Universidad Nacional Autónoma de México • Instituto de Investigaciones Sociales

 Social research: engagement, relevance, and collaboration in pandemic times

Laura Beatriz Montes de Oca Barrera* y Ana Carolina Gómez Rojas**

 

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*Doctora en Ciencia Social con especialidad en Sociología por el Colegio de México. Instituto de Investigaciones Sociales, Universidad Nacional Autónoma de México. Temas de especialización: gobernanza y toma de decisión, cambio social, metodología cualitativa. Circuito Mario de la Cueva s/n, Ciudad de la Investigación en Humanidades, Ciudad Universitaria, 04510, Coyoacán, Ciudad de México.

**Maestra en Estudios Latinoamericanos por la Université Sorbonne Nouvelle. Doctora en Ciencias Políticas y Sociales con Orientación en Ciencia Política, por la Universidad Nacional Autónoma de México. Temas de especialización: sociología política, conflictos socioambientales, políticas públicas.

 

Resumen: La pandemia de Covid-19 ha transformado la vida de todas las personas. Las investigadoras y los investigadores sociales no son la excepción: han ajustado su labor para responder a condiciones y necesidades emergentes. Este artículo muestra un breve panorama de la investigación social en Iberoamérica y reflexiona sobre lo que colegas de México y América Latina plantearon en una serie de entrevistas sobre el quehacer investigativo y el conocimiento que se construye. Responsabilidad y compromiso con las comunidades de estudio, relevancia social del conocimiento y trabajo colaborativo son algunas de las lecciones que deja la pandemia.

Palabras clave: investigación social, compromiso, responsabilidad social, conocimiento socialmente relevante, trabajo colaborativo, pandemia.

Abstract: The Covid-19 pandemic has changed everyone’s life. Social researchers are no exception: they have adjusted their work to respond to emerging needs and conditions. This article provides a brief overview of social research in Ibero-America and reflects upon a series of interviews with colleagues from Mexico and the rest of Latin America, about their work as researchers and the knowledge they construct. Among the lessons that the pandemic has taught are the importance of collaborative work, the social relevance of knowledge, and responsibility to, and engagement with, the communities that are studied.

Keywords: social research, engagement social, responsibility, socially relevant knowledge, collaborative work, pandemic.

 

En medio de la tragedia que ha implicado para la humanidad la evolución de la pandemia de Covid-19, también existen “buenas noticias” (BBC Mundo, 2020; López-Goñi, 2021). Como en toda crisis, existe un lado positivo. El conocimiento desarrollado a raíz de miles de investigaciones biomédicas y epidemiológicas, los actos de bondad de las personas o el menor impacto en el medio ambiente a causa del encierro son algunas de ellas. En nuestro caso, como investigadoras sociales que hacemos trabajo de campo para construir información empírica, también encontramos algunas cosas positivas. Sobre eso trata nuestro artículo: lo que la pandemia nos ha dejado, como lecciones y aprendizajes, en nuestro quehacer profesional. Repensar nuestro compromiso y nuestra responsabilidad social a la hora de emprender investigaciones que implican interacción con la gente; la utilidad o relevancia social que puede o debe tener el conocimiento construido; la impronta que tenemos para construir conocimiento de manera colaborativa.

El artículo se divide en dos apartados, además de la introducción y las conclusiones. En el primer apartado problematizamos el hacer ciencia social actualmente en países como México, donde esta actividad ha sido cuestionada públicamente, y mostramos las instantáneas que obtuvimos de una travesía en Internet a partir de la cual queríamos ubicar la investigación social que emergió a causa de la pandemia. En el segundo apartado desplegamos lo que colegas de México y América Latina nos dijeron sobre los impactos de la contingencia sanitaria global en sus vidas académicas. Enfatizamos la relevancia del quehacer investigativo en el contexto actual porque, junto con Jairo Clavijo —uno de nuestros entrevistados—, consideramos que “sería terriblemente lamentable que después de que pase la pandemia las ciencias sociales hayan tenido muy poco que decir” (JC, 11/08/20).1

Pero antes de entrar en materia, veamos algunos aspectos sobre la problemática que está detrás de nuestra reflexión, así como el proceder metodológico que seguimos para construir la información empírica que sustenta nuestro argumento.

 

Urgencia de la investigación social en tiempos de Covid-19

Los primeros meses de la pandemia de Covid-19 se tradujeron en un reajuste en la vida cotidiana. En espera de volver a la “normalidad”, las personas encerradas en casa ansiaban salir para ir a trabajar, llevar a los hijos a las escuelas o a los parques, visitar a la familia o los amigos e ir a un restaurante o al cine, acudir al gimnasio o ejercitarse al aire libre, ir al supermercado, al tianguis o al centro comercial. Los meses pasaron y todo seguía igual. Los contagios no disminuían; incluso, en muchos países, iban en aumento: las muertes seguían pesando en miles de familias. De igual forma, los problemas sociales y económicos preexistentes se agudizaban: la violencia doméstica, los sentimientos de angustia y desesperación, así como la desigualdad, el desempleo y la pobreza iban en aumento cada día.

Además, no en todos los hogares fue posible mantener el encierro. Por la necesidad económica de salir a trabajar o, simplemente, por la precariedad de los espacios, la gente comenzó a salir, a repoblar los lugares que algunas semanas permanecieron vacíos. También está aquella población que, sin contar con una vivienda, se mantuvo en las calles pese a las restricciones públicas. De este modo, la pandemia se convirtió en lo que la antropóloga Veena Das (1995) llamó en su momento un “evento crítico”, es decir, un conjunto de hechos que rompen con la continuidad de las formas de vida y en los cuales hay una ausencia de sentido y de modelos interpretativos frente a la nueva situación.

Urgía entonces hacer investigación social para conocer qué estaba pasando con la sociedad en ese contexto inédito. En distintas latitudes surgieron esfuerzos para construir conocimiento y tratar de dar respuesta a los problemas sociales, económicos y emocionales que emergieron y se agudizaron con la pandemia. Además, con los miles de investigaciones que estaban siendo financiadas alrededor del mundo para conocer los aspectos epidemiológicos y biosanitarios, así como para desarrollar las vacunas contra el nuevo coronavirus, se hizo evidente la necesidad que teníamos de entender el impacto que la pandemia estaba teniendo en nuestras vidas. El Observatorio Iberoamericano de la Ciencia, la Tecnología y la Sociedad, adjunto a la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI), reportó que, sólo para el caso de Iberoamérica, se estaban publicando en promedio 31 trabajos académicos diarios relacionados con la pandemia (Observatorio cts, 2020).

De manera individual o colectiva, investigadoras e investigadores sociales han publicado resultados de sus estudios en torno a la pandemia. En algunos casos han adaptado sus líneas de investigación en un contexto de pandemia; en otros han realizado investigaciones específicas sobre los efectos de la crisis sanitaria y la contingencia global. Haciendo un recorrido por algunos portales de Internet de universidades en América Latina y España, centros de investigación y think tanks de habla hispana, encontramos estudios y reflexiones sobre muy diversos temas. La construcción de este conocimiento se ha realizado por varias vías metodológicas: sondeos y encuestas, indagación documental, entrevistas y trabajo de campo. Pero la tarea no ha sido sencilla.

La transformación que ha provocado la pandemia en nuestras vidas se traduce, entre otras cosas, en trasladar el cuidado de hijos y ancianos al ámbito familiar, al mismo tiempo que mover el trabajo de oficina a la casa. Los hogares se convirtieron, de un día a otro, en escuela para los niños, en centros de cuidado para los adultos mayores y hasta en salas de rehabilitación para los enfermos. Eso, sin duda, agudizó el estrés de todos los que deben compartir espacios y tiempos. En voz de una de nuestras entrevistadas (Carolina Robledo), esto ha implicado retos importantes: “Estamos construyendo conocimiento en nuestras casas, no podemos separar el mundo del trabajo del mundo del hogar, estamos siendo sujetos simultáneos en un montón de espacios que requieren igual atención y cuidado” (CR, 4/09/20).

