Universidad Nacional Autónoma de México • Instituto de Investigaciones Sociales

The Covid-19 pandemic: Meanings and consequences in the ways of life in Tlahuapan, Puebla

Hernán Salas Quintanal*, Paola Velasco Santos**, Leonor Alejandra González Nava*** y Celia López Miguel****

 

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*Doctor en Antropología por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Instituto de Investigaciones Antropológicas, UNAM. Temas de especialización: investigaciones rurales, globalización y patrimonio. Circuito Exterior, Ciudad Universitaria, Coyoacán, 04510, Ciudad de México.

**Doctora en Antropología por la UNAM. Instituto de Investigaciones Antropológicas, UNAM. Temas de especialización: ecología política etnográfica, estudios rurales, antropología socioambiental.

***Doctoranda en Antropología por la UNAM. Temas de especialización: transformaciones rurales, disputas por el patrimonio cultural, relaciones socioambientales.

****Licenciada en Geografía por la UNAM. Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias, UNAM. Temas de especialización: sistemas de información geográfica, análisis espacial y multitemporal, mapeo participativo. Avenida Universidad 1001, Chamilpa, 62209 Cuernavaca, Morelos.

*****El presente trabajo recibió mención honorífica en el concurso de artículo de investigación “La pandemia de Covid-19 en México: causas, consecuencias y significados sociales”, promovido por la Revista Mexicana de Sociología.

Este artículo es resultado de dos proyectos que se desarrollan en el Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM con financiamiento del PAPIIT: “Estudio etnográfico de pueblos rurales del sur de Tlaxcala” (IN303419) y “Flujos de agua, flujos de poder: ecología política etnográfica de la contaminación y la sobreexplotación del agua en Tlahuapan” (IN303720). Las autoras y el autor agradecen la colaboración del doctor Uriel Melchor Moreno.

 

Resumen: El objetivo de este artículo es describir e interpretar las transformaciones causadas por la pandemia de Covid-19 en los modos de vida de las personas que habitan el medio rural, así como sus experiencias, los significados socialmente construidos, los riesgos y las condiciones materiales e históricas para enfrentarla. A partir de una metodología etnográfica colaborativa no presencial que incluye una encuesta levantada al final de 2020 en hogares de Tlahuapan, Puebla, se examina que este fenómeno global ha sido resignificado localmente y se expresa en formas particulares, lo que incide en cómo se comprenden las consecuencias y los significados de la contingencia.

Palabras clave: salud, pandemia, vida cotidiana, sector rural, etnografía digital.

Abstract: This article aims to discern and interpret the transformations in the way of life of rural dwellers caused by the Covid-19 pandemic. Drawing on a collaborative semi-virtual ethnography and a household survey conducted in late 2020 in Tlahuapan, Puebla, we examine their experiences, socially constructed meanings, and perceived risks, as well as the material and historical conditions that shape their response to the crisis. Based on this methodology, it is argued that the pandemic has been locally resignified and expressed in particular ways, affecting our understanding of its consequences and meanings.

Keywords: health, pandemic, everyday life, rurality, patchwork digital ethnography.

 

Con la detección del primer contagio del virus SARS-CoV-2, el 27 de febrero de 2020, México se inserta en la pandemia mundial que desde meses antes causaba estragos en países asiáticos y europeos. Según datos recientes de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) (2021), el 2 de marzo de 2021 había 115 280 462 casos registrados en el planeta y 2 559 197 muertes; en el país, 2 097 194 casos y 187 187 defunciones. Si bien el virus, como sugieren campañas recientes de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y la UNICEF1 no discrimina y contagia de la misma manera a pobres y ricos, mestizos o indígenas, la forma de enfrentarlo, darle significado, las medidas de cuidado impuestas, las herramientas socioculturales, económicas, psicológicas y fisiológicas son diversas, así como las condiciones preexistentes de las poblaciones y los grupos sociales. De aquí surge la pregunta sobre la experiencia y el significado que le han dado las poblaciones rurales.

Tlahuapan es un municipio rural ubicado en un maravilloso paisaje situado sobre las laderas y faldas del volcán Iztaccíhuatl y compuesto por bosques milenarios, cursos de agua y ameyales provenientes de las cumbres más altas, barrancas, laderas soleadas y húmedas quebradas apropiadas para la agricultura y el pastoreo, llanuras donde se acomodan las viviendas, los trazos urbanos, el centro cívico, templos y capillas. Se ubica en el centro poniente del estado de Puebla y su territorio lo atraviesa la autopista de la Ciudad de México-Puebla.

En las últimas décadas, pese a su vocación agrícola, alimentada de tierras ejidales integradas por las parcelas y los bienes comunales, ha experimentado transformaciones profundas de su modo de vida, derivadas de los cambios nacionales y globales. Desde 2018, con fines de investigación, hemos visitado regularmente este lugar y recorrido sus juntas auxiliares, inspectorías, localidades y la cabecera donde se distribuyen sus 41 547 habitantes (INEGI, 2021).

Una vez iniciada la pandemia por Covid-19, hemos mantenido comunicación remota con algunos de ellos, y llamaron poderosamente nuestra atención ciertos hechos que motivaron nuestra inquietud por registrar sistemáticamente la manera en que dicha pandemia ha modificado sus vidas y sus estrategias de adecuación a las nuevas circunstancias. Estos hechos fueron la cancelación de una de las actividades más totalizadoras de las relaciones comunitarias, la fiesta patronal de la cabecera Santa Rita, y después la de San Rafael; la aparente continuidad de las variadísimas labores económicas y la cancelación de otras que eran fundamentales para mantenerse. Por un lado, pese a los esfuerzos, la temporada de avistamiento de luciérnagas que atrae miles de turistas cada año a los bosques comunales de diferentes localidades del municipio tuvo que ser cancelada; por otro, negocios recién inaugurados tomaron vuelo, como la embotelladora de agua ejidal de San Rafael, una tortillería en la cabecera y múltiples establecimientos de agua purificada.

Seguramente otras localidades rurales han atravesado por situaciones similares, pero lo más asombroso de los habitantes de Tlahuapan son las concepciones y los comportamientos que se generan ante la pandemia; los impedimentos para cumplir las reglas establecidas por las autoridades sanitarias en el país, pese a reconocer la peligrosidad de los contagios en el pueblo; la negación de las causas de fallecimientos; las medidas y creencias surgidas para autocuidarse, para combatir la falta de empleo y el escaso apoyo de las autoridades; la desconfianza en los servicios de salud pública y las razones culturales para dar continuidad a los rituales funerarios y otras costumbres que, mientras rondan la enfermedad y la muerte, dan sentido a sus vidas.

