Universidad Nacional Autónoma de México • Instituto de Investigaciones Sociales

The literature on child homelessness in Latin America

 Carlos Alberto Díaz González Méndez*

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*Doctor en Ciencias Políticas y Sociales por la Universidad Nacional Autónoma de México. Departamento de Ciencias Sociales y Políticas, Universidad Iberoamericana. Temas de especialización: desigualdad social, pobreza, democracia. Prolongación Paseo de la Reforma 880, 01219, Lomas de Santa Fe, Ciudad de México.

Este artículo es producto del proyecto de investigación “La condición de género en el proceso de callejerización: la situación de los trabajadores y acompañantes en calle de la Zona Metropolitana de Oaxaca”, financiado por la Dirección de Investigación y Posgrado de la Universidad Iberoamericana.

 

Resumen: La literatura sobre niños y niñas en situaciones de calle en América Latina exhibe siete ejes de problematización que esbozan las principales aportaciones, limitaciones y agendas pendientes en la región. Dentro de las limitaciones destacan la sobredimensión del papel de las familias en los fenómenos callejeros y la ausencia del componente político para explicar el proceso de callejerización. Respecto a los alcances, se distingue la importancia de la agencia como vértice analítico, mientras que el gran pendiente sigue siendo incorporar con mayor profundidad el papel del género, las relaciones de poder que suscita y sus implicaciones con los espacios públicos y privados.

Palabras clave: proceso de callejerización, situaciones de calle, trabajo infantil, agencia, género.

Abstract: The literature on child homelessness in Latin America exhibits seven axes of problematization that outline the main contributions, limitations and pending agendas in the region. Among the limitations, two stand out: the oversized role attributed to families and the absence of a political component to explain the process of becoming a homelessness child. Regarding the achievements, the most notable one is importance of agency as an analytical instrument. The great unfinished task remains incorporating in greater depth the role of gender, the power relations that it entails and how it incorporates itself in public and private spaces.

Keywords: becoming homeless, homelessness, child labor, agency, gender.

 

Niños, niñas y adolescentes trabajan en las calles de las principales ciudades en América Latina y muchos otros viven completamente en ellas. Ambos fenómenos son situaciones de calle inscritas —aunque en distintos momentos— en un proceso denominado de callejerización, cuyos impactos varían de acuerdo con el género. El proceso de callejerización supone amplias tramas de relaciones que articulan desde la división sexual del trabajo, el desempeño escolar, las experiencias en los espacios públicos y los conflictos en el núcleo familiar, hasta el funcionamiento de las instituciones del Estado, sus políticas públicas, la pobreza, la migración, la estructura laboral y las dinámicas económicas. La interacción continua de estos factores empuja a los niños y las niñas a vincularse desfavorablemente con la calle, trabajando o desarrollando ahí sus vidas. Cada factor compromete ámbitos sociales específicos. A saber, la propia calle, el espacio doméstico y/o privado, la escuela, el trabajo y la comunidad, todos atravesados por el predominio —que no hegemonía— de reglas, formas de organización y producción del mundo adulto que moldean la vida de las niñas y los niños. Si alguno de estos ámbitos sufre alteraciones negativas, éstas influyen en el resto, incrementando la velocidad con la que discurre el proceso de callejerización.

Las poblaciones callejeras empiezan hacerse visibles desde los años cuarenta del siglo XX, cuando la industrialización incentivó el crecimiento demográfico y la migración del campo a la ciudad sin poder incluir a todos y a todas en el trabajo formal asalariado. Sin embargo, el fenómeno puede rastrearse en los años veinte, mucho antes de que la literatura en ciencias sociales comenzara a categorizar su existencia en la década de los ochenta, derivada de las discusiones que protagonizaron organizaciones internacionales.

Las perspectivas desde las que la literatura aborda el trabajo infantil callejero y la vida en calle entrañan nociones específicas sobre la infancia que repercuten en la naturaleza y el alcance de los análisis en términos epistemológicos, metodológicos y de los propios resultados. Hay investigaciones sobre situación de calle que ven en los niños y las niñas a una población peligrosa porque delinquen para sobrevivir o porque se alejan de lo socialmente establecido y/o autorizado para su edad. Otras tantas asumen que son individuos pasivos víctimas de las estructuras de la sociedad adulta. En contraste, existen miradas que los reconocen con capacidades de decisión y acción.

Además de los contrastes en las concepciones de la niñez, la literatura sobre situaciones de calle muestra rasgos adicionales que trazan los contornos del conocimiento generado en América Latina en las últimas tres décadas, más o menos desde mediados de los años ochenta y hasta la segunda década del 2000. Este artículo busca contribuir a visibilizarlos. Su elaboración tomó como base la revisión y el análisis sistemático de libros, capítulos de libros, artículos científicos, informes gubernamentales, documentos de organismos internacionales y de organizaciones de la sociedad civil, así como tesis de posgrado —maestría y doctorado— elaborados en la región. Los textos fueron examinados con el apoyo de un cuestionario abierto a través del cual se compararon argumentos centrales, preguntas de investigación, enfoques teóricos y hallazgos de tres objetos de estudio intersectados en su causalidad: trabajo infantil, trabajo infantil callejero y vida total en calle. La selección del material dejó fuera referencias importantes porque la intención fue interrogar las investigaciones acerca de cómo integraban en sus análisis el papel del género, las relaciones entre lo público y lo privado, los cambios en las estructuras familiares y las tensiones entre trabajo y familia, en un afán de profundizar el conocimiento sobre el proceso de callejerización. Este ejercicio permitió visibilizar siete ejes de problematización que son resultado de las convergencias encontradas en los distintos corpus de literatura, es decir, de puntos de contacto claves que se retroalimentaron entre sí.

 

El trabajo infantil en el proceso de callejerización

El primer eje detectado en la literatura permite ubicar al trabajo infantil dentro del proceso de callejerización como un eslabón de riesgo hacia situaciones de calle más críticas. Cuando niños o niñas se inician trabajando o acompañando a otros a trabajar fuera del hogar, crece la probabilidad de que sean expulsados o atraídos definitivamente a la calle. La callejerización, empero, está lejos de ser lineal, implica dinámicas complejas de rupturas sucesivas, acumulación de desventajas, prácticas de exclusión e inclusión, tensiones entre lo público y lo privado. El tránsito a la calle no ocurre de un día para otro, es algo paulatino. El quiebre de vínculos de contención y afectos, la violencia en los hogares, las necesidades de alimentación y de adquisición de otros objetos materiales hacen que la calle empiece a tomar un lugar de preferencia (Cabo, 2013: 45). Es un proceso en el que se alterna la calle con la casa e incluso con la institucionalización en establecimientos de abrigo o de control social (Lenta, 2016: 157). La vida y las actividades laborales en calle se ligan mediante una sucesión de diferentes espacios de socialización y una evolución de secuencias que revelan transiciones entre condiciones más o menos aceptables y otras peligrosas (Cavagnoud, 2015: 97).

