Universidad Nacional Autónoma de México • Instituto de Investigaciones Sociales

Travel in the life and work of Max Weber

Eduardo Díaz Cano*, Antonio Martín-Cabello** y Almudena García Manso***

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*Doctor en Sociología por la Universidad Pontificia de Salamanca, España. Departamento de Ciencias de la Comunicación y Sociología, Universidad Rey Juan Carlos. Temas de especialización: teoría sociológica, sociología económica, sociología medioambiental y del turismo. Calle Tulipán s/n, 28933, Móstoles, Madrid, España.

**Doctor en Sociología por la Universidad Pontificia de Salamanca. Departamento de Ciencias de la Comunicación y Sociología, Universidad Rey Juan Carlos. Temas de especialización: estudios culturales, sociología de la cultura, estudios globales.

***Doctora en Sociología por la Universidad Pontificia de Salamanca. Universidad Rey Juan Carlos. Temas de especialización: sociología del género y del sexo, sociología de la salud, sociología de la desviación y colectivos vulnerables, sociología del consumo, ciber-sociedad, migración y movilidades.

 

Resumen: Este artículo muestra un aspecto de la vida de Max Weber ausente en la literatura científica: su experiencia como viajero. Su obra ha sido analizada frecuentemente desde un punto de vista biográfico, social o cultural, y el viaje aparece sólo como un trasfondo de ésta. Hoy, el papel del viaje en la creación cultural se ha revalorizado y pasa a ser objeto de estudio sistemático. En consecuencia, se propone comprender la obra de Weber en torno a la experiencia viajera. Para ello se ha elaborado una historia de vida reconstruida en cuatro grandes etapas: formación, trabajo, enfermedad y descanso creativo.

Palabras clave: historia de la sociología, historias de vida, viajar y trabajar, Weber.

Abstract: This paper deals with an aspect of Max Weber’s life that is overlooked in the scientific literature: his experience as a traveler. His work has often been analyzed from a biographical, social or cultural point of view, with travel relegated to the background. Today, as the role of traveling in cultural creation has been reappraised, it has gained ground as an object of systematic study. Accordingly, the paper aims to understand Weber’s work in relation to his trips. It presents a lifecourse arranged along four major stages: education, work, illness, and creative rest.

Keywords: history of sociology, life-stories, traveling and working, Weber.

 

Los científicos sociales producen teoría descontextualizada, pero la creación y la difusión de estas teorías no son en modo alguno ajenas al contexto en el que surgen. La producción de ideas no se encuentra influida por lo social, sino que se produce en lo social (Collins, 2005: 19-54). La obra de un autor, en consecuencia, no es fruto de la genialidad individual ni es, por el contrario, la plasmación de una estructura cultural autónoma. Es fruto de la actividad de personas insertas en complejas redes de interacción, que se desarrollan siempre en un espacio y un tiempo específicos.

El viaje es parte integrante de la experiencia de los seres humanos. Siempre ha existido cierto grado de conciencia de la relación del viaje con el pensamiento y con la producción intelectual, en especial dentro de las ciencias sociales. Existe ya una abundante literatura científica sobre los aspectos sociológicos de la llamada “literatura de viajes” (Adams, 1983; Pimentel, 2003; Lucena Giraldo y Pimentel, 2006; Said, 2010). Sin embargo, aunque ya se cuenta con algunos estudios que tratan de algún modo el tema (Deflem, 2007; Korstanje, 2007), la realidad muestra el escaso desarrollo de antecedentes cuando se trata de analizar el papel de los viajes en la creación de la teoría social y la sociología. Este artículo se preocupa precisamente de este campo indagando en la figura de uno de los más importantes teóricos de la sociología.

La figura y la obra de Max Weber no dejan de recibir atención; se ha convertido en un icono dentro de esta disciplina.1 Algunos autores han planteado que el análisis de toda “obra de creación” debe considerar tres contextos causales: biográfico, cultural y social, dentro de su eje temporal narrativo (Oltra et al., 2004: 2-3). El análisis de la obra de Weber ha oscilado entre los tres y, casi desde la aparición de la misma, surgieron destacados recuentos biográficos (el más influyente, el de su propia mujer), culturales y sociales. Todos ellos apuntaban el papel que los viajes habían tenido en su vida. Un hecho que era señalado y se infería de su biografía, pero que no recibió una atención sostenida y específica. Tal vez porque el viaje no era conceptualizado como un elemento fundamental en la creación cultural. Los viajes, sin embargo, son considerados en la actualidad como una pieza clave en la biografía de los individuos, no como un accidente en la misma (Clifford, 1997). Este artículo pretende contribuir a subsanar esta carencia, encuadrando la vida y la producción weberiana en su experiencia como viajero.

El viaje puede ser definido, de un modo sucinto, como una acción en la que el actor se aleja de su lugar de residencia y de sus quehaceres cotidianos para visitar otros ámbitos geográficos. Este es etiquetado como “cultural” cuando su objetivo primordial es obtener un conocimiento mayor de los paisajes y de la gente, de sus costumbres y de sus actividades laborales, religiosas o lúdicas. Ambas definiciones, en especial la segunda, permiten encuadrar la experiencia de Weber como viajero. En el segundo viaje que realizó a Inglaterra en 1895, escribió una carta dirigida a Fritz Baumgarten en la que le contaba: “En el futuro ya no haré más ‛viajes de recreo’, sino solamente aquellos que pueda compaginar con mis trabajos” (Roth, 2001: 557). Esto sería refrendado por Marianne Weber al hablar sobre su tercer viaje a Inglaterra en 1910: “Lo que más les interesaba de la cultura inglesa era, igual que hace años, la distribución de las tierras” (Weber, 1926: 503), contraponiéndolo a la simple visita turística o lúdica.

Los resultados de la investigación sobre la experiencia viajera de Weber se estructuran en torno a cuatro grandes ejes clave en su biografía, identificados en la revisión de las fuentes documentales: formación, trabajo, enfermedad y descanso creativo. En cada uno de ellos, los viajes poseen unas características que permiten diferenciarlos de los de otras etapas vitales. El primero, que nominaremos como “Los primeros años”, muestra un tipo de viaje en el que la decisión de viajar procedía del entorno familiar, educativo o militar. Cronológicamente abarcaría desde el nacimiento hasta el matrimonio de Weber. El segundo, “El investigador viajero”, resalta los desplazamientos definidos por su actividad científica. En este caso, Weber ya ejercía un control activo sobre sus desplazamientos a la hora de configurar su carrera profesional. En tercer lugar, encontramos el eje asociado a “El viaje terapéutico”, donde se recogen los viajes que realizó a partir de 1897, fundamentalmente aconsejado por los doctores y con la finalidad de recuperar su mermada salud. El famoso viaje que en 1904 emprendió a Estados Unidos finaliza esta etapa, pues a partir de ese momento experimentó una notable mejoría en su estado de salud (nunca completa). Por último, encontramos “El descanso creativo”, que no hace referencia al dolce far niente ni a una dulce indolencia, sino que expresa el modo de viajar que, desde la etapa anterior, caracterizó a Weber hasta el final de sus días: una variable combinación de trabajo y ocio. Quería convertirse en un hombre libre con un “método sistemático y racional de conducta” incluso durante sus periodos de descanso (Weber, 2009: 25 y 60). El viaje, por tanto, durante esta etapa era, al tiempo, un ocio creativo y un trabajo relajado.