Además de las problemáticas familiares propias, las y los investigadores sociales tienen que seguir haciendo su trabajo. Hay quienes han continuado la investigación desde sus escritorios y tal vez han visto menos afectado su trabajo, pero quienes solíamos salir para conocer lo que estaba pasando en otras familias, en otras comunidades, en otros contextos, nos vimos obligados a modificar nuestros procederes. Tuvimos que idear formas para hacer “trabajo de campo” desde las casas, teníamos que estar ahí desde aquí. Cuando salir se tornó difícil, si no es que hasta imposible, dependiendo de las medidas adoptadas por cada país, investigadores e investigadoras sociales tuvimos que reconceptualizar el trabajo de campo —con y sin pandemia— para construir información empírica; lo mismo pasó con quienes suelen visitar los archivos para indagar fuentes históricas. Ante ello, en el proyecto Etnografía en Tiempos de Covid-19 nos interesó conocer las experiencias de colegas de México y América Latina para saber de qué manera estaban enfrentando la crisis en sus contextos familiares y cómo estaban adaptando sus investigaciones.2

De manera particular entrevistamos a 21 especialistas que basan sus investigaciones sociales en el estar ahí, en interacción con la gente mediante un proceder etnográfico. Aunado a estas entrevistas, realizamos una revisión documental sobre la investigación social en torno a la pandemia. A continuación mostramos el diseño que siguió nuestra investigación.

 

Diseño metodológico

A mediados de 2020, una vez que ya todas las personas del planeta estábamos sufriendo —de una u otra manera— las consecuencias desatadas por la pandemia, las autoras de este artículo pensamos en la necesidad de conocer lo que otros y otras investigadoras sociales estaban experimentando a la hora de realizar sus estudios, sobre todo si antes de la pandemia solían hacer investigación en interacción con la gente. Nos dispusimos a contactar colegas de América Latina que manifestaban estar haciendo estudios etnográficos durante la pandemia. La intención era hacerles una entrevista remota para conocer la forma en que estaban construyendo conocimiento.

¿Por qué decidimos entrevistar a investigadores sociales que utilizan el método etnográfico como principal fuente epistemológica? La pregunta tiene, al menos, dos respuestas. Primero, porque consideramos que quienes utilizamos los acercamientos etnográficos basados en el estar ahí, en los escenarios sociales y en interacción con la gente, vimos afectada directamente nuestra actividad de investigación a causa de la pandemia, el confinamiento y el distanciamiento social. Segundo, porque pensamos que los investigadores que están en contacto directo con la gente podrían mostrar experiencias y reflexiones interesantes sobre los retos y la importancia de construir conocimiento social en un momento tan crítico como el que nos puso la pandemia.

Entrevistamos a 15 mujeres y a seis hombres; siete trabajan en Chile, seis en México, cuatro en Argentina y cuatro en Colombia. Ellas y ellos han dedicado sus vidas a la investigación social en interacción con la gente. La selección de entrevistados siguió las premisas de un muestreo no probabilístico de oportunidad (Guber, 2004). Realizamos una búsqueda amplia de investigadoras e investigadores en ciencias sociales. Seleccionamos escuelas y facultades de antropología y sociología de las 10 universidades más destacadas en investigación para México, Colombia, Chile, Argentina y Brasil.3 Revisamos los perfiles de cada investigadora e investigador y seleccionamos aquellos que realizaban trabajo de campo en esos momentos. Con ese listado inicial (89 perfiles), enviamos invitación vía correo electrónico para participar en la entrevista. Recibimos 25 respuestas; algunas de ellas nos llevaron a nuevos contactos. Con ello, seguimos la estrategia de bola de nieve para construir el listado definitivo.

Además de las entrevistas, realizamos una indagación documental en línea sobre la publicación de productos de investigación social sobre la pandemia. La búsqueda en línea nos permitió identificar algunos reportes de investigación, reflexiones y ensayos de opinión, además de artículos especializados. Hicimos una travesía por páginas de Internet de revistas especializadas, universidades, asociaciones profesionales y centros de investigación.

La revisión documental y las entrevistas nos llevaron a pensar en tres lecciones: 1) La pandemia nos ha hecho ser más conscientes del compromiso y la responsabilidad que tenemos frente a las poblaciones con las que trabajamos cuando hacemos investigación sobre y con la gente. 2) Los problemas sociales que emergieron con la pandemia, así como aquellos que se evidenciaron o se agudizaron con ella, nos están obligando a hacer investigación que responda preguntas y construya conocimiento socialmente relevante. 3) El confinamiento y el distanciamiento social nos han puesto en una posición en la que no podemos seguir haciendo investigación de la misma forma: acudir a los lugares, platicar con la gente, hacer entrevistas cara-a-cara, etcétera.

En los siguientes apartados presentamos el contexto de investigación social en tiempos de Covid-19, así como las tres lecciones que nos quedan. Estas lecciones se fundamentan en que “todo proceso de investigación tiene como objetivo la búsqueda de un producto que es el conocimiento” (Cuenca y Schettini, 2020: 9). Desde ahí cuestionamos, en primer lugar, la forma en que construimos este conocimiento. ¿Cuál es nuestro compromiso: producir conocimiento sobre la gente o con la gente? En segundo lugar, nos cuestionamos sobre el papel que tiene el conocimiento: ¿Debería ser un conocimiento para la gente? ¿Y de qué manera podemos hacer que ese conocimiento sea aplicable en la realidad? Finalmente, nos preguntamos si podemos seguir haciendo investigación de manera individual o si sería más propicio generar redes colaborativas de investigación y aprendizaje.

 

Investigación social en tiempos de pandemia

En este apartado, a manera de contexto, reflexionamos, en primer lugar, sobre el descrédito que ha tenido la ciencia en general y la ciencia social en particular durante los últimos años. Esto, en el marco de la pandemia, se presentó en un inicio como un reto mayor. Los gobiernos no estaban dispuestos a invertir en investigación que no estuviera orientada a atender los problemas emergentes causados por el nuevo coronavirus. Pero, precisamente por eso, también se presentó como una oportunidad para crear investigación social que diera respuesta a los problemas que se gestaron, evidenciaron o recrudecieron. De esta forma, en segundo lugar, mostramos las investigaciones que en habla hispana han sido publicadas en distintos espacios de Internet.

 
Del descrédito a la emergencia

A pesar de que las ciencias sociales son fundamentales para una sociedad en la medida en que contribuyen a explicar cómo hemos vivido y cómo podríamos vivir, éstas han caído durante las últimas décadas en una suerte de descrédito, entre otras razones, por el hecho de sobrediagnosticar las crisis sin mostrar posibles salidas. Frente a ello se vislumbra una metamorfosis en el “ecosistema de las ciencias y el conocimiento” (Maldonado, 2019: 119), es decir, una transformación epistemológica y metodológica en las relaciones de distintos campos disciplinarios con el fin de dar respuestas a los problemas sociales. El trabajo interdisciplinario, además, puede contribuir a liberar a las ciencias sociales del estigma de ser “pequeña ciencia” en comparación con las llamadas “ciencias duras o exactas” (Ibid.).

