Universidad Nacional Autónoma de México • Instituto de Investigaciones Sociales

Ontologic and epistemologic contributions of Luhmann’s theory of the observer

 Pedro Martín Giordano*

 

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*Doctoren Ciencias Sociales por la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, Argentina. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas-Instituto de Investigaciones Gino Germani. Temas de especialización: teoría sociológica, teoría social, teoría de sistemas sociales. Presidente J. E. Uriburu 950, 6to piso, oficina 1, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina.

 

Resumen: El presente trabajo indaga sobre las contribuciones de la teoría del observador de Niklas Luhmann al entendimiento de su postura ontológica y epistemológica y al esclarecimiento de los debates más significativos sobre ella. Dada la falta de especificidad y desarrollo sistemático, se le caracteriza a través de los elementos conceptuales que le dan forma: la distinción operación/observación, la distinción entre tipos y niveles de observación, la clausura operativa y el acoplamiento estructural. Posteriormente, se repara en las principales disputas acerca de su ontología y su epistemología para, luego de analizarlas desde la teoría del observador, definir una posición propia.

Palabras clave: teoría del observador, operación, observación, ontología, epistemología.

Abstract: This article analyzes the contributions of Luhmann’s theory of the observer to the understanding of his ontological and epistemological position and to the clarification of the most meaningful discussions on it. Given the lack of a specific and systematic approach, the theory of the observer is characterized through the conceptual elements that shape it: the distinction between operation and observation, the distinction between types and levels of observation, operational closure and structural coupling. Subsequently, the article reviews the main discussions over his ontology and epistemology and, after observing them from the standpoint of the theory of the observer, presents its own interpretation.

Keywords: theory of the observer, operation, observation, ontology, epistemology. 

Ante el requerimiento de la Facultad de Sociología de la Universidad de Bielefeld acerca de su proyecto de investigación, Niklas Luhmann decide nombrarlo “teoría de la sociedad”, limitar el tiempo de realización a 30 años y aclarar que su costo será nulo. Sobre las etapas de trabajo, asegura que desde el comienzo estuvieron claras: una fase inicial de introducción de la teoría de sistemas, para tomar de ella los recursos adecuados para revolucionar la sociología; una posterior, dedicada al sistema social sociedad, y una final, enfocada a la exposición y la comparación de las características de los sistemas funcionalmente diferenciados (Luhmann, 2007b).

 

Así como en Sistemas sociales: lineamientos para una teoría general (Luhmann, 1998b) —obra principal de la primera etapa— utiliza insumos provenientes de la teoría de sistemas, a la largo de su trayectoria realiza el mismo ejercicio con otras teorías propias de distintas disciplinas: cibernética, complejidad, evolución, comunicación, entre otras. De ese modo, la elaboración de una teoría de la sociedad se convierte en un proyecto interdisciplinario, que traspasa los límites tradicionales de la sociología y amplía el dialogo con las áreas de origen de las conceptualizaciones incorporadas. Atendiendo a la cuestión, en el presente trabajo enfocamos su teoría del observador (en adelante TO), cuyo sesgo interdisciplinar da lugar a diversas interpretaciones: se argumenta, por ejemplo, que es tan importante dentro del esquema luhmanniano que constituye una subteoría en sí misma, abocada a observar a la sociedad contemporánea (Izuzquiza, 1990); que en torno a ella Luhmann elabora su perspectiva metodológica (Pignuoli Ocampo, 2016); que integrar una TO de corte epistemológico constructivista en la teoría de sistemas es el sumun de su obra (Scholl, 2012), y en cuanto al concepto de observador, que es la clave para entender todo su trabajo (Mavrofides, 2015). Particularmente, analizamos la TO con el propósito de indagar su contribución al entendimiento de ciertos aspectos controversiales de la postura ontológica y epistemológica de Luhmann; además, consideramos su utilidad para esclarecer los debates más significativos que despierta la temática. Dado que, en comparación con la teoría de sistemas sociales y la teoría de la sociedad, la TO no fue expuesta con el mismo grado de especificidad y sistematicidad, en la primera sección la caracterizamos a través de los elementos conceptuales que le dan forma: la distinción operación/observación, la distinción entre tipos y niveles de observación, la clausura operativa y el acoplamiento estructural. Posteriormente, reparamos en algunas disputas sobre la concepción ontológica y epistemológica de Luhmann, para luego de observarlas a la luz de la TO, definir nuestra posición. Finalmente, en las conclusiones exponemos los resultados obtenidos.