 

Metodología

Nuestra investigación está basada primariamente en el análisis de documentos personales de dos tipos diferentes: biografías escritas por personas que conocieron a Max Weber y la correspondencia que éste mantuvo en vida. Ambos tipos de fuentes no fueron elaborados para describir la experiencia viajera de Weber, objeto de la presente investigación, sino que los viajes aparecen muchas veces como un contexto subyacente a los mismos.

Lo que se pretende aquí es ir un paso más allá, reconstruir su historia de vida centrada en los viajes que realizó. La aproximación adoptada deviene el único camino accesible al objeto propuesto, ya que no es posible obtener el relato interpelando al objeto de estudio (Harvey y MacDonald, 1993: 194). El análisis adapta la metodología empleada por Wolfram Fischer-Rosenthal y Gabriele Rosenthal (1997) para las entrevistas narrativas biográficas. Ésta opera en tres etapas sucesivas: análisis de los datos biográficos, análisis temático de la historia vital del individuo investigado (life story) y reconstrucción de la historia de vida (life history). Las dos primeras fases se basan en las fuentes primarias, mientras que la tercera utiliza las secundarias como contraste del relato obtenido de las primeras.

La trayectoria vital de Weber ha sido estudiada con profusión. Las fuentes primarias sobre su vida descansan en las Jugendbriefe [1936] y la biografía de su mujer Marianne (1926) —fundamental tanto por su papel como biógrafa como por el de editora de los trabajos de Weber (Roth, 2001: 559)— y en las aportaciones de su tío Eduard Baumgarten (1964) o de contemporáneos suyos como Paul Honigsheim (2003). Para trazar el perfil de los viajes realizados por el autor, además de los documentos primarios mencionados, se han tenido en cuenta especialmente las cartas que redactó o recibió el propio Weber y que se encuentran recogidas de manera muy especial en la editorial Mohr Siebeck en la titánica serie de más de 50 volúmenes titulada Max Weber Gesamtausgabe (MWG) y, en concreto, parte de los 13 volúmenes de cartas (Briefe).

Por otra parte, su vida y su obra han sido objeto de un constante interés tanto desde la sociología como de la historia, lo que ha generado una abundante producción de material secundario. Son destacables los retratos psicológicos sobre Weber (Mitzman, 1970; Sukale, 2002; Radkau, 2005), sobre su vida matrimonial (Krüger, 2001) o las biografías intelectuales (Bendix, 1966; MacRae, 1974; Kaesler, 1988, 2014; Ringer, 2004). Su obra, por otra parte, ha sido estudiada en profundidad. Existen valiosas introducciones generales a su pensamiento, como las de Julien Freund (1968), Frank Parkin (2002), Kieran Allen (2004), Stefan Breuer (2006), Stephen Kalberg (2006) o Hans Peter Mueller (2007). Destaca, asimismo, la gran cantidad de estudios dedicados a la actividad y teoría política de Weber (Beetham, 1974; Giddens, 1972; Löwenstein, 1966; Mommsen, 1959). No obstante lo anterior, las biografías y los estudios secundarios revisados recogen apenas anecdóticamente la actividad viajera de Weber. Con la excepción de la visita a Estados Unidos, que se encuentra en los textos de Claude Offe (2005) y de Lawrence A. Scaff (2011) o en el documental de Larry Keeter y Stephen Hall (2004), no existen recuentos específicos sobre el tema. Guenther Roth (2001), en su extenso estudio, recoge la genealogía de la familia, cartas y relatos de viaje.

En todo caso, todos estos documentos no son considerados como un reflejo de la realidad, sino como una representación de las prácticas para las que fueron creados (May, 1997: 163).2 El énfasis en el análisis es, por tanto, cualitativo, tratando de reconstruir la historia de vida de Weber como viajero. Su vida entendida como “un viaje”, y no sólo en sentido metafórico, donde tienen cabida incluso sus “estancias” en Berlín, Heidelberg o Munich, unas etapas más de su viaje existencial y donde se precisan algunos detalles personales y familiares, diferenciadas tanto por la finalidad del viaje como por su agente decisor. En cada una de ellas se ha intentado trazar el itinerario seguido por Weber, ligándolo a su entorno familiar, a la trayectoria profesional y a la producción intelectual propia de esa etapa biográfica.

La presentación de resultados se ha realizado utilizando el modelo narrativo lineal habitual en las historias de vida. Debe señalarse, asimismo, que el análisis de los datos biográficos, el análisis temático de la historia vital del individuo investigado (life story) y la reconstrucción de la historia de vida (life history) son la base de la reconstrucción del periplo viajero de Weber y que subyacen a la descripción lineal de la historia de vida, aunque no se muestren de modo crudo al lector, ya que constituyen el armazón teórico del artículo.

La clasificación está basada más en la lógica interna de los viajes para el propio Weber, que en la relación de estos viajes con la lógica hermenéutica de su obra. Este hecho proviene del carácter heurístico del estudio. Investigaciones posteriores establecerán su validez mediante un análisis que ligue la tipología propuesta con un análisis hermenéutico de la estructura interna de la obra de Weber. Por tanto, el artículo reconstruye la historia de vida de Weber en relación con los viajes de un modo descriptivo y apunta a la relación de éstos con su obra. Un análisis interpretativo profundo del papel del viaje en la teoría sociológica se realizará en una investigación posterior.

 

Los primeros años (1864-1891)

Max Weber nació en Erfurt, el 21 de abril de 1864, donde su padre trabajaba como magistrado. Muy pronto utilizará uno de los medios que tiene gran presencia en su entorno familiar: el ferrocarril. Así, por ejemplo, a los cuatro años fue a Bélgica con su madre; también conoció la experiencia de su abuela Emile, quien en 1830 vivió la puesta en marcha de la primera línea de ferrocarril entre Liverpool y Manchester; además, su padre realizó en 1883 un viaje a Estados Unidos con ocasión de la inauguración del Northern-Pacific Railroad (Roth, 2002: 67; Weber, 2017a: 353). De aquí pudo surgir la valoración que hizo de este medio de transporte al final de sus días: “Los ferrocarriles han sido el instrumento más revolucionario que la historia puede aportar para la economía, que no para el transporte” (Roth, 2001: 475).