Niñas y niños que trabajan o acompañan a otros a trabajar en calle llegan a decantarse hacia realidades más duras. Observar el proceso supone identificar cambios en su trayectoria de vida. Sus biografías pueden leerse como fases de una carrera hacia la calle, cuyo tránsito modifica áreas específicas de actividad: un niño que comienza pidiendo dinero o trabajando para alguien más (Lucchini, 2019) encuentra incentivos que lo vinculan a la calle por más tiempo.

La Universidad Nacional de Colombia (2002: 51) reconoce que la inserción prematura del niño, la niña o el joven al mercado laboral informal en calle se relaciona después con ser habitante de calle. Es decir, el trabajo infantil callejero está situado en la primera etapa del proceso de callejerización (Pérez García, 2003). El trabajo es un factor compartido en la sobrevivencia de niños, niñas y adolescentes vinculados desfavorablemente con la calle, ya sea porque trabajan, acompañan o viven en ella. El comercio informal es una estrategia común que se manifiesta por dos vías: la que ejercen principalmente los niños que dependen de comerciantes para obtener comida como pago por algún trabajo y otra en la que los menores utilizan el comercio como actividad para vivir y sobrevivir (Pérez, 2005).

El trabajo es un conector con la vida en calle, pero no es el único y tampoco todos los vínculos desfavorables con ella inician ahí. Sin duda, tiene un lugar en el proceso de callejerización y hay que saber distinguirlo en contextos específicos. El trabajo y la vida total en calle poseen características propias, pero interconectadas. Asumirlas como categorías distintas porque niños, niñas y jóvenes callejeros no viven las mismas condiciones ni tienen las mismas posibilidades que quienes sólo trabajan en ella (Pérez, 2005: 13) sacrifica el horizonte complejo y de conjunto que tiene el proceso.

Unos y otros muestran rasgos contrastantes, pero comparten, por ejemplo, la manera en que las actividades laborales que realizan llegan a transformar sus identidades. Sara Makowski (2010) reporta que autoconcepciones e identidades han transitado del atributo de ser de la calle a situarse más en la categoría de trabajadores del sector informal, es decir, hay momentos en que se desplaza la autoidentificación de niños y niñas callejeros hacia la de trabajadores informales.

Lo que hacen para sobrevivir quienes laboran en calle y quienes viven en ella admite matices. El contraste radica, por un lado, en los ingresos y su manejo: los menores que habitan en calle utilizan el dinero principalmente para sobrevivir y éste suele ser en promedio superior al que obtienen los trabajadores en calle; por otro lado, en el tipo de actividades que emprenden: dado el carácter familiar del trabajo en calle, los niños y las niñas suelen involucrarse en actividades relativamente seguras, mientras que quienes viven totalmente en calle, debido a su limitada socialización con instancias tradicionales como la escuela y la familia, se mueven hacia estrategias marginales de mayor productividad: mendicidad y robo (Ariza, 1994: 94-98).

El proceso de callejerización cristaliza dos realidades conectadas: trabajo callejero y vida total en calle. La secuencia de hechos que fragiliza la existencia de niñas, niños y adolescentes puede o no iniciar con el trabajo o con el acompañar a otros en ese quehacer, porque la expulsión y/o la atracción a la calle tienen velocidades distintas y porque discurren por otros caminos, es decir, los inicios del proceso suelen ser muy heterogéneos, pero en algún momento atravesarán por el trabajo informal en espacios públicos.

 

Trabajo infantil, dinámicas familiares y género

El segundo eje pone el foco ya no en lo que sucede en la calle sino en las tensiones entre adultos y niños derivadas de las regulaciones en las horas de trabajo, asistencia a la escuela, ingresos y su administración, algunas diferenciadas por género. Las formas en que trabajan los niños, niñas y adolescentes en América Latina sugieren cierta subordinación hacia los padres, bajo la idea de que deben retribuirlos por haberles dado la vida y haberlos mantenido en sus primeros años. Es una especie de altruismo en el que los niños realizan una transferencia a sus padres, quienes la reciben como compensación por el tiempo y el dinero perdidos en su crianza (Baland y Robinson, 2000). Efectivamente, hay un gran porcentaje de niños, niñas y adolescentes que, cuando trabajan, lo hacen en la categoría de trabajadores familiares no remunerados (Santacruz, 2002: 78), o bien, el dinero “lo recibe el padre o madre de familia y le dan una muy pequeña parte a los hijos” (Rodríguez, 2012: 85). Sin embargo, la retribución varía de acuerdo con el género y cobra forma en el merecimiento o no del pago al trabajo realizado y en su reconocimiento como tal o no.

En Honduras, 58.9% de los niños trabajadores se clasifican como trabajadores familiares no remunerados (Jeong, 2005: 29), es decir, los padres y madres son los empleadores y los hijos son mano de obra familiar (Rodríguez, 2012: 90). Asimismo, en Nicaragua, sólo un poco más de 30% recibe un pago (Bonilla Canda, 2009: 30). En Ecuador, 69% de los niños y niñas trabajadores entregan lo que ganan a sus padres (Ordóñez, 2004: 116). En República Dominicana, la proporción se eleva a 92% (Ariza, 1994: 93). En El Salvador, la principal categoría en la que se ocupa la población infantil y adolescente trabajadora, tanto masculina como femenina, es la de familiar no remunerado, aunque la última tiende a concentrarse más en dicha categoría (Góchez y Hernández, 2008: 37).

El trabajo no pagado tiene correlato en la obligación que imponen los adultos a las niñas y los niños para que lo realicen. En Costa Rica, 47% de la población infantil en calle declaró que la principal motivación de su trabajo era que los familiares la obligaban a hacerlo para aportar dinero al hogar (Valverde, 1992: 115). En Belice, los niños no trabajan por su voluntad, sino porque sus padres los obligan (Young, 2003: 6).

El trabajo sin paga afecta especialmente a las niñas, quienes además carecen de reconocimiento social y familiar y sus labores son invisibilizadas. Las actividades que realizan encarnan una extensión del rol doméstico y cuidador que se ha socializado, son labores altamente feminizadas y desvalorizadas (Pávez, 2013: 127- 28). El trabajo doméstico es su expresión más genuina, en tanto fenómeno socialmente oculto —practicado de forma masiva— que cuando se percibe es considerado normal (OIT, 2002b: 37).