En la medida en que las ciencias sociales vayan adaptándose a las transformaciones de la realidad y a la imbricación interdisciplinaria, irán reclamando su lugar en el campo político y social en el que se insertan. No es, sin embargo, una tarea sencilla. La asimetría en la inversión y atención estatal entre las ciencias sociales y las otras ciencias complica el panorama. Al respecto, es importante reflexionar lo que ha ocurrido a raíz de la pandemia. En algunos países como México, Colombia o Brasil, los gobiernos nacionales mostraron su incredulidad frente a la importancia de las ciencias sociales y las humanidades. Sin embargo, esta situación motivó a investigadores e investigadoras a revisar su rol para recordar a la sociedad y los gobiernos la relevancia de la ciencia y, específicamente, la ciencia social. Se organizaron múltiples foros, webinarios y conferencias sobre el papel de las ciencias sociales en el contexto pandémico, revelando además la importancia de usar múltiples estrategias y medios de comunicación para fortalecer el vínculo entre academia y sociedad.

La crítica hacia la utilidad de la ciencia, en general, y de las ciencias sociales, en particular, que en países como los ya mencionados se agudizó a raíz de la pandemia, fue evidente y contrastante con lo que aconteció en otros. Por ejemplo, en Argentina, donde hubo un llamado de las autoridades nacionales vía el Ministerio de Ciencia, Investigación e Innovación, a los investigadores sociales de manera casi inmediata tras decretarse la emergencia sanitaria global. Tres de nuestros entrevistados narraron su experiencia de participación en la construcción de información cualitativa sobre los efectos del Covid-19, específicamente acerca de cómo los sectores más vulnerables estaban experimentando la pandemia.

Es un hecho que la pandemia nos ha invitado a pensar sobre el tema, impulsándonos a abrir con más fuerza un espacio propio en la discusión social y política. Igualmente, se ha logrado una contribución académica y de difusión importante para: 1) poner en perspectiva la pandemia como un hecho no sólo biológico o de salud, sino como un fenómeno social que se origina y exacerba por determinadas prácticas y estructuras sociales resultantes de la acción humana; 2) generar lineamientos y estrategias de intervención y apoyar con fundamentos la toma de decisiones de actores públicos, grupos, organizaciones e individuos; 3) fomentar la participación de los científicos sociales en los medios de comunicación y en foros no especializados, mediante comunicaciones que pretenden incidir en el debate y orientar a un público no especializado, contribuyendo a combatir las teorías de la conspiración y las noticias falsas con información fundamentada (Contreras, 2021). A lo anterior puede sumarse el reconocimiento de que los efectos de la pandemia nos aquejan de manera desigual y asimétrica, por lo que resulta fundamental reflexionar sobre cómo estamos tomando las decisiones y cómo estamos interpretando los hechos para luego intervenirlos (Lins, 2021). En las siguientes páginas mostramos una panorámica de la investigación social en Iberoamérica en medio de la pandemia.

 

Instantáneas de la travesía: las publicaciones en Internet

A manera de una travesía por Internet, visitamos portales de revistas especializadas, de centros de investigación, de universidades. Ahí ubicamos distintos productos relacionados con la investigación social en tiempos de pandemia: reportes de investigación, convocatorias, números especiales de revistas, así como observatorios y blogs. Aquí compartimos algunas instantáneas de ese viaje.

Entre los reportes de investigación podemos mencionar el que publicó el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), con sede en España. Una visión global de la pandemia de Covid-19: qué sabemos y qué estamos investigando desde el CSIC reúne investigaciones de diversas disciplinas sobre las fases de la pandemia: origen, prevención, enfermedad, medidas de contención, tratamiento, impacto social y necesidad de comunicación a la sociedad. En la parte del estudio que corresponde a la investigación social se habla del impacto de la enfermedad en las residencias de ancianos; la salud mental; el diseño urbano y de vivienda; el uso de los parques; el trabajo remunerado y no remunerado; el teletrabajo; la comunicación de la ciencia; las estrategias de colaboración internacional para el intercambio de datos e información.

En ese mismo rubro está el informe La investigación en ciencias sociales en tiempos de la pandemia por Covid-19, donde se compilan los resultados de 23 grupos de trabajo del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales del Sur, en Argentina. Las investigaciones ahí reseñadas versan sobre instituciones democráticas; problemas fiscales y económicos; políticas sociales y sanitarias; estrategias para sectores vulnerables y asistencia social; planificación urbana y políticas de vivienda; educación; seguridad alimentaria; regulación del mercado farmacéutico; impacto del distanciamiento en el comportamiento; manejo de información y desinformación; tecnologías de la información y la comunicación durante el distanciamiento social.

Además de los reportes de investigaciones, buscamos números especiales de revistas en ciencias sociales dedicados a la pandemia. Encontramos convocatorias y números ya publicados. Entre ellos podemos mencionar el número especial de marzo de 2021 de la Revista Mexicana de Sociología, cuyos seis artículos abordan temas relacionados con vulnerabilidad socioeconómica; condiciones habitacionales de la Ciudad de México; trabajo y trabajadores en zonas vitivinícolas; bienestar social; maternidad y trabajo doméstico; impacto de la pandemia en las y los universitarios. Otra revista con número especial es Desacatos, donde se incluyen nueve artículos especializados que se proponen como “un observatorio disciplinario” en torno a una “problemática compleja y diversa” (Aziz, 2021: 8). Ahí se reflexiona sobre esta pandemia en comparación con la de la influenza a inicios del siglo XX; estudio de desastres; atención institucional en otros países; impacto en las ciudades; formas políticas; “descotidianización” de la vida; desigualdades; cuidado de los ancianos; respuestas de los empresarios organizados en México.

En ese rubro también ubicamos dos volúmenes de la Revista Deliberativa sobre Estudios Metropolitanos en Gobernanza, en los que se presentan productos de investigaciones relacionadas con: respuesta de los gobiernos municipales; estudios comparados sobre las políticas de mitigación; desafíos de coordinación local; retos para el cumplimiento de la contención; incremento de la violencia intrafamiliar y acciones gubernamentales para atenderla. La Revista Latinoamericana de Estudios Educativos es otra publicación académica con un número especial. En ella se presentan siete artículos sobre investigación educativa en torno a retos docentes con la educación a distancia; el sentir de los profesores; tensiones que viven los docentes universitarios; resiliencia frente a la política educativa; brecha socioeducativa derivada del Covid-19, así como una reflexión sobre el significado de la escuela.

Otra publicación con un número especial es la Revista Ciencia, publicada por la Academia Mexicana de Ciencias. En ella se incluyen colaboraciones que tratan temas como: condiciones de vivienda y riesgo; tecnologías de información y comunicación para el manejo de la contingencia y la vulnerabilidad; la iniciativa mexicana para garantizar el acceso mundial a medicamentos y vacunas; coordinación entre política monetaria y fiscal para resolver los problemas económicos emergentes; medidas para tratar trastornos mentales y de sueño generados por el confinamiento y el aislamiento social; presión hospitalaria en distintas ciudades mexicanas; importancia de crear un cambio en la conducta colectiva.

La revista de ciencias sociales y humanidades Religación (con sede en Quito) también publicó en marzo de 2021 un dossier sobre América Latina y el mundo frente al Covid-19. En siete artículos se discute sobre problemas, experiencias y debates abiertos a un año de la pandemia: gestión del riesgo en Chile, Colombia, Ecuador y Perú; vigilancia digital como medio de control estatal; impacto de la pandemia en la trayectoria educativa de niñas y niños, así como estrategias y experiencias educativas en México; estrés y bienestar con el teletrabajo en México, Perú y Chile; aumento de la violencia doméstica y familiar contra las mujeres en Brasil; estrategias de recuperación económica en un destino turístico mexicano.

También encontramos el número especial de la Revista Sintaxis, donde se publican 12 artículos sobre funciones comunicativas en los discursos de autoridad, la “infodemia”, narrativas de la vulnerabilidad de periodistas, representaciones del trabajo, comunicación para la salud, experiencias educativas desde la cibercultura, comunicación para la actividad comercial, incertidumbre en las salas cinematográficas, y noticias falsas.