Cuando él tenía cinco años, la familia se trasladó a Berlín, pues su padre había sido propuesto para ocupar el cargo de concejal de urbanismo. Carrera política que continuó como diputado nacional-liberal del Parlamento Prusiano (1868-1897) y del Reichstag entre 1872 y 1884 (Mitzman, 1970: 28-29). Esto hizo que este viaje inicial de la familia se viese continuado por otros en las sucesivas campañas electorales en las que el padre participó. La dedicación de éste a la política hizo que Weber entrara en contacto con lo más erudito de la cultura y la política alemana del momento. Experimentó desde niño la pequeña comunidad, la familia, pero tuvo acceso también a la sociedad, a sus representantes más significativos (Rickert, Kapp, Dilthey, Goldschmidt, Sybel, Treitschke, Mommsen o la cercanía de Bismarck, uno de los líderes más venerados por los nacional-liberales), y a los intrincados entramados de ésta, con sus reuniones, asambleas e invitaciones fuera y dentro de la casa (Weber, 2017a: 3).

Un aspecto reseñable de estos viajes, que Marianne rememora, es su disposición para escribir cartas a modo de “crónicas” familiares, tanto si viajaba con su padre como si sus padres eran los que se ausentaban (Weber, 1926: 44-47); su viaje a Turingia en 1878 (Weber, 2017a: 72-77); con 15 años se desplaza a Hamburgo durante ocho días y realiza una descripción de las actividades industriales que ve en el puerto y en la Bolsa, la importancia del comercio; considera a la ciudad “como una puerta al mundo” en una carta a su tío Fritz (Weber, 1936: 28-29), o cuando se desplazó a Bremen para buscar trabajo (Weber, 2017b: 214-219). A los 17 años acompañó por primera vez a su padre a Venecia; un año más tarde, en 1882, se trasladó a Heidelberg para ingresar en la universidad y estudiar derecho. Allí se incorporó a una asociación estudiantil, los Alemannen (Weber, 2017a: 298-299), la misma a la que había pertenecido su padre (Baumgarten, 1964: 18 y nota en Weber, 1936: 43). Durante esta etapa cambió su estilo de vida, pasando de una cierta austeridad al buen vivir, el abuso del alcohol y los duelos de esgrima.

En 1883 se trasladó a Estrasburgo para cumplir el servicio militar. Volvió a Heidleberg después de un año de deambular por los cuarteles y las tabernas y sin lograr percibir el lado útil de lo militar: la virtud de un dirigente, esa capacidad de mandar y enseñar, aunque no la pudiera poner en práctica (Baumgarten, 1964: 29).

En 1886 regresa a Berlín ya como licenciado. Trabajó como pasante y sustituto de profesores en la universidad. Al tiempo continuó sus estudios con el objetivo de doctorarse, lo que logró en 1889. Se doctoró con la tesis Evolución del principio de responsabilidad y del patrimonio especial en las sociedades mercantiles de las ciudades italianas.3

Sus prácticas militares las realizó en Poznan, ya que el regimiento al que lo destinaron fue trasladado allí en 1888 (Weber, 2017b: 19:21). Aprovechó la estancia para conocer y analizar la región y los problemas que generaba la despoblación sufrida por la huida del campesinado alemán a las ciudades y su sustitución por campesinos eslavos. El gobierno trataba de solucionar esto mediante la actuación de la comisión prusiana para la colonización, que intentaba fundar pueblos de campesinos alemanes en fincas compradas a los terratenientes. Este era, según Weber, uno de los problemas más acuciantes de su época, hecho que plasmó en sus trabajos posteriores sobre los agricultores (Weber, 1924a: 323-393).

 

El investigador viajero (1892-1897)

Su etapa profesional comenzó definitivamente a partir de 1892, gracias a la habilitación con el trabajo La historia agraria romana en la época imperial y su significado para el derecho público y privado. En la primavera de ese mismo año, comenzó a dar clases, conoció a su futura mujer Marianne y se trasladó a Berlín. A la par, continuará escribiendo sobre la situación de los agricultores al este del Elba y se adentrará en Argentina, sin viajar físicamente, con su artículo “Argentinische Kolonistenwirtschaften” (Weber, 2009; Roth, 2001:90-104); Ulrich Beck (2008: 226-227) lo pondrá como ejemplo de las “falacias del globalismo”.

Durante 1894, Berlín y Friburgo se disputaron al joven profesor. Weber aceptó la oferta en firme de Friburgo y no las promesas de Berlín, con lo que en otoño él y su mujer se trasladaron a la nueva ciudad para ocupar la cátedra de economía política (nota 1 en Weber, 1936: 372). Después del segundo semestre de 1895, Marianne y Max se tomaron un descanso y viajaron a las Tierras Altas escocesas y a Irlanda. A Weber le interesaba estudiar la situación de los campesinos que arrendaban sus granjas y emigraban hacia América (Weber, 2015a: 95). Su madre Helene ya había realizado un recorrido similar en 1872 (Roth, 2001: 699). Su relato del viaje hace muy sencillo seguir sus pasos. Durante éste describió las diferencias entre Inglaterra y Escocia de un lado, e Irlanda, del otro. Afirmaba que en las dos primeras naciones predominaba el yermo, mientras que, por el contrario, en Irlanda el campo estaba densamente poblado por granjas de pequeños campesinos. Apenas se encontraban pueblos, dado que “desde comienzos del siglo XVII fueron confiscadas las tierras para los terratenientes ingleses, lo que ha hecho de los antiguos propietarios de la tierra pequeños arrendatarios en típicas casitas pintadas de blanco, con una puerta y dos ventanas y un techo de paja” (Weber, 1926: 226-227). Los arrendatarios expulsados de sus tierras, que se convirtieron en mendigos o vendedores de refrescos, se oponían a los landlords, pues veían en ellos la raíz de todos sus males. Sobre esto Weber dijo: mit Recht, con razón, ya que no sólo les cobraban los arrendamientos dos veces al año, sino que también se les exigían los state-fees en todos los caminos, puentes o peers.

Durante cuatro años estuvo en Friburgo y allí conoció a alguno de los nombres más destacados de la universidad alemana: Rickert, Schulze-Gävernitz, Hugo Münsterberg, Naumann, Göhre, Rade y otros (Honigsheim, 2003: 101).

En 1897, la Universidad de Heidelberg le propuso como sucesor de Karl Knies. Weber aceptó y regresó a una ciudad llena de recuerdos y experiencias para él. Allí se encontraría con otros estudiosos como Jellinek, Hensel, Neumann o Troeltsch.

En este mismo año murió el padre de Weber, con quien había mantenido importantes diferencias por el trato que daba a su madre al no permitir que viajase a Heidelberg para estar con su hijo (Weber, 2015a: 325-327, 343-347, 350-352, y especialmente fuerte en 354). Este hecho afectó profundamente a Weber, quien desde ese momento comenzó a tener nuevos y serios problemas de salud de carácter psicológico (Mueller, 2007).

A comienzos de septiembre, el matrimonio Weber se marchó de viaje a España. El viaje tuvo tres partes, la primera de ellas en Francia, visitando París y, especialmente, Burdeos. En este lugar, sus visitas y análisis fueron similares a los del anterior viaje a Escocia: la tierra, los agricultores y los cultivos. El desastre que sufría desde los años setenta por la filoxera había llevado a la región a un descenso importante de la producción y de las ganancias de los agricultores. Pocos eran los que podían seguir manteniendo el mismo nivel, salvo los grandes nombres; véase el caso de los Rotschild, de los que dice que fueron los que convirtieron el vino en un artículo de lujo para las altas clases sociales. La única forma de cambiar esa situación era con las abundantes importaciones desde España e Italia, incluidos los altos impuestos con los que eran cargados estos vinos (Weber, 2015a: 410-411).