Según la literatura, la proporción de niñas trabajando en calle representa más o menos una tercera parte del total de la población infantil trabajadora, mientras que el registro de las que acompañan —aunque escaso— indica que su número es siempre superior al de los niños. El hecho de que el porcentaje de niñas trabajadoras sea una tercera parte del total no significa que el resto esté exento de enfrentar los mismos procesos que llevan a sus pares a la calle o que permanezcan inactivas económicamente, sino que son remitidas al ámbito privado, en el que suelen ser excluidas de la educación formal y expuestas a riesgos de trata y explotación sexual. Sin duda, una mayor prevalencia de varones en el trabajo infantil callejero supone también un subregistro del trabajo femenino en las actividades domésticas del hogar y/o en negocios familiares (OIT, 2002a: 30).

El trabajo de mujeres y niñas es reducido a nivel de ayuda y vinculado a las obligaciones de reciprocidad establecidas en la familia (Leyra, 2009, 2010; Narotzky, 1985). Las actividades domésticas, al no darse dentro de un esquema orientado hacia el mercado, se minimizan (Murrieta-Cummings, 2012: 63); sin embargo, permiten que otros miembros del hogar puedan incorporarse al trabajo remunerado (Sandoval, 2007: 256), lo que por sí mismo obliga a reivindicar el importante papel que las niñas hacen en el continuum del trabajo reproductivo/productivo dentro de los hogares (Leyra, 2009: 443), situándolas por encima del discurso hegemónico que afirma que cuando trabajan en el hogar están ayudando y cuando son asalariadas siguen ayudando (Leyra, 2010).

En Uruguay, el trabajo remunerado es para los varones y el no remunerado para las mujeres (Saavedra, 2016), pero cuando el trabajo de ellas es pagado, su ingreso equivale a la mitad del que perciben los hombres (Boné, 2012) o incluso menos, como en Brasil, donde ganan entre 64% y 83% por debajo de ellos cuando comienzan a trabajar entre los cuatro y los 14 años y 54% menos si inician a partir de los 15 años (Gustaffson-Wright y Pyne, 2002: 15). Asimismo, aunque las niñas trabajan las mismas horas que los niños y adquieren experiencias formativas equivalentes, esto no resulta en mejores oportunidades de empleo en la vida adulta. Como lo muestra el caso uruguayo, las mujeres tienen una tasa de desempleo en la adultez nueve puntos porcentuales por encima de los varones (Saavedra, 2016: 47). En México, más de 50% de las mujeres que trabajaron de niñas teniendo menos de 15 años no desarrollaron actividades productivas en la adultez (Kanaul, 2002). Las niñas se ven más negativamente afectadas que los niños por su entrada laboral temprana (Gustaffson-Wright y Pyne, 2002), y no sólo en el ámbito del trabajo, sino también en el escolar. En Belice, el trabajo infantil es más perjudicial para la instrucción de las chicas que para la de los chicos (Ray y Lancaster, 2005: 230-231).

Por otra parte, el trabajo infantil modifica la estructura familiar. Con el tiempo, el control de los padres sobre los hijos es interpelado, sobre todo por los niños, quienes adquieren independencia y autonomía, lo que rivaliza y/o debilita a las figuras de autoridad. En ese proceso son claves dos aspectos: el dinero obtenido, porque altera los equilibrios domésticos (Sandoval, 2007), y el diseño de reglas con base en el contacto frecuente con la calle. En conjunto, reglas y dinero cristalizan experiencias de libertad que les otorgan poder porque son capaces de tomar decisiones y establecer nuevos valores y visiones (Gómez et al., 2004: 256).

En Chile, “un menor al ser trabajador infantil y adolescente tiende a presentar mayores niveles de poder e influencia al interior de su grupo familiar, lo cual los hace asumir fuertemente roles de adulto al interior de sus grupos primarios” (Vivanco Muñoz, 2010: 254). Esto sucede en un contexto en el que a los varones se les impulsa a la exteriorización, enseñándoles juegos que implican despliegues físicos desarrollados fuera de los límites internos de la casa, o tareas que pueden transcurrir fuera de la vista de sus padres (Gentile, 2008: 158). En cambio, para las niñas, la cultura de la discriminación mantiene vigentes las funciones y los papeles circunscritos al hogar (OIT, 2004: 42). La división sexual del trabajo infantil callejero refuerza los roles y las asignaciones de género, de manera tal que los propios niños asumen que “el trabajo vuelve a los hombres más hombres y a las mujeres más mujeres” (Albornoz, 2018: 82).

La división sexual del trabajo infantil se desprende del mundo adulto, esto es, deviene de la forma en que hombres y mujeres organizan la vida productiva, la reproducción social del hogar y la gestión de la vida común. “En la familia se toman las decisiones de quiénes asistirán a la escuela, quiénes trabajarán, incluso quiénes comerán, sobre bases de discriminación y género” (Murrieta-Cummings, 2012: 59).

Las estructuras laborales familiares habilitan prácticas discriminatorias y diferenciales que restan a las niñas posibilidades y recursos frente a sus hermanos varones, como uso diferenciado del tiempo, desigual reparto de tareas y diferente valoración sobre éstas, acceso y control diferenciado del dinero, ausencia total de corresponsabilidad en las tareas domésticas, control excesivo hacia las niñas, que limita sus formas de relacionamiento y su toma de decisiones (Leyra, 2009: 448).

En general, “las niñas se ven afectadas por las características y actividades que desarrolla la madre mientras que los niños por la de los padres” (Bonilla Canda, 2009: 20). Dicho de otro modo, “las trayectorias laborales familiares predisponen de diversas maneras el futuro de los hijos e hijas, en función de cómo han vivido el trabajo se condiciona lo que quieren para el futuro de las siguientes generaciones” (Leyra, 2009). El trabajo de servicio doméstico lo ilustra perfectamente, pues se desarrolla en el marco de una tradición familiar en la que la mayoría de las madres trabaja o trabajó en la misma ocupación (OIT, 2002a: 48).

Los aspectos críticos del trabajo infantil en calle descansan en una triple invisibilidad. En primer lugar, es ignorado en su aportación económica para la reproducción social de la familia. En segundo lugar, es desconocido como generador de riqueza, es decir, invisible bajo el argumento de la baja productividad que implica (Leyra, 2010). En tercer lugar, es altamente desvalorizado cuando es realizado por niñas y adolescentes porque se dirige a la asistencia, el cuidado de otros y los quehaceres domésticos, distorsionando su agencia como sujetos activos.

La forma en que niños y niñas se vinculan con el trabajo devela desigualdades económicas, escolares y de poder; esto es, aunque ambos son obligados a trabajar, los varones ascienden en la jerarquía familiar, se eximen de quehaceres domésticos y controlan mejor sus recursos, mientras que las niñas no. Sin embargo, ellas, desde la aparente invisibilidad, son el eje que articula la reproducción social dentro y fuera de la casa porque lo que hacen permite a los varones laborar, estudiar y sobrevivir.