Además de estas publicaciones, ubicamos varias convocatorias. La revista Apuntes, con sede en Perú, la Revista Latinoamericana de Opinión Pública, con sede en España (Salamanca), y la revista Publicando, en Ecuador, con sus tres convocatorias buscaban artículos de investigación social relacionados con la pandemia, pero a la fecha en que se hizo la indagación documental (marzo de 2021) aún no habían publicado su número especial. La revista Publicando, al tener una convocatoria abierta, ya ha publicado artículos sobre educación superior y la experiencia en la contingencia de los mediadores de justicia en procesos judiciales en línea.

Nuestra indagación documental online nos llevó también al Observatorio Social del Coronavirus coordinado por el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso). En ese portal se reúnen las publicaciones que los diversos grupos de trabajo hacen sobre la pandemia. El Observatorio se organiza en varias temáticas: educación y cultura; generaciones y ciclo de vida; género; raza/etnia; salud; territorio y movilidad; trabajo e ingresos; violencias, y economía. Algunos contenidos tienen que ver con investigación sobre “lugarización” educativa; medios de comunicación, Estado y democracia; narrativas emergentes; cuidado y sostenibilidad de la vida; activismo y causas militantes; precariedad laboral; impactos diferenciados en comunidades éticas; desigualdades; vacunas como bien público; soberanía sanitaria regional; nuevas fronteras y “biomedicalización” de las migraciones; agendas urbanas; impactos económicos; violencia de género; crisis alimentaria; integraciones regionales.

En el portal de Clacso también ubicamos una convocatoria para formar grupos de investigación para “pensar la pandemia desde las ciencias sociales y las humanidades”. Ahí se apela, de manera particular, a colegas que investiguen temas emergentes y urgentes: relaciones laborales; políticas y economías de cuidado; situación de las juventudes; relaciones intergeneracionales; derecho a la conectividad y la desconexión; estigmatización de distintos grupos sociales; mecanismos sociales de temor; escepticismo y negación; desplazamientos humanos y migraciones; crisis ambiental.

Finalmente, podemos mencionar el esfuerzo del Consejo Mexicano en Ciencias Sociales (Comecso) por mostrar reflexiones sobre testimonios y acciones de quienes han sido afectados por la pandemia, tanto en términos de contagios y muertes como en las consecuencias económicas, psicológicas o sociales. En el blog La Comunidad y la Pandemia se invita a publicar textos cortos sobre cinco temáticas centrales: La salud también es mental; Teletrabajo ¿nueva economía?; Vida, cambios e innovaciones urbanas; La cultura como re-creación social, y Gobernanza: anticipar un mejor futuro. De manera particular, este espacio busca contribuciones no académicas, pero que reflexionen sobre las consecuencias sociales de la pandemia.

Los temas de las publicaciones encontrados en nuestra travesía son variados, pero hay ciertos patrones: cuidado y vida cotidiana; planeación urbana; desigualdad y vulnerabilidades; tipos de violencia; políticas gubernamentales; retos laborales y educativos; información, comunicación y tecnología. La metodología seguida también es diversa; no obstante, en esta indagación hemos constatado que una de las vías metodológicas que proliferaron ante la imposibilidad de hacer trabajo de campo fue la aplicación de cuestionarios en línea mediante formularios autoadministrados. En diversos países circularon estos formatos; seguramente el lector o la lectora de este artículo recibió más de uno y tal vez contestó alguno. Las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) se convirtieron “en un arma poderosa para realizar un relevamiento en poco tiempo y conseguir un gran volumen de información” (Cuenca y Schettini, 2020: 7). Con estos medios, como veremos a continuación, quienes venían haciendo trabajo de campo complementaron sus procedimientos metodológicos para estar ahí desde aquí.

 

Lo que nos queda de la pandemia: lecciones y rutas por seguir

La pandemia, sin duda, nos va a dejar varias lecciones de vida, o al menos eso quisiéramos pensar quienes no estamos de acuerdo con la forma en que hemos hecho las cosas hasta el momento, quienes pugnamos por un cambio, quienes no nos conformamos con lo que tenemos. En palabras de Loreto López, una colega chilena que trabaja estudios de la memoria, el momento actual nos permite “visibilizar y poder extender, fortalecer, incluso, lazos de alianzas con aquellos actores sociales que están trabajando por la transformación de esto que reveló de manera tan brutal la pandemia” (LL, 8/09/20). Parece urgente modificar ese panorama de desigualdades, inequidades, marginación, destrucción del entorno y multiplicación de las violencias que evidenció esta crisis global. La investigación social puede ser una vía. Para ello, tenemos que asumir la responsabilidad y el compromiso que implica el trabajo académico, además de pensar nuevas formas para producir conocimiento.

Investigar durante la pandemia ha evidenciado dos tipos de vulnerabilidades. Por una parte, la vulnerabilidad de las personas a quienes nos acercamos para hacer investigación, sobre todo si viven en situaciones de precariedad; por otra parte, la vulnerabilidad que tenemos en nuestras propias vidas y el impacto que esto puede implicar en nuestro desempeño. Advertir estas dos vulnerabilidades nos invita a reflexionar sobre la pertinencia, el alcance y la modalidad de nuestro trabajo. En otras palabras, esto se traduce en el por qué, el para qué y el cómo de nuestras investigaciones. En ello nos sumamos a lo que nos dijera Claudia Cortés, investigadora de la Universidad del Rosario en Colombia:

No ignorar el momento que estamos pasando porque es un momento que nos está tocando de múltiples formas, y está cambiando [nuestras] preguntas de investigación. [Nos está llevando a] ser personas creativas para mirar cómo le podemos dar una nueva voz a eso que llamamos la recolección de información [...] Siento que a veces somos personas muy cómodas al utilizar las formas tradicionales de recoger información, pero de golpe [la pandemia es] una forma de chocarnos y decirnos “inventen cosas, prueben cosas” (CC, 1/09/20).

En las siguientes páginas mostramos lo que colegas de México y América Latina nos comentaron en la serie de entrevistas que realizamos el año pasado. A partir de su experiencia denotamos la responsabilidad y el compromiso para repensar la forma en que construimos conocimiento: ¿sobre o con la gente?; la relevancia pública y el alcance de nuestras investigaciones: ¿conocimiento para la gente?, así como la modalidad que seguimos: ¿de manera colaborativa o individual?

 

Investigación social: construcción de conocimiento sobre y con la gente

El Covid-19 no sólo afecta los métodos sino
también la ética de la investigación.

Andrea García.

 

La investigación social puede realizarse de distintas formas. En términos generales puede enfocarse en procesos, instituciones, prácticas o actores, y puede realizarse desde los ordenadores, desde archivos históricos o sobre el terreno. La última forma es la que se denomina trabajo de campo. Ello implica tener relación directa con la gente. Este tipo de investigación puede, como lo indicaron nuestros entrevistados y entrevistadas, tener dos carices distintos. En esta sección veremos las dificultades que tiene hacer trabajo de campo en términos de normalidad y en tiempos de crisis como los que vivimos a causa de la pandemia.4

Quienes realizamos trabajo de campo para construir evidencia empírica tuvimos que hacer un alto una vez que en marzo de 2020 se decretó alerta global por la pandemia. Tuvimos que reinventar la forma de hacer investigación, pero también fue una oportunidad para reflexionar sobre nuestro quehacer académico. Fue, como dijera Andrea García, docente de la Pontificia Universidad Javeriana en Colombia:

Una invitación también muy bonita a que no sigamos siendo extractivistas, o a que no sigamos extrayendo información con todas las implicaciones que este término, extractivismo, tiene con la madre naturaleza, con la minería, con la agroindustria, pero también con la etnografía [con la investigación social]. Porque, a veces, cuando hacemos etnografía [o trabajo de campo] no hacemos etnografía sino extracción de información, y esto es, en términos éticos, en términos humanos, súper problemático. Entonces estamos descansando un poquito de la extracción de información. […] Eso va a ser maravilloso. La etnografía tenía que descansar, las comunidades tenían que descansar, entonces va a ser un respiro (AG, 25/08/20).

