa ni desde la objetividad, pues reconoce una cierta vocación performativa consagrada en la idea misma de “conversión”, ni desde el compromiso, pues rechaza la reproducción del discurso ideológico o utópico elaborado por los dirigentes del movimiento. Con todo, aunque este método se sustentaba en el reconocimiento de las capacidades reflexivas de los actores sociales, paradójicamente suponía un grado de desconfianza sobre los mismos, por su incapacidad de superar el abismo entre ideología y realidad: “Un movimiento social no puede ser completamente su propio analista porque está necesariamente organizado. Volviéndose un personaje produce una ideología” (Touraine, 2006: 275).

La conclusión del estudio, que los pobladores no serían un movimiento social, según señaló Dubet en el lanzamiento de la edición en español del libro (Dubet et al., 2016),1 no era un juicio político ni moral, sino analítico, por lo que no debería ser leído como una forma de restarle importancia al movimiento de pobladores, pues los mismos habían demostrado su relevancia a través de la movilización. Más bien, la investigación ofrecía evidencia empírica que no coincidía con los deseos de algunos actores políticos e intelectuales que le atribuían una centralidad sobreestimada. Sin embargo, tal como lo muestran las entrevistas y la intervención de los otros investigadores en dicho lanzamiento, las motivaciones no fueron sólo científicas:

La verdad es que aquí no hubo ningún debate epistemológico mayor. Lo que a nosotros nos motivaba era que la intervención sociológica era una metodología que había sido creada para descubrir si había o no había movimiento social. Era como un test de embarazo. Si sale rojo hay un movimiento social; si queda blanco, no hay movimiento social. Yo diría que era una motivación más pragmática que epistemológica. Entonces, como que esta metodología nos calzaba al callo (entrevista con Eugenio Tironi).

El mismo Tironi, en el lanzamiento de 2016, reconoce un móvil político para comprometerse en la intervención, el que era coincidente con la impronta de sur frente a la lectura institucionalista de Flacso: la dictadura sólo caería desde abajo. Las investigaciones previas de Tironi con Javier Martínez lo habían convencido de que no sería la clase trabajadora, disminuida por la desindustrialización, ni los estudiantes, muy pocos en la época, los que derrotarían a Pinochet. Los ojos estaban puestos en los pobladores: “Yo debo confesar que tenía una agenda oculta, yo estaba buscando al actor que pudiera derrocar a Pinochet, usamos todas estas tecnologías de las ciencias sociales para poner a prueba la capacidad de este grupo para ser
la punta de lanza de un movimiento social anti-Pinochet”.2 Vicente Espinoza, quien venía de un decepcionante intento de unificación del movimiento de pobladores en 1985, asume un impulso similar: “Yo, al igual que Eugenio, tenía mi propia agenda, que era llevar a los pobladores a un estatus que nunca habían tenido, que era sentarlos en la Asamblea de la Civilidad”, espacio de oposición que congregaba al mundo social (sindicalistas, colegios profesionales y estudiantes), pero que excluía a los pobladores. Sin embargo, los resultados fueron en contra de estas expectativas, según Tironi, de manera “traumática”, lo que en su caso particular significó una revisión completa de su visión para retornar a la democracia.

 

El equipo de sur

La llegada de la dictadura tuvo fuertes consecuencias para las ciencias sociales. La persecución de los cientistas sociales, el cierre de varias carreras del área y el debilitamiento de las universidades públicas obligaron a una reinvención del campo, a través de los centros académicos independientes, donde parte significativa de los intelectuales y profesionales de las ciencias sociales encontraron refugio. Para autores como José Joaquín Brunner (1985), este giro tuvo consecuencias positivas para la autonomización del campo. Los investigadores no sólo se volvieron menos dependientes de los partidos políticos, sino que sus prácticas se modificaron: la teoría dejó de ser usada como un principio de identidad y aumentó la productividad académica, en parte gracias al financiamiento internacional que establecía plazos claros de cumplimiento y altos estándares de competitividad. Los fondos internacionales favorecían el estudio de la transición a la democracia, predefiniendo las agendas. Sin embargo, el enrarecido clima político-intelectual y la separación entre la actividad de estos centros y las universidades disminuyeron la audiencia para los resultados de esas pesquisas.