 

El papel sobredimensionado de la familia

La composición de las familias, su organización, sus dinámicas y sus decisiones enmarcan el trabajo y la vida en calle, pero por sí mismas son insuficientes para estudiarlos, pues otros procesos de naturaleza y escalas distintas atraviesan su lógica interna. El tercer eje expone los lugares comunes en los que caen aquellas investigaciones cuyos análisis privilegian un plano mesosocial, ignorando el papel de las estructuras económicas y laborales y el de la misma calle.

La literatura sobre trabajo infantil pero también la de situación de calle llegan a sobredimensionar el papel de la familia; en ambos casos ésta aparece como determinante categórico del problema. Hay investigaciones que adjudican a las familias la responsabilidad directa de la presencia de los niños y las niñas en las calles (Pojomovsky, Cillis y Gentile, 2008). Según un informe del Instituto Nacional de Estadística Uruguay y la Organización Internacional del Trabajo (2011: 19):

[...] las bajas expectativas de las familias y los propios niños sobre la pertinencia y calidad de la educación, los bajos retornos a la educación, así como los valores culturales y la intención de inculcar responsabilidades y hábitos de trabajo de los padres hacia sus hijos, constituyen las dimensiones explicativas principales del trabajo infantil, independientemente del nivel económico de la familia de los niños y adolescentes trabajadores.

En esa sintonía, se afirma que en La Paz y El Alto, la primera característica que distingue a los niños en situación de calle es la salida de la familia provocada por el alcoholismo de los padres, la pobreza, la organización monoparental del hogar, una hermandad numerosa o el fallecimiento de algún progenitor (Cavagnoud, 2015:89). Del mismo modo, para Costa Rica, el problema parece originarse mayormente en las diferentes formas de maltrato de la familia sobre los niños; esto abarca cualquier conducta hostil, rechazante o destructiva que perjudique su bienestar físico, mental, emocional, moral o sexual (Valverde, 1992: 109).

El énfasis en las familias para estudiar las situaciones en calle les asigna en abstracto responsabilidades morales que anulan la interacción de factores y dimensiones de análisis. Es fundamental poner en diálogo las características y los funcionamientos familiares con las experiencias escolares, las políticas públicas y las estructuras económicas y laborales. A menudo se piensa en las disfunciones de la familia como la causa de la salida de los niños y las niñas a la calle, ignorando que las dinámicas familiares son resultado de cambios producidos a nivel macro que presionan los comportamientos individuales y colectivos (Taracena, 2010a). “Culpar a las familias de todos los males sin tener en cuenta su entrelazamiento con las secuelas generadas por el proceso de ajuste estructural —altísimas tasas de desempleo, crecimiento de la precariedad y flexibilidad laboral, aumento de la pobreza y la indigencia, subsidiariedad de la cuestión social— constituye una visión simplista” (Pojomovsky, Cillis y Gentile, 2008: 137-138).

La sobredimensión del papel de la familia entraña cuatro limitaciones de naturaleza conceptual: 1) definiciones demasiado genéricas para situaciones heterogéneas; 2) no guardan correspondencia con los relatos de los chicos que refieren constantes tránsitos entre la calle y el hogar; 3) manejan connotaciones peyorativas; 4) desvían la atención de un grupo más amplio de niños y niñas en situación de pobreza y exclusión social (Panter-Brick, 2002).

Para estudiar las situaciones de calle, lo importante no reside sólo en la familia, sus rasgos y dinámicas en el ámbito de lo privado, sino también en los aspectos que ofrece la calle como espacio de socialización, juego y ocio, además de las posibilidades que alberga para obtener dinero. Trabajar, acompañar a otros en ese quehacer y/o vivir en calle superponen sobrevivencia, socialización, autonomía y juego. La calle tiene incentivos que atraen a los niños y a las niñas a vivir experiencias que eluden o relajan el control de los adultos. Sus vivencias dependen no sólo de las circunstancias que los motivan a abandonar el hogar y de las oportunidades y recompensas materiales, sociales e identitarias que pueden encontrar en la calle, sino también de la imagen que tienen de ella (Lucchini y Stoecklin, 2019). En Haití, algunos niños en calle reivindican el hecho de ser capaces de ganar dinero y ser libres de jugar al azar (Sénat, 2013: 51), experimentan una sensación de libertad que no disfrutan en el hogar y pasan cada vez menos tiempo dentro del control de la familia (Kovats-Bernat, 2006: 108). Es decir, “aceptan las inseguridades de la vida cotidiana en las calles a cambio de la capacidad de hacer su propia vida” (Wolseth, 2014: 41).

El proceso de callejerización supone un ejercicio de balance que hacen los sujetos respecto a su experiencia familiar y su grado de conocimiento de la calle, por lo que el ritmo de sus trayectorias está regulado por las gratificaciones materiales y de identidad que tiene en la calle, así como por las dificultades que padecen (Sandoval, 2007: 223). Así sucede con los niños y adolescentes de las calles de Lima, quienes comienzan a involucrarse con el trabajo de forma lúdica gracias a las competencias, autonomía y productividad que poseen y a que las demandas de los padres no son excesivas (Invernizzi, 2014: 520).

Cuando los análisis se vuelcan sobre lo que hacen o dejan de hacer las familias, se pierden de vista los aspectos relacionales del proceso, desaparece tanto la calle en sus elementos prácticos, simbólicos e identitarios, como la presión que ejercen la economía, la estructura laboral y la omisión de las instituciones del Estado.

 

Agencia y trabajo infantil en calle

El cuarto eje despliega el esfuerzo de investigaciones orientadas a analizar la agencia de los sujetos en el proceso de callejerización, específicamente, de niñas y niños trabajadores. A diferencia de las perspectivas que asumen la ruptura con la familia como el evento fundador común a todos los niños que acompaña su entrada en el universo de las situaciones de calle (Cavagnoud, 2015: 91), o de aquellas que señalan a la familia reconstituida como el tipo de familia que los expulsa (Casquero Mayuntupa, 2018: 33), este eje tiende a reconocer la heterogeneidad del fenómeno partiendo de que el vínculo de los niños y niñas con sus núcleos familiares puede permanecer vivo a pesar de los conflictos, y que además existe un componente de decisión personal por el que comienzan a transitar a la calle, por lo que no se trata de un mero abandono o separación de la familia (Pojomovsky, Cillis y Gentile, 2008: 137-138). Muchos niños de la calle mantienen relaciones con hogares a los que acuden a dormir una o dos noches antes de regresar a la calle (Kovats-Bernat, 2006: 42).