Durante la segunda parte del viaje, en España, el matrimonio Weber visitó el País Vasco, Aragón y Barcelona. En el primero vivieron dos experiencias totalmente distintas. Por un lado, la naturaleza, su atmósfera fresca y restauradora, que levantó los ánimos del erudito alemán. Este hecho aparece reflejado en la carta que escribió desde Deba el 12 de septiembre de 1897: “El camino hacia Bilbao a través del paisaje montañoso es una de las cosas más hermosas que he visto” (Weber, 2002: 304). Por otro lado, las experiencias con los españoles lo irritaron, en especial por motivo de los retrasos en los transportes. En la carta desde Las Arenas del 18 de septiembre afirmaba: “He mandado que me reexpidan todo a Bilbao, pero quién sabe cuánto tardarán esta panda de vagos de Correos” (2002: 308; 2015a: 447). En general, a Weber le interesa todo lo que observa, si bien tiende a realizar una radiografía de la industrialización: la minería, los altos hornos, la fábrica de pólvora-armas (citadas en Weber, 1922: 117), la refinería de petróleo, etcétera, y su impacto en la sociedad española del momento —que luego reuniría, aunque referido a Alemania, en su “Psicofísica del trabajo industrial” de 1908 (Weber, 1924b: 77-238)—, el pueblo de Guernica, los Fueros —de los que habló ya en su tesis doctoral (Weber, 1889: 67-69)—, la desaparición del Movimiento Carlista, el separatismo, el capitalismo moderno realizado por los empresarios, etcétera. A ambos les causó una impresión especial un valle verde cercado por grauen Steinwänden (paredes de rocas grises) al atravesar Burgos, recuerdo al que harán referencia años después (Weber, 1926: 492) e igualmente cuando está siendo tratado en Constanza (Weber, 2015a: 567). La tercera parte del viaje, la continuación hacia Zaragoza y Barcelona, la harán por Miranda de Ebro, sin que hayan quedado vestigios escritos en forma de correspondencia (Weber, 2015a: 447).

 

El viaje terapéutico (1898-1903)

Tras volver de España, Weber continuó con una actividad frenética pues, como escribía su esposa: “Es verdad que estamos en casa, pero nos pasamos los días viajando”, viajes de trabajo, de reuniones, conferencias, etcétera (Weber, 1926: 247). Arthur Mitzman resaltaba que en esta actividad aparece ya una “señal de agotamiento nervioso” y que “durante el viaje de vuelta su cansado organismo responde enfermando. Weber se torna febril y se siente amenazado” (1926: 140). A partir del comienzo de 1897, la situación física y psíquica de Weber empeoró y, al final del semestre de invierno, dejó de impartir clases de forma regular. El psiquiatra Emil Kraepelin le diagnosticó “neurastenia” provocada por el estrés acumulado durante años. Con este diagnóstico, Marianne se siente “liberada de un gran peso” pero Max dirá que “toda esta gente —los psiquiatras— son sólo charlatanes” (Weber, 2015a: 481). La recomendación del doctor: descansar. Max la utilizará para “descansar viajando”. Viajó a Ginebra y a Glion, al lago Eibsee y, más tarde, a Venecia. Posteriormente regresaría a Heidelberg para solicitar la baja laboral. Se la concedieron de modo temporal y en 1898 ingresó en un hospital para enfermedades nerviosas en Constanza (2015a: 519-520). Al final, terminó abandonando las clases y pidió ser dado de baja de su condición de catedrático para quedar liberado de sus obligaciones docentes primero temporalmente, y en 1903, definitivamente (2015b: 45-56). Marianne recibió en esa época una herencia que facilitó esa decisión (Roth, 2001: 551). En 1900, y desde julio a noviembre, pasó por el sanatorio de Urach en Württemberg, su año “más miserable” (Weber, 2015a: 744).

Weber creyó encontrar el mejor remedio para sus dolencias en los viajes, casi sin parar, más que, como hemos visto, en la estancia en hospitales o sanatorios. A finales de 1900 visitó Córcega, Ajaccio, donde un entorno y un clima distintos al de su Alemania natal le sirven de bálsamo. Marianne comentaba: “Fuera, sin actividad u obligaciones, le invade la sensación de plenitud” (Radkau, 2005:355). Pero no siempre era así y Weber intentará compaginar ambos remedios: el químico y los viajes, buscando recuperarse de su vida cotidiana.

De Córcega se trasladaron a Roma en 1901. Allí Marianne dirá que “las piedras de esta ciudad le hablan a su fantasía, lo que es mejor que cualquier otra terapia”. Continuará diciendo: “Aquí puede apropiarse de lo eterno de todos los tiempos más allá de la injusticia del día, ver una magnitud del pasado ya familiar al conocimiento, extender su propio yo hasta ser receptáculo de la historia” (Weber, 1926: 260). Ese mismo año viajaron a Pompeya, Capri y Nápoles, para terminar volviendo a Roma. En verano se desplazaron a los Alpes Berneses, en medio de las altas montañas de Suiza, huyendo del calor.

Sea como consecuencia o no de estas largas vacaciones, Weber comenzó a leer después de tres años y medio sin hacerlo; tal y como comenta Marianne, “Max no podía leer” (Weber, 1926: 264-265). Max se siente tan fuerte que anuncia para el siguiente semestre un curso, en primavera de 1902. A pesar de ello, no pudo impartirlo, pero paulatinamente comenzó su recuperación personal, a la que seguiría, más adelante y de modo parcial, la académica. Durante 1902 y 1903 volvió a Roma, Bolonia, Milán, Lugano, Pisa, Siena, Florencia y, posteriormente, Nervi, hoy parte de Génova. Este viaje, empero, no surtió los efectos deseados. El matrimonio planificó un viaje al oasis Biskra, en Argelia —aunque también estuvieron valorando la opción de Constantinopla—, con la ayuda económica de la madre de Max. Sin embargo, al final no se realizó ninguno de estos dos viajes (Meurer, 2010: 164).

En otoño del año 1903 y con ocasión de un encuentro del Verein für Sozialpolitik, en Hamburgo, viajó a Sheveningen, Amsterdam, Ostende y Helgoland, acompañado por Werner Sombart y Franz Brentano, con quienes intercambió sus experiencias (Weber, 2015b: 72-178). Allí descubrió también el significado de una forma de vida vegetariana, pero a la vez con abundante frutti di mare (Weber, 2015b: 81). Estos destinos (véase el mapa 1) le dieron una tranquilidad que le animó a escribir sus vivencias: “Todo erudito pedante de gabinete ha olvidado cómo se disfruta intuitivamente y sólo puede adueñarse de las impresiones discursivamente, de manera que sólo puede asimilar la cantidad de placer en el arte y la naturaleza que su estado anquilosado le permite fijándolo de alguna manera en palabras” (Weber, 1926: 282). Este viaje significaría el reinicio de su trabajo académico; a finales de año terminó el artículo “Roscher y Knies y los problemas lógicos de la economía política histórica”; a comienzos de 1904, acabó otro sobre la objetividad del conocimiento y un tercero sobre el fideicomiso agrario (Sukale, 2002: 205).