En cuanto a la metodología, se trata de un trabajo de carácter teórico basado en el análisis de textos seleccionados. En la sección en la que describimos y sistematizamos los fundamentos de la TO, los textos pertenecen a la tercera etapa de la producción del autor, concentrados en el sistema científico, la teoría del conocimiento y la epistemología (Luhmann, 1990, 1996, 2006, 2007a, 2007b). En el apartado dedicado a los debates, se describen y clasifican textos de los principales analistas, para luego compararlos, entre ellos y con Luhmann.

 

Teoría del observador

La TO nace con una definición formal de observación: es una operación que lleva a cabo la diferencia entre indicar y distinguir, y que posee una estructura especial ya que “utiliza una diferenciación para designar algo diferenciado mediante ella” (Luhmann, 1996: 63). Inicia así con una diferencia, no con una unidad; más exactamente, con la diferencia entre sistema/entorno a través de la que el sistema observa el mundo: “Sólo con esta distinción podemos llegar al mundo, esto es, la realidad” (1996: 53).

A pesar del elevado nivel de abstracción en el que sitúa las conceptualizaciones, la observación es una operación empíricamente condicionada a realizar por un observador y, por lo tanto, debe ser observable. Luego, su factibilidad empírica es lo primero que debe indagarse, cuestión que conduce a los siguientes problemas: “¿Cómo se puede comprender la observación como operación?” y “¿por qué hay que distinguir operación de observación?” (Luhmann, 1996: 86). Antes de su abordaje, el autor explica que entre ambos existe una relación de complementariedad: no puede separárseles ni establecer entre ellos una relación causal; es decir, la operación no es la causa ni la observación el efecto, ni viceversa. Dado que la diferenciación entre operación y observación es un logro sistémico, no se requiere de un observador externo o de un sujeto extra mundano que dé cuenta de ella; su descomposición es sólo el producto de la necesidad
de observación.

 
Operación

Como se dijo, la observación es la primera diferenciación, la que sólo puede introducirse operativamente; no puede observarse porque la diferenciación de la diferenciación requiere tiempo. Por ello, el análisis comienza con la operación, el concepto fundamental del trabajo de Luhmann (Mavrofides, 2015); el núcleo alrededor del cual gira todo su esquema (Clam, 2000); la unidad de análisis de su programa de investigación (Pignuoli Ocampo, 2019), o la figura paradójica que permite resolver los problemas ontológicos autogenerados por la teoría (Nassehi, 2012), según distintas interpretaciones.

En primer lugar, la operación es un instrumento de observación cuya peculiaridad es que permite designar “una realidad independiente” (Luhmann, 1996: 195). La tesis que le sirve de sustento radica en que “la unión de operaciones da lugar a un sistema” (1996: 195). Además de ocurrir selectivamente, pues no todo es compatible entre sí, tal unión debe suceder recursivamente, es decir, que la próxima operación considere a su sucesora. Así, por medio de la selectividad y la recursividad de sus operaciones, un sistema alcanza su clausura. Sobre esta base, un sistema clausurado operativamente se encuentra determinado total y exclusivamente por sí mismo, se diferencia de su entorno, y el mantenimiento de su diferencia depende del entrelazamiento de sus propios elementos (1996, 2007b).

Las operaciones cumplen dos funciones: determinan el estado histórico desde el que parte el sistema y forman estructuras que constriñen su radio de acción (Luhmann, 2007b). La primera se refiere a la noción de recursividad recientemente expuesta, a la “aplicación repetida de una operación al resultado de la misma operación previa” (1996: 198). Su introducción pone en primer lugar la historia del sistema, lo que significa que los estados propios de un sistema recursivo son codeterminados por sus operaciones anteriores; en otras palabras, la operación siguiente siempre tiene que tomar en cuenta la anterior. La segunda función indica que los sistemas se encuentran estructuralmente determinados: las operaciones del sistema constituyen estructuras, esquemas de selección que condensan identidades para luego confirmarlas. Dado que estas estructuras se construyen y transforman sólo mediante operaciones propias del sistema, en este nivel “la clausura operativa trae como consecuencia que el sistema esté determinado a la autoorganización” (2007b: 67).