Ante estas primeras impresiones sobre las experiencias de vida de los tlahuapenses, decidimos realizar un registro remoto. Aunque para ello echamos mano de medios digitales de comunicación y obtuvimos informaciones de redes sociales, éstas han sido parciales e incompletas, de manera que determinamos realizar una etnografía no presencial, a través de generar datos a distancia. En el apartado correspondiente describiremos la manera en que fue realizada.

Con el análisis de la información recabada, el objetivo de este artículo es conocer los alcances que ha traído la pandemia de Covid-19 en la transformación de los modos de vida en dos comunidades de Tlahuapan, la concepción que sus habitantes han construido de la misma y los comportamientos que de ésta se derivan. Adicionalmente, nos proponemos reflexionar sobre las aportaciones de la etnografía no presencial para la investigación social, en específico la antropológica.

El modo de vida es la manera en que las personas y grupos se relacionan y resuelven las actividades humanas esenciales, materiales y no materiales, en un contexto social, es decir, en un medio definido por condiciones sociales particulares, caracterizado por la cotidianidad, donde viven, trabajan, se organizan, realizan sus acciones, construyen su identidad, pertenencia y arraigo al territorio. Una buena parte de sus realidades sociales son resultado de los escenarios económicos locales que tienen su origen en el modelo económico-social, en el entorno y, en el caso de sociedades rurales, también en sus tradiciones, costumbres y creencias. Así, los modos de vida tienen cierta permanencia espacial y temporal, especialmente en poblados pequeños con interacciones frecuentes, donde se comparten atributos y la vida cotidiana, si bien siempre queda lugar para que las particularidades personales se expresen y desarrollen en estilos de vida propios.

Dentro del contexto social, los modos de vida, históricamente definidos, tienen especial relación con los medios de vida, es decir, las formas en que las personas han logrado hacer su vida, algunas compartidas y otras no. En el ámbito de las sociedades rurales, las interacciones sociales conforman vínculos colectivos, unos comunitarios y otros familiares, en los que se insertan cuestiones básicas, como la sociabilidad, la satisfacción de necesidades alimenticias, las formas de ganarse la vida (Narotzky, 2004) y la reproducción en todos sus aspectos. En las localidades rurales que nos ocupan en este escrito, podemos hablar de un modo de vida rural que, en las últimas décadas, en el país, ha adquirido sus propias características, conjuga actividades tradicionales e históricas con modernas y circunstanciales. Tlahuapan es un ejemplo de esto: combina, sin que sean desplazadas, las actividades agropecuarias y primarias típicas de un modo de vida rural y campesino, con labores que provienen de los modelos de sociedad de las últimas décadas y de procesos de modernización.

Lo que definitivamente caracteriza el mundo rural en la actualidad es que ninguna de estas múltiples actividades desplaza a otras, sino que, por el contrario, se suman a las existentes en magnitud, funcionalidad y realización. Esta ductilidad de los habitantes rurales es resultado de la desigualdad y la subordinación de que han sido objeto dentro de la estructura social-económica de las sociedades capitalistas; a lo largo de las diferentes generaciones, se ha echado mano de los medios disponibles y se han transmitido como una herencia de los más tradicionales modos de vida campesinos, rurales, tribales. Esta característica, convertida en experiencias colectivas que encierran un gran potencial de flexibilidad, adecuación e incluso de adaptación a circunstancias diversas, le da un significado social particular al momento que vive la humanidad, porque son capacidades que se ponen en ejercicio frente a la crisis impuesta por la pandemia.

Se han hecho notables esfuerzos a nivel mundial por entender esta crisis en términos sociales. En América Latina, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) (2020) planteó que la pandemia traerá una importante pérdida de empleos, aumento de pobreza y de empleo informal, afectando desproporcionadamente a grupos sociales que desde antes presentaban desigualdad social, económica, de género y racial/étnica.2 En México, en buena medida esto se ha comprobado por estudios estadísticos realizados principalmente en la Ciudad de México, que hallaron una correlación entre mayor vulnerabilidad epidemiológica ante el Covid-19 y condiciones de marginación, pobreza y desigualdad económica (Merino, Valverde y Ziccardi, 2020). Otros estudios, aunque tempranos en el transcurso de la pandemia (mayo de 2020), encontraron que no había una relación directa entre falta de agua y prevalencia de contagiados en las alcaldías de la ciudad, pero que sí la había entre aquellas demarcaciones con menor número de servicios de salud y mayor prevalencia de casos de Covid-19 (Rodríguez-Izquierdo et al., 2020).

Estos estudios demuestran que las condiciones sociales y ambientales en el presente han moldeado e incidido en la vulnerabilidad epidemiológica ante el Covid-19, y también que el cumplimiento de las medidas, como el “quédate en casa”, depende de múltiples factores, entre ellos la precariedad económica, la ubicación de los hogares y el acceso a ciertos bienes y servicios. Estos resultados nos ofrecen un panorama general de los daños causados por la pandemia y su relación con procesos históricos de desigualdad en las ciudades. Sin embargo, aún no contamos con datos sobre poblaciones fuera de las ciudades, o bien, datos cualitativos sobre cómo las personas significan, experimentan y actúan en esta pandemia.

Estudios antropológicos que han incursionado en auto-etnografías durante el confinamiento (Whiteford, 2020; Pylypa, 2020) han analizado la pandemia a partir de diversos temas, como el uso de metáforas de guerra (Rose y Dolesal, 2020), los significados del distanciamiento físico en la condición humana (Fuentes, 2020; Oxlund, 2020) o el origen de la pandemia bajo la problemática multiespecies (Kirksey, 2020; Smith y Theriault, 2020). Otros estudios sobre las crisis epidémicas, los riesgos y las múltiples formas de entender el complejo salud-enfermedad nos han enseñado que la manera de enfrentar, significar y percibir las enfermedades, las medidas que imponen las autoridades y los medios para enfrentarlas, así como los efectos percibidos y reales, responden a la relación histórica con el gobierno, al significado sociocultural de las prohibiciones, los riesgos y lo que la población está dispuesta o no a hacer, además de los factores económicos y sociales resultantes de desigualdades e injusticias históricas.

En este sentido, Michael C. Ellis-McMillan y Kristin Hedges (2020) hacen hincapié en la importancia de la antropología en situaciones como la actual, ya que permite atender los significados culturales y las narrativas de los patógenos y las enfermedades que causan, así como los riesgos, los peligros y las condiciones materiales e históricas para enfrentarlos. Con esta certeza, partimos del supuesto que la pandemia de Covid-19, como fenómeno global, ha transformado los modos de vida, pero los sujetos le han otorgado significados locales, expresados en comportamientos individuales y familiares aprendidos de experiencias a lo largo del tiempo, durante el cual la reproducción económica se ha construido socialmente frágil, incierta, insegura y ardua, que se aprende y transmite desde la precariedad para resolver los modos y medios de vida, sin distinción entre la cotidianidad y el tiempo de crisis. Se trata de poblaciones que desconocen la estabilidad y siempre han estado en contacto “real con los circuitos de acumulación de capital” (Harvey, 2020: 28).