El trabajo y la vida en calle suponen organización para sobrevivir, resistir y subvertir la adversidad, lo que por sí mismo hace patente la agencia de los sujetos en la constitución de autonomía e identidad y en la construcción de una cultura del trabajo que llega a expresarse en elementos formativos. La agencia es una cualidad habitual de todo ser humano que se nutre de reflexividad, intencionalidad y racionalidad en la ejecución de una acción. Se trata de habilidades que poseen los sujetos para accionar —cuya repetición desde los entramados más simples y cotidianos hasta los más complejos en los que la interdependencia entre actores, códigos y recursos es mayor— y que van modelando las estructuras sociales en las que se desenvuelven (Díaz González, 2012).

Aprender del trabajo evidencia rasgos de agencia. Hay niños y niñas que asumen y viven el trabajo, destacando el aprendizaje que obtienen a través de su socialización en calle; para muchos es un gusto y una forma de responsabilidad, el trabajo es importante para ellos y ellas porque significa saber hacer algo (Pérez López, 2012: 120). La calle, por lo tanto, aparece en el imaginario de los sectores populares como un lugar de aprendizaje (Albornoz, Pico y Sánchez, 2010: 15). “A lo largo de la historia, el trabajo infantil dentro de la estructura familiar ha sido mayoritario y no ha tenido forzosamente una connotación negativa. Era la forma de realizar el aprendizaje necesario para poder asumir progresivamente las responsabilidades que más tarde como personas adultas tendrían” (Ramírez, 2007: 23). Por ejemplo, cerca de 29% de los niños y niñas que trabajan en Ecuador lo hacen para la adquisición de destrezas y habilidades para el futuro (INEC-UNICEF, 2015: 56).

La agencia, sin embargo, admite también distorsiones y restricciones severas, en cuanto a que la identidad de los menores sufre una adultización exagerada en la que hay autoasignación o aceptación de roles de proveedor y un tipo de autonomía personal que los lleva a decidir ingresar al mercado laboral y a continuar o dejar los estudios (OIT, 2002a: 49). En todo caso, es una capacidad de los niños y las niñas para adaptarse a la necesidad del adulto en medio de situaciones cotidianas difíciles (Alba, 2019: 122).

La agencia de los trabajadores en contextos adversos, precarios o violentos, no cancela la idea de futuro, pese a la imperiosa necesidad que los convoca a sobrevivir día tras día. Hay quienes asumen que los niños y las niñas en situaciones de calle están inmersos en un eterno presente en el que sólo deben subsistir sin ninguna visión de futuro o proyecto de vida y que por tal razón sus vínculos son momentáneos (Cabrera, 2012: 108-109); sin embargo, la adversidad sólo condiciona las proyecciones sobre el mañana, sin anularlo completamente. Asumir que la agencia alberga un componente de futuro permite reconocer que las situaciones de calle tienen salida o son reversibles hasta cierto punto, es decir, que se viven temporalmente desde la mirada de los sujetos. El futuro, por lo tanto, emerge con acepciones variadas.

Recuperar la concepción sobre la vida futura, individual y/o colectiva, tiene el propósito, por un lado, de evitar el estigma sobre las y los trabajadores acompañantes en calle, confundiendo su situación con una condición inherente de la que no pueden escapar, y por otro lado, de no equivocar la construcción epistemológica sobre el fenómeno. La idea de futuro es un factor de agencia que ha sido reportado en distintas investigaciones latinoamericanas. En Argentina, “los niños y adolescentes representan su condición de calle como algo temporal” (Civila, 2015), mientras que los chicos que trabajan en ella saben que no es algo permanente, sino que depende de la situación económica coyuntural del hogar (Reif y Droveta, 2019).

El futuro en realidades sociales críticas proyecta incluso escenarios positivos: 86% de niñas, niños y adolescentes en situación de calle encuestados en la ciudad de Lima consideró que su futuro iba a ser bueno (Benavente, 2017: 156). Del mismo modo, de 251 trabajadores y trabajadoras en vía pública en San José en Costa Rica, 100% de las niñas y adolescentes y el 97.8% de los niños y adolescentes varones manifestó deseos de seguir estudiando (Solís, 2017: 16). Querer estudiar es un objetivo frecuentemente compartido entre las niñas y los niños trabajadores de América Latina. En Santo Domingo y Santiago —República Dominicana—, 77.9% y 72.0% de los y las trabajadoras declararon que su principal aspiración era estudiar una carrera universitaria, pero además 92.9% y 85.7%, respectivamente, consideraron que podrán alcanzar su deseo (OIT, 2002a: 74).

El futuro es constitutivo de agencia por tres razones. En primer lugar, porque los imaginarios movilizan acciones y estrategias para conseguirlos. Así sucede con los trabajadores y las trabajadoras de San Cristóbal de las Casas en Chiapas, cuyas expectativas a largo plazo trazan una línea de posibilidades para cambiar a trabajos mejor pagados y negociar sus horarios para ir a la escuela (Pérez López, 2012: 140-141). En segundo lugar, porque permiten resistir las adversidades cotidianas, es decir, habilitan mecanismos resilientes a las adversidades del tiempo presente. En tercer lugar, porque estimulan construcciones identitarias positivas. Por ejemplo, para los chicos en calle de la ciudad de Maracaibo, Venezuela, el futuro se vive anticipando los eventos de manera idealizada; en él se visualizan de manera prospectiva como personas exitosas que están fuera de la circunstancia callejera (Rodríguez, Rodríguez y Perozo, 2015: 243).

La agencia de los trabajadores y acompañantes en calle alude a seres humanos reflexivos con conocimientos, habilidades, temporalidades y estrategias que rebasan la mera sobrevivencia. Sin duda, las investigaciones latinoamericanas identifican de uno u otro modo capacidades instaladas en la población infantil callejera. A diferencia de lo que afirman Ricardo Lucchini y Daniel Stoecklin (2019), sobre el error que cometen los investigadores de ciencias sociales y los modelos de intervención de organizaciones no gubernamentales, al ver y describir a los niños como víctimas de la estructura socioeconómica y de las circunstancias de la vida, con habilidades para sobrevivir, pero con muy pocas como actores sociales partícipes de una historia, lo que indica la literatura es que los científicos sociales se han ocupado de analizar la agencia y su interrelación con procesos sociales en diferentes dimensiones. Han hecho visibles aspectos que rebasan por mucho lo que estos autores (2019) llaman habilidades técnicas e instrumentales para sobrevivir en calle, las cuales estarían ignorando la naturaleza reflexiva de las interacciones humanas y la reflexividad institucional.

La complejidad del trabajo infantil callejero queda expuesta al observar los contrasentidos entre la presión familiar y económicamente estructural de laborar y el aprendizaje adquirido que deviene en identidades positivas y herramientas de vida en las que el futuro se hace presente como factor resiliente. En todo caso, los alcances de la agencia, aunque relevantes, no eluden la acumulación de desventajas en el largo plazo.