¿Cómo comprender, entonces, el impacto performativo que pudo tener una investigación sociológica como la de sur? Aunque era un universo reducido, los interlocutores de los centros terminaron por ser altamente influyentes en la dirección del proceso político chileno: “No es que nos leyera mucha gente, es que de ahí salió toda una capa de gente que fue la que después estuvo en la conducción de la transición tanto de gobierno como afuera” (entrevista con Guillermo Campero). Ante la prohibición de la actividad de los partidos políticos, estos centros se convirtieron en un sustituto para la esfera pública democrática. Como afirma Jeffrey Puryear (1994), no es que se haya producido una repolitización de los intelectuales, sino que más bien la política se volvió un espacio intelectualizado. Buena parte de los cuadros que posteriormente debieron desarrollar el proyecto de transición democrática fueron reclutados de esos centros (Delamaza, 2013). Con ello se consolidó una lógica de pensamiento tecnocrático que fue colonizando la política y la hizo especialmente insensible a las demandas y conflictos sociales (Montecinos, 2001). Tal como lo mostró la investigación de Alfredo Joignant (2011), la existencia de un grupo de technopols —notables que reunían competencias políticas y credenciales académicas mediante el uso estratégico de las ciencias sociales— contribuyó a fundamentar y estabilizar la idea de “democracia de los acuerdos”, una lógica de negociación entre las élites que permitió la salida a la dictadura y viabilizar una transición pactada que atenuaba la polarización y el conflicto. Ellos fueron quienes fundamentaron la opción por el orden ante el miedo a un eventual “desborde social”, para lo cual esgrimieron razones de Estado para disciplinar y despolitizar su base social de apoyo, desactivando conflictos y desmovilizando a la sociedad civil.

En ese marco, son particularmente destacables dos centros académicos: Flacso-Chile y sur. Ambos se caracterizaron por alojar a una parte significativa de los cuadros de un pequeño pero influyente partido de izquierda: el Movimiento de Acción Popular Unitario (mapu). Escindido de la Democracia Cristiana, el mapu ha sido caracterizado como una agrupación de “élites iluministas” (Valenzuela, 2011), que basaron su ascenso político en méritos intelectuales y fueron fundamentales para el desarrollo de los debates sobre renovación socialista y como facilitadores del “compromiso histórico” entre la democracia cristiana y parte de la izquierda, dando posteriormente vida a la Concertación de Partidos por la Democracia que gobernaría el país desde 1990 hasta 2010. Si la Flacso alojó a la fracción más institucionalista de este partido, sur reclutó al sector más movimentalista y radicalizado. sur, fundada en 1978, congregó a un importante número de investigadores que se dedicaron a la comprensión de actores populares. Además de los ya mencionados participantes de la intervención sociológica, este centro contó con destacados cientistas sociales entre sus filas, como Gabriel Salazar,3 José Bengoa y Alfredo Rodríguez (Moyano y Garcés, 2020).

Sin embargo, en parte de este grupo se produce un giro desde posiciones movimentalistas a posturas más favorables al proyecto institucionalista de transición hacia la democracia. Para este tránsito va a ser fundamental la realización de la intervención sociológica que, como señalará Tironi, termina por darle la razón a la Flacso (Moyano, 2011).

Cabe señalar que este viraje no fue homogéneo dentro del grupo que aplicó la intervención sociológica en sur. De hecho, como señala Dubet, el grupo era muy diverso en posturas políticas, pese a la matriz mapucista de la que provenían: “En esta investigación estaban todas las contradicciones, de cierta manera, de la oposición chilena dentro del grupo, reunidos por la dictadura. Cuando ésta se acaba, cada uno va por su lado y no se vuelven a ver” (entrevista con François Dubet). Entre los coautores de la publicación de la investigación (1989), fue principalmente Eugenio Tironi quien plasmó en su propia trayectoria este giro. Cultivando un perfil de intervenciones públicas amplio e influyente, este sociólogo fue uno de los autores intelectuales de la campaña comunicacional que le dijo “No” a Pinochet en el plebiscito que lo derrotó y permitió el inicio de la democratización (Luzio, 2017).

Tironi reconoce que esta investigación fue fundamental para cambiar su propia perspectiva y llegar a la conclusión, por más dolorosa que fuera, de que no había condiciones para una rebelión social y que las aspiraciones
de los pobladores no pasaban por un quiebre con el sistema, sino por su integración. En sus palabras:

Si los pobladores no eran un movimiento social y no podían botar a Pinochet —como tampoco lo harían los trabajadores o los estudiantes—, ¿quién lo haría entonces? No habiendo movimiento social, no quedaba más que apelar a los actores políticos y a una salida a través del sistema político, no a través de una rebelión social (en Dubet et al., 2016: 23-24).