 

Diseño metodológico

En su reflexión sobre el trabajo de campo, Vered Amit (2000) esgrime la diferencia entre el estudio antropológico del sociológico, donde el trabajo de campo es presencial o, en palabras de Akhil Gupta y James Ferguson (1997), se distingue por el grado en que el texto depende de la experiencia etnográfica “en el campo”. La antropología del siglo XX, sancionada por los trabajos de Bronislaw Malinowski y Franz Boas, definió de manera clara “el campo” etnográfico; sin embargo, la expansión de la antropología a los países y grupos otrora estudiados, así como el cuestionamiento de la llamada autoridad etnográfica, entre otras cosas, desestabilizaron el contenido de ese “campo”.

Un breve recuento. Los posmodernos cuestionaron y repensaron los alcances de la etnografía como método y texto (Clifford y Marcus, 1986), y posteriormente se recalibró la idea del “lugar” de estudio con la propuesta de etnografía multisituada (Marcus, 1995). En años más recientes, la intromisión de Internet en las dinámicas y la práctica social descentró el mundo presencial y movió el foco a las interacciones virtuales, de tal suerte que surgió la llamada etnografía virtual, una metodología diseñada para observar esa experiencia tecnológica, su sentido y la construcción de ese espacio a través de su uso (Hine, 2004). La llamada también netnografía se refiere al estudio de ciertas relaciones sociales ocurridas en línea, es decir, a esos encuentros, significaciones y actividades que ocurren en la computadora y son mediados por Internet (Kozinets, 2010). Así, en este tipo de estudios el “trabajo de campo” es efectuado exclusivamente en línea.

Si bien el “campo etnográfico” en el que se sostiene la investigación antropológica ha estado en constante reconstrucción, consideramos que éste nunca es estable y se reformula, en cada caso, dinámicamente, con respecto a los sujetos y objetos de estudio (Günel, Varma y Watanabe, 2020), a los andamiajes teóricos con los que se confronta la realidad, así como por los intereses, entornos familiares y laborales de los propios investigadores e investigadoras.

En este sentido, consideramos que el trabajo etnográfico presencial y de larga duración, sin importar el tiempo que se permanece “en el campo”, continúa siendo central en la investigación antropológica. No obstante, las restricciones de movilidad impuestas por la pandemia provocada por el virus SARS-CoV-2 han puesto en cuestión dicho proceder y la propia producción de conocimiento antropológico durante la emergencia sanitaria. Esta situación nos obliga a reformular las formas en la que podemos recabar información y producir conocimiento. En cierto sentido, el Covid-19 nos ha puesto contra las cuerdas y nos invita a la flexibilidad y a la creatividad metodológica.

La propuesta con la que elaboramos este artículo es producto de lo que hemos llamado una etnografía colaborativa a distancia (o no presencial), en la que echamos mano de instrumentos y espacios virtuales. No es una etnografía virtual, sino una investigación que se basa en información obtenida de una encuesta levantada y construida en colaboración con los propios sujetos de investigación a través de un formato a distancia. El diseño, la aplicación de estas encuestas, su sistematización y análisis, durante la pandemia, no hubieran sido posibles sin nuestro trabajo etnográfico previo “en campo” y sin las facilidades que nos brinda la tecnología de Internet y de comunicación remota.

De tal suerte, ideamos métodos alternativos, a través del contacto con las personas de Tlahuapan que antes de la pandemia han colaborado en nuestras investigaciones. En junio de 2020 diseñamos la “Encuesta sobre modos de vida en Tlahuapan, Puebla”, con el objetivo de sistematizar información en torno a las actividades económicas y otras características de las familias tlahuapenses, sus costumbres alimentarias, la participación en las organizaciones locales comunitarias y uso de áreas comunes, entre otras preguntas. Decidimos incluir un conjunto de preguntas acerca de la manera que han vivido la pandemia en el ámbito familiar y comunitario, debido a, como mencionamos antes, las inquietudes surgidas por los acontecimientos observados a distancia. Los datos obtenidos en esta última sección motivaron este artículo.

Para iniciar, realizamos aproximadamente 12 reuniones por la plataforma de videollamadas Zoom, con el fin de discutir los objetivos de la encuesta, diseñar el cuestionario, la manera de levantar la información a distancia y luego la captura, la sistematización y el análisis de resultados. Escogimos la aplicación Survey Monkey para confeccionar los reactivos de la encuesta, debido a que permite levantarla en línea y el monitoreo remoto en tiempo real.

Desde el inicio consideramos que la única manera de recabar información sería lo que hemos denominado etnografía colaborativa no presencial. Después de un diseño inicial de la encuesta, contactamos a jóvenes residentes de Santa Rita y San Rafael, con los que previamente habíamos establecido rapport, es decir, un entendimiento compartido y empático. Los invitamos a colaborar en la elaboración y aplicación de la encuesta, y comenzamos a trabajar a través de reuniones a distancia y comunicación remota con el uso de Zoom, correo electrónico, telefonía y WhatsApp. La versión final de la encuesta, con un total de 74 preguntas y respuestas de opciones múltiples, se construyó y validó de manera conjunta. Posteriormente, los capacitamos en el trabajo etnográfico y cartográfico, así como en la aplicación de cuestionarios y muestreo.

El análisis espacial fue central en la estrategia metodológica para planear la distribución del muestreo. El diseño cartográfico se nutrió del conocimiento local de los jóvenes, quienes hicieron aportes importantes en la identificación de límites y colonias, así como la identificación de zonas poco habitadas y de “focos rojos” de violencia a los que no es recomendable acceder.

Estas delimitaciones nos permitieron contabilizar el total de viviendas habitadas en cada espacio para alcanzar nuestro objetivo de encuestar al 10% de los hogares. De esta manera, se aplicaron 198 encuestas en Santa Rita, cabecera municipal, repartidas por las colonias establecidas administrativamente y 100 en San Rafael Ixtapalucan, la segunda localidad con más habitantes, por las Áreas Geoestadísticas Básicas (Ageb) definidas por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), como indicamos en el mapa 1. Después de comunicarnos con las autoridades municipales, locales y ejidales para que autorizaran las encuestas y facilitaran el estudio, entre octubre y noviembre se levantó el total de 298 encuestas.

Antes de la aplicación de la encuesta, tuvimos un breve encuentro con los colaboradores, con la finalidad de entregarles el material necesario: una tableta con chip precargado para Internet, un mapa con la demarcación de las colonias para marcar los hogares encuestados, los lineamientos para encuestar, una carta institucional sellada por autoridades municipales y un equipo sanitario (cubrebocas y gel antibacterial).