A la vez, una operación sistémica satisface el siguiente requisito: “Debe ser una, la misma, y que tenga capacidad de eslabonar operaciones anteriores con subsecuentes. Es decir, capacidad de proseguir su operación y desechar, dejándolas de lado, operaciones que no le pertenecen” (Luhmann, 2007a: 87). En ese sentido, del complejo horizonte de posibilidades que ofrece el mundo, Luhmann alega que sólo hay tres sistemas cuyas operaciones les permiten clausurarse: los sistemas orgánicos a través de la vida; los psíquicos por medio de la conciencia, y los sociales gracias
a la comunicación.

Vinculadas con la variable temporal, las operaciones son “eventos que aparecen para desaparecer y que no pueden ser repetidos […]. Son eventos señalados cronológicamente (fechados) a los que únicamente pueden seguir otros eventos” (Luhmann, 1996: 32). En ese marco, las operaciones constituyen los elementos del sistema y, como tales, son acontecimientos que ocurren en el presente y de manera ciega; esto significa que no pueden estar a la vez en los dos lados de la forma, por lo que se orientan por la diferencia antes/después. Para funcionar, presuponen la simultaneidad de ambos lados y se sitúan en uno de ellos. En la misma línea, quien opera no puede observar su propia realización; los eventos sólo pueden ser observados como diferencia, y para ello, debe disolverse la simultaneidad y colocarse en una nueva relación temporal que señale un antes y un después, momento en el que ingresa la observación. En definitiva, del énfasis sobre el tiempo se advierte que la existencia del sistema sólo se da cuando acontece la operación; lo demás es observación.

Para culminar, cabe destacar que la emergencia de sistemas autorreferenciales “sólo es posible dentro del contexto de una red de operaciones del mismo sistema hacia el que apuntan y en las que se basan. No existe una operación única que pueda surgir sin esta red recursiva” (Luhmann, 1990: 68). Aunque la idea de red es útil para clarificar la operación, no hay que confundirlas: gracias al enlace selectivo de operaciones propias, el sistema forma una red recursiva con la que se clausura y se diferencia del entorno. Los sistemas sociales, por ejemplo, se clausuran mediante operaciones de comunicación, que involucran una síntesis de tres selecciones: la información, que es una selección actualizada entre un repertorio de posibilidades de comunicación, darla a conocer y entenderla, que ocurre cuando se comprende la diferencia entre las dos anteriores. Luego, su aceptación o rechazo es una cuarta posibilidad que determina la continuidad o discontinuidad de la comunicación (Luhmann, 1998b). De esta manera, en la medida en que prosiga enlazando comunicaciones, el sistema social continúa diferenciándose de los organismos y las conciencias. Por lo tanto, la operación es el presupuesto para la existencia del sistema, ya que permite la reproducción autopoiética de sus elementos.

 
Observación

Pese a que la observación forma parte del acervo conceptual de Luhmann desde temprano, termina de especificarla cuando avanza hacia el entrelazamiento con el cálculo de la forma de George Spencer-Brown, figura que gradualmente se convierte en la referencia dominante de los trabajos tardíos de Luhmann (Clam, 2000), con especial influencia en su perspectiva ontológica y epistemológica (Karafillidis, 2015).

En su Laws of Form, Spencer-Brown (1972) pretende acabar con la prohibición de utilizar en la lógica la figura de la autorreferencialidad o paradoja perfilada por la teoría de los tipos de Whitehead y Russel en 1927. Avalado por la crítica pionera de Gödel de 1931, con el cálculo de la forma aspira a reducir el álgebra de dos valores de Boole a un solo cálculo matemático. Comienza advirtiendo que en una operación matemática no cabe ningún presupuesto; por ello, el punto de partida es el espacio no marcado (unmarked space), la hoja en blanco.1 La finalidad es operar con el mínimo posible de signos, los que una vez combinados, complejizan la ecuación. El signo inicial es una línea horizontal que, sólo por el hecho de trazarse, divide el universo/hoja en blanco en dos, y cuya figura es (—). En virtud de que si quisiera trazarse otra línea debería escogerse otro lugar de la hoja, concluye que el signo inicial es de por sí una distinción que a su vez contiene una indicación –( | )–. Entonces, el signo inicial –( Ⴈ)– remite a una sola operación; ni bien trazada, produce una diferencia que, además de lo distinguido, indica el otro lado. Luego, en caso de querer añadir otra marca (realizar una nueva distinción) resulta indispensable tomar en cuenta la posición previa.

