Universidad Nacional Autónoma de México • Instituto de Investigaciones Sociales

v83n3r1Roger Eatwell y Matthew Goodwin (2019). Nacionalpopulismo. Barcelona: Península, 360 pp.

 

Reseñado por:

Claudio Riveros Ferrada
Escuela de Ciencias Políticas y Administración Pública
Facultad de Derecho, Universidad de Talca

 

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Este libro invita a repensar la lógica cortoplacista, muchas veces basada en estereotipos y juicios psicológicos, en la que han caído la academia, los medios y los políticos en general, para explicar el fenómeno populista de derecha en Europa y Estados Unidos. Por el contrario, para los autores, el populismo debe ser estudiado como una forma alternativa de política democrática que permanecerá con nosotros en la medida que es su sombra (recomiendo consultar el artículo de Margaret Canovan “Trust the People: populism and the two faces of democracy”, publicado en 1999 en la revista Political Studies 47 (1): 2-16).

Al enmarcar su estudio en Europa y en Estados Unidos, Roger Eatwell y Matthew Goodwin corren un riesgo al limitar espacialmente el estudio del fenómeno; por otro lado, esta decisión tiene la ventaja de estudiar la variante del populismo de derecha precisamente donde la academia ha situado al fenómeno. Y he aquí la relevancia de este libro pues, primero, se apela a que el populismo, si bien desafía a la corriente liberal dominante, no es en general antidemocrático; segundo, se rechaza la mancuerna populismo-fascismo; tercero, se evita identificar “un tipo” de simpatizantes o “un motivo” de apoyo. Los autores, en este sentido, no sólo aseguran que el populismo está aquí “para quedarse”, sino que también buscan problematizar el apoyo que reciben los líderes populistas proponiendo motivaciones que, si bien pueden ser contextuales, muchas de ellas obedecen predominantemente a razones culturales. Para probar dichas afirmaciones, hacen un uso extensivo de encuestas.

El libro está dividido en seis capítulos, más una introducción y una conclusión. En el primer capítulo, Eatwell y Goodwin se proponen develar los mitos que rodean al nacionalpopulismo. En primer lugar, rechazan la idea de que los votantes nacionalpopulistas corresponderían a un “tipo” de elector: de bajos ingresos, blanco y desempleado, pues lo que indican los datos es que un número significativo de votantes provendría de la clase media y un no menor número de mujeres. Con todo, aclaran que la línea de fractura que separa al votante populista de otro no son sus ingresos, puestos de trabajo o sexo, sino su nivel educacional universitario. Serían entonces aquellos electores que carecen de estudios universitarios los más receptivos al populismo: “ […] quienes carecen de estudios superiores se inclinan hacia una perspectiva socialconservadora que valora más conservar las jerarquías sociales, la estabilidad, el mantenimiento del orden y la tradición y se asegura de que las personas se adaptan al grupo más amplio” (62). Lo expuesto anteriormente sirve de base para que los autores desarrollen uno de los principales y más polémicos argumentos del libro, esto es, que los votantes nacionalpopulistas no optan por apoyar a líderes populistas sólo como una forma de “protesta” en contra de políticas públicas que distan de sus ideales sino, ante todo, porque saben por qué y por quiénes están votando. Dicho voto no estaría enmarcado en una lógica liberal de interés personal, pues apelaría a la vida en y por la comunidad.

En el segundo capítulo, los autores arguyen en torno a por qué es incorrecto identificar populismo y fascismo. Un paso en falso que se podría cometer, sobre todo si se observa que algunos líderes populistas compartirían un estilo autoritario, cercano al paramilitarismo, y propenderían a discursos conspirativos en los cuales, además, habría diatribas xenofóbicas. Como especialistas connotados en el fascismo, arguyen que este último se diferenciaría del populismo porque en dicho fenómeno se propugna, primero, por una comunidad espiritual que exige una devoción total a sus intereses (nación holística); segundo, la idea de un hombre nuevo bajo las órdenes de un líder; tercero, porque el fascismo propone una tercera vía socioeconómica entre el capitalismo y el socialismo, impulsada por el Estado. Por el contrario, Eatwell y Goodwin dan cuenta de que los líderes populistas no han declarado el fin de las elecciones libres ni dejado el control del Estado en manos de un dictador, y que por más que existan algunas afirmaciones xenofóbicas, éstas no pueden catalogarse como racistas, al no promover la superioridad de un pueblo. Si bien, aceptan los autores, algunos adeptos pueden ser partidarios de movimientos de extrema derecha, la gran mayoría de sus votantes (en caso de agruparse a éstos dentro de la derecha) serían más bien proclives a discursos de derecha radical, esto es, discursos que se muestran críticos a la democracia liberal y que pretenden dar mayor preponderancia a la soberanía popular mediante el Estado. Por lo tanto, sería un error técnico correlacionar populismo con fascismo e incluso populismo con ultraderecha. Los autores optan así por el término nacionalpopulismo, calificándolo como “una ideología que da prioridad a la cultura y los intereses de la nación y que promete dar voz a quienes sientan que las élites, a menudo corruptas y distantes, los han dejado de lado e incluso despreciado” (80).