Mientras se aplicaron las encuestas, estuvimos en contacto y en monitoreo permanente para aclarar dudas, afinar detalles, compartir impresiones y experiencias de los encuestadores, recabar sus testimonios y superar las dificultades, como zonas sin señal de Internet, en las que se resolvió su registro sobre papel y posterior captura en la plataforma.

Al finalizar la etapa de campo, y a pesar de que teníamos acceso a la información en la plataforma, se realizó una reunión para hacer un balance. Pudimos concluir sobre las posibilidades del trabajo colaborativo y a distancia como una alternativa de trabajo de campo y producción de conocimiento, sobre las ventajas de que la información fuera recabada por habitantes de la comunidad y de que la experiencia fortaleciera lazos previos para planear, en el futuro, propuestas de etnografía colaborativa en temas de interés mutuo.

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La información de las encuestas se exportó de la plataforma al programa Excel para realizar el análisis estadístico, el conteo, el cálculo de promedios y porcentajes, con lo que se construyeron los cuadros que se presentan más adelante. El diario y el cuaderno de campo permitieron sistematizar información para explicar y dar sentido a los datos.

 

Santa Rita y San Rafael, Tlahuapan: precariedad, fragmentación, desigualdad y pandemia

El municipio de Tlahuapan se localiza en el centro-oeste del estado de Puebla, en la parte occidental de la cuenca alta del río Atoyac. Colinda al norte con el estado de Tlaxcala, al oeste con el Estado de México, al este con San Matías Tlalancaleca y Sanctórum, municipios poblanos, y al sur con San Salvador El Verde y el volcán Iztaccíhuatl. Su territorio, con una extensión de 314.79 km2, está dividido por la autopista 150D México-Puebla, se ubica en la llamada Sierra Nevada,3 con altitud promedio de 2 650.81 msnm y clima apropiados para un medio ambiente boscoso que le da significado a su nombre: Tlahuapan, “en tierra de encinas”, en el que predominaron pinos, oyameles, encinos y otras especies endémicas propias de estos ecosistemas. Hoy en día su cobertura forestal (40% de su superficie) ha disminuido en la medida que se incrementan la zona urbana y la frontera agrícola.

De acuerdo con el último Censo, en 2020 Tlahuapan contaba con 41 547 habitantes asentados en 45 localidades, 29 de éstas con una concentración menor a 1 111 habitantes y solamente dos de entre 5 000 y 10 000 habitantes, Santa Rita la cabecera municipal (9 755 habitantes) y San Rafael Ixtapalucan (5 041), que juntas concentran 35.6% de la población y son las que hemos considerado en este estudio (INEGI, 2021).4 La población se distribuye en Santa Rita, que es la cabecera, donde están la presidencia municipal y ocho juntas auxiliares,5 cada una con un presidente, 11 inspectorías6 que igualmente tienen representación en la estructura local del poder, y 25 pequeñas localidades.

La presencia constante de agua en ríos, arroyos y manantiales, así como la fertilidad de las tierras, han posibilitado una prolongada ocupación humana, como atestigua el sitio arqueológico Tlalancaleca, que corresponde al periodo formativo, presenta arquitectura monumental y traza urbana (García Cook, 1973); apenas se ha comenzado a estudiar sus relaciones con otros sitios del valle poblano-tlaxcalteca y Teotihuacan (Murakami et al., 2017). De acuerdo con la cronista local, la actual cabecera se establece en 1725, agrupando a trabajadores de la hacienda agroforestal de Santa Rita Tlahuapan, y en 1791 es reconocida como pueblo. En 1895 se erige como municipio por decreto gubernamental.

Pese a las condiciones agroclimáticas optimas, la vocación agrícola del territorio ha mermado por varios factores. Debido al aumento de población y a la sobreexplotación de los mantos acuíferos por la presencia de una embotelladora de agua purificada,7 el agua superficial de los ameyales y manantiales, que era suficiente para satisfacer el consumo humano y el riego de tierras de cultivo, se entubó desde 2000 y se utiliza para la distribución de agua potable y en menor medida para el riego (información de campo, 2017).

Todas las localidades cuentan con áreas boscosas y una parte se encuentra dentro del parque nacional Izta-Popo, área natural protegida. La organización de la propiedad de la tierra en áreas comunales y ejidos ha definido históricamente un modo de vida con base en la agricultura de temporal, el cultivo de hortalizas, más recientemente de árboles frutales y de Navidad, el pastoreo y el aprovechamiento del bosque, caza, recolección y extracción de madera. En las parcelas ejidales predominan los cultivos de autoconsumo y la tradicional milpa8 que se destina a la alimentación de las familias.

En las últimas décadas, debido a la reorientación de las aguas para riego y al detrimento del valor de los productos agrícolas en los mercados, los modos de vida en Tlahuapan se redefinieron conforme a los modelos de desarrollo y modernización. Así, los ejidos que conservan cobertura forestal están incorporados a los programas de pago por servicios ambientales hidrológicos y de conservación, que se combinan con actividades para turismo, como la pesca deportiva en pequeños lagos artificiales, criaderos de truchas, áreas de campismo, cabañas y reservas ecológicas y cinegéticas, y la más reciente iniciativa en torno al avistamiento de luciérnagas desde 2016.

Las cifras gubernamentales, con base en el Censo de 2010, indicaban que 78.61% de la población del municipio se encontraba en situación de pobreza y 60.68% de ésta en pobreza moderada (Sedesol, s/f), lo que ha mantenido a la entidad en un índice de marginación medio.9 Indicadores recientes permiten observar los indicios de un proceso de diferenciación social en el interior de Tlahuapan. De las 9 219 viviendas del municipio, 5% tienen piso de tierra y en 20% cocinan con leña y carbón; solamente 60% poseen refrigerador y 9% conexión a Internet, aunque esto contrasta con la disponibilidad de televisores (95%) y aparatos celulares (66%) (INEGI, 2015).

La transformación en los medios de vida se observa en las ocupaciones de la población económicamente activa: mientras que en 2000 casi 50% declaraba trabajar en el sector primario (INEGI, 2000), 37% en el sector secundario y 11% en el terciario, en 2010 las personas ocupadas en actividades agropecuarias disminuyeron a 38%, el sector manufacturero aumentó a 40% y comercio y servicios al 17%. Aún no se cuenta con cifras actuales para comparar; sin embargo, hemos observado en las temporadas de campo que continúa la tendencia al multiempleo. La pluriactividad, también referida como multiocupación de los hogares (Schneider, 2000; Carton de Grammont y Martínez, 2009), es una cualidad que se agudiza con la desarticulación de la producción primaria, especialmente la agrícola, ahora dominada por el sistema agroalimentario mundial, que privilegia la operación de transnacionales en las etapas de producción, transformación y distribución de alimentos. Se trata de un fenómeno global (Bryceson, Kay y Mooij, 2007; Kearney, 1996) que, en el interior de las familias rurales, surge de la combinación de actividades agrícolas y no agrícolas, como respuestas territoriales localizadas en la base de reproducción que va más allá de lo económico y atraviesa profundamente los procesos de diferenciación social.