En su interpretación de Laws of Form, Luhmann entiende que la autorreferencia inicial se organiza en torno a una única consigna: traza una distinción. Sin ella, el cálculo no procede, la hoja queda en blanco; si se traza la distinción, en cambio, surge la forma, que siempre es forma de una diferencia que divide el universo en dos partes, donde es imposible el paso de una a otra sin atravesar la marca. La forma es un límite, una frontera que obliga a señalar la parte indicada, y también donde comenzar para realizar una futura operación; simultáneamente, al indicar una parte, también se indica la otra, la distinguida. En consecuencia:

[…] señalar es al mismo tiempo distinguir, así como distinguir es al mismo tiempo, indicar. Cada parte de la forma, por tanto, es la otra parte de la otra. Ninguna parte es algo en sí misma. Se actualiza sólo por el hecho de que se indica esa parte y no la otra. En este sentido la forma es autorreferencia desarrollada. Todavía con más precisión es autorreferencia desarrollada en el tiempo (Luhmann, 2007a: 83).

Articulada con el cálculo de la forma, Luhmann cree que la teoría de sistemas puede precisar sus conceptos: asegura que el trazado de una distinción no alude a una cualquiera, sino a la diferencia sistema/entorno, donde la parte indicada siempre es el sistema, mientras el otro lado de la forma es el entorno; desde el punto de vista del propio sistema, se trata respectivamente de autorreferencia y heterorreferencia. Además, el elevado nivel de abstracción del cálculo de la forma facilita la utilización de una sola forma de operación (matemática) y de un solo operador (matemático).

A lo dicho, Luhmann resalta otro aporte significativo: en el cálculo de la forma no puede haber diferenciación sin antes haber diferenciado, sin haber trazado una distinción. Sin embargo, entiende que la pregunta por el origen, el principio o la primera diferenciación no es decisiva, pues su problematización es relegada hasta que el sistema adquiere una complejidad tal que sea capaz de afrontarla:2 “Se acepta la sencillez de la operación inicial de observación, y ésta continúa tratándose mediante la diferenciación autoimplícita entre distinción e indicación” (Luhmann, 1996: 66). Sólo cuando adquiere suficiente complejidad aparece la figura de la re-entry, “la entrada de la diferenciación en lo diferenciado” (1996: 66) o de la forma en la forma, lo que para el sistema implica reintroducir su propia diferenciación entre sistema/entorno. Así, un sistema complejo puede observar la diferenciación que lo orienta, es decir, el entramado recurrente con el que produce sus operaciones. El razonamiento remata afirmando que, si el sistema también se designa a sí mismo como unidad, accede a un tipo especial de autoobservación denominada reflexión.

Por estas razones, Luhmann continúa la dirección trazada por Spencer-Brown de incorporar el uso de paradojas autorreferenciales, las que se presentan cuando las condiciones de posibilidad de una operación son a la vez las condiciones de su imposibilidad. Para ilustrar el tema, recurre a la paradoja de Epiménides —“esta frase es falsa”—, cuestión que conduce a un callejón sin salida debido a que no es lógicamente posible establecer su veracidad o falsedad. En lugar de soslayarla, le atribuye la cualidad de punto de partida de un programa cimentado en las paradojas por medio del cual la sociología pueda, finalmente, alcanzar su unidad. La paradoja, entonces, encierra el potencial suficiente para entender la unidad mediante la diferencia, habilita a introducir lo distinto dentro de lo mismo, debe desarrollarse, identificarse sus lados y disolverlos mediante distinciones ulteriores (Luhmann, 1996).

Volviendo a Spencer-Brown, la construcción de una forma sobre una hoja en blanco debe seguir una sola ley: trace una distinción (“draw a distinction”, 1972: 3); a continuación, el llenado de contenido es la primera distinción (“call it the first distinction”, 1972: 3). Al incorporar tales proposiciones, Luhmann asevera que una distinción es una indecisión entre esto/lo otro y cuya forma paradójica representa la unidad de una diferencia. Por el hecho de asentarse en la voluntad de distinción, no consiste en una operación; para que se realice, hace falta escoger uno de los lados. De ese modo, la distinción abre el campo de una diferencia y posibilita la indicación de un lado. Al hacerlo, el sistema se pone en marcha, un inicio que siempre es contingente porque podría haberse comenzado de otra manera (por caso, indicando el otro lado). Por todo ello, “las distinciones ordenan las indicaciones de forma todavía no definitiva, y sirven de preparación previa para realizar esa operación” (Luhmann, 1996: 270).