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Estados Unidos como bálsamo (1904)

El verano de 1904, Weber recibió la invitación de Hugo Münsterberg, compañero en Friburgo, para viajar a Estados Unidos y participar, junto a otros intelectuales alemanes, en la Exposición Universal de Saint Louis (Missouri), del 30 de abril al 1 de diciembre; en concreto, para tomar parte en el Congreso Científico Mundial de las Artes y las Ciencias durante la semana del 19 de septiembre.

Este viaje presenta unas características singulares, entre las que resaltaremos cuatro. La primera reside en el gran interés de Weber por Estados Unidos y su intento fallido de viajar por este país antes de conocer y casarse con Marianne. En segundo lugar, el regalo que recibió cuando tenía 11 años, la Autobiografía de Benjamín Franklin, de manos de Friedrich Kapp, un amigo de su padre (Roth, 2001; 2002; Scaff, 2011; Weber, 2015b: 372), que lo introdujo en el pensamiento americano. La tercera razón estriba en el viaje de su padre a Estados Unidos en 1883 con el objetivo de conocer la empresa de ferrocarriles Northern-Pacific Railroad en la que había invertido junto a Henry Villard, James Brice y Georg Siemens. Por último, razones familiares: parte de la familia había emigrado y se encontraba asentada en aquel territorio.4

El viaje comenzó en Heidelberg el 17 de agosto. El matrimonio desembarcó el día 30 en Nueva York y visitó la ciudad hasta el 4 de septiembre. Se alojó en un hotel de 20 pisos en Manhattan, donde el ruido de los tranvías y de la actividad frenética era enorme. Marianne comentaría, en esos primeros días: “Aún no hemos llegado a ninguna conclusión sobre si hemos de considerar extraordinario y formidable o tosco, horrible y bárbaro a este trozo de mundo en el que se acumulan cinco millones de personas” (Weber, 2015b: 266).

El viaje prosiguió, del 4 al 8 de septiembre, hasta las cataratas del Niágara y la ciudad de Búfalo. En este entorno volvieron a sentir la enormidad de América, esta vez de su naturaleza pero, aun siendo generosa y exuberante en sorpresas, su interés se centró en las personas. Las notas de Weber se ocuparon de Nord-Tonawanda —junto al Lago Erie—, de un pastor de almas de la Iglesia Reformada Alemana,5 y de la forma de vida del interior del país, totalmente distinta de la gran ciudad (Weber, 1906: 559). El matrimonio encontró que el compromiso y el significado de pertenencia a una Iglesia era fundamental para los feligreses, hecho patente en la aportación económica anual de cada miembro a su congregación. Por primera vez, Weber adquirió conciencia del problema que tenían los pastores protestantes para obtener recursos, ya que no estaban apoyados por el Estado y tenían que sobrevivir con las aportaciones de una comunidad de trabajadores y la dedicación de toda su familia a solventar las variadas tareas por la supervivencia terrenal.

De allí, y entre el 8 y el 16 de septiembre, el matrimonio partió hacia Chicago. Sobre la urbe, y después de conocerla y vivir de cerca las conmociones sociales del momento, dirá Weber: “Esa monstruosa ciudad que aún más que Nueva York es el punto de cristalización del espíritu americano” (1926: 298). Lo impresionaron el ruido, la suciedad, las edificaciones en los ricos barrios residenciales y los tenements de los obreros y los espacios delimitados por calles que llegaban a las 20 millas de longitud y eran
ocupadas por rebaños de ganado (Weber, 2015b: 282-287). Todo ello envuelto por nubes de vapor y humo procedente del carbón quemado para poner en marcha esta enorme ciudad. También visitó los mataderos de la ciudad, en aquel entonces proveedores de carne para todo el país, los famosos Stock Yard, precedentes de la “fabricación en cadena” de Ford (Fitzgerald, 2010: 60-61).

Plasmó que los obreros, inmigrantes de todas partes del mundo, realizaban tareas en función de su lugar de procedencia. “Los griegos limpian las botas a los yankees, los alemanes son sus camareros, los irlandeses se ocupan de la política y los italianos se encargan de los trabajos más sucios” (Weber, 2015b: 288). También mencionó los problemas con la empresa que gestionaba los tranvías y el estado de abandono en el que se encontraban, pese a lo cual, incluso asumiendo 400 muertes al año, resultaban rentables. Y se sorprendió con los miles de asesinatos anuales. Esa ciudad era, afirmó, como “un cuerpo humano al que le hubieran quitado la piel y cuyas vísceras se vieran trabajar” (Weber, 1926: 299).

Pero no todo eran masas de gente anónima. Encontró individualidades reseñables como Jane Addams, el “Ángel de Chicago”, que se dedicaba a ofrecer a los “proletarios venidos de todo el mundo lo que ellos mismos no pueden construir en medio de la brutal lucha por la vida: un hogar de la belleza, la felicidad, la elevación espiritual” (Weber, 2015b: 282-283).6 Y lo mejor de todo es que no estaba sola, afirmaba, había “más oasis”: los colleges, en su mayoría obra de congregaciones religiosas, a los que atribuyó la cualidad de ser “huellas palpables de las fuerzas organizativas del espíritu religioso” (Weber, 1926: 301; 2015b: 291-292).

La siguiente parada, y objetivo del viaje: Saint Louis (Missouri). La conferencia que impartió allí no fue seguida masivamente, pero le brindó la ocasión para conocer y entablar relaciones con académicos americanos como W.E.B. Du Bois o Jacob Hollander (Verhandlungen, 1911).

Después, Max y Marianne continuaron su viaje hacia el sur para visitar a sus primos, los nietos del primer matrimonio del abuelo Fallenstein. Desde el día 26 y hasta el 2 de octubre viajaron hacia territorio indio en Oklahoma, hacia Muskogee, donde pudieron presenciar la subasta y el pago de terrenos a las Creek Tribes, los propietarios nativos. A Max le interesaba especialmente la forma en que se estaba llevando a cabo la “conquista del mundo salvaje por la civilización, el sojuzgamiento sin armas y absorción de la raza ‛inferior’ por la ‛superior’, por la más inteligente” (Weber, 1926: 303). Pero no sólo eso, también el ferrocarril, los bosques vírgenes o, mejor dicho, la maleza impenetrable que estaba desapareciendo poco a poco, los arroyos y los ríos, las pocas casas indígenas que quedaban y que estaban siendo sustituidas por casas prefabricadas de madera a 500 dólares la pieza, las enormes extensiones de praderas, campos de maíz y algodón, y el petróleo, que comienza a apestar incluso antes de divisar las altas estructuras para su extracción, “tan altas como la torre Eiffel” (Weber, 2015b: 310-320).