Frente a la crisis global, comenzamos a preguntarnos: ¿Por qué y para qué hacemos investigación social y trabajo de campo? ¿Cuál es la pertinencia de hacer trabajo de campo, en interacción con la gente, sobre todo si consideramos el contexto crítico en el que nos puso el coronavirus? ¿Seguiríamos haciendo trabajo de campo a pesar del riesgo que eso implica para nosotros y para la gente? Una de nuestras entrevistadas, Emiliana Cruz, quien desde hace varios años hace trabajo de campo en municipios indígenas del sureste mexicano, plantea:

La investigación tiene que adaptarse a los tiempos que estamos viviendo. Tenemos que estar muy pendientes del área o la región donde vamos a ir a trabajar [...] y debemos tener muy claro que nuestra presencia en espacios donde hay poco acceso de medicina no sea una razón para ir a enfermar a la gente y que no seamos irresponsables, no podemos hacer esto en nombre de la investigación (EC, 13/08/20).

En su caso, como en otros tantos, ella optó por usar las TIC para seguir en contacto con la gente de las comunidades donde hacía investigación y trabajo colaborativo:

Teniendo un trabajo colaborativo previo [...] yo ya tenía comunicación con las personas del pueblo vía WhatsApp. [...] Me di cuenta de que era una herramienta que me funcionaba muy bien. [...] Les propuse a las personas de la comunidad si estaban interesadas en tener un proyecto de lecturas en línea para los niños que estaban dejando de ir a la escuela [...]. Yo les mandaba la historia en el teléfono de su mamá o papá y los niños escribían la historia a mano y ellos la leían, y cuando estaban listos para leerlas me llamaban por teléfono y yo los grababa (EC, 13/08/20).

Como podemos notar con esta experiencia, la pandemia nos obligó a modificar nuestra vida cotidiana y nuestro trabajo de investigación. Entonces las aplicaciones tecnológicas demostraron ser herramientas útiles para seguir en contacto con la gente (amigos, familiares, colegas, colaboradores) y aliviar el encierro y el aislamiento. Además de construir información de esta forma, tal como lo menciona Emiliana, “en el lado personal”, seguir en contacto con la gente de la comunidad donde ella trabaja hizo que sus días fueran más fáciles: “[...] me daba una gran satisfacción ver que los niños me estaban llamando durante el día para leerme historias” (EC, 13/08/20).

Otro de los puntos que resaltan de la experiencia de Emiliana Cruz y que tiene eco en varias de las voces entrevistadas es la idea de hacer trabajo de investigación y, además, colaboración con las poblaciones. Tal como lo mencionó Andrea García, la pandemia ha sido un momento para repensar la forma en que nos acercamos a la gente para construir información empírica. Al respecto, Claudia Puerta, otra colega colombiana, nos habló de su experiencia con las comunidades wuayúu:

Tenemos otras formas de relacionarnos. Ellos y ellas tienen una crítica muy importante frente a la academia, tienen unas prevenciones frente al uso que se ha hecho del conocimiento. De hecho, ya hablan de una antropología extractivista [...] y son muy precavidas en este momento todas las personas en muchas comunidades para emprender procesos colaborativos, porque de alguna manera siempre se planteó que los trabajos de campo, los trabajos de antropología y de ciencias sociales iban a redundar en beneficio, o con resultados que podían ser positivos para estas comunidades (CP, 24/08/20).

Frente a ello, debemos enfatizar la pregunta sobre la pertinencia de nuestro trabajo. Así lo mencionó Claudia Puerta: “Ya lo veníamos discutiendo con la autoridad del conocimiento, con las relaciones en campo. Pasamos en nuestra literatura de hablar de informantes a hablar de colaboradores [...], entonces digamos que ahí hay un desafío porque tiene que ver con un cambio de paradigma” (CP, 24/08/20).

Este cambio de paradigma tiene varias implicaciones. Una de ellas se relaciona con la forma en que concebimos el trabajo académico frente a la sociedad. Sobre esto no hay consenso. Hay perspectivas que plantean que el compromiso que tenemos las y los investigadores es, exclusivamente, con la generación del conocimiento y no, de manera directa, con la sociedad. La aplicación del conocimiento está, desde esta visión, en manos de otros especialistas: tomadores de decisiones, servidores públicos, organizaciones no gubernamentales, empresas, entre otros. Desde esa óptica, nuestro compromiso social está sólo en la creación del conocimiento. Aquí la investigación social es sobre la gente. En el extremo opuesto están aquellas perspectivas que plantean la necesidad de hacer un doble compromiso, con la construcción de conocimiento y con la sociedad. Ahí la investigación social no sólo se realiza sobre la gente, sino con la gente. En este contexto, se plantea que “la investigación desvinculada se vuelve extractivista, porque sólo busca responder importantes preguntas académicas sin tener en cuenta sus posibles impactos negativos” (Pacheco-Vega y Parizeau, 2018: 5).

Uno de los autores de la cita anterior también fue nuestro entrevistado. Raúl Pacheco-Vega, investigador que trabaja con personas en los tiraderos de basura en México (pepenadores), enfatiza la importancia de hacer investigación social doblemente comprometida: “La filosofía de las ciencias sociales doblemente comprometidas sigue siendo un poderoso recordatorio de la necesidad de unir una rigurosa erudición en ciencias sociales con una búsqueda de aplicaciones prácticas para problemas del mundo real” (Pacheco-Vega y Parizeau, 2018: 2). Esto, en el momento actual, se traduce en “tratar de buscar los problemas que requieren solución”; para ello, “el primer paso es tratar de seleccionar los problemas importantes, y cómo las personas están respondiendo a la pandemia es una de las preguntas más importantes” (RPV, 10/08/20).

Lo comentado durante las entrevistas nos lleva a reflexionar sobre el compromiso y la responsabilidad que tenemos cuando hacemos investigación en interacción con la gente. Podemos seguir haciendo extracción de información sobre las poblaciones y comunidades donde desarrollamos nuestros estudios o podemos construir conocimiento con la gente, tratando de captar las múltiples miradas y voces que conforman las realidades al combinar las categorías teórico-conceptuales con las categorías emergentes, que se construyen en la interacción etnográfica. Esto implica, como veremos en la última sección de este apartado y como lo comentó una entrevistada (Sofía Rodríguez, estudiante chilena), hacer que la investigación colaborativa tenga un “componente polifónico” con el que “escuchemos también a investigadores que no vengan desde el círculo de las ciencias sociales y que han estado estudiando esto durante toda su vida, personas que tal vez nunca supieron que podían ser observadores de la realidad, e ir construyendo un relato en conjunto” (SR, 9/09/20).

Al respecto, es preciso recordar que también hay otra ruta para seguir haciendo investigación social. Aquellos investigadores e investigadoras que no salen de sus cubículos, de las bibliotecas o de los archivos, también pueden hacer aportaciones relevantes sobre la vida social. Aquí no queremos decir que uno u otro tipo de investigación es mejor. Tan sólo enfatizamos la reflexión que nos suscita el momento actual sobre la forma en que hemos estado construyendo información cuando salimos a campo, cuando entramos en interacción con la gente que vive en las realidades que analizamos. Utilizando una metáfora campirana, hacer investigación con la gente (durante el trabajo de campo) implica desmontar nuestros caballos académicos para montar con la gente las carretas que se construyen en la interacción cotidiana en sus entornos, con la presencia física y la relación cara-a-cara (como tradicionalmente hacíamos trabajo de campo) o mediante aplicaciones tecnológicas que nos permiten estar ahí desde aquí (como nos muestra la experiencia que nos ha dejado la pandemia).