Algunos ejemplos de las transformaciones en los medios de vida: atendiendo la cercanía con las ciudades de México y Puebla, la migración con fines laborales es permanente, al punto que las últimas generaciones no se han desprendido de la propiedad de la tierra y jubilados han regresado a residir en el municipio; también los habitantes han innovado en múltiples actividades y comportamientos económicos en los últimos años. La variedad de actividades registradas en trabajo de campo son: mediana y pequeña ganadería, incremento de la fruticultura articulada a la agroindustria, elaboración de artesanías, pequeños negocios, parques de diversión privados, ejidales y comunales, plantas purificadoras y embotelladoras de agua, turismo en distintas escalas, plantaciones de viñas, pinos navideños, comercios de variadas mercancías y dimensiones y, de manera extralegal, la tradicional tala clandestina y la extracción (huachicoleo) de derivados petroleros y de gas de los ductos que provienen de Veracruz y cruzan el municipio.

Ciertamente, quienes en las últimas décadas han modificado el perfil socioeconómico, por su mejor remuneración y que contribuyen a elevar los índices de la entidad, son los traileros (personas que se contratan en empresas de transporte e incluso llegan a ser propietarios de camiones), concentrados en Santa Rita, y los calcetineros, dueños de talleres y medianas fábricas de calcetines, en San Rafael (información de campo, 2019). Entre 1998 y 2008 las unidades económicas comerciales de Tlahuapan pasaron de 268 a 459 y las empresas e industrias manufactureras de 647 a 756, mientras que los 2 516 productores agrícolas y ganaderos registrados en 1998 disminuyeron en 2017 a 1 980 (INEGI, s/f).

Santa Rita es la típica cabecera de un poblado rural. Alrededor del pequeño zócalo se encuentran la parroquia de Santa Rita y el edificio del ayuntamiento, junto al comisariado ejidal, un cajero automático, la escuela primaria y una explanada donde se instala el tianguis dominical de frutas y verduras. El aumento del comercio se debe, según los entrevistados, a la influencia de los ingresos de los traileros, y recientemente de los huachicoleros, lo que, además, ha desplazado a los residentes del centro hacia colonias en las orillas para dejar lugar a los establecimientos comerciales, lo que habla de las rupturas y usos alternos del espacio rural. Similar proceso ocurre en San Rafael: su crecimiento urbano y la fragmentación del territorio responden al establecimiento comercial, talleres de calcetines y servicios de ecoturismo.

No podemos finalizar este contexto social de Tlahuapan sin mencionar sus problemas ambientales. Junto con la disminución de cobertura boscosa, en este lugar, el agua que nace y circula por infinidad de arroyos que vienen del volcán y dan origen al gran río Atoyac se encuentra contaminada por las descargas industriales y domésticas, de los servicios turísticos y del manejo de hidrocarburos. De esta manera, a la precariedad de la población se suma la ambiental en una ecuación que no es simple de resolver, como si se tratara de “fallas del mercado” o de políticas públicas, sino que corresponde a una manifestación local de fuerzas económicas y políticas más amplias (Bryant y Bailey, 1997: 3) y a fenómenos globales como la pandemia.

El presente de Tlahuapan, al igual que muchos de los pueblos rurales del centro de México, subordinados a fuerzas globales, es un andamiaje que combina lo tradicional con lo moderno, lo rural con lo urbano y lo cultural con su entorno, de manera que su devenir, su definición y sus conflictos, ciertamente intervienen en el modo de vida de sus poblaciones. Al mismo tiempo, estas articulaciones, definidas en el marco de nuevas formas de acumulación, están constreñidas y conectadas con dinámicas globales ubicadas en el momento histórico llamado capitalismo neoliberal, que si bien no se pueden ubicar en un sentido unidireccional de lo global sobre lo local, nos proponemos estudiarlas como permeadas por relaciones de desigualdad y procesos de precarización y despojo (Harvey, 2005).

 

Resultados y análisis del comportamiento frente a la pandemia por Covid-19

La propagación del virus SARS-CoV-2 en el mundo tomó por sorpresa a los tlahuapenses, bajo la consideración de que afectaba mucho más a las ciudades donde se concentran grandes contingentes de población. Tlahuapan es un espacio rural. Como señalamos, presenta una gran dispersión de población, y cuenta con 53% de superficie para uso agrícola con un potencial de 80% (INEGI, 2009). Con base en la encuesta y en la información de campo recabada antes y durante la pandemia, el objetivo de este apartado es entender el significado que tiene la contingencia sanitaria para esta población, conforme a sus experiencias y modos de vida particulares.

De acuerdo con la encuesta, las normas dictadas por el gobierno para evitar los contagios se conocieron a través de radio y televisión (91%); la segunda y la tercera fuentes, 39% respectivamente, fueron redes sociales y comunicaciones con vecinos y familiares.10 Una de las primeras particularidades que encontramos es que, si bien se aceptan estas medidas (79.3% cree que son correctas, pregunta 60), y que desde el primer momento se cancelaron las actividades colectivas, fiestas y eventos comunitarios, misas dominicales y reuniones familiares, varias de éstas no se pueden cumplir cabalmente, de acuerdo con la cotidianidad de la población, como revisaremos más adelante.

Las otras particularidades de la pandemia se refieren a sus efectos visibles en la vida pública (inseguridad) y privada (economía) de los hogares estudiados; 56% destacaron el aumento de la delincuencia, del gasto familiar (46%), de situaciones estresantes (42%), y 26.6% señalaron problemas laborales (despidos y suspensiones) y cierre de negocios (14.4%).11 Estos números indican dos nociones que parecen contradictorias respecto de la pandemia: por un lado, en comunicaciones personales las personas manifiestan un sentido de seguridad con respecto a los contagios, por tratarse de un pueblo pequeño y con espacios abiertos; al mismo tiempo, se sienten inseguros y perciben, como se mostró en la encuesta, que la delincuencia aumentó como efecto de la pandemia. Este fenómeno, sin embargo, lo tenemos registrado desde antes de la contingencia, cuando el gobierno puso fin al huachicoleo y quienes se involucraban en éste incursionaron en otros actos fuera de lo legal.