También le llamó la atención la “ciudad”, que era realmente un campamento formado por los empleados de las compañías petrolíferas y de ferrocarriles, pero lo que más le sorprendió fueron sus habitantes. Mantenía que en esos núcleos había más civilización que en Chicago, pues aunque su gente procedía “de todas partes” y su objetivo era la búsqueda de dinero rápido, los modales resultaban adecuados. También, algunos indios que acudían para recoger su dinero, vestidos “a la europea” (Weber, 2015b: 321-323).

Posteriormente, el matrimonio se dirigió a Tuskegee para ver la famosa escuela para negros de Booker Washington. Cuando la encontraron, se vieron enfrentados también al gran problema nacional: los enfrentamientos raciales. Legalmente en aquellos momentos no había esclavos, pero los señores blancos boicoteaban a los negros y a los mulatos al no aceptarlos en sus casas, aunque sí los contrataban como trabajadores. Según Weber, esta escuela era alabada por la mayoría, aunque a pesar de sus esfuerzos la opinión generalizada era que la equidad social resultaba imposible (Weber, 2015b: 325-331). Esta realidad la reflejaría Weber en la discusión que tuvo lugar en el Primer Encuentro de la Sociedad Alemana de Sociología (Verhandlungen, 1911: 164).

El matrimonio continuó su viaje hacia Carolina del Norte, para llegar a la pequeña ciudad de Mount Airy, el 14 de octubre. Allí se encontró con la parte de la familia de Weber que había emigrado a Estados Unidos.7 En ese lugar Weber conoció “viejas y nuevas formas de articulación social en una sociedad democrática”, es decir, las sectas religiosas y su paulatina sustitución por los clubes y órdenes de todo tipo. En Mount Airy pudo comprobar que las sectas habían perdido parte de su función social. Era cierto que todos los que asistían a las ceremonias eran presentados como brothers, pero algunos pertenecían, además, a órdenes civiles que garantizaban a sus socios solvencia, protección, etcétera, funciones que antes cumplían las sectas. Los miembros de las órdenes portaban una insignia para demostrarlo. Ésta simbolizaba que sus costumbres y su carácter habían sido “investigados” por la orden y permitía que los demás los consideraran gentlemen (Weber, 2015b: 339-347).

El día 16, Max y Marianne partieron hacia Richmond, de donde pasarían a Washington, Filadelfia y Boston, para terminar el 4 de noviembre en Nueva York, donde tuvieron tiempo para conocer a la inspectora industrial Florence Nelly, quien les enumeró algunos de los males del país, como el problema de los negros y la terrible inmigración. Además, les narró otros problemas más concretos, como las huelgas. También contactaron con una institución educativa privada en el barrio judío destinada a los inmigrantes, a la que, recoge Weber, “llegan como hijos de pedigüeños y se marchan como gentlemen y se lanzan sobre los negros del sur a los que sacan el dinero horriblemente” (Weber, 2015b: 388-390). Partieron hacia Alemania el 19 de noviembre y llegaron a Heidelberg, vía París, el 27 de noviembre a bordo del “Hamburg”.

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Este viaje quedó reflejado de muchos modos en sus obras posteriores y, de forma clara, en una de sus obras capitales: La ética protestante y el espíritu del capitalismo, de 1904-1905, así como en los dos artículos titulados “Iglesias y sectas en América del Norte”, publicados en Die Christliche Welt en 1906. La idea de Weber, de una estrecha relación entre la cultura del capitalismo y la cultura religiosa, fue puesta a prueba durante su viaje.

Resulta muy curioso que el Max Weber viajero nunca citó el viaje de Alexis de Tocqueville, quien entre 1831 y 1832 había realizado un periplo ciertamente similar respecto a los lugares visitados, aunque no en el contenido, pues se había centrado en un aspecto concreto de la sociedad estadounidense: las prisiones (Offe, 2005: 1). Hecho, por lo demás, sorprendente, pues La democracia en América fue un libro famoso desde su aparición. Y mucho más si se tiene en cuenta que ambos autores concuerdan al establecer una relación entre la economía y la religión, si bien no eran, en modo alguno, los únicos en hacerlo en aquellos tiempos (Swedberg, 2004: 3-4). Es posible que las “desavenencias-enemistades” entre naciones jugasen un papel poco académico y se mezclasen para evitar estas citas literales de las obras de los unos en las de los otros (Lukes, 1981: 86-87).

Tras su regreso, Weber terminó la segunda parte de la Ética protestante. No obstante, pronto otro acontecimiento político-social despertó su interés: la Revolución Rusa, que le llevó a diseñar un viaje imaginario a ese país, que planificó en dos ocasiones distintas. Nunca llegó a realizarlo y, sin embargo, esto representó “un giro de 180 grados” tanto en el tema de estudio como en su vida familiar. Este nuevo interés hizo que, por primera vez después de mucho tiempo, la primavera alemana le resultase llevade-
ra (Radkau, 2005: 380). Según Eduard Baumgarten (1964: 251-253), este objeto de estudio fue para Weber mucho más fascinante que el que le había conducido a Estados Unidos. Su nueva pasión le llevó a aprender ruso, porque quería recibir las noticias en su lengua original en un momento tan importante para la historia. Weber no dio salida inmediata a los trabajos sobre esta temática (Weber, 1989) al considerar que era tan actual que en poco tiempo sus investigaciones quedarían desfasadas.

Al igual que el ruso, había aprendido por su cuenta español e italiano para sus investigaciones (Gerth y Wright Mills, 1946: 10 y 23); en el Gymnasium Real de la Emperatriz Augusta de Charlottenburg, latín —imprescindible para poder leer y escribir posteriormente el texto Historia agraria romana (1891)—; griego, según indica en su carta de 9 de septiembre de 1878 para leer a los clásicos, a Homero, su preferido (Weber, 1936: 9); hebreo para estudiar el Antiguo Testamento (Weber, 1926: 158); por último, también francés e inglés (Weber, 2017a: 10). Sobre el inglés, cabe decir que si bien comenzó a estudiarlo a los 14 años (Weber, 1936: 17), no parece que fuese un idioma que utilizase a menudo o en escritos académicos. Sí se puede afirmar que era suficiente para comunicarse con sus nuevas amistades americanas, como William E. B. Du Bois (Radkau, 2005: 375). Es posible que, como sugiere Ulrich Ammon (2015: 685), esto no fuera tanto una necesidad de Weber de aprender idiomas para leer, hablar y escribirse con otros autores, sino que en ese momento histórico el alemán sí era una lengua “bastante común” —lengua franca— entre los intelectuales. Gianfranco Poggi dirá respecto al sistema académico: “el de más prestigio del mundo” en esos momentos (2006: 21); por eso, Weber podía comunicarse con otros científicos, pero en alemán, no necesariamente en el idioma materno de los interlocutores. De hecho, muchos intelectuales se formaron en Alemania, no sólo el conocido Talcott Parsons, también Robert E. Park, o el mismo Du Bois, entre otros.