Al involucrarnos con la gente, al asumir el compromiso (social, político, ideológico) con esas poblaciones y para que nuestra presencia en campo no sea una acción extractivista que beneficie sólo al investigador, también es importante tener presente que nosotros estamos ahí para hacer investigación y no (sólo) activismo social. Si bien podemos combinar ambas actividades, también tenemos que mantener un rigor académico tal que nos permita hacer una contribución al campo de conocimiento, en primer lugar, y a las propias comunidades, en segundo lugar. Por ello es útil mantener un equilibrio entre compromiso y distanciamiento. Al respecto, las palabras de Marta Núñez, investigadora cubana, son reveladoras:

El compromiso lo entiendo como el acto en que el científico social incorpora a sus experiencias propias las representaciones ideológicas (no solamente las políticas) y las necesidades de las personas, los grupos humanos y las instituciones que investiga, y las comparte. El distanciamiento es la capacidad de este científico de “separarse cognoscitivamente” de las situaciones que estudia, incluida la habilidad de distanciarse de las ideologías de quienes analiza y que él mismo puede compartir, para observarlas críticamente. Construir conocimientos científicos en las ciencias sociales obliga al investigador a lograr un balance entre el compromiso y el distanciamiento (Núñez, 2001: 110).

Para finalizar este punto, resulta importante enfatizar que nuestro compromiso y nuestra responsabilidad no implican pensar que los productos de investigación tradicionales (libros, artículos) servirán para resolver los problemas de las comunidades. Sería, como lo plantea un crítico a esta perspectiva, “muy ingenuo pensar que un artículo o un libro especializados puedan lograr un mejoramiento en la vida de los activistas de un movimiento social o de los miembros de una comunidad involucrados en un conflicto político” (Estrada, 2014: 64). En la siguiente sección veremos cómo podemos hacer que el conocimiento construido en interacción con la gente puede ser relevante para la sociedad.

 

Investigación emergente y urgente. Conocimiento con relevancia pública para la gente

[...] falta aún un mayor posicionamiento del aporte que
nosotros [...] podemos hacer a la toma de decisiones.

Claudia Cortés.

 

El momento que estamos viviendo nos lleva a reflexionar sobre la utilidad que puede tener el conocimiento construido para atender las problemáticas emergentes y urgentes, pero también para que el conocimiento construido tenga relevancia social una vez que pase la coyuntura. Al respecto es importante mencionar, junto con quienes hablan de Responsabilidad Social Universitaria (RSU),5 que las universidades e instituciones de investigación “no está[n] naturalmente destinada[s] a jugar un papel de organización no gubernamental de desarrollo, ni de sustituto del Estado en el alivio de la pobreza”; su responsabilidad y compromiso social no pueden ser confundidos con la idea de “dotarse de una oficina de ayuda social” (Vallaeys, 2007: 3). Pero, entonces, ¿cómo podemos decir que el conocimiento construido puede ser relevante para la gente?

De acuerdo con lo que nos compartieron colegas de México y América Latina, la relevancia de nuestros trabajos de investigación radica en la posibilidad de vincular el conocimiento construido con la toma de decisión pública y privada. Pero para ello, tal como lo dijera nuestra colega colombiana Claudia Cortés, tenemos que hacer una modificación orientada a que:

Universidad y proceso de toma de decisiones deben estar mucho más acompañados. Yo creo que muchas veces en la academia producimos un montón de información y es información que no siempre llega al nivel de la acción. [La pandemia] es un llamado a revisar nosotras, como personas que hacemos investigación, cómo podemos apoyar un poco más estos procesos y que esta información que estamos produciendo acompañe [a las decisiones estatales y personales] (CC, 1/09/20).

Si bien, como dijimos antes, aquí no estamos apelando a pasar por una puerta giratoria para asumir roles de activistas sociales o de funcionarios públicos (aunque esto suele acontecer de manera frecuente), lo que proponemos es tomar conciencia de que las fronteras entre lo público y lo privado, entre los agentes sociales, políticos, económicos y académicos, se están transformando. Si antes no era difícil identificar estos campos como esferas independientes, ahora esto resulta más complicado. Consideramos, junto con la investigadora Cristina Oehmichen, que las redes sociodigitales han favorecido esta imbricación: “La importancia que han adquirido las llamadas redes sociales, yo diría redes digitales, no estaba tan presente hace 10 años. Ahora hemos llegado a un nivel donde la existencia de estas comunidades a nivel virtual influye, por ejemplo, en la toma de decisiones políticas” (CO, 7/09/20), y también en las decisiones privadas.

Frente a ello, no es descabellado pensar que nuestro trabajo de investigación puede servir para mejorar la toma de decisiones en gobiernos, empresas e incluso en la vida cotidiana de las personas. Pero para lograrlo debemos vincularnos con esos sectores y esas personas. Obviamente, aquí no podemos omitir un detalle: el mundo político o del mercado se mueve por lógicas e intereses particulares. Tendremos que mantener una vigilancia epistemológica que nos permita construir conocimiento con todo el rigor que la ciencia implica, y no hacer que el conocimiento se adapte a las necesidades o intereses particulares de los agentes de relación. En eso estamos de acuerdo con que “el conocimiento científico debe evaluarse, teórica, metodológica y científicamente en términos de su producción de conocimiento. Cualquier otro fin más allá de éste ha de considerarse secundario, aunque no irrelevante” (Estrada, 2014: 55-56). En otras palabras, esto no implica que dejemos de lado que nuestra principal responsabilidad es construir conocimiento, lo que es importante considerar es que ese conocimiento puede ser de utilidad para la sociedad.

Hacer que las investigaciones y los conocimientos construidos tengan relevancia social y sean aplicables para atender problemáticas específicas implica, además de esta vigilancia epistemológica, tener cierta adaptación metodológica:

Cuando estamos en medio de estas crisis y necesitamos dar respuestas muy rápidamente, necesitamos también adaptarnos metodológicamente. [...] muchas veces necesitamos hacer trabajos etnográficos que no sean de meses ni de semanas, sino que sean trabajos de campo muy focalizados, muy rápidos, pero que nos permitan reconocer elementos que aportan en este momento para esta toma de decisiones (CC, 1/09/20).

Ello nos lleva a agilizar la construcción del conocimiento. Si la publicación de un libro o un artículo de investigación arbitrado puede llevar alrededor de dos años, situaciones como la actual nos obligan a pensar en otros formatos para producir conocimiento. Además de libros y artículos especializados, debemos pensar en diversos medios para que el conocimiento sea aplicable por los demás, que tenga utilidad pública y que no se quede almacenado en las bibliotecas o en la nube de las universidades y centros de investigación.

La pandemia nos sitúa frente a esa ventana de oportunidad: construir conocimiento que será aplicado para resolver una problemática emergente y urgente. Al respecto, un investigador italiano que está haciendo estudios sobre tratamientos para el Covid-19, mencionó que la “pandemia de coronavirus puede hacer que la ciencia médica sea más ágil mucho después de que haya pasado la emergencia” (Apuzzo y Kirkpatrick, 2020). Eso mismo podemos pensar para la ciencia social. Si bien no dejaremos de producir libros y artículos especializados, una de las lecciones de la pandemia será la rapidez para generar otros productos de investigación. Un ejemplo de esto lo tenemos con la interfaz entre academia y gobierno para construir conocimiento relevante para la toma de decisiones en Argentina. Como parte de este ejercicio de investigación, uno de los colegas que entrevistamos, Dhan Zunino, comenta:

Sentimos el compromiso, más que nunca, de que [la encuesta sobre movilidad entregada al Ministerio de Ciencia, Investigación e Innovación] fuese un instrumento que si lo pones a discutir en los términos científicos, académicos y estadísticos, tiene un montón de fallas. Ahora, ¿es un insumo para la política, para poder pensar rápidamente la política? Sí. Entonces nosotros lo que hicimos fue darle prioridad a eso, a dar una respuesta rápida, a poder colaborar rápidamente con eso antes que el largo trayecto de los papers que en dos años van a salir publicados (DZ, 19/08/20).