En el espacio familiar y social, como consecuencia del confinamiento, 68% de los hogares dejaron de ir al tianguis de San Martín Texmelucan, lugar tradicional de abasto de esta región por la variedad y cercanía, 58% suspendieron los paseos y modificaron la ocupación de su tiempo libre, 57% dejaron de concurrir a la iglesia del pueblo y 14% manifestaron incremento de los conflictos familiares.12

Las labores y los esfuerzos de manutención de las familias continuaron. A pesar de reconocer la peligrosidad de la enfermedad y comprendida la importancia de evitar la propagación, las actividades colectivas y laborales, los contagios no cesan. De acuerdo con datos del Gobierno de México (2021), hasta la última semana de febrero de 2021, en el municipio se han acumulado 116 personas contagiadas y 41 fallecidos; estas cantidades son dudosas debido a que, de acuerdo con nuestras pesquisas, algunos que se resistieron a acudir a servicios sanitarios por desconfianza, temor o carencia no fueron registrados, otros por la estigmatización de la enfermedad, la falta de pruebas efectivas y su negación debido a que los primeros fallecidos registrados como casos Covid-19 no pudieron ser despedidos de acuerdo con sus rituales funerarios tradicionales. Solamente en San Rafael fallecieron 14 de los 300 ejidatarios, sin que se confirmara su diagnóstico (información de campo, diciembre de 2020).

Aún sin la consistencia en las cifras, existen condiciones de salud similares a la población del país que, en parte, explican el nivel y la gravedad de los contagios: 36% de la población mayor de 20 años presenta obesidad, 15% hipertensión y 8% diabetes (Ensanut, 2018), que acentúan las posibilidades de fallecimiento por Covid-19. Encontramos que la alimentación de los hogares entrevistados es muy homogénea en el municipio. Ante una pregunta acerca de los productos más comunes, destacan tortillas, legumbres, fruta, huevos, carne de pollo y hortalizas; sin embargo, también destaca un alto consumo de aceite, pastas, pan, cereales y refrescos, lo que explica, en parte, las comorbilidades que pueden incidir en el agravamiento del Covid-19. Este es un tema que resignifica la pandemia y pone a la población frente a un contrasentido. Si bien 78.5% de los encuestados señala, entre las medidas tomadas en su hogar para enfrentar la pandemia, una alimentación saludable que incluye fibras, frutas y verduras (ver cuadro 4), se trata de un ideal alimentario que choca con el abandono del campo y los precios de los productos, situación que empeora cuando los mercados más accesibles no están disponibles (68.5% dejaron de ir al tianguis, como ya señalamos). La iniciativa de mejorar la alimentación ante la pandemia se ha tropezado con sus realidades materiales.

Con el fin de examinar la información y describir el comportamiento de los hogares frente a la pandemia, decidimos agrupar algunas categorías socioeconómicas para definir una tipología con base en los medios de vida. Consideramos las principales actividades que se llevan a cabo dentro del hogar (comercio, agricultura, dueños de taller, principalmente) y aquella que declaraba la persona entrevistada, y así agregamos el tipo “empleado” en algún trabajo y “ayuda externa”, como pensión, programa de gobierno o ayuda económica externa. Se detectaron hogares sin actividad. El resultado es la siguiente tipología.

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En el cuadro 1 podemos observar que, a pesar de las características rurales de la entidad, solamente 104 hogares tienen agricultura y de ellos 44 la combinan con otras actividades. Los demás dependen, en este orden, de comercio (misceláneas, preparación de alimentos, papelerías, pollerías), empleo en servicios y en mercados laborales externos, y ayudas de gobierno. Cabe destacar, entre los muestreados, la existencia de talleres textiles (15 fábricas de calcetines) y de reparaciones, lo que indica la presencia de hogares con nivel económico que los separa de la gran mayoría. Ante el cuestionamiento preciso sobre el número de actividades realizadas el último año para mantener a su familia, 73.3% respondió entre dos y cuatro, lo que evidencia un alto grado de pluriactividad por hogar.

Para el análisis de respuestas ante la pandemia se excluyeron las respuestas de hogares de tipo “sin actividad” (28 casos) y solamente se tomaron los 270 restantes.

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En el cuadro 2 se observa que casi la mitad de la muestra no pudo cumplir con la medida sanitaria de quedarse en casa, y casi 40% no cumplió con el distanciamiento ni con evitar las reuniones. Aquellos que menos pueden cumplir estas medidas son agricultores, empleados y comerciantes para quienes el teletrabajo es impensable (cuadro 3): más de 32% de hogares agrícolas, 20% de empleados y 17% de comerciantes no han podido cumplir entre cuatro y seis medidas.

Informados de la pandemia y de la peligrosidad del contagio (72.6% lo considera así; ver cuadro 5), las medidas más sencillas y que se han cumplido voluntariamente por una gran mayoría han sido el uso de cubrebocas, lavado de manos y desinfección de objetos, lo que demuestra que en el incumplimiento de las otras medidas ha influido ciertamente el desarrollo de actividades inevitables, aquellas orientadas al mantenimiento de la familia (agrícola, comercio y empleo). El tercio de hogares que no ha cumplido ninguna medida conviene compararlo con casi la mitad de entrevistados que han construido un imaginario que resignifica la pandemia: no aceptan su existencia, creen que es un castigo divino o una confabulación (ver cuadro 5). En este aspecto resaltan los hogares comerciantes y agrícolas, que juntos suman más de la mitad de aquellos que no pudieron cumplir ninguna medida sanitaria, por la imperiosa necesidad de continuar sus labores (ver cuadro 3). Al respecto nos han comentado lo siguiente (noviembre de 2020): una familia de Santa Rita mantuvo sus cultivos de jitomate en invernaderos y acudió con sus productos al mercado; nunca consiguieron quedarse en casa ni mantener el distanciamiento; contrajeron la enfermedad y cuatro miembros fallecieron. Igualmente, un ejidatario-comerciante murió ante el imperativo de mantener activa su miscelánea. En contraste, en plena pandemia, se abrieron nuevos negocios, una tortillería y una embotelladora ejidal; empresas como una fundidora y el hotel continuaron sus labores. En San Rafael, los talleres de calcetines que cerraron al inicio de la pandemia reiniciaron sus actividades y recibieron proveedores foráneos. Los choferes y los dueños de tráiler tampoco detuvieron actividades.

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Tomar medidas ante la pandemia significó adecuarse a nuevas condiciones. Para la mayoría de los encuestados lavarse las manos con frecuencia y usar cubrebocas fueron medidas más fáciles de cumplir que el distanciamiento social y quedarse en casa. Hay que considerar que los modos de vida de las poblaciones rurales incluyen diversidad de actividades y medios de subsistencia, de manera que al preguntar sobre las medidas sanitarias que pudieron cumplir, apenas una cuarta parte de encuestados pudo con todas (25.9%), la misma pequeña porción, quedarse en casa, y un tercio, el distanciamiento (31%).13 Al mismo tiempo, la tercera parte de comerciantes no consideró ninguna medida y una cuarta parte de hogares agrícolas tampoco (ver cuadro 3).