 

Calle, agencia y género

El quinto eje discute cómo la menor presencia de niñas trabajando en la calle obedece a una concepción muy particular sobre el espacio público, el espacio privado y el género, donde ciertas actividades, horarios y desplazamientos se legitiman para los hombres y otros para las mujeres. En esta relación, las niñas son más controladas porque en ellas se depositan representaciones de fragilidad e indefensión, pero también porque arriesgan el estatus y el prestigio de la familia en su conjunto.

En el caso de las niñas, de lo que se trata es de proteger y controlar su sexualidad, base de una reputación en la que se encuentra comprometido no sólo el destino personal de la joven, sino también el honor y prestigio de toda la familia. La importancia de limitar la circulación de las mujeres al espacio de la casa resulta así una garantía de su vocación natural por asumir su rol de esposa y madre (Gentile, 2008: 158).

La sexualidad de niñas y adolescentes representa un peligro potencial que tiene que ser exorcizado, se acepta sólo dentro de una estructura institucional claramente delimitada que no corresponde a la calle, lugar asociado al libertinaje, la anomia y una sexualidad desviada (Lucchini, 2019).

En ausencia de control y subordinación familiar, la calle resulta muy estigmatizante, pues las niñas y las adolescentes dejan de corresponder a la imagen socialmente admitida y con las funciones esperadas en el imaginario latinoamericano, de ser chicas de casa y estudiar en el colegio mientras cuidan a los hermanos menores (Cavagnoud, 2015: 91). Aquellas que llegan a trabajar están casi siempre acompañadas y permanecen menos tiempo en la calle durante la noche, hecho relacionado con los peligros que ésta encierra y con las ideas de género que se manejan en nuestras culturas (Pinzón et al., 2006: 369). A la larga, la vigilancia sobre las niñas puede provocar la sensación de vulnerabilidad al no tener quien las proteja, lo que se traduce en mayor dependencia hacia los hombres (Leyra, 2009).

Las niñas y las adolescentes son tuteladas en la gestión de sus ingresos económicos. En El Salvador, 58.2% de las que trabajan en el servicio doméstico da su salario a su madre, padre u otro pariente responsable, otro 4.5% se lo da a su esposo y 20% lo administran ellas mismas (OIT, 2002b: 34). En síntesis, “son construidas socialmente como ʽobjetosʼ de protección o de abuso, pero no como ʽsujetos de derechoʼ” (Pávez, 2013: 125) o como agentes reflexivas con poder y capacidad de acción.

Las actividades económicas asignadas a las niñas y su presencia en la calle contienen fuertes prescripciones de género que disminuyen u obstaculizan la constitución de agencia. Se trata de estructuras que condicionan su actuación dentro y fuera del hogar y que deben cuestionarse. En sintonía con Begoña Leyra (2009: 447), es fundamental eliminar las categorizaciones basadas en premisas jerárquicas que limitan y condicionan su autonomía, porque a pesar del uso diferenciado del espacio público y de las prenociones y estereotipos que lo rodean, las niñas demuestran su adaptación al medio, su capacidad de desenvolverse incluso en los ambientes más hostiles.

Por otro lado, aunque la literatura revisada concuerda en que el mayor riesgo de trabajo infantil en calle lo tienen los varones, no significa que las niñas y las adolescentes estén a salvo de la pobreza, la explotación laboral y sexual y las violencias que caracterizan los ámbitos familiares, escolares y comunitarios en los que habitan. En todo caso, lo que interesa destacar es el impacto diferenciado que tienen dichos elementos de acuerdo con el género. El trabajo infantil es más visible en los varones porque su despliegue en el espacio público discurre con menores restricciones que el de las niñas, quienes permanecen mayor tiempo en el hogar bajo supervisión y control de los adultos, cuestión que se apoya tanto en la creencia generalizada de que la calle es eminentemente masculina como en la valoración social positiva que recibe el rol de proveedores que les es asignado a ellos.

Lo anterior no significa que los factores explicativos a los que acuden con frecuencia los análisis en la región sean inválidos, sino que es necesario ponerlos en perspectiva de género. Así, si en Honduras los niños presentan un mayor riesgo de participar en actividades productivas y de estar laborando en comparación con las niñas (Zepeda, 2019: 23), habría que preguntarse por qué, y en las respuestas, incorporar el género junto a otras incidencias clave: residencia, situación escolar, carácter étnico, migración y condiciones económicas.

Las investigaciones sobre trabajo infantil en Nicaragua, Venezuela y México advierten que sus principales desencadenantes están asociados con el sexo, la edad, los bajos niveles de escolaridad de padres e hijos junto con la pobreza del hogar (Bonilla Canda, 2009; Coa y Ponsot, 2019; Miranda-Juárez y Navarrete 2016), pero hace falta interrogar y problematizar cada variable a contraluz de las mediaciones entre las características individuales y/o colectivas del núcleo familiar y estructuras sociales más amplias, como el machismo, el poder y su distribución, las instituciones del Estado y la división familiar del trabajo. En síntesis, asumir el carácter relacional y dinámico del género en los procesos del trabajo infantil callejero en sus diferentes esferas.

 

Estructuras económicas y trabajo infantil en calle

Las reglas y las formas de organización e interacción de los adultos influyen en la vida de los y las trabajadoras y acompañantes en calle; intervienen lo mismo en su inserción a las actividades económicas, que en la participación en quehaceres domésticos y en la permanencia en calle. La realidad latinoamericana muestra convergencias en ese sentido; como ejemplo, el caso de República Dominicana, donde se reporta que más de 80% de los trabajadores en calle salió a deambular por primera vez acompañado de algún adulto (Ariza, 1994: 93). El trabajo infantil callejero emula relaciones productivas del mundo adulto: aumento de las jornadas de trabajo, inestabilidad laboral, disminución de salarios y precariedad. En la economía capitalista neoliberal aparecen cada vez más “nuevas prácticas de vinculación a través de integraciones indirectas, irregulares e inestables al proceso productivo y a la ampliación de actividades de autoempleo al margen del ámbito regulado de la economía. Es en esta segunda ruta que el trabajo infantil se aloja con gran facilidad” (Pérez-Capera y Acosta, 2017).

El trabajo infantil callejero no puede entenderse aislado de la economía y el mercado laboral, pues “se encuentra estrechamente ligado a los ciclos económicos, al aumento de la pobreza y a la condición de vulnerabilidad de los hogares” (Blanco, 2009: 2). Incluso la perspectiva neoliberal le concede un lugar en sus explicaciones para erradicarlo, pues lo considera un producto del subdesarrollo que desaparecerá cuando se eliminen las distorsiones del mercado (Pedraza Avella y Ribero Medina, 2006: 6).