En momentos en que la izquierda estaba ante una bifurcación entre una opción “militarista” liderada por el pc y otra opción institucionalista, que aceptaba el “nuevo escenario”, la intervención sociológica proporcionaba evidencia para sustentar una estrategia “post-resistencia” que terminaría por romper con el “movimentalismo”. Posición que tomaba aún más fuerza ante el declive de las protestas:

La otra corriente de la oposición —en la que yo me incluía— sostenía que la salida del autoritarismo tendría que hacerse desde el interior de sus instituciones y de su modelo económico: no había otra opción, pues la población ya estaba harta de vivir con un pie en el abismo, y si lo que la oposición le proponía era un camino violento que la llevaría a nuevas rupturas —pensábamos— se inclinaría por el “diablo conocido”: Pinochet. Desde este punto de vista, las protestas, cada vez más violentas, lo que hacían era atemorizar a los sectores medios y moderados y lanzarlos a la oferta de orden que ofrecía la dictadura. Para esta corriente, por lo tanto, cuando ellas empezaron a declinar —nadie lo dijo así, por supuesto—, fue un alivio: esto permitiría tejer una salida racional “desde arriba” sin una presión emocional “desde abajo”, desde las calles (Tironi, 2013: 125-126).

La coronación de este proceso fue el plebiscito que derrotó en las urnas a la dictadura de Pinochet. A Tironi le cupo un rol protagónico en el diseño de la estrategia comunicacional, donde, según él, el objetivo fue derrotar al miedo más que a Pinochet y donde la apuesta fue un camino de reconciliación y salvación, como lo demandaban los pobladores. Los resultados de la intervención sociológica fueron fundamentales para la orientación de la campaña y para la adquisición del know how de su diseño:

Dubet no imaginaba que, apenas unos meses después, ellos [sus comentarios conclusivos] serían confirmados a raíz de la visita que hiciera a Chile el Papa. Ni que serían clave en el diseño de la estrategia del no y en la Franja, pues nos iluminaban respecto del lugar central que ocupaba la religión como refugio ante el poder autoritario. Al mismo tiempo, la intervención sociológica fue una experiencia clave para organizar los focus groups que realizaríamos un año después para idear la manera de enfrentar a Pinochet en el plebiscito (Tironi, 2013: 171).

Es posible que cuando Gabriel Salazar ideaba el concepto de Touraine Boys en realidad tuviera en mente la trayectoria paradigmática de Eugenio Tironi como intelectual público de la transición y como ex alumno de Touraine. Sin embargo, la categoría no es aplicable a todo el equipo que usó su teoría/método para estudiar a los pobladores. Aunque la concepción de “jóvenes anómicos” de Eduardo Valenzuela (1984) para explicar la violencia en las poblaciones era coherente con la noción de “anti-movimiento” y sus estudios de doctorado también fueron guiados por Touraine, el perfil de Valenzuela fue eminentemente académico y teóricamente motivado por autores como Jürgen Habermas o Niklas Luhmann. En el caso de Vicente Espinoza, también estamos ante una trayectoria volcada hacia la sociología universitaria, pero marcada por los intentos de sistematización de la práctica de los pobladores que no necesariamente coinciden con las conclusiones de la “intervención”(Espinoza, 1998).

De hecho, ambos sociólogos, en la evaluación que realizan 30 años después de la investigación, asumen posturas muy críticas, a pesar de reconocer el mérito del diagnóstico, por ejemplo, al mostrar la relevancia de lo comunitario. Valenzuela, en clave luhmanniana, cuestiona la pretensión de búsqueda de un movimiento social capaz de observar la totalidad social, mientras que Espinoza reconoce que “faltó sutileza y sobró pesimismo” (Dubet et al., 2016: 37) y que incluso hubo instrumentalización, por otros, de los descubrimientos para fortalecer un proyecto elitista: “Lo que no me gustó a mí del método es haber dejado la cosa ahí. Es haber planteado el problema, pero no haberse comprometido con resolverlo” (entrevista con Vicente Espinoza).

¿Cuál fue el efecto performativo de la investigación, entonces? Los principales interlocutores coinciden en señalar que la influencia política de la intervención fue parcial e indirecta. Los aliados le atribuyen un papel moderado y reiterativo, por tratarse de una conclusión que se venía trabajando anteriormente en el campo: los pobladores no son un movimiento social. Al mismo tiempo se reconoce que, más que cualquier otra investigación, la intervención sociológica con los pobladores proporcionó el marco teórico y empírico más sólido de un resultado que no es inédito, pero que lo refuerza. Entre los detractores, como Salazar o Garcés, se le atribuye un papel más significativo. Sintetizando esta visión crítica, la investigación ayudó a definir una transición sin actores, imputándole una cierta responsabilidad en las condiciones de posibilidad de la democratización. Pero ese juicio crítico es posterior, gana fuerza en la medida en que se empieza a cuestionar la baja intensidad de la democracia y que reaparecen actores sociales que asumen roles más protagónicos.