Las costumbres han jugado su papel en el cumplimiento de las normas determinadas por la pandemia. El 10 de octubre de 2020 llegamos a la cabecera con el fin de dejar material para las encuestas. Encontramos la plaza principal, ubicada entre el palacio municipal, la iglesia, la sede ejidal y la escuela, cercada con una cinta amarilla que nadie atravesaba; sin embargo, en la calle concurría el mismo trajín de gente que habíamos presenciado antes de la pandemia, muy pocos traían cubrebocas y varios lo tenían incorrectamente colocado. Solamente la papelería despachaba cubrebocas y caretas. Antes de reunir al equipo en un jardín, pasamos por la casa de una familia amiga que participa en la elaboración, aplicación y discusión de la encuesta. Nos desconcertó que en la entrada había un moño negro. Nos enteramos de que el abuelo de la casa, un ejidatario fuerte y activo, que además atendía su tienda de abarrotes, había fallecido “por sus pulmones”. Nos aseguraron que no había sido Covid-19, sino “una pulmonía que lo acabó en 20 días”. Su esposa, recién viuda, sus nietas y su nuera lo habían atendido en casa, suministrado medicamentos recetados por el doctor y ninguna, según nos comentaron, se contagió, por lo que, en su entender, no podía haber sido el coronavirus. El fallecimiento ocurrió a mediados de junio, y debido a que no fue reconocido ni diagnosticado como Covid-19, la familia llevó a cabo la velación, la sepultura, el novenario y los rosarios como ha sido siempre su costumbre.

En muchos pueblos rurales se tocan las campanas y se comunica de voz en voz para avisar cuando fallece algún vecino; la procesión fúnebre transita las calles hacia los panteones y los cantos son escuchados por todos. Nos relataron que, durante mayo y junio, diariamente, se llegaron a escuchar hasta cuatro muertes tan sólo en la cabecera, y que, en los momentos de confinamiento más estricto, los sepelios, incluso las procesiones al panteón, se realizaban durante el atardecer, y durante días las campanas para anunciar defunciones no dejaban de tañer. Así, las exequias de un connotado comerciante del pueblo fueron muy concurridas, a pesar de las conjeturas sobre la causa de su fallecimiento (información de campo, octubre de 2020). Para muchos incrédulos del virus, estas situaciones materializaron la letalidad de la enfermedad; sin embargo, estas evidencias no evitaron que en enero de 2021 se repitieran, y con mayor fuerza, los contagios.

El incumplimiento de algunas medidas no puede interpretarse con llaneza, como desdén, ingenuidad o ignorancia de las mismas, sino que responde al imperativo de continuar con las actividades económicas, como señalamos líneas arriba, y las comunitarias. De aquí se deriva que los hogares tlahuapenses hayan tomado diversas iniciativas (cuadro 4) que resignifican los mensajes globales en torno a la pandemia, transmitidos a través de diversos medios. Destacan entre estas respuestas: mejorar la alimentación, consumir medicamentos naturales y vitaminas, y orar. Aunque suprimieron las reuniones, durante la pandemia hubo pequeñas procesiones, como la realizada en honor a la imagen de la Virgen del Rosario el 10 de octubre y, al menos, un evento que los pobladores solicitaron para realizar colectivamente bautizos, primeras comuniones, confirmaciones y bodas. Las situaciones más críticas de la pandemia se sintieron días después de las fiestas patronales (Santa Rita, 22 de mayo) y decembrinas. La gran fiesta y la feria fueron canceladas, aunque las reuniones familiares y los “moles” se llevaron a cabo como de costumbre (información de campo, octubre de 2020).

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No cabe ninguna duda de que los habitantes han tomado conciencia de la peligrosidad de contagiarse, por la gravedad de la enfermedad (72.6%). Al otorgarle significado a la pandemia, se dejan ver señales de una cultura tradicional enraizada, que la concibe como un castigo divino o fin del mundo. También se revela una recreación social del pasado, dominado por la marginación de los beneficios de la sociedad, el abandono del poder en los diferentes niveles de gobierno y la consecuente desconfianza en las autoridades. Así, un buen porcentaje considera que la pandemia es una confabulación del gobierno (ver cuadro 5). En los significados de la pandemia los datos revelan que algunos habitantes de hogares agrícolas y de comerciantes le dan un sentido de confabulación, fatalidad y divinidad, mediado por sus costumbres y creencias, mientras que otros, como los dueños de talleres, enfatizan la visión médica y solamente la conciben en su peligrosidad sanitaria. Es indiscutible la coherencia entre estos significados, las experiencias pasadas y la imagen que han construido los entrevistados del futuro post-pandémico: crisis económica (77%), desabasto (33%), un contexto deprimente (23%) y mayor control gubernamental (17%).14

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Cuando terminábamos de escribir este artículo recibimos un mensaje por WhatsApp de una colaboradora de Tlahuapan. Nos contó que a su esposo y a ella les había dado “la gripe” y que afortunadamente “ya habían salido”. Ella atribuía su contagio a la presencia de gente “que no es de aquí”, que continuaba entrando al pueblo por cuestiones de trabajo, y comentó que mientras estuvieron “malos” no se habían acercado ni a sus padres ni a sus suegros. Nos llamó la atención la manera en que relataba los sucesos: no mencionar la enfermedad por su nombre, identificar la forma de contagio y transmisión, y al mismo tiempo reconocer que afecta más a los de mayor edad. Esto da cuenta de esas particularidades que no se ubican en los polos del conocimiento o la ignorancia del problema sanitario, sino que responden a la conjunción de factores históricos, socioculturales, económicos y políticos, así como creencias y experiencias en torno a la salud y la enfermedad, su relación histórica con el gobierno, su entorno y la forma de entender y ordenar los riesgos y sus fuentes principales. La significación de la pandemia y el virus, así como su vivencia, son diversas. Cerramos por ahora este análisis para señalar que la conjunción de factores culturales, sociales, económicos y políticos en la respuesta y la significación del Covid-19 no sólo tiene relevancia en términos de producción del conocimiento, sino también en la forma en la que los gobiernos nacionales y locales debieran diseñar las medidas.

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Conclusiones

Después de analizar la información presentada, concluimos que este estudio contribuye al conocimiento y al debate de los efectos de la pandemia y el significado otorgado por quienes, desde sus pueblos rurales, la han vivido. Hemos agrupado estos significados sociales en estructurales, cotidianos, espaciales y temporales.