En el mismo tenor está el trabajo que realiza el Laboratorio de Antropología Visual de la Universidad Católica de Chile. En entrevista, sus integrantes compartieron la experiencia de dos proyectos de investigación: uno con el que retrataron la vivencia de siete familias chilenas, mediante indagación autoetnográfica, durante los primeros tres meses de la pandemia; otro con el proyecto Cartografía de la Pandemia, donde estudiantes y participantes realizaron una etnografía multisituada. Con los dos proyectos se construyó información sobre el manejo cotidiano del encierro, en términos económicos y anímicos. Fue así como a través de videos, audios, fotografías y textos se abordaron temas relacionados con la experiencia humana, los cuales, al no ser traducibles inmediatamente al texto escrito, inspiraron la construcción de otros productos de investigación y no sólo artículos académicos. Además, según Rosario Palacios, investigadora del grupo de trabajo:

De alguna manera esta compañía que le hemos dado a estas familias también ha sido un producto en sí mismo, porque muchas veces como investigadores e investigadoras nos preguntamos: ¿cuál es el sentido de tanta investigación? Ya sólo ser esta compañía durante la pandemia para estos hogares ha sido muy interesante de entenderlo como un fin también de la investigación, hacer estos vínculos y abrir la posibilidad de expresar [...] muchas experiencias.
(RP, 9/09/20).

El trabajo realizado por este grupo de investigación es otra forma de producir conocimiento con y para la gente. Su experiencia nos muestra cómo el conocimiento, en formato no académico, favorece un alcance mayor e inmediato y, por tanto, cobra relevancia pública. En suma, la experiencia que nos compartieron nuestros colegas en Chile y también en Argentina muestra cómo es que el conocimiento construido desde la academia puede ser de utilidad para el gobierno a fin de atender problemáticas urgentes como la pandemia, para la gente que vive problemáticas específicas, y también para reforzar la acción colectiva orientada a generar un cambio social y político.6

Al respecto, cerramos este tema enfatizando, en voz de nuestra colega mexicana Aída Hernández, la importancia de que “en países con tanta injusticia y desigualdad, cada vez es más urgente hacer una investigación que sea socialmente relevante para los actores con los que trabajamos” (AH, 17/09/20). A partir de lo que compartieron las y los entrevistados no nos resulta difícil decir que nuestro trabajo de investigación puede impulsar o acompañar cambios en los escenarios políticos, sociales y económicos.

 

Colaboración en la investigación. Una transformación metodológica y epistemológica para las ciencias sociales

Este proceso nos ha llevado a salir de la cápsula de losantropólogos;
de esa formación clásica un poco individualista.

Jairo Clavijo.

 

En el marco de la pandemia actual, el trabajo colaborativo comenzó con la investigación para conocer más sobre la enfermedad, sus posibles tratamientos y la vacuna. Los esfuerzos interdisciplinarios y transfronterizos se multiplicaron porque era un asunto de supervivencia. Como lo enunciaba un profesor de medicina en Harvard hace unos meses: “La capacidad de trabajar en colaboración, dejando de lado su progreso académico personal, está ocurriendo ahora mismo porque es una cuestión de supervivencia” (entrevistado por Apuzzo y Kirkpatrick, 2020).

Pero ¿qué pasa en las ciencias sociales? Si bien antes de la pandemia ya había esfuerzos por ampliar el trabajo colaborativo interdisciplinario e interinstitucional, esto se vio reforzado por el aislamiento de las medidas sanitarias para reducir los contagios. Las y los investigadores sociales se vieron imposibilitados, como decíamos antes, de hacer trabajo de campo. Esto propició que quienes solíamos hacer investigación en contacto con la gente diseñáramos nuevas estrategias. La construcción de redes de investigación y aprendizaje aparecen como una posibilidad. Sin embargo, el trabajo con colegas no fue la única forma de trabajo colaborativo, pues también se han desarrollado trabajos entre académicos y estudiantes, así como entre investigadoras, investigadores e informantes o sujetos de estudio.

Una de las primeras reflexiones que surgen del trabajo colaborativo es la necesidad de construir relaciones menos verticales entre los grupos que interactúan dentro del proceso de investigación. El trabajo colaborativo implica una reflexión ética en torno a no abusar de nuestros informantes, colegas o estudiantes. Implica no caer, como ya veíamos antes, en prácticas de “extractivismo intelectual”, es decir, esa “mentalidad que no busca el diálogo que conlleva la conversación horizontal” (Grosfoguel, 2016). Como nos recuerda en entrevista Emiliana Cruz: “Podríamos caer en el abuso de ‘tú ve, consígueme los datos para que yo termine mi tesis’” (EC, 13/08/20).

En esa medida, la investigación colaborativa requiere de una profunda reflexión sobre las relaciones de poder y está íntimamente relacionada tanto con la responsabilidad y el compromiso como con la relevancia pública que se planteaban en secciones anteriores. En el diálogo que mantuvimos con la investigadora Aída Hernández, nos planteó esta reflexión de la siguiente manera:

Eso es el fundamento de la investigación colaborativa: no surge necesariamente de mis inquietudes intelectuales [...] sino que surge de emergencias nacionales donde los académicos tenemos el privilegio de la escritura, del conocimiento, del manejo de medios, y tenemos que utilizar este privilegio para coproducir conocimiento que pueda ser pertinente para los actores sociales con quienes trabajamos (AH, 17/07/20).

A partir de estas reflexiones, podrían plantearse varias preguntas: ¿Cómo podría definirse la investigación colaborativa? ¿Cómo se ha venido haciendo esta colaboración entre investigadores e informantes, entre colegas, o incluso entre profesores y estudiantes? ¿Qué potencialidades plantea la investigación colaborativa?

El trabajo de campo y la etnografía colaborativos son maneras posibles de aterrizar, desde la práctica concreta, “otras maneras de habitar la investigación” social (Álvarez y Sebastiani, 2020: 256). Colaborar con otros dentro de la investigación significa también:

[conformar un] marco de coproducción de conocimiento, un escenario que implica afirmar la reflexividad y el carácter de productores de saberes expertos de los sujetos con quienes trabajamos, tomando sus localizaciones epistémicas y políticas, sus intereses, sus preguntas y prácticas intelectuales, y no únicamente los intereses académicos o disciplinarios, como punto de partida para nuestros proyectos (Arribas, 2020: 342).

De este modo, la relación entre investigadores e informantes o entre profesores y estudiantes se transforma para producir un diálogo en el que el investigador/profesor pasa a ser un “experto entre expertos, que aprende (y desaprende) acompañando y siendo acompañado” (Arribas, 2020: 349).

Respecto a la pregunta de cómo se hace la investigación colaborativa, es posible identificar dos impulsos: desde arriba (top-down) y desde abajo (bottom-up).7 Un ejemplo de colaboración gestada desde arriba lo tenemos con el impulso que diera en Argentina el Ministerio de Ciencia, Investigación e Innovación (Mincyt). Ahí, el esfuerzo por construir y sistematizar información de este tipo estuvo orquestado por ese ministerio, que “comprometió a las universidades en el relevamiento y la organización para procesar el material” (Cuenca y Schettini, 2020: 7). Tal como nos lo relataran las y los colegas argentinos, y como se reporta en otros lados, las y los investigadores fueron convocados por el Mincyt “para recabar información significativa sobre la situación social relacionada con las dificultades de cumplimiento del aislamiento en diversos territorios y grupos vulnerables” (2020: 1).