Para concluir este apartado sobre los idiomas, decir que, si bien estos son clave para poder conocer otras culturas y comunicarse con sus habitantes, especialmente si se viaja a los destinos originales de dichas lenguas, en el caso de Weber no parece que tuviese importancia el idioma hablado, como herramienta de comunicación viva, y sí que sirviese para adentrarse en “nuevos mundos”, más como viaje intelectual que como viaje real y, como diríamos hoy, sin necesidad imperiosa de interacción o de socialización.

 

Un descanso creativo (1905-1920)

En 1906, el matrimonio Weber vuelve a salir de viaje, esta vez hacia Sicilia. Se encontraron en un entorno nuevo, una Italia diferente a Roma o Venecia, donde la gente “se alegra sin preocupaciones de los días cortos y parece que no desean otra cosa que ser felices, […] al contrario que los hombres del norte que casi siempre ‘quieren’ y ‘deben’. Estos no encontrarían aquí su ‘casa’” (Weber, 1926: 367). Recorrieron las laderas del Etna, Agrigento, Palermo y las pequeñas localidades del entorno. De vuelta, Weber visitó en Turín a su colega y buen amigo Robert Michels (Weber, 1990: 181-182).

En marzo de 1907 emprenderían un viaje hacia el Lago de Como, a medio camino entre el sur y el norte, el mar y la montaña. Pasaron unas semanas en Holanda y después volvieron a Heidelberg, donde no dejarán de recibir visitas de sus amigos: Troeltsch, Jellinek, Gothein, Lukács, el matrimonio Jaffé, A.F. Schmid, Gruhle o M. Tobler, entre otros (Weber, 1926: 371).

Durante 1908, Weber viajó por Monte Carlo, la Provenza, Niza, Génova, Pisa y Florencia. Un año más tarde, en octubre, viajó junto a su esposa a Viena y Trieste, en una primera etapa y, en una segunda en solitario, a Venecia (Radkau, 2005: 550-551). Es durante este viaje cuando Weber comenzó a considerar el peso de lo irracional y los sentimientos en su vida en lo que Arthur Mitzman denomina la llegada del “evangelio proto-freudiano” (1970: 244-246). Esta nueva concepción de la vida lo acompañará ya a lo largo de su existencia (Radkau, 2005: 568) en una ruptura con el ascetismo racional anterior (Mitzman, 1970: 258; Whimster y Heuer, 1998: 146-147; Ando, 2003: 607). Dicho cambio, sin embargo y de momento, no supuso encuentros “físicos” con otras mujeres (Roth, 2010: 172; Meurer, 2010).8

El cambio en su concepción de las relaciones personales producirá, en los dos años siguientes, un enorme aumento de su actividad intelectual. Una de las tareas a las que dedicó más tiempo fue la música. La musa de Weber fue la pianista Mina Tobler, con quien intimó y con la que asistió a diferentes óperas de Richard Wagner en Heidelberg, Viena, Munich o Berlín. Esta amistad fue el trasfondo biográfico del Apéndice que aparece en Economía y sociedad, sobre sociología de la música (Radkau, 2005: 560-582; Ando, 2003: 599).

Visitó la ciudad italiana de Lerici en 1910. Ese verano, Max y Marianne viajaron de nuevo a Inglaterra. Visitaron las catedrales gótico-normandas, Londres, Canterbury (Weber, 1994: 599), Stratford-upon-Avon —la ciudad natal de Shakespeare— y un pequeño pueblo de la costa oeste llamado Clovelly. En el viaje Weber no olvidó una de sus preocupaciones intelectuales tradicionales: el reparto del suelo (Roth, 2001: 557). En las zonas rurales encontró grandes latifundios, propiedad de terratenientes, donde apenas quedaban ya campesinos libres. Estos habían emigrado en su mayor parte a la ciudad, en la que, curiosamente, también residían los propietarios.

En el otoño de 1910 se celebró la primera reunión de la Sociedad Alemana de Sociología en Frankfurt, a la que también asistieron Simmel, Tönnies, Troeltsch y Michels. Sería un momento importante, pero a la vez, una carga muy pesada para Marianne, quien llegó a decir “der Teufel hole die Soziologische Gesellschaft”,9 pues una parte de la organización recayó sobre Max (Weber, 1926: 405).

En 1911, Weber volvió a Italia. En la primavera de 1913 y parte del 14 convivió, en el Monte Verità, con comunidades de anarquistas, naturalistas y vegetarianos. En ellas encontró agudos problemas de convivencia, “no originados por la convención, sino de una violencia natural, y que afectan de una manera especial a las mujeres” (Weber, 2003: 146 y ss.). Intentó ayudar a algunas de ellas, escribiendo cartas y viajando hasta Zurich para buscarles abogados. Allí encontró Weber un mundo abierto al erotismo (Radkau, 2005: 590-591), que coincide con la relación extramarital que mantuvo desde 1911 hasta 1914 (Barbalet, 2008: 66; Krüger, 2001: 174-181).

Visitó Bruselas en 1915 por cuestiones laborales relacionadas con la ocupación de Bélgica (Weber, 2008: 94-96). El año siguiente viajó a Viena y Budapest para, por una parte, discutir con diversos empresarios cuestiones de política aduanera, sobre los que diría que tenían un alto nivel intelectual, y el país, una mejor organización para la distribución de víveres que Alemania (Weber, 2008: 428), pero también para hablar con su alumno y amigo George Lukács acerca de los problemas de visado de su mujer rusa (Mommsen y Osterhammel, 2010: 512). Volvió al Lago Constanza y a Munich. Regresó a Heidelberg en 1917, cuando le ofrecieron una plaza de profesor, pero al mismo tiempo la Universidad de Múnich le presentó la posibilidad de impartir clases como sucesor de Lujo Brentano (Weber, 2008: 652-653).

En mayo de 1919 se trasladó a Versalles como miembro de la delegación que debía discutir los contenidos del Tratado tras la derrota en la guerra de Alemania. Su participación no tendrá un papel principal, a pesar de que hará una propuesta al gobierno alemán planteando las condiciones de la Capitulación que él consideraba “aceptables” dentro de la derrota por lo que concluirá que “Mit der Politik ist jetzt ‘Schluss’”.10 Al regresar, se desplazó a Munich para ocupar la plaza prometida, en la que permanecería hasta el final trabajando tanto como le permitían sus fuerzas, fuese en las clases, arreglando entuertos diversos, problemas familiares y personales con el racionamiento alimentario y, para mayor sobrecarga, la muerte de su madre, en octubre de 1919, y de su hermana Lili, en abril de 1920, con lo que Marianne y Max quedaron con la tutela de sus hijos. Haría planes para el próximo curso y trabajaría hasta el último momento en sus publicaciones (Weber, 2012: 1099-1100).