Inexorablemente, la pandemia ha vinculado las acciones con el ámbito estructural, es decir, el contexto socioeconómico en el que las personas desarrollan su vida. El último año ha quedado claro entre la población algo que ya sabíamos: que ésta, como otras situaciones críticas, es verdaderamente un riesgo cuando se combina con el hambre y la pobreza material y ambiental, con la precariedad laboral, alimentaria y de salud, y que esto no se limita a la coyuntura, sino que es estructural. En Tlahuapan se han construido formas de ganarse la vida en un marco de flexibilidad y movilidad permanente, en condiciones marcadas por la pérdida de centralidad de las actividades primarias tradicionales, como las agropecuarias y las extractivas forestales, por el acceso a mercados de trabajo en diversas regiones, en la manufactura, comercio, servicio y por la pluriactividad laboral, características que involucran a los habitantes y a los hogares, como hemos dejado en evidencia.

Ante la pandemia, la reproducción biocultural, cimentada en los medios de vida descritos, resignifica el espacio. Aunque la tradición agrícola, junto con una organización comunitaria, política y religiosa se ha transformado sin convertir a estas localidades en espacios totalmente urbanos, que “su comunidad” y “su pueblo” ha incrementado los vínculos con el exterior y deja de ser ese lugar seguro y aislado, para ser incluido en los circuitos del riesgo, la apropiación material y simbólica continúa otorgando pertenencia y afirmando la identidad en un espacio productivo-ceremonial, histórico y vivido, proyectando así la permanencia del grupo. Proponemos, como resultado del estudio, caracterizar lo rural en términos etnográficos con una apertura teórica que rebase la visión parroquial, para considerar un espacio en que la pandemia ha agudizado la precariedad y la fragmentación.

En buena medida, el gobierno ha cargado la responsabilidad de protegerse del nuevo virus a los individuos, quienes deben hacen malabarismos con el riesgo epidemiológico, la sobrevivencia, los lastres de la desigualdad y los imperativos socioculturales. Protegerse resignifica las prácticas cotidianas en relación directa con la vida de las personas. Tomando en sus manos las precauciones mínimas de acuerdo con las disposiciones impuestas por las autoridades, los tlahuapenses han resistido la falta de sociabilidad y la interrupción de las relaciones comunitarias. No hacerlo hubiera debilitado el orden colectivo que en su herencia cultural ha contribuido a enfrentar las carencias personales y familiares y, precisamente, los desastres y la inestabilidad.

En Tlahuapan, continuar con la agricultura y el comercio familiar, así como conservar los empleos, responde a la necesidad de satisfacer la ineludible sobrevivencia. De la misma manera, el culto, las oraciones, las procesiones, las celebraciones comunitarias y los rituales religiosos y funerarios reafirman imperativos culturales que, al modo de siempre, buscan la reproducción y la transmisión de las creencias, valores y normas. Podemos observar una resistencia cultural que se aleja de la moviliza-
ción político-ideológica ejercida por otros sectores sociales en contra de las medidas impuestas ante la pandemia. Una vez más, en esta crisis han experimentado el abandono gubernamental, pero conservan su sociabilidad y su vida espiritual que, como un manto protector, contribuyen a interpretar y entender este fenómeno global.

La narrativa descrita otorga características propias a la manera de cuidarse en la pandemia y de leer los mensajes globales, de acuerdo con las prioridades definidas en su modo de vida. A diferencia de lo ocurrido en otros segmentos de la sociedad mexicana, en Tlahuapan las actividades económicas y comunitarias, incluso colectivas, han continuado. Hacer frente a la pandemia articula, en la memoria, los modos de vida pasados y presentes, tiempos marcados por la vulnerabilidad, el despojo de recursos, la transferencia de trabajo y productos, la desconfianza.

Según los datos expuestos, la pérdida de trabajo, el cierre de comercios, la interrupción de algunos “negocios”, conforman un ambiente donde proliferan el estrés, la delincuencia, los gastos y los conflictos familiares. Para los tlahuapenses, estas valoraciones otorgan a la pandemia un significado social que ronda el orden económico, más que el médico. Los fenómenos globales, a los que hoy se suma la pandemia, han transformado paulatinamente el sentido de la experiencia, la memoria y el tiempo vivido, les ha exigido adecuarse a los cambios materiales que resignifican su vida, explican sus acciones presentes y configuran los escenarios venideros. En este itinerario, realzado en un presente pandémico, visualizan un futuro coherente con el pasado.

Los datos expresan que, para la mayoría, la pandemia es peligrosa y, al mismo tiempo, una confabulación o un castigo, pero quizá lo más significativo sean sus proyecciones. Se construyen escenarios en dos dimensiones. Una realista y amenazante, cuyas prácticas se originan en la carencia, la incertidumbre, los conflictos, en la fragilidad de sus medios de vida tradicionales y el desgobierno; y otra afectiva, que nace de sus creencias, lazos comunitarios, vínculos familiares y redes de pertenencia. En ambos aspectos, ganarse la vida combina el esfuerzo material y sostenido en el tiempo y en el espacio por producir y reproducir una vida con sentido, es decir, un lugar donde las personas intentan hacer que la vida valga la pena. Para sí mismos y para las generaciones futuras, esto involucra trabajo, estructuras de aprovisionamiento, relaciones sociales de confianza y cuidado, y acciones sociales que los modelos económicos dominantes desconocen, como han señalado Susana Narotzky y Niko Besnier (2014).

Estudiar la cultura nos permite comprender problemáticas regionales y locales que han mediado el complejo entramado entre personas reales y la apropiación de su entorno y de su historia; que la cultura es socialmente constituida y constituyente de los sujetos, enmarcados en procesos temporales para entender el arraigo a un modo de vida. Desde este marco, las personas conciben el tiempo, el futuro, diseñan sus temores y esperanzas.

Coincidimos con autores que, desde la antropología y la sociología (Douglas y Wildavsky, 1983; Giddens, 1996), apuntaron que el riesgo y los peligros no tienen una definición única o correcta, sino que son caracterizados, ordenados y percibidos de múltiples maneras en tiempos y espacios particulares. Este es el caso del nuevo coronavirus. El riesgo de contagio, las medidas tomadas para enfrentarlo y la apreciación de la contingencia están mediados por la cultura, que no se concibe como un objeto definido y acabado. Por el contrario, entendemos la cultura como un proceso que articula la experiencia de clase, las normas comunitarias, las costumbres, el modo de vida, las creencias, entre otros, y que opera en una arena constreñida por relaciones de poder complejas y cambiantes en el tiempo y el espacio. En consecuencia, el futuro que la población avizora después de la crisis sanitaria responde a esa condición cultural construida desde su experiencia histórica de desigualdad, marginación y abandono.

La pandemia, la enfermedad, la muerte, en la dinámica local, deben ser entendidas en su complejidad histórica, y sus significados deberían enseñarnos a diseñar fórmulas para combatirlas.

 

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