En la experiencia de investigación social convocada por el gobierno argentino se evidenció que, a pesar del reto que implicaba construir información a distancia sobre la población en situación vulnerable, se pudieron aplicar y adaptar estrategias para el relevamiento y la construcción de información mediante teléfonos móviles, aplicaciones de mensajería instantánea, formatos para cuestionarios en línea y plataformas para hacer telellamadas. Ello fue posible por la experiencia acumulada de las y los investigadores sociales, quienes no tuvieron que abrir nuevos canales de comunicación con la gente, sino aprovechar los “contactos anteriores y relaciones con la población en diversos territorios, producto de los años de trabajo” (Cuenca y Schettini, 2020: 1).

Un ejemplo de la colaboración gestada desde abajo lo tenemos con un equipo de investigación interdisciplinario adscrito a tres dependencias de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Quienes participaron en ese ejercicio dejaron “de lado otras investigaciones” para diseñar “estrategias de investigación”, además de repensar “medios de contacto para documentar y ubicar las posibilidades y las capacidades que tenían los mexicanos para responder a una crisis como la que vivimos” (Angulo, Santos y Siqueiros, 2021: 13). Esta red, a diferencia de la que impulsara el gobierno argentino, fue “un proceso relativamente auto-organizado en el que investigadores y colegas pensaron que tenían algo que aportar a la solución o a reducir el impacto de la crisis en sus distintos aspectos” (2021: 15).

Con nuestras entrevistadas y entrevistados, podemos destacar varios ejercicios de investigación colaborativa con las comunidades. Es el caso de Claudia Puerta y su equipo de trabajo, quienes a partir de un proyecto sobre vivienda social en Medellín desarrollaron la figura de “investigadores comunitarios”. Con ello se refieren a los informantes que estaban recogiendo la información en terreno y que participaban de las discusiones sobre la investigación. Según Puerta:

[la pandemia] aceleró un proceso que venía en ciernes de trabajo colaborativo, es decir, de producción colegiada o colectiva o dialógica de conocimiento, donde las personas que habitan los territorios y que viven directamente los fenómenos que para nosotros se convierten en objetos de investigación, participan activamente desde la misma indagación de terreno, e incluso en el análisis (CP, 24/08/20).

Igualmente, la investigadora colombiana Claudia Cortés nos compartió su experiencia interdisciplinaria que suma a colegas y alumnos: “Hemos podido concentrar un equipo de discusión y un equipo de gente que antes no hubiese sido posible imaginar. Hemos vinculado el trabajo de investigación de un semillero, donde personas egresadas de la Universidad del Rosario y estudiantes activos nos están ayudando a repensar estas articulaciones entre cuerpo y emociones” (CC, 01/09/20).

El trabajo colaborativo se convierte entonces en una importante oportunidad de aprendizaje en varios sentidos. Según la investigadora Carolina Robledo, “el trabajo de campo con otros y otras nos permite una vigilancia epistémica diferente y una vigilancia ética diferente, y enriquece la mirada sobre el campo, es mucho más productiva y también es mucho más segura” (CR, 04/09/20).

Además, la investigación colaborativa contribuye a construir “comunidades emocionales”. Este concepto de Myriam Jimeno, recordado por Aída Hernández en nuestra entrevista, ayuda a entender que los procesos colaborativos en la investigación también son posibilidades para enfrentar mejor las situaciones de estrés emocional y físico en el que nos encontramos en el marco de la pandemia. Pensar colaborativamente la investigación es abrir una posibilidad para poner en el centro los cuidados y las emociones (Álvarez y Sebastiani, 2020: 256). En eso también coincidió Carolina Robledo en su entrevista.

Finalmente, podemos agregar al trabajo colaborativo tres potencialidades: 1) contribuye a superar el modelo etnográfico individual en el que muchas veces se ocultan los aportes de saberes de sujetos como los informantes, los recolectores de información y los estudiantes; 2) ayuda a entender la subjetivación política como parte del proceso de investigación, y 3) despliega “pluriversos metodológicos” que desbordan nuestras formas tradicionales de hacer investigación (Álvarez y Sebastiani, 2020: 257), al construir colectivamente los qué y los cómo.

Sin embargo, debemos recordar que la colaboración puede ser “una práctica compleja, frágil, atravesada por múltiples tensiones” (Arribas, 2020: 354). Con el fin de no romantizar la investigación colaborativa, es importante analizar las experiencias concretas para poder reconocer tanto sus posibilidades como los obstáculos que se presentan en el camino. No pretendemos en este artículo proponer que todas las investigaciones dentro de las ciencias sociales deban seguir la ruta de la etnografía colaborativa. Se trata más bien de reflexionar sobre las formas en que hemos venido trabajando con otras y otros, y el lugar que les estamos dando dentro de nuestros textos y dentro de nuestras reflexiones académicas, sociales y éticas.

 

Conclusiones. Construcción de conocimiento social con y para la gente

En este artículo hemos reflexionado sobre la importancia que tiene la investigación social en momentos como el que estamos viviendo a causa de la pandemia de Covid-19. La vida cotidiana no ha sido sencilla y tampoco ha sido fácil adaptar nuestras actividades profesionales a las nuevas condiciones. En un año, docentes e investigadores hemos aprendido o diversificado el uso de herramientas tecnológicas para comunicarnos con alumnos, colegas, colaboradores o informantes. Hemos innovado y adaptado la forma en que enseñamos y la forma en que investigamos. En este sentido, la pandemia nos ha dejado una serie de lecciones.

En la primera parte de este artículo mostramos la travesía realizada en Internet para comprender cómo la pandemia nos ha exhortado a girar el timón del barco de las ciencias sociales hacia reflexiones sobre los efectos sociales, económicos, políticos y emocionales que vivimos a partir de la contingencia sanitaria. Ello se enmarca en una discusión sobre la pertinencia de las ciencias sociales para responder a los desafíos que nos ha marcado la coyuntura. Una conclusión importante es que, a pesar del descrédito de nuestras disciplinas, hoy más que nunca se hace fundamental la participación de la sociología, la antropología y la ciencia política para explicar el mundo en que vivimos.

En la segunda parte, identificamos las tres grandes lecciones que obtuvimos a partir del trabajo empírico realizado con 21 investigadoras e investigadores de América Latina que están realizando trabajo etnográfico en medio de la pandemia. La primera lección se refiere al compromiso y la responsabilidad que debemos asumir en nuestras investigaciones; la mediación tecnológica a la que nos hemos visto obligados plantea nuevos dilemas éticos, por lo que se hace vital preguntarnos cómo nos estamos acercando a las comunidades y grupos que estudiamos, qué les estamos aportando y de qué manera podríamos contribuir a mejorar su situación o, en todo caso, a no empeorarla, en un contexto de alta vulnerabilidad social y económica.

La segunda gran lección se relaciona con la importancia de construir conocimiento socialmente relevante, es decir, un conocimiento que nos permita dialogar con las autoridades, los grupos organizados, las comunidades y hasta con las empresas, para que contribuya a enriquecer la toma de decisiones públicas y privadas. Finalmente, la importancia del trabajo colaborativo en medio de una pandemia que profundiza las desigualdades y las asimetrías de poder constituye la tercera lección. En la medida en que promovamos una producción del conocimiento desde relaciones más horizontales con colegas, con estudiantes y con los sujetos que estudiamos, contribuiremos a evitar la captura de los saberes históricamente subalternos (Arribas, 2020) y abriremos nuevos caminos de articulación social.

 

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