Contra ese fondo, “la diferenciación es la base de la observación, porque con otra diferenciación se observaría algo distinto” (Luhmann, 1996: 66). La forma traza una distinción que divide al universo de posibilidades en dos lados, de modo que no es posible estar en ambos a la vez. Se trata de un límite, una frontera que diferencia una parte indicada de otra que no lo está (la distinguida), lo que imposibilita el pasaje de una a otra sin cruzarla. Sobre estos supuestos reposa el concepto extremadamente formal de observación: “es la realización operativa de una diferenciación mediante la designación de un lado —y no del otro—. Observar es tan sólo esta realización operativa” (1996: 66); más concisamente, “llamaremos observar la forma especial de distinguir e indicar” (1996: 64).

Además, la observación es una operación que se comprueba por el hecho de ser ella misma observable, pero a diferencia de esta, posee una posición más libre, puesto que la única condición que debe satisfacer es coordinar lo señalado con una distinción. Temporalmente, se trata de dos acontecimientos simultáneos: indicar es al mismo tiempo distinguir, y distinguir es al mismo tiempo indicar. En suma, la observación unifica dos términos: “Por un lado, […] es en sí misma una operación; por otro, es el empleo de una distinción” (Luhmann, 1990: 68).

 

Operación de observación/observación de la operación como observación

Pese a su claro arraigo en el campo científico, Luhmann destaca la ausencia de consenso en el plano de la distinción entre observación y observador; consecuentemente, advierte que la TO carece de homogeneidad y de una epistemología compartida. Con el fin de configurarla, emprende la tarea de esclarecer el significado de los conceptos. Como se dijo, observar es una operación que distingue al indicar, una definición de alto grado de abstracción que pretende extender al observador:

La realización concreta de esta operación del distinguir e indicar produce una forma, es decir: lo que sucede a diferencia de lo que no sucede. Utiliza esta diferencia consigo mismo para observar algo que no es la operación misma. Al continuar reiteradamente la operación, se va desarrollando un límite del sistema que encierra lo que se observa en este sistema. Surge lo que podemos denominar entonces el observador (Luhmann, 1996: 64).

El observador no es otro que quien observa; se trata de un sistema que, gracias a la recursividad de sus operaciones, se diferencia del entorno. Desde luego, la situación involucra dos operaciones: por el hecho de observar operaciones, el observador es él mismo una operación que, además, se encuentra inserto en el mundo que pretende observar. El logro alcanzado desde esta perspectiva consiste en evitar las presuposiciones que indican un representante exclusivo de la observación, como un cerebro, una conciencia, un sujeto empírico o trascendental, etcétera.

Tales especificaciones constituyen un paso crucial para la identificación de diversos niveles de observación, que señalan que no es lo mismo la observación de una operación que la observación de la operación de observación. En lo relativo a la primera, el sistema introduce la diferenciación inicial por medio de una operación, realizada siempre de manera ciega: dada la simultaneidad operativa de operación y mundo, no puede observar su propia realización; para hacerlo, debería disolver esa simultaneidad y colocarse en una nueva relación temporal que señale un antes y un después. Aquí es cuando ingresa la observación que, desde su posición más libre, distingue qué es lo que la operación indica y, a su vez, qué es lo que no indica. Para una observación de la operación, “basta una observación simple de lo que sucede” (Luhmann, 1996: 61). Así, una observación de la operación permite ver cómo el sistema entrelaza sus operaciones dejando de lado lo que deja de lado. Este proceso se denomina observación de primer orden, una categoría fundamental para establecer distintos niveles de observación y diferentes observadores. Si se dijo que gracias al enlace recursivo de operaciones un sistema establece límites con su entorno, ahora puede afirmarse que ese sistema es un observador de primer orden.

Ahora bien, una observación de la operación no puede observar su propia observación, “sólo puede ver lo que puede ver mediante esa diferenciación. No puede ver lo que no puede