En efecto, la intervención sociológica tuvo un efecto performativo indirecto. Los resultados de la investigación circularon ampliamente en el mundo académico a través de foros, seminarios y artículos, pero también hubo una circulación extramuros, transportada por Touraine: los resultados de la investigación fueron recogidos para construir el argumento del libro La parole et le sang, de gran influencia en los debates sobre la democratización en América Latina. Si bien esta investigación no encontró indicios de existencia de los Touraine Boys, sí hubo un “efecto Touraine” para darle resonancia a la intervención. En paralelo, el perfil público de las intervenciones de Eugenio Tironi permitió la circulación de la narrativa del movimiento social “imposible” de los pobladores y su comprensión como actores en búsqueda de integración. Esto contribuyó a estabilizar la propia narrativa de la transición, mostrándose como un engranaje clave de la operación que permitió que el itinerario institucional de democratización no se viera alterado.

 

Conclusión

Las ciencias sociales performan la realidad, pero de manera variable e inestable. Existe una “política ontológica” (Mol, 1999) de la performatividad, es decir, sus condiciones de posibilidad no están dadas desde un comienzo, pues si bien existe un proceso de modelación, su carácter es abierto y cuestionable. La modulación de la realidad es contingente, pues está localizada histórica, cultural y materialmente. Las variadas performances de la realidad llevan consigo a otras tensiones, por las complejas interacciones que están en juego. Y ya que las disciplinas sociales operan entrelazadas con aparatos administrativos, con organizaciones de la sociedad civil y con movimientos que promueven cambios, en la gestación de los conocimientos hay implicadas expectativas provenientes del entorno social que pueden contribuir a su recepción o no en el mundo extra ciencia social.

En el caso de los pobladores “imposibilitados” de constituirse como movimiento social, estamos ante un escenario marcado por la derrota de la estrategia política que situaba a este actor como el potencial protagonista de un derrocamiento rupturista de la dictadura y por el fracaso de los intentos de unificación de las diferentes organizaciones de los pobladores. De manera paralela, se observaba un fortalecimiento político de los sectores que apostaron por una estrategia negociada de salida a la dictadura, vía que se habría gestado en los propios espacios de discusión generados por los centros de estudios independientes.

El ocaso del movimiento de pobladores que la intervención sociológica evidenció no fue una invención interesada del grupo, pero el tratamiento del diagnóstico ayudó a reforzar y reproducir una cierta idea de inevitabilidad de una transición que naturalizó una democracia de baja intensidad. Si el movimiento de pobladores era imposible, entonces no era necesario para la transición democrática y prontamente se volvería indeseable una vez que ésta fuera recuperada. La idea de un movimiento social imposible era atractiva para el entorno político que, por aquel entonces, se consolidaba como victorioso en la oposición.

La intervención sociológica con los pobladores, en ese sentido, fue exitosa para trascender las fronteras porosas de la sociología y la esfera pública. Internamente contaba con el prestigio y la influencia del creador del método, quien además ayudó a divulgar las conclusiones de la misma con sus propias e influyentes publicaciones. Se realizó en un medio intelectual que fue altamente incidente para la política de oposición a la dictadura y sus conclusiones circularon gracias a las intervenciones públicas de uno
de sus articuladores. Además, la investigación no fue rebatida teóricamente en el campo de las ciencias sociales, sino tardíamente, a pesar de los esfuerzos críticos realizados desde la historia social (Iglesias, 2015).

Los rasgos específicos de las ciencias sociales de aquel entonces, fuertemente vinculadas con los políticos de la oposición que diseñarían la estrategia concertacionista de democratización y la centralidad indiscutible de la figura de Touraine, delinearon el efecto indirecto de la intervención sociológica en la modulación del imaginario y del proyecto de la oposición. La importancia performativa de esta intervención no está dada por el efecto aislable que esta investigación tuvo en la realidad, sino que más bien descansa en el hecho de develar el entramado entre ciencias sociales, política y movimientos sociales que operó en aquel entonces y que explica la consolidación de una transición a la democracia que prescindió de uno de los actores que contribuyó a hacerla posible: el movimiento de pobladores.

 

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