El trabajo infantil callejero es complejo y propio de la economía capitalista; interactúa con factores productivos, intereses económicos, relaciones laborales y experiencias de clase. Los niños y las niñas que trabajan en calle emergen en el marco de los requerimientos de un mercado de trabajo que acomoda a los sujetos con escolaridad trunca; de una escuela que no despliega un papel principal como reproductora de condiciones sociales: disciplina, inculcación ideológica, fomento de competencias y habilidades, que coadyuvan a la reproducción del capital; ahora es la propia incorporación parcial o completa a actividades laborales la que cumple con esas funciones (Espinosa, 2011: 117).

La entrada de menores de edad al trabajo se exacerba en un contexto de depreciación sistemática de los ingresos, expansión de actividades precarias y crecimiento del sector informal, lo que marca una tendencia a la descalificación laboral que al mismo tiempo incide en la disminución de la masa salarial (Espinosa, 2011: 117). El trabajo infantil participa activamente de la precarización laboral, pues la inserción de niños, niñas y adolescentes en las actividades económicas presiona los salarios de los adultos hacia la baja. Los niños representan un recurso barato, se les paga menos y eso obliga a los adultos a aceptar remuneraciones por debajo de su valor de reproducción (Pérez-Capera y Acosta, 2017).

En la actualidad, el desempleo estructural y el empleo precarizado son dos pilares de un mismo proceso histórico que distingue al ciclo de desarrollo del capital por la desvalorización de la fuerza de trabajo y por el trabajo infantil que, sin ser necesario, es conveniente a la acumulación (Pérez-Capera y Acosta, 2017). De ahí que la conexión entre la economía y el trabajo infantil indique, entre otras cosas, que a mayor proporción de trabajo informal, mayores tasas de incidencia de trabajo infantil (OIT-CEPAL,
2020). El trabajo infantil es una respuesta de sobrevivencia frente a las contradicciones de la economía capitalista. En ese sentido, el capital, sus reacomodos internos y las caídas en la tasa de ganancia incentivan el surgimiento de prácticas de adaptación y sobrevivencia colectivas (Pérez-Capera y Acosta, 2017).

En el trabajo infantil callejero confluyen procesos macrosociales y macroeconómicos, así como decisiones de política pública que no siempre se reconocen. Las dinámicas familiares y las estrategias para su reproducción dentro y fuera del hogar son interdependientes al funcionamiento del sistema económico. Como ejemplo está el periodo de industrialización que estimuló la migración campo-ciudad y, con ello, una importante presencia de población ocupada en trabajos informales callejeros en los que se involucran niños y niñas. Para ilustrar lo anterior están los casos de Haití y México. En el primero, el colapso de la economía rural, la disminución de la producción agrícola, el éxodo de familias campesinas rurales marginadas, el aumento coincidente de la población urbana, la depresión de las tasas de empleo y una disminución constante de la salud, fueron fundamentales en el aumento del desplazamiento de niños a las calles (Kovats-Bernat, 2006: 70). En el segundo, el trabajo infantil resulta de las formas que adoptó el desarrollo con desequilibrios regionales, desigual distribución del ingreso, crecimiento urbano explosivo, dispersión y aislamiento de una población rural migrante, que incorporó cada vez más a menores de edad y mujeres en actividades económicas informales (UNICEF, 1999; Luna y Gómez, 1992).

La migración es reconocida en las investigaciones sobre poblaciones infantiles callejeras, aunque no siempre responda a factores estrictamente económicos. Por ejemplo, en Honduras, El Salvador, Guatemala y Colombia, el desplazamiento forzado por violencia configura una forma específica de migración asociada con el trabajo callejero. El 40% de los trabajadores ambulantes en Ciudad de Guatemala era desplazado y 8.3%, desplazado por violencia; en El Salvador, el índice de desplazamiento por violencia también es alto (Pinzón et al., 2006: 370). Colombia tiene una realidad semejante: de un universo de 80 niños y niñas trabajadores en calle, 49% pertenecía a familias desplazadas; dentro de éstas, 95% refirió desplazamiento por violencia (Pinzón et al., 2003: 155).

Independientemente de los motivos que detonen la migración observada en el trabajo infantil callejero, lo cierto es que moviliza a núcleos familiares completos en toda la región, como en Ciudad de San Lorenzo (Paraguay), donde la mayoría de los trabajadores callejeros llegó del interior del país acompañado por su familia, amigos o vecinos (Borja, 2005). Aunque la dimensión macro del trabajo callejero relaciona como fuerzas expulsoras a la calle a la migración, la economía y los empleos que promueve, obvia a las instituciones estatales y a las decisiones políticas que se ubican en ese mismo nivel de análisis. La ausencia del componente estatal-institucional da la impresión de que el fenómeno surge solo y aislado del poder político, cuando no es así.

 

Claves interpretativas para la investigación sobre situaciones de calle

El último eje convoca a contextualizar los significados de infancia en el trabajo y la vida total en calle a partir de tres aspectos fundamentales. Primero, que la calle, más que un lugar, es un escenario móvil, variable, semantizable y resemantizable, donde se ponen en juego diversidad de actores con intereses particulares, percepciones, valoraciones y actitudes territoriales que generan relaciones de complementación, cooperación, conflicto, enfrentamiento o amenazas (Lenta, 2013: 33). La calle obliga a ciertos comportamientos, impone una conciencia particular, refuerza ciertas creencias, estructura la vida cotidiana e informa versiones únicas de la realidad (Kovats-Bernat, 2006: 37). En la calle, los niños y las niñas establecen y mantienen su agencia a través de una compleja red de relaciones y estrategias que les permite acceder a distintos capitales, transformar los recursos en bienes utilizables y distribuirlos (2006: 111).

Es importante contextualizar los significados sobre la calle, pero reconociendo que sus aspectos visibles y públicos cobran relevancia sociológica sólo en interacción con la vida privada y comunitaria y con el contexto político-institucional que las enmarcan. Reducir la complejidad de la calle observando sólo lo más evidente es un error teórico-epistemológico cuyo origen se encuentra en ciertas nociones peyorativas que se le atribuyen. La connotación de lugar peligroso proviene de la modernidad que separó la esfera pública de la privada, restringiéndola a una función de transición y a estigmas sobre la población pobre que no puede vivirla así (Lucchini y Stoecklin, 2019). Una falla epistemológica adicional es pensarla apelando exclusivamente a la dimensión espacial, porque se vacía de las relaciones sociales y políticas que contiene e incluso —como lo afirman Lucchini y Stoecklin (2019)— pudieran estarse definiendo a través del espacio público los límites entre la normalidad y la marginalidad.