Aquí la propuesta es que el populismo, más que ser catalogado como una ideología delgada que adopta formas de derecha o izquierda (consultar la obra de Cas Mudde, Populist Radical Right, publicada en 2007), tiene bases ideológicas que se pueden rastrear desde el siglo xix en ambos lados del Atlántico. Principalmente, porque es una respuesta a la expansión de la democracia liberal, en particular a la retórica que propugna la igualdad política y económica. El discurso populista, entonces, se vale de términos como “pueblo” y “soberanía popular” para desafiar al capital político, cultural y económico que poseen las élites, con mayor o menor intensidad, y al que no estarían dispuestas a renunciar. Así las cosas, el problema se suscitaría en que se ha puesto atención en develar las indiscreciones del populismo antes que dimensionar las cuestiones incómodas, pero a la vez legítimas, que propone, como reivindicar la voluntad popular.

En los cuatro capítulos siguientes, Eatwell y Goodwin analizan en detalle por qué triunfa el nacionalpopulismo, argumentando para ello cuatro razones. En primer lugar, porque existe una extrema desconfianza hacia los dirigentes políticos y las élites económicas, en la medida en que éstos, por una parte, no valoran las creencias de los ciudadanos de a pie, y por otra, porque se ha ido poco a poco consolidando una élite transnacional que decide los destinos de las comunidades nacionales. El voto del Brexit vendría a reafirmar esta desconfianza. Con todo, los autores son enfáticos en señalar que esta situación no es nueva, sino que se consolidó a lo largo del siglo XX, sobre todo en las últimas décadas, ante un liberalismo autorreferente que incluso llegó a sentenciar el fin de la historia y de las ideologías (como lo menciona Francis Fukuyama en su libro The End of History and the Last Man, publicado en 1992). Concluyen entonces que, antes de catalogar al populismo como el responsable de los problemas que aquejan a las sociedades occidentales, deberían entenderse las razones de la decepción por la democracia liberal en su fuero interno: en el miedo a reconocer y darle voz al pueblo, limitándose a que éste fuera representado periódicamente en elecciones y que sólo se apostara por respetar las libertades civiles.

En segundo lugar, lo que vendría siendo el elemento más conflictivo del nacionalpopulismo, está la desconfianza por el otro, esto es, el que viene de fuera de la comunidad imaginada. Según los autores, es aquí donde el discurso antimigratorio cobra principal relevancia, pero también ambivalencia. Plantean que los populistas harían preguntas incómodas pero legítimas en torno al número de migrantes que un país podría acoger, con qué capacidades deberían contar, y si los recién llegados deberían tener los mismos beneficios que los ciudadanos. Pero aun cuando parezca contraintuitivo, los autores plantean que los miedos a ese “otro” no se deben a razones económicas o étnicas, sino a razones de tipo cultural, vale decir, ante el temor
de la pérdida de valores que le serían constitutivos a una sociedad determinada. Temores que, por cierto, en muchas ocasiones, resultan ser más subjetivos que objetivos, pero que no por ello dejan de ser aceptados y promovidos: “En lugar de verse impulsados por el odio racial, la mayoría de los nacionalpopulistas consideran que tratar de reducir la inmigración o ralentizar el cambio étnico es un intento de detener la disminución de tamaño de su grupo, promover sus intereses (y en su opinión) evitar la destrucción de su cultura y de su identidad” (192).

En tercer lugar, el nacionalpopulismo triunfa en sociedades en las que el neoliberalismo “ha alterado de manera importante la distribución de los ingresos y la riqueza” (208). Eatwell y Goodwin vinculan este proceso al hecho de que en muchas sociedades europeas ha ido en aumento la idea de una “privación relativa” generada por el miedo a que las generaciones actuales, pero sobre todo las futuras, no cuenten con trabajo, no dispongan de ingresos o que, sencillamente, se eliminen beneficios y derechos sociales. Este aspecto explicaría, por ejemplo, que los populistas no sólo obtengan el voto de desempleados, sino también el de una ingente clase media que vería desmoronarse, ante sus ojos, un estable pasar económico. Pero esta situación también explicaría el hecho de que los populistas, si se quiere diferenciar entre derecha e izquierda, apunten con mayor o menor fuerza al rol que debería cumplir el Estado en la economía, como promotor de empresas nacionales y férreo defensor de sus trabajadores y connacionales.

En cuarto y último lugar, los autores plantean que se ha producido un desalineamiento en los lazos tradicionales entre el pueblo y los partidos convencionales. Vale decir, se estaría ante un resquebrajamiento y un cuestionamiento de los partidos políticos y de la élite como efectivos catalizadores de las demandas ciudadanas. Sin caer en un viejo cliché de la ciencia política que asegura que los populistas no construyen partidos políticos y que son antipartidistas, los autores proponen entender este desalineamiento desde una perspectiva cultural que afectaría de manera importante la comprensión de los partidos políticos en tanto ordenamiento de clivajes en relación con la clase o la religión. De ahí entonces que votantes que electoralmente optaron en el pasado por partidos que representaban sus intereses prefieran hoy hacerlo por líderes o partidos que sugieren una vuelta a sus raíces comunitarias o que desafíen el establishment. El problema, sin embargo, arguyen, es que muchos académicos y políticos en general habrían leído en este proceso un debilitamiento de la política, y no un clamor por el reconocimiento de la voluntad popular que, después de todo, es lo que constituye a la política y a la democracia.

En definitiva, según los autores, el nacionalpopulismo es un fenómeno político que llegó para quedarse, en tanto sombra de la democracia liberal, pero también porque muchos partidos conservadores europeos estarían dispuestos “a adoptar aspectos del programa nacionalpopulista”, apostando por un “nacionalpopulismo ligero” (310) que refuerza sus aspectos retóricos relativos a la inmigración y etnicidad. Estrategia política que no estarían dispuestos a ejecutar partidos cercanos a la socialdemocracia, que apostarían por una comprensión de la política tradicional; aun cuando los autores no se inclinan a afirmarlo, se entiende que sería a costa de su propio fracaso político.

Este libro sin duda polémico pero sugerente viene a ser un llamado de atención al uso del término “populismo” como un adjetivo calificativo más que como una comprensión de los procesos históricos y sociales que llevaron a su nacimiento. Sin embargo, quisiera detenerme en dos aspectos que podrían complementar el debate a futuro:

1. Más allá de que los autores hayan decidido retratar el nacionalpopulismo en Europa y Estados Unidos, ¿en qué medida el populismo queda circunscrito a estos lugares? ¿No será acaso que al evitar separar populismos de derecha e izquierda están limitando el populismo a su orientación de derecha? Pero aun cuando se acepte esto, ¿cómo se podría explicar que la derecha latinoamericana opte por un nacionalpopulismo, si ellas son las que propugnan el neoliberalismo y, según los autores, es justamente en contra del libre mercado que se rebelan muchos de los partidos de derecha europeos? Tal vez la propuesta de los autores sea neutralizar la referencia derecha e izquierda con el término nacionalpopulismo, pero como quiera que sea, ¿en qué esquema podrían incluirse los populismos de izquierda latinoamericanos del pasado y del último tiempo?

2. Pese a que sólo se sostiene en las conclusiones, la idea de un “nacionalpopulismo ligero” viene a cuestionar, de un modo u otro, lo que se argumenta a lo largo del libro. Si lo que se intentó proponer es que el nacionalpopulismo tiene un origen histórico (como desafío al liberalismo y origen en la comunidad imaginada), el hecho de que pueda ser utilizado preferentemente por los partidos conservadores europeos como un discurso retórico-estratégico reforzaría la idea mayoritaria en la academia de que el populismo tiene como única finalidad alcanzar el poder.

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