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El viaje postrero de este “trotamundos” de entre siglos lo realizaría con ocasión del entierro de su hermana en Heidelberg y su despedida de esa Universidad (Ando, 2003: 600) ya que dos meses más tarde, el 14 de junio, falleció a causa de una neumonía en Munich. Esta última etapa, no obstante lo anterior, fue provechosa en cuanto a sus escritos, como puede apreciarse en el cuadro 1. Poco a poco fueron tomando cuerpo las revisiones de La ética protestante y el espíritu del capitalismo, partes de la Sociología de la religión o la reformulación de algunos manuscritos de Economía y sociedad. Aunque no pudo terminar con el trabajo previsto debido a su inesperado fallecimiento, sería Marianne Weber quien “recopilaría” la última parte del segundo y diera forma al tercero, que a la postre se convertiría en su obra magna (Weber, 1948: 123).

 

Conclusiones

Del presente trabajo podemos extraer una primera consideración que tiene que ver con la enorme cantidad de tiempo que Weber dedicó al viaje en sus múltiples formas. Vivimos en una sociedad dinámica en la que tiempo y espacio son variables relativizadas hasta cotas extremas, y quizá por eso nos cuesta entender la novedad que, en términos históricos, supone un estilo de vida viajero. Weber anticipó nuestro mundo vivencial, donde el desplazamiento era la situación habitual. No hubo año de su vida, si exceptuamos quizá alguna breve y temprana etapa de su infancia, en que no se estuviera desplazando constantemente tanto dentro de su país como fuera de él. Llevó, en consecuencia, un “estilo de vida” que guarda cierto paralelismo con las actuales “culturas viajeras” y que anticipaba la importancia del ocio turístico. Aunque obviamente existen diferencias, como la ausencia del deporte o el exiguo peso de las compras en los viajes de Weber.

En segundo lugar destaca no sólo el tiempo que dedicó a viajar, sino los destinos que eligió para sus viajes. Un simple vistazo a los mismos muestra que están centrados sobre todo en Europa. Únicamente salió del continente en una ocasión: para visitar Estados Unidos, ese “otro Occidente”. Su experiencia viajera es, en consecuencia, ampliamente eurocéntrica y limitada a la Europa occidental. Es decir, tuvo conocimiento directo de los cultos protestantes en Estados Unidos o sobre la situación de los campesinos polacos o vascos, de los trabajadores del puerto de Hamburgo, mientras que el conocimiento sobre las religiones asiáticas fue siempre literario. Este hecho puede ayudar a comprender la mentalidad de Weber: un cosmopolita y, paradójicamente, un nacionalista alemán. Los viajes le hicieron perder el sentido de pertenencia al “terruño”, pero no a su país y a su cultura. Se sentía, pese a su amplia cosmovisión, profundamente alemán, nación a la que defendió incluso yendo hasta Versalles para tratar de minimizar la derrota en la Primera Guerra Mundial.

Respecto a los viajes imaginarios, se desplazó por Asia y Oriente Próximo en Ensayos sobre sociología de la religión (Weber, 1920), Argelia o Turquía, y planificó, sin realizar, el viaje a Rusia, pero cuyo saber queda recogido en La situación de la democracia burguesa en Rusia, o a Argentina y su “Argentinische Kolonistenwirtschaften”.

En tercer lugar, otro elemento que destacar es el que relaciona los viajes de Weber con su amplia producción intelectual. Durante sus visitas a España, Inglaterra, Irlanda, Escocia, Bélgica, Polonia, Francia, Italia o diferentes partes de Alemania, prestó siempre especial atención a la “cuestión agraria e industrial”, fruto de lo cual son sus trabajos Historia agraria romana y “Las relaciones agrarias de la Antigüedad”, junto a otras obras sobre el tema. La modernidad parecía interesarle en relación con los cambios que se estaban produciendo en la Europa más tradicional. De hecho, en su escrito básico sobre economía, Economía y sociedad, dedica un enorme espacio a las economías precapitalistas, que ve como estructuras con una lógica diferencial, lo cual está claramente reflejado en su “Psicofísica del trabajo industrial”.

De igual modo, no resulta extraño que un autor tan interesado en la antigüedad griega y, sobre todo, romana, viajara tan intensamente por Italia. Aunque quizá pudiera influir en esto la fascinación de los autores románticos por Italia, transmitida por literatos como Goethe, Byron, Heine o Ruskin, músicos como Mendelssohn o Brahms, o pintores como Böcklin o Feuerbach. A ello pudo contribuir tanto el pasado grecorromano, rescatado en esos momentos en Alemania, como el surgimiento de Italia como Estado-nación, que coincidió con el del país de origen de Weber. Él lo refleja en su tesis doctoral El principio de responsabilidad solidaria.

Pero el vínculo más estrecho entre producción y viajes lo encontramos en su periplo estadounidense. La ética protestante y el espíritu del capitalismo se construyó en relación dialéctica con esta visita. La teoría fundamental sobre la relación entre la religión y la economía se había gestado antes del viaje; podría decirse que estaba en el mismo centro de las preocupaciones vitales de Weber, pero en Estados Unidos pudo comprobar la relación entre ellas y, quizá de un modo más importante, cómo esa relación se debilitaba con la modernidad, como se observa claramente en “Iglesias y sectas en Norteamérica”.

Hay que resaltar también que La política como vocación fue escrita tras su experiencia viajera en Bélgica, Versalles, Viena y diversas ciudades alemanas para resolver asuntos políticos del más alto nivel durante la Primera Guerra y después de ella. De igual modo, el Apéndice sobre los fundamentos racionales y sociológicos de la música en Economía y sociedad es creado mientras viaja por Alemania y Austria escuchando conciertos junto a Marianne, Mina Tobler y Else Jaffé.

En definitiva, el periplo vital de Max Weber muestra cómo la mayor parte de su producción intelectual se gestó in itinere; de hecho, el periodo más creativo es el posterior a su viaje a Estados Unidos, en el que había renunciado —pese a algunos intentos poco exitosos por retomarla— a su actividad docente. Se dedicó a viajar e investigar, y creó una inmensa cantidad de material que su repentina muerte le impidió publicar. En todo caso, sería lícito preguntarse cómo tuvo tanto impacto posterior un teórico que, por sus viajes, aparentemente se encontraba fuera del núcleo de su disciplina. Nada más lejos de la realidad. Max Weber estuvo directamente implicado en las discusiones intelectuales de su época, fue parte de la política y de la universidad alemana —a pesar de no ejercer, sus colegas siempre lo consideraron uno de ellos— y contribuyó a la organización de la disciplina de diversas formas. Sus ideas surgieron en movimiento, pero dentro de la red de interacciones en la cual vivía la comunidad acadé-
mica alemana.

El presente estudio ha tratado de explorar y describir un aspecto de la vida de Weber al que se ha prestado escasa atención. Por sus características y estructura, se ha intentado mostrar los hechos organizándolos en función de su misma lógica interna.

 

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Recibido: 17 de junio de 2020

Aceptado: 31 de julio de 2021

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