Segundo, que el trabajo infantil callejero, al igual que la vida total en calle, tiene distintos ámbitos de interacción y realización: territoriales, organizacionales, institucionales y familiares (Lezcano, 2018: 23). Ciertamente, las investigaciones que enlazan unos y otros son poco frecuentes. En general, los análisis tienden a privilegiar un solo ámbito, sacrificando la perspectiva relacional y de proceso que tienen ambos fenómenos.

Tercero, que las experiencias que difieren del concepto occidental de la infancia como modelo universal han sido relegadas al mundo del desvío, lo que se refleja en la construcción del campo de investigaciones sobre la infancia, que estudia y teoriza separadamente las infancias normales y las infancias en riesgo (Sarcinelli, 2011: 95-96). Por ejemplo, la investigación de Nora Villalobos (1999: 43), quien afirma que en Costa Rica los niños de la calle no se comportan como niños, son independientes, autónomos, parecen sobrevivir fuera de la esfera de cuidado de la familia y la escuela, no sólo carecen de inocencia, sino que también poseen una sagacidad y un conocimiento de estrategias de sobrevivencia inapropiados a su edad. Frente a visiones que resaltan la inocencia y fragilidad de la infancia, pueden oponerse otros conceptos. De acuerdo con Martha Ramírez (2007), quien realizó una investigación en Tlacualpan —comunidad nahua del estado de Tlaxcala—, en ese contexto la niña y el niño son concebidos como actores sociales completos desde el momento del nacimiento, y su reciprocidad y su intercambio se valoran sin considerar características de indefensión que han sido promovidas por organismos internacionales.

Desde ahí se han establecido y normalizado representaciones de una infancia ideal que sólo se vuelve problemática cuando un niño diferente irrumpe en las rutinas diarias y cambia el campo de representaciones que permite a los individuos categorizar la realidad (Lucchini y Stoecklin, 2019). Siguiendo a Benno Glauser (1997: 152), el tratamiento conceptual y analítico diferenciado que reciben las infancias callejeras distingue dos cuestiones: 1) que su situación es considerada como inadecuada a su propio interés, y 2) que esta preocupación responde a la insuficiente relación con los intereses de la sociedad en general, aun cuando comparten muchas características esenciales con otros niños. De hecho, “la socialización de los niños que viven en la calle no ocurre sólo entre ellos, sino que incluye a otros niños o adolescentes en las cercanías” (1997: 161). En Haití, “no es nada raro ver a escolares y niños de la calle juntos en las escalinatas de las plazas, jugando a la pelota, intercambiando bromas o participando en un juego de kay” (Kovats-Bernat, 2006: 49).

La infancia vinculada desfavorablemente con la calle está marcada por una asimetría de poder que privilegia al investigador para conceptualizarla; por eso, cualquier etiqueta dirigida a niños de la calle y no a las situaciones a las que está asignada representa un problema que los priva de la posibilidad de verse a sí mismos como participantes de su propia historia e identidad (Lucchini y Stoecklin, 2019). En ese sentido, es fundamental recuperar la perspectiva de niños y niñas porque devela construcciones sociales específicas en las que se denominan objetos, situaciones, lugares o personas que son significadas a través de experiencias y expresadas con fines determinados (Martínez y Orellana, 2009: 31-32), pero buscando conexiones con elementos a nivel estructural que las problematicen, porque aunque por sí misma la subjetividad da cuenta de interacciones con diferentes contextos culturales (Escobar, 2015: 12), su utilidad analítica no se agota ahí. Metodológicamente, significa que la subjetividad sirve para detectar cómo las trayectorias personales atraviesan y conectan elementos estructurales y mesosociales con decisiones y estrategias individuales y/o colectivas, aspectos cuyo análisis en conjunto requiere, por un lado, ocupar un enfoque que incorpore a niños y niñas en toda la trama de sus relaciones con personas adultas y otros pares y no en solitario, y por otro lado, comprender a la infancia y los procesos en los que se inscribe reconociendo su punto de vista (Rausky y Leyra, 2017: 57).

La mirada de niños y niñas se cruza con las de otros que intervienen en los mismos contextos. Los contrastes permiten identificar relaciones, tensiones y contradicciones que se desprenden del lugar que cada uno tiene en la estructura social, de los recursos sociales, económicos y culturales que se poseen o se negocian; del poder que se ejerce o del que se es objeto y de la clase social a la que se pertenece. Emergen así configuraciones sociales sobre la calle, el trabajo infantil y la infancia antes no advertidas. En ese marco, la reflexión sobre situaciones de calle requiere conocer la imagen de infancia en contextos específicos contrastándola con aquellas que las autoridades desarrollan, y entonces dar sentido a lo observado entre unos y otros actores (Lucchini y Stoecklin, 2019).

El análisis, por lo tanto, tendría que dirigir su atención no a ellos o ellas como individuos, sino más bien a los procesos sociales que experimentan, lo que desplaza el interés por las características sustanciales de esta población hacia experiencias procesales que se construyen simultáneamente en diferentes dimensiones sociales (Lucchini y Stoecklin, 2019). Las investigaciones deben recuperar interacciones sociales, simbólicas, materiales y espaciales protagonizadas por niños, niñas y adolescentes en la calle, partiendo del hecho de que las problemáticas identificadas no les son inherentes (2019). Se trata de reconocerlos en su calidad de agentes activos y reflexivos en contacto permanente con otros actores, espacios y estructuras sociales diversas que muestren el proceso de callejerización en su complejidad.

 

Conclusiones

Los ejes expuestos representan preocupaciones significativas para los estudiosos en la región; sus aportaciones al conocimiento configuran limitaciones, alcances y agendas pendientes. Dentro de las limitaciones destacan dos: 1) la sobredimensión del papel de las familias en el fenómeno del trabajo y vida en calle, lo que nos recuerda la necesidad de conectar sus características y dinámicas internas con las estructuras económicas y laborales; 2) la ausencia del componente político en el proceso de callejerización, ya sea en su expresión institucional y/o de toma de decisiones públicas. Respecto a los alcances, se distingue la importancia de la agencia como vértice del análisis con niveles macro y mesosociales. Queda pendiente profundizar la problematización sobre vida y trabajo en calle incorporando al género y las relaciones de poder que produce conectando espacios públicos, privados y comunitarios.

Finalmente, es importante decir que en el recorrido por la literatura se encontraron deficiencias en los interrogantes utilizados, pues eran fundamentalmente de carácter descriptivo y orientados a identificar causas ya conocidas en los fenómenos. Asimismo, fue evidente la debilidad de los referentes teóricos incorporados en las investigaciones, porque en su mayoría utilizan conceptos empíricos de muy bajo nivel de abstracción. Ambos aspectos responden quizá más al interés de diseñar modelos de intervención hacia poblaciones vulnerables que a realizar desarrollos teóricos más complejos.

 

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Recibido: 3 de noviembre de 2020
Aceptado: 4 de abril de 2022

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