Universidad Nacional Autónoma de México • Instituto de Investigaciones Sociales

Violence against children and adolescents in Honduras

Martha Lorena Suazo* y Kevin Alberto Cruz**

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*Doctora en Ciencias Sociales con orientación en Gestión del Desarrollo por la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH). Facultad de Ciencias Sociales, UNAH. Temas de especialización: niñez y juventud, mercado de trabajo, migración. Bulevar Suyapa, M.D.C, 11101 Tegucigalpa, Honduras.

**Candidato a máster en Sociología por la UNAH. Departamento de Sociología, UNAH. Temas de especialización: derechos de la niñez, juventud, migración, representaciones sociales.

Este es un artículo original realizado en el marco de un macroproyecto de investigación denominado Asociación por los Derechos de la Niñez y la Juventud (Rights for Children and Youth Partnerchip, RCYP), financiado por el Consejo de Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades de Canadá (SSHRC), según archivo No. 895-2015-1014.

Los autores agradecen al Consejo de Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades de Canadá (SSHRC) por el financiamiento a la investigación en cuyo marco se realizó este trabajo. Asimismo, agradecen a los profesores, niños, niñas y adolescentes que voluntariamente decidieron colaborar proveyendo los datos en que se sustenta el trabajo. También al maestro Mario Padilla, quien ayudó en la realización del diseño muestral del estudio y en la revisión del borrador final.

 

Resumen: Diferentes formas de violencia experimentada por niños y adolescentes en Honduras fueron identificadas aplicando un cuestionario a 943 adolescentes de 13 a 15 años seleccionados en centros educativos a nivel nacional. El daño a la propiedad, el maltrato verbal, la agresión física, el acoso sexual y la exposición a batallas callejeras son las formas de victimización más frecuentes. La niñez y la adolescencia hondureñas experimentan elevados niveles de violencia cotidiana, normalizados por un paradigma adultocéntrico que invisibiliza dicha problemática, y que se refuerza por la subordinación en que se encuentran los niños, niñas y adolescentes en relación con el mundo adulto.

Palabras clave: Cuestionario de Victimización Juvenil, niñez y adolescencia, victimización infantil, violencia, Honduras.

Abstract: Different forms of violence experienced by children and adolescents in Honduras were identified through a questionnaire applied to 943 selected adolescents aged 13-15 from educational centers nationwide. Property damage, verbal abuse, physical assault, sexual harassment, and exposure to street violence are the most frequent forms of victimization. Honduran children and adolescents experience high levels of daily violence, normalized by an adult-centric paradigm that makes this problem invisible and reinforced by children’s and adolescents’ subordination to the adult world.

Keywords: Juvenile Victimization Questionnaire, childhood and adolescence, child victimization, violence, Honduras.

 

Los niños, niñas y adolescentes (NNA) son uno de los grupos más vulnerables de cualquier población, debido a su alto grado de dependencia física, emocional y económica de la población adulta. A pesar de esto, y de la protección que deberían tener por tal razón, los NNA son el grupo más victimizado de la sociedad (Finkelhor, 2008). Por ejemplo, en el mundo se estima que uno de cada dos niños y niñas entre 2 y 17 años experimenta alguna forma de violencia cada año. Solamente en el ámbito escolar, un tercio de niños, niñas y adolescentes entre 11 y 15 años sufre de bullying en el transcurso de un mes, y hasta 120 millones de niñas han sufrido algún tipo de abuso sexual antes de cumplir los 20 años (WHO, 2020). En América Latina, se estima que aproximadamente 80 000 niños y niñas mueren anualmente a causa de violencia intrafamiliar (Fernández-Daza, 2018). Por su parte, World Vision (2017) determinó que al menos la mitad de los niños y niñas experimentan formas violentas de disciplina, que el 50% de los NNA sufren de bullying y que uno de cada cinco niños y niñas se casa antes de cumplir los 18 años.

En cuanto a casos particulares de los países de la región, Cristian Pinto Cortés y Katherine Vanegas Sanhuesa (2015) estudiaron la prevalencia de polivictimización entre la juventud de una ciudad chilena. Los resultados de dicho estudio revelan que 89% de los NNA de esta ciudad han sufrido algún tipo de victimización a lo largo de su vida; los tipos más frecuentes son los delitos comunes, la victimización indirecta y la victimización por los propios cuidadores. En Brasil, datos de un estudio señalan que al menos 90% de las y los adolescentes ha sido víctima de violencia de pareja, y que 91% ha sido victimaria, situación que resulta desfavorable especialmente para las niñas y adolescentes mujeres (Brancaglioni y Cássia Alvarez, 2016). En la región centroamericana, David Quintana (2019a) señala que una de las formas de violencia a las que más está expuesta la adolescencia salvadoreña es la económica, en vista que 32% sufrió un robo o asalto en el año del estudio, y hasta 40% fue víctima de hurto; por otra parte, en otro estudio, el mismo autor (Quintana, 2019b) sostiene que la adolescencia salvadoreña experimenta otras formas de victimización como el abuso emocional o psicológico, el maltrato físico, la negligencia de cuidadores y la alienación parental.1 El autor destaca la vulnerabilidad existente por razones de género, al señalar el hecho de que dos de cada tres adolescentes que sufren maltrato físico son mujeres.

Honduras no es la excepción ante este escenario, ya que el país centroamericano se ha caracterizado en los últimos años por sus altos índices de violencia y criminalidad, los cuales lo han convertido en uno de los países más violentos del mundo (Gutiérrez Rivera, 2013; Berg y Carranza, 2018). Uno de los grupos más vulnerables ante este contexto generalizado de violencia son los NNA, entre quienes las tasas de homicidio son más elevadas que en el resto de la población (Observatorio de la Violencia, 2019). Si, tal como afirma Néstor García Canclini (2004), las sociedades pueden ver su futuro reflejado en el estado actual de su niñez y sus juventudes, el panorama que se presenta es poco alentador. No solamente por los altos índices de violencia que afectan a la población hondureña en general y a los NNA en particular, sino porque esta situación se ve agravada por las condiciones adversas del contexto socioeconómico. La pobreza general de la población hondureña, con 53.2%, es muy superior al promedio latinoamericano (30.2%) (CEPAL, 2019; World Bank, 2020), y la pobreza infantil alcanza hasta 70% de los NNA hondureños (Saunders et al., 2014). Esta situación tiene serias repercusiones en otros problemas que afectan particularmente a la niñez y la adolescencia, como las elevadas tasas de mortalidad infantil, abandono escolar, trabajo infantil, desnutrición y embarazo adolescente (CEPAL, 2019; UNAH-MDD, 2016). Cabe mencionar que todos estos problemas afectan a 3.4 millones de niños y niñas2 que representan 36% de la población (SISNAM, 2020), y que, junto a la juventud, constituyen el grueso de la pirámide poblacional de Honduras (ilustración 1). Al estar inmersa la sociedad hondureña en un ambiente violento y de pobreza, el cual es retroalimentado diariamente por los medios de comunicación, las redes sociales, los ambientes familiares y comunitarios, este se convierte en terreno fértil para que actos violentos puedan ser cometidos a diferentes niveles y por diferentes actores, afectando a los grupos más vulnerables de la sociedad, entre ellos los NNA.

 

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Ante este escenario, en los últimos años el Estado hondureño ha realizado acciones encaminadas a crear una infraestructura capaz de garantizar los derechos de este grupo poblacional, como aprobar en 2013 una Política Nacional de Prevención de Violencia hacia la Niñez y la Juventud en Honduras (Decreto Ejecutivo PCM 011-2013), o reformar el mismo año el marco legislativo e institucional del Instituto Hondureño de la Niñez y la Familia (Ihnfa) para conformar un sistema nacional de protección de los derechos de la niñez y la adolescencia, el cual hoy día es administrado por la Dirección de Niñez, Adolescencia y Familia (Dinaf) (Suazo, Cruz y Parada, 2020). Sin embargo, pese a los esfuerzos institucionales de los últimos años por crear una infraestructura que permita atender las necesidades de protección de la niñez y la adolescencia, todavía existe una deuda en el país para generar la capacidad institucional de dimensionar el alcance de la violencia experimentada por este sector de la población en sus espacios cotidianos, es decir, se carece de las fuentes de información necesarias tanto para construir un conocimiento sistemático sobre tal problemática, como para crear políticas públicas orientadas científicamente (IBCR, s.f.; Santos, 2017; Visión Mundial, 2014).

Por otra parte, si bien es cierto que tanto desde el mundo académico como desde la sociedad civil se han destinado esfuerzos para investigar el fenómeno de la violencia entre los NNA, la mayoría de las investigaciones, tal como señalan Pablo Alberto Ortega Poveda y María Fernanda Arocha Velásquez (2014: 23), se han enfocado en abordar la problemática de la violencia desde su relación con los maras y las pandillas (Save the Children, 2018; Escotto Quesada, 2015; Jiménez, 2016; Benavides Osorto, 2017; Prado Pérez, 2018;). Es decir, la literatura se ha inclinado a elucidar una forma de violencia cometida por ciertos actores sociales (maras y pandillas), en determinados espacios sociales (espacio urbano y público) y que se manifiesta de una forma particular (homicidios, extorsión, secuestro, etcétera). Si bien esta dimensión de la violencia entre la niñez y la juventud es de suma importancia tanto para comprender un problema que las afecta de manera particular como para establecer políticas de seguridad, todavía existe un vacío de investigaciones en el país sobre las formas de violencia experimentadas por los NNA en otros espacios de su vida cotidiana, como en la familia, la escuela o entre sus pares.

En virtud de lo anterior, el objetivo del presente trabajo es identificar formas de violencia experimentadas por los NNA en Honduras en su vida cotidiana. Se trató de alcanzarlo respondiendo las siguientes preguntas: ¿Cuáles son las formas de victimización experimentadas por los NNA en Honduras y cuál es su nivel de prevalencia? ¿Cuál es el grado de violencia experimentada por niños y niñas hondureños en comparación con estudios similares en otros países latinoamericanos? Se describe a continuación el enfoque teórico desde el cual se abordan estas preguntas, es decir, las perspectivas y los conceptos esenciales para entender la violencia entre la niñez y la adolescencia en el marco de la presente investigación. Seguidamente, se expone la estrategia metodológica adoptada para poder identificar las diferentes formas de violencia entre este grupo poblacional. En la sección de resultados se presentan los hallazgos sobre las cinco dimensiones de victimización examinadas, dando paso finalmente al análisis y conclusión de los mismos.

 

Perspectiva teórica

La violencia es un fenómeno multidimensional, que puede manifestarse a través de una diversidad de formas, originarse en diferentes lugares y afectar a una gran variedad de personas. Para entender este fenómeno, una definición ampliamente aceptada es la proveída por la Organización Mundial de la Salud (OMS, 2020), que entiende por violencia el “uso intencional de la fuerza física, amenazas contra uno mismo, otra persona, un grupo o una comunidad que tiene como consecuencia o es muy probable que tenga como consecuencia un traumatismo, daños psicológicos, problemas de desarrollo o la muerte”. Si bien esta definición ha sido utilizada en otros estudios para analizar la violencia infantil (WHO, 2020; Giacomozzi et al., 2020), la definición se considera limitada para observar las formas de violencia específicas que afectan a este grupo poblacional. En este sentido, en el presente trabajo se utilizan tres referentes teóricos complementarios para conocer y analizar las formas de violencia experimentadas por NNA. Por un lado, se adopta la perspectiva de David Finkelhor, quien concibe la violencia experimentada particularmente por la niñez y la adolescencia como victimización infantil, entendiendo con esta categoría “los daños causados por agentes humanos hacia la niñez, actuando en violación de normas sociales”3 (Finkelhor, 2011: 111). Esta concepción de victimización infantil permite incluir las múltiples formas de violencia experimentadas por los NNA, incluyendo tanto la agresión física ocasionada por el castigo corporal o el abuso sexual, como otro tipo de agresiones de carácter verbal o psicológico. Asimismo, desde esta concepción, son consideradas formas de violencia o victimización la omisión de ciertas acciones necesarias para su desarrollo o protección; ejemplos de estas formas son la negligencia en su atención física o emocional, y el abandono paterno/materno (Finkelhor, 2011; Gutiérrez-Vega y Acosta-Ayerbe, 2013).

Contrariamente a lo que ocurre entre la población adulta, muchas formas de violencia no son reconocidas como tales cuando le ocurren a un niño o a una niña. Por ejemplo, mientras que la agresión física entre dos adultos es ilegal en virtualmente todos los países, sólo un conjunto de ellos prohíben que los cuidadores peguen a sus hijos como forma de disciplina (CNN, 2018). De acuerdo con Finkelhor, “el supuesto cultural es que estos actos son menos graves o menos criminales cuando ocurren en edades más tempranas” (2011: 11). Esta actitud entre los adultos de desvalorar la violencia cuando ocurre entre niños y niñas podría comprenderse mejor desde la categoría del adultocentrismo. De acuerdo con Klaudio Duarte Quapper (2016), este:

Refiere a una categoría de análisis que designa un modo de organización social que se sostiene en relaciones de dominio entre aquello que es forjado como adultez, impuesto como referencia unilateral, respecto de aquello que es concebido como juventud (también niñez y adultez mayor) (Duarte Quapper, 2016: 11).

Siguiendo a este autor, al ser el adultocentrismo no solamente un orden social o sistema de dominación, sino también un paradigma (Duarte Quapper, 2016), las instituciones sociales y los individuos que forman parte de ellas no reconocen que las formas de victimización que ocurren a la niñez merecen la misma respuesta institucional-legal ofrecida a los adultos en condiciones similares. Como consecuencia, se sigue reproduciendo la violencia contra los NNA en los espacios de su vida cotidiana, perpetuando de esta manera su condición como el grupo más vulnerable y vulnerado de la población. Así, la visión del Estado y las políticas públicas son influidas o están permeadas por el adultocentrismo, lo que se manifiesta en la poca importancia que desde el Estado se les da a las instituciones vinculadas con niñez y adolescencia.

Por otro lado, si bien el contexto estructural es una condición necesaria para mantener esta situación entre los NNA, no es suficiente para explicar los actos concretos de violencia cometidos contra y entre este grupo en su vida cotidiana. Para analizar esta situación se retoman las ideas de Randall Collins (2008), quien sostiene que el acto violento debe ser comprendido por las situaciones que permiten a los individuos sortear la tensión y el miedo de infligir un daño físico al otro, y no tanto por las motivaciones personales o las condiciones macroestructurales del acontecimiento. De acuerdo con este autor, para que emerja la violencia cara a cara se deben dar ciertas situaciones que permitan a los individuos superar esta tensión. Una de estas situaciones es la utilización de la misma tensión a favor del victimario, quien se alimenta de dicha energía, y la utiliza contra la víctima que es percibida como débil y a quien el primero siente que puede atacar (2008). De esta manera, es posible afirmar que la niñez y la adolescencia son dos de las principales víctimas de la violencia, justamente porque son percibidas como débiles en relación con los adultos o por sus mismos pares. Por otra parte, una situación también señalada por Collins que favorece cometer un acto violento es un escenario social donde exista una audiencia que legitime como aceptable dicha acción (2008). Estas situaciones son comunes en los espacios lúdicos de los centros educativos, donde los NNA pueden validar como aceptables las peleas entre compañeros o el propio acto del bullying.

 

Metodología

El diseño de este estudio fue cuantitativo, estableciendo como meta identificar la frecuencia de las diferentes formas de victimización experimentadas por los NNA y su posible relación con variables como el sexo y la zona de residencia de los participantes.

 

Participantes

El método de muestreo fue por conglomerados en fases múltiples (Casal y Mateu, 2017), determinando en un primer momento el universo de estudiantes de 13 a 15 años a nivel nacional. Seguidamente, se seleccionaron dos municipios dentro de cada uno de los 18 departamentos del país que cumplieran con el requisito de pertenecer a una zona urbana y una zona rural, respectivamente. El tamaño de la muestra se calculó sobre 28 3044 NNA, cantidad que corresponde al total nacional de la población estudiantil entre 13 y 15 años que se encontraba matriculada en Centros de Educación Básica (CEB) entre octubre de 2017 y marzo de 2018. Como resultado, se encuestó a un total de 943 participantes.

 

Instrumento

A cada uno de los participantes que constituyeron la muestra del estudio se le aplicó el Cuestionario de Victimización Juvenil (JVQ por sus siglas en inglés), una herramienta que ha sido diseñada, validada y utilizada internacionalmente para recolectar datos acerca de un amplio espectro de victimizaciones sufridas por niños, niñas y adolescentes (Segura, Pereda y Guilera, 2018). El instrumento plantea preguntas acerca de 36 tipos de victimización, distribuidos en cinco secciones ordenadas de la siguiente forma: 1) delito común; 2) maltrato infantil; 3) victimización entre pares; 4) victimización sexual y 5) victimización indirecta/testigos de violencia. Por cada pregunta, en una escala de 0 a 5 o más, se consultó a los participantes cuántas veces fueron víctimas de algún tipo de violencia durante el año anterior a la realización de la encuesta. Este instrumento ha demostrado ser una fuente de alta confiabilidad para identificar estadísticamente el grado de prevalencia de las diferentes formas de victimización contra NNA en el mundo (Finkelhor et al., 2005).

Es importante notar que, si bien el instrumento se denomina Cuestionario de Victimización Juvenil, los sujetos a los que puede estar dirigido no se limitan a personas jóvenes. Como lo indican los investigadores que crearon la herramienta al referirse a las características del encuestado, en la medida en que aborda formas de victimización propias de la niñez (por ejemplo, estupro o negligencia), así como crímenes ocurridos generalmente entre personas jóvenes (como asaltos o robos), la herramienta es aplicable a cualquier niño o niña en edades tan tempranas como los ocho años, así como a adolescentes, jóvenes e incluso adultos que puedan compartir las experiencias de niños y niñas menores de ocho años que se encuentran bajo su tutela (Hamby et al, 2005; Crimes Against Children Research Center, 2022).

Para adaptar y validar localmente el instrumento jvq, se aplicó en octubre de 2017 una prueba piloto en centros educativos de Tegucigalpa (zona urbana) y Santa Ana (zona rural) en el departamento de Francisco Morazán, donde se encuestó a varones y mujeres adolescentes, lo que hizo posible corroborar el grado de aceptación y comprensión de las preguntas del instrumento tanto por las autoridades escolares como por las y los adolescentes, tomando nota del tiempo de respuesta e inteligibilidad del lenguaje utilizado. Dicho proceso permitió al equipo de investigación tomar decisiones en cuanto a la modificación de los protocolos de aplicación y de las palabras utilizadas en algunos de los ítems del instrumento.

 

Hipótesis

Sobre la base de la propuesta planteada, en el presente trabajo se examinó la hipótesis (Ha): la variable sexo está relacionada con las diferentes formas de violencia experimentadas por los participantes encuestados. Otra hipótesis (Ha) que se intentó analizar fue que la zona de residencia de los encuestados tiene relación con las formas de violencia experimentadas. De esta manera, la hipótesis nula (Ho) de la primera Ha es que la variable sexo y las formas de violencia experimentada son fenómenos independientes, mientras que la Ho de la segunda hipótesis planteada es que la zona de residencia y las formas de violencia experimentadas por los niños y niñas no tienen relación entre sí.

 

Análisis de datos

El análisis de los datos para confirmar las hipótesis del estudio se realizó explorando la prevalencia de los distintos tipos de victimización de acuerdo con variables como el sexo y la zona de residencia de los participantes, tratando de identificar la relación estadística con las formas de victimización experimentadas mediante una prueba de chi cuadrado con un p valor de 0.05. Dicho procedimiento se realizó con el software de análisis estadístico SPSS en su versión 17.

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Seguidamente, se procedió a realizar un análisis comparativo entre las formas de violencia encontradas entre la niñez y la adolescencia hondureñas, y los resultados de otros países de América Latina que han aplicado el instrumento JVQ en los últimos años, como son los casos de Chile (Pinto Cortés y Vanegas Sanhuesa, 2015) y El Salvador (Quintana, 2019a, 2019b). Es fundamental señalar que este ejercicio se realizó con el fin analítico de establecer un punto de referencia en otras latitudes para aproximarse a la prevalencia de violencia entre los NNA de Honduras; sin embargo, debido a las diferencias entre los problemas socioeconómicos de estas sociedades y sus respectivas poblaciones, así como de las estrategias metodológicas llevadas a cabo en los estudios de cada país mencionado, la interpretación de los datos comparativos debe tomarse con cautela.

 

Protocolo de ética

Los protocolos para el levantamiento de información del presente estudio fueron revisados y aprobados por el Comité de Ética de la Universidad de Ryerson. Como parte de dicho proceso, se solicitó autorización escrita a las autoridades de los centros educativos y autorización verbal a los propios participantes para proceder con la aplicación del instrumento. Si bien es cierto que se dejó registro del nombre de los centros educativos donde se recolectó la información, en las boletas del instrumento no se solicitó ningún tipo de información personal a los estudiantes que pudiera trasgredir la confidencialidad de sus respuestas.

 

Resultados

Datos demográficos

Como resultado del proceso de recolección de información, se encuestó a 943 participantes, 436 de ellos adolescentes hombres, y 506 adolescentes mujeres; la edad promedio de los participantes fue de 13.8 años (desviación estándar: 0.811). En relación con la zona de residencia, 64.6% de los participantes residía en el área rural (609), mientras que 35.4% en el área urbana (333), proporciones que corresponden a la distribución de la población estudiantil en el territorio nacional en el momento del levantamiento de información. Con respecto al año de estudios cursado por los participantes, la mayor proporción se concentró en el octavo año escolar, con 42.6% (373), seguido por estudiantes del séptimo año, con 31.5% (276), y del noveno año escolar, con 23.3% (204). Cabe mencionar que 2.5% de los participantes (22) cursaba un grado diferente a los mencionados en el momento de aplicación de la encuesta.

 
Delito común

La primera dimensión de victimización explorada por el instrumento está relacionada con el delito común. Tal como puede observarse en la gráfica 1, la forma de victimización más frecuente fue romper o dañar pertenencias de los niños y las niñas; 41.2% sufrió esta forma de violencia entre 1 y 2 ocasiones en el año previo al estudio. Enseguida, se identificó que los niños y las niñas experimentaron ataques sin armas; 35.9% vivió esta experiencia entre 1 y 2 ocasiones, así como el despojo por la fuerza de alguna pertenencia, que afectó entre 1 y 2 ocasiones a 31.3% de los niños y niñas. Estas formas de victimización afectaron aproximadamente a la mitad de los participantes encuestados. En relación con las formas de victimización menos frecuentes en esta sección, se puede notar que los números se mantienen elevados, ya que formas de violencia como los intentos de ataque (29.6%), robos (26.0%) y ataques con armas (22.2%) fueron experimentados entre 1 y 2 veces por aproximadamente un tercio de las niñas, niños y adolescentes. En un menor grado, los participantes experimentaron ataques discriminatorios (9.6%) y secuestros o intentos de secuestro (4.0%). Aunque estadísticamente estos datos no sean significativos, cabe mencionar que la situación experimentada por los niños y niñas las enfrentados a tales formas de violencia tiene severas repercusiones que los marcan para toda la vida.

Al analizar las diferentes formas de victimización según la variable sexo, no se identificó significancia estadística en ninguna de las preguntas con excepción de una: intento de ataque por parte de alguien en el último año. En esta pregunta el nivel de significancia fue de 0.024. Por tanto, es posible afirmar que existe relación entre el sexo y la experimentación de intentos de ataque; los más afectados fueron niños, con 53.5% de las respuestas (176), en contraste con 46.5% (153) de las niñas. De esta manera, como el resultado de chi es menor que 0.05, se rechazó la Ho de que las variables son independientes, y se aceptó la Ha de que el sexo y sufrir un intento de ataque están relacionados. Asimismo, analizando todas las formas de victimización en relación con la región de residencia de los participantes, sólo se encontró significancia estadística (0.032) entre quienes afirmaron haber experimentado daños a los objetos de su propiedad en el año previo a la realización de la encuesta; 62% de las víctimas residían en el área rural (294) y el 38% en el área urbana (180). Dado que, en este caso, el resultado de chi de 0.032 es menor a 0.05, se rechaza la Ho de que la zona de residencia es independiente de la forma de victimización, y se acepta la Ha de que existe una relación entre estas dos variables.

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Maltrato infantil

Entre las formas de victimización experimentadas en el hogar, como puede apreciarse en la gráfica 2, el maltrato verbal o emocional por parte de cuidadores fue la más frecuente entre las NNA encuestados, ya que 21.4% de los participantes lo experimentaron entre 1 y 2 ocasiones en el año anterior a la encuesta. Como segunda forma de victimización se identificó la agresión física por parte de algún adulto dentro del hogar, experimentada entre 1 y 2 veces por 15.8% de los encuestados, seguida por la negligencia o el descuido por cuidadores del niño o la niña (8.2% entre 1 y 2 veces), y finalmente el alejamiento forzado de alguno de los padres (7.0% de los participantes lo experimentaron entre 1 y 2 veces).

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Uno de los hallazgos más relevantes de esta sección es que se identificó dependencia estadística entre el sexo y las dos formas de victimización más frecuentes experimentadas por los participantes. Del total de los que afirmaron haber sufrido maltrato verbal o emocional por parte de un adulto a cargo, 61.8% correspondía a mujeres (199), mientras que 38.2% a hombres (123). De acuerdo con el elevado nivel de significancia (0.000 menor a 0.05), es posible rechazar de manera contundente la Ho de que las variables de sexto y el maltrato verbal son independientes, y aceptar la Ha que señala la existencia de una relación entre estos dos elementos. Esta situación se repite con respecto a la agresión física, ya que también se encontró que las diferencias entre hombres y mujeres al experimentar golpes por parte de sus cuidadores son estadísticamente significativas (0.041). De los participantes que sufrieron esta forma de victimización, las niñas fueron mayoría con 56.5% (131), frente a 43.5% de los niños (101). Finalmente, no se encontró relación entre ninguna de estas formas de victimización y la residencia de los participantes, por lo que se acepta en esta sección la Ho sobre la independencia entre estas dos variables.

 
Victimización entre pares

Entre las formas de victimización relacionadas con la violencia entre pares, es decir, aquella recibida por parte de hermanos(as), amigos(as) o compañeros(as) de escuela, la mayor frecuencia de victimización reportada fue la agresión física individual, como está señalado en la gráfica 3; 31.6% de los participantes expresaron haber sufrido tal situación entre 1 y 2 veces en el último año. La segunda forma de victimización más experimentada por los participantes fue el acoso, que puede ser interpretado como el hostigamiento verbal y emocional de amigos, hermanos u otros niños o niñas en los espacios que los participantes frecuentan (28.0% sufrieron esta violencia entre 1 y 2 veces en el año anterior a la encuesta). Esta forma de victimización está estrechamente relacionada con la siguiente violencia más frecuente: maltrato verbal (24.4% de los encuestados experimentaron esta forma de violencia en el mismo periodo), el cual se refiere a insultos, groserías y malas palabras proferidas por amigos, compañeros o hermanos dirigidas a los participantes. La frecuencia más baja de victimización en esta sección se registró en haber sufrido algún intento de agresión a las partes íntimas de los encuestados (14.8% lo sufrieron entre 1 y 2 ocasiones) y experimentar agresión o violencia de pareja (6.9% de los participantes la experimentaron al menos entre 1 y 2 ocasiones).

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A la luz de la relación entre este segmento del instrumento y el sexo de los participantes, se identificó una elevada significancia estadística. En una de ellas se determinó que haber sufrido un intento de agresión a los genitales por amigos, hermanos o compañeros, contiene una sobresaliente relación de significancia de 0.000, donde 75.5% de los afectados corresponde a niños (151) y el 24.5% a mujeres (49). Estos datos permiten rechazar la Ho sobre la independencia entre el sexo y sufrir ataques a las partes íntimas, y aceptar la Ha sobre la relación entre estos dos componentes. La otra forma de victimización identificada, donde se reportó una relación con la variable sexo, fue la violencia de pareja, registrando un nivel de significancia de 0.002, donde 68.8% de las víctimas correspondía a niños (55) y el 31.3% a mujeres (25). Estos datos constatan la posibilidad de rechazar la Ho de que el sexo y la violencia de pareja son fenómenos independientes, y de aceptar la Ha que afirma la relación entre dichas variables. Finalmente, al igual que en la sección anterior, no se identificó relación estadística entre la victimización sufrida entre pares y la región de residencia de los participantes.

 
Victimización sexual

Como puede observarse en la gráfica 4, 11.4% de los NNA encuestados reportaron haber experimentado acoso sexual entre 1 a 2 veces en el año anterior a la aplicación del instrumento, entendiendo este como el acto de escuchar o leer comentarios no deseados sobre la propia sexualidad. Esta forma de violencia fue la más frecuente en esta sección. En segundo lugar, los NNA reportaron haber sido víctimas de exhibicionismo (6.7% lo experimentaron entre 1 y 2 veces), por el cual se entiende ver de manera forzada e inadvertida los órganos genitales de otro niño, niña o adulto. Continuando con el nivel de frecuencia reportado, las formas de victimización sexual más frecuentemente experimentadas por los participantes fueron: haber tenido relaciones sexuales consentidas con un adulto (4.7% entre 1 y 2 ocasiones), haber sufrido de abuso sexual entre pares (amigos, compañeros, hermanos) (4.8% entre 1 y 2 ocasiones), haber experimentado abuso sexual por parte de un adulto conocido (4.9% entre 1 y 2 veces), violación o intento de violación (4.3% de los participantes lo experimentaron entre 1 y 2 ocasiones) y abuso sexual por parte de un adulto desconocido (4.7% entre 1 y 2 veces). Si bien estos datos no representan una proporción estadística significativa de toda la muestra de participantes, quienes han sufrido este tipo de victimización en su vida, y no reciben apoyo psicológico, jurídico y/o afectivo, son susceptibles de severos impactos negativos en su desarrollo y en el de las personas que forman o formarán parte de su entorno de vida.

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A pesar de que en este segmento la mayoría de las víctimas fueron niñas y adolescentes mujeres, no se detectó diferencias estadísticamente significativas con la variable sexo, con excepción de las relaciones sexuales consentidas con un adulto. Este ítem registró un nivel de significancia de 0.001. Al ser menor que el valor p. de 0.05, indica una relación sobresaliente entre la variable sexo y haber experimentado tal forma de violencia. Desglosando el acontecimiento según el sexo, 68.2% de las víctimas fueron hombres (45) y 31.8% mujeres (21). En relación con la zona de residencia de los participantes, no se identificó significancia estadística entre dicha variable y esta forma de victimización infantil.

 
Victimización indirecta/Testigos de violencia

En relación con las formas de victimización que no afectan directamente al niño, niña o adolescente, pero de la cual son testigos o víctimas indirectas, se encontró que 24.7% de los participantes presenciaron, entre 1 y 2 ocasiones, peleas o batallas callejeras que involucran cruce de disparos con armas de fuego y otro tipo de armas de riesgo para su vida. Esta fue la victimización indirecta más frecuente en esta sección. Asimismo, 23.5% de los participantes manifestó haber experimentado un acto de violencia entre dos adultos sin la utilización de un arma de por medio entre 1 y 2 veces en el último año, seguido por 23.4% que sufrió, igualmente entre 1 y 2 ocasiones, robo de pertenencias en sus casas. Un 20.7% experimentó la pérdida de un ser cercano por causa de asesinato entre 1 y 2 ocasiones. Por otra parte, una menor frecuencia de este tipo de victimizaciones se registró, por ejemplo, en haber visto personas asesinadas, con 13.4%, seguido por presenciar peleas entre pandillas, situación de la cual 10.2% de los participantes del estudio fueron víctimas entre 1 y 2 ocasiones en el año previo a la encuesta.

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Siguiendo con el análisis de relación de variables entre estas formas de victimización, se identificó que el sexo no fue una variable condicionante en la experimentación de esta forma de violencia entre los NNA participantes del estudio, ya que no se identificaron diferencias estadísticas significativamente relevantes en ninguna de las preguntas de esta quinta sección. Por ello, se acepta la Ho de que existe independencia entre el sexo y las diferentes formas de victimización indirecta analizadas. Sin embargo, sí se encontró una relación estadística entre dos preguntas relacionadas con la victimización indirecta y la región de residencia de los participantes. Una de ellas fue la victimización por el robo en sus casas. Con una significancia de 0.028, menor que el valor p. de 0.05, y donde 61.1% de las víctimas pertenecían al área rural (168), y 38.9% pertenecía al área urbana (107), se rechaza la Ho sobre la independencia de las variables, y se acepta la Ha acerca de la relación entre la zona de residencia y la probabilidad de experimentar el robo de casa. Asimismo, en relación con presenciar un ataque violento con la utilización de un arma, se identificó una significancia estadística de 0.016, la cual es menor al valor p. 0.05, y que posibilita rechazar la Ho que afirma la independencia entre la zona de residencia y este tipo de victimización, aceptando la Ha que postula la relación estadística entre estos dos tipos de variables.

 

Comparación con otros países

¿Cómo se posiciona la experiencia de victimización de la niñez y la adolescencia hondureñas en comparación con otros estudios de la región? A partir de los resultados de dos estudios previos, los datos de la presente investigación coinciden con el hecho que, de todas las secciones del instrumento JVQ, los delitos comunes son los más frecuentes también entre la niñez y la adolescencia chilenas y salvadoreñas (Pinto Cortés y Vanegas Sanhuesa, 2015; Quintana, 2019a). Por otra parte, en relación con el maltrato infantil, donde se logró obtener datos comparables entre los tres países, el maltrato verbal y la agresión física entre la niñez y la adolescencia son las formas de victimización más frecuentes dentro del hogar en Honduras, Chile y El Salvador; sin embargo, la prevalencia de esta problemática es más elevada entre la niñez hondureña, donde el maltrato verbal se presentó en 34.2% de los casos, en contraste con 26.8% en El Salvador y 27.6% en Chile. Asimismo, la frecuencia del maltrato físico entre la niñez hondureña se posiciona 5 y 7 puntos porcentuales por encima de los casos chileno y salvadoreño, respectivamente. De la misma manera, significativamente superiores son los casos de alejamiento forzado del padre o la madre entre la niñez hondureña en comparación con los otros dos países (ver gráfica 6).

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Debido a la ausencia de información sobre otras formas de violencia entre la niñez y la adolescencia en El Salvador, no se logró obtener datos suficientes para comparar otras secciones del instrumento JVQ entre los tres países. Sin embargo, se considera que esta sección sobre maltrato infantil demuestra que la frecuencia de violencia entre la niñez y la adolescencia hondureñas es más elevada que en otras latitudes de la región latinoamericana. Esto invita a plantearse preguntas orientadas a delimitar las condiciones, las causas y las consecuencias de la elevada prevalencia de formas de violencia experimentadas por la niñez y la adolescencia en la sociedad hondureña.

 

Discusión

En el presente estudio se recopilaron datos primarios sobre diferentes formas de victimización contra la niñez y la adolescencia hondureñas para determinar la prevalencia de violencia experimentada por este grupo poblacional en sus diferentes espacios de la vida cotidiana. Estando el país inmerso en un contexto cargado de violencia e inseguridad, es posible entender que la incidencia de actos de victimización relacionados con el delito común sea algo cotidiano en la vida de la niñez y la juventud hondureñas. Entre los resultados encontrados, destaca que aproximadamente la mitad de los participantes encuestados experimentaron algún tipo de delito común, como daño a su propiedad (50.4%), ataques sin la utilización de armas (49%) o ser despojados de sus pertenencias mediante el uso de la fuerza (43.2%). Adicionalmente, en la primera sección analizada, se identificó que existe relación estadística entre ser niño (varón) y ser víctima de intentos de ataques, así como entre residir en la zona rural y sufrir daños a la propiedad personal. Resulta significativo que estas formas de violencia sean las más elevadas entre los participantes del estudio, lo cual podría estar relacionado con múltiples factores, como la exposición a la violencia y la criminalidad que caracterizan al contexto hondureño, considerar a la niñez y a la adolescencia como grupos débiles que pueden fácilmente ser víctimas de violencia por su condición de vulnerabilidad (Collins, 2008), o la falta de atención por parte del mundo adulto para establecer justicia en los diferentes espacios en que se desenvuelven los NNA, simplemente porque no se reconoce como problema legal cada una de estas formas de victimización infantil (Finkelhor, 2011).

Los resultados también revelaron que el maltrato infantil es una de las formas de victimización más frecuente entre los NNA, ya que se registra un porcentaje elevado de ocurrencia. Las formas de maltrato infantil más experimentadas en esta materia para todos los participantes del estudio fueron el maltrato verbal (34.2%) y el maltrato físico (24.7%); ambas formas de victimización afectan de manera desproporcionada a las niñas y adolescentes mujeres. En virtud de esta situación, es importante destacar el papel que el género juega en el ejercicio de la violencia por parte de los cuidadores de los NNA, ya que se identifica que son los cuerpos y la psique de las niñas y adolescentes mujeres donde más se manifiesta la violencia en el hogar. En cuanto a la victimización entre pares, los participantes manifestaron que las formas de violencia más frecuente fueron la agresión física individual (43.3%), ser acosados (38.2%) y maltratados verbalmente (37.4%) por amigos, hermanos o compañeros escolares. En dicha sección, se identificó que los niños y los adolescentes varones sufren en mayor proporción de ataques dirigidos a sus órganos genitales, así como de violencia en sus relaciones de pareja.

En relación con los niños y niñas que expresaron ser víctimas de abuso sexual, se identificó que la victimización más frecuente fue el acoso sexual (13.8%), y que el resto de formas de victimización de esta sección, como ser víctima de exhibicionismo, abuso sexual o violación, oscilaron entre 5% y 8% de prevalencia entre los participantes. No obstante, aunque estos porcentajes representan sólo una pequeña proporción de los NNA investigados, resulta imperativo prestar atención a las víctimas de estas formas de victimización. Al respecto, Luis Felipe Fontes, Octavio Canozzi Conceição y Sthefano Machado (2017) advierten que las y los adolescentes abusados sexualmente tienen más probabilidades de desarrollar dependencia del alcohol y de otro tipo de drogas, incrementar sensaciones de soledad, sufrir insomnio y reducir las probabilidades de tener pareja, entre otras consecuencias negativas en el transcurso de su vida.

Por último, en cuanto a violencia indirecta, se constató que un elevado porcentaje de NNA encuestados han estado expuestos a batallas o peleas callejeras (32.3%), robo en sus casas (29.2%) y peleas entre adultos sin la utilización de armas (29.2%). Nuevamente, se observa aquí una posible relación entre el precario contexto socioeconómico que caracteriza a la sociedad hondureña y las formas de victimización a las que se enfrentan los NNA. Tal como se mencionó al inicio del presente trabajo, los maras y las pandillas han sido identificados como una de las principales causas de la violencia entre la infancia y la juventud del país (Save the Children, 2018; Escotto Quesada, 2015; Jiménez, 2016; Benavides Osorto, 2017; Prado Pérez, 2018). Como se vio en este estudio, aunque no sean la única causa generadora de violencia, es posible considerar que una amplia variedad de participantes sean víctimas indirectas o testigos de violencia debido a las batallas y los crímenes perpetrados en los espacios públicos por estos grupos delictivos.

Según pudo comprobarse, la niñez y la adolescencia en Honduras experimentan elevados niveles de violencia en su vida cotidiana. De este grupo, son las niñas particularmente las más afectadas, ya que se observa un patrón en el que, en la mayoría de las secciones analizadas, los incidentes de victimización son usualmente más frecuentes entre ellas. Una cultura históricamente patriarcal es un trasfondo desfavorable para las niñas y las mujeres del país, especialmente en las zonas rurales, donde los valores tradicionales se encuentran mucho más arraigados entre la población (Ponce, 2013). Sumado a esto, la institucionalidad del país, obligada a dar respuesta ante los casos de abuso y maltrato contra las niñas y adolescentes mujeres, se caracteriza por su pobre respuesta para resolver los casos que se le presentan (Observatorio de la Violencia, 2018).

Debido a su etapa de desarrollo psico-socio-biológico incompleta en comparación con los adultos, sumada a la dependencia económica de sus cuidadores, la condición de vulnerabilidad de la niñez y la adolescencia en Honduras las posiciona en una situación de desventaja objetiva, situación que puede ser y, de hecho, es aprovechada por adultos perpetradores de maltrato físico, emocional y de abuso sexual. Esta misma situación puede ser utilizada para explicar el comportamiento de pares como hermanos o compañeros de clase, que se pueden aprovechar de su fortaleza física o de su estatus social más elevado para cometer todo tipo de abusos contra los niños y las niñas más vulnerables en los centros escolares, contribuyendo de esta manera a dar forma al fenómeno del bullying. Retomando a Collins (2008), este fenómeno se caracteriza por un escenario donde una audiencia, en este caso estudiantil, puede legitimar la violencia cometida contra un grupo vulnerable y, por lo tanto, espera que se cometa. Esto es muy común en los espacios recreativos de los centros escolares del país (Zavala et al., 2013; Maldonado y Zavala, 2016; UNICEF, 2018; Richardson y Hiu, 2018), donde grupos de niños y niñas se reúnen en torno a dos o más estudiantes, incitando a que peleen o a abusar de los más débiles, obteniendo como resultado en muchas ocasiones la superación de la tensión y el miedo entre los involucrados, abriendo paso a la agresión física y al abuso emocional entre los mismos.

¿Qué consecuencias tiene para la niñez y la adolescencia la exposición a tan diversas formas de violencia? De manera general, es posible afirmar que, en las trayectorias de vida de los NNA, los daños físicos y emocionales causados por las diversas formas de victimización son susceptibles de estar presentes en todo el ciclo de vida de las víctimas. Si los efectos inmediatos de estos daños no se tratan, puede haber secuelas negativas en su salud mental, lo que consecuentemente también deriva en impedimentos en su desenvolvimiento social. De acuerdo con la WHO (2020), el maltrato infantil no solamente tiene consecuencias psicosociales para quienes han sido víctimas, sino que esta situación también puede extrapolarse al desarrollo económico y social de un país, por ejemplo, a través de costos de hospitalización, tratamientos de salud mental, servicios sociales y de protección para la infancia, y costos sanitarios a largo plazo. Por otra parte, en relación con las trayectorias de vida de los NNA, Ana Segura, Noemí Pereda y Georgina Guilera (2018) establecen que los jóvenes que experimentan dos o más formas de violencia están expuestos a experimentar también otras formas de victimización en su vida adulta. Tal como fue señalado anteriormente, las víctimas de violencia sexual se encuentran expuestas a desarrollar varios tipos de adicciones que pueden tener serias repercusiones en la obstaculización del desarrollo de las potencialidades que, en otras circunstancias, los individuos hubieran cultivado (Fontes, Canozzi Conceição y Machado, 2017).

En este estudio se han determinado los diferentes tipos de violencia que afectan a la niñez y la adolescencia hondureñas. La teoría ha confirmado, a través de los datos encontrados, que ciertas situaciones y escenarios permiten la normalización de actos violentos dentro del hogar, en la escuela o en los espacios públicos en que circulan los niños y las niñas en su vida cotidiana, donde la posición subordinada de este sector frente al mundo adulto podría jugar un papel central en la perpetuación de los ciclos de violencia en sus vidas. Con excepción de los datos sobre victimización sexual, se identificó que los actos de victimización consultados en el estudio afectan a entre a un tercio y la mitad de todos los NNA investigados. Esto demuestra la amplia exposición a la gama de experiencias violentas en que se encuentra este grupo poblacional, ambiente poco alentador de cara a las posibilidades de generar condiciones para el pleno desarrollo de las potencialidades de los niños y las niñas hondureños, el cual requiere de valores presentes en sus vidas como la alegría, la salud, el ocio y principalmente, libertad de toda forma de violencia. Sin embargo, a partir de los datos encontrados, se advierte que la niñez y la adolescencia se encuentran cercadas por múltiples círculos de violencia que se extienden desde la familia, pasando por los centros educativos, las comunidades y, finalmente, la situación de violencia e inseguridad que caracteriza al país. Así, la población infantil en Honduras se encuentra atrapada en una espiral de violencia que es reproducida en todos los espacios en que interactúa.

Siguiendo a Duarte Quapper (2016), es posible afirmar que el sistema social está regido por un paradigma adultocéntrico que obstaculiza reconocer la importancia y las severas implicaciones de la violencia en la vida de uno de los grupos más vulnerables de la población: la niñez y la adolescencia. Una de las consecuencias que se desprenden de tal situación es la normalización y la naturalización de la violencia en la población infantil. Así, los elevados niveles de victimización que se registran en el presente trabajo se consideran como la evidencia de la urgente necesidad de revisar las políticas de protección del Estado, analizar la ruta de riesgo a la que están expuestos la NNA considerando los tipos de peligros que rodean su vida cotidiana y, principalmente, asignar los recursos financieros necesarios para el correcto funcionamiento de la institucionalidad de protección. Para esto se requiere una ruptura de los paradigmas adultocéntricos que hasta este momento han caracterizado las acciones estatales frente a la niñez y la adolescencia (Alzate Piedrahita, 2003). En materia de políticas públicas, este paradigma tradicional se refleja en una visión que concibe a los NNA como objetos de intervención y sujetos inacabados por no ser todavía adultos, mientras que un nuevo entendimiento tendría que abogar, tal como lo establece la Convención de los Derechos de la Niñez, por tratar a niños y niñas como sujetos políticos, cuyos derechos deben ser garantizados por los Estados (2003).

 

Consideraciones finales

Los resultados presentados en este documento pretenden sumarse a la amplia literatura que ha registrado y analizado la violencia entre la niñez y la adolescencia en la región latinoamericana en general, y en Honduras en particular, con el propósito de fomentar la reflexión y el diálogo entre las diferentes disciplinas de las ciencias sociales y las diversas instancias que conforman el sistema de protección de la niñez en Honduras. El propósito del estudio fue identificar las diversas formas de violencia que prevalecen en los diversos espacios de la vida cotidiana de los NNA. Como pudo observarse, no solamente se estableció que existe una alta prevalencia de victimización entre la niñez y la adolescencia hondureñas, sino que, en algunos casos, los datos son incluso más elevados que otros países de la región. En este sentido, el instrumento JVQ resulta ser una herramienta fundamental para determinar, entre una gran cantidad de participantes, las múltiples formas de violencia que experimentan en su vida cotidiana; sumado a esto, la estandarización del instrumento y su aplicación en diferentes países, a pesar de las características socioeconómicas particulares de cada uno, permite hacer ejercicios comparativos que ilustran el grado en que se manifiesta la violencia entre las poblaciones estudiadas. Esta situación podría ser aprovechada por los Estados latinoamericanos y sus respectivos sistemas de protección, para adoptar las medidas necesarias para prevenir, contener y, en última instancia, eliminar las múltiples formas de violencia en que se encuentran sumergidas la niñez y la adolescencia.

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Recibido: 3 de diciembre de 2020
Aceptado: 4 de abril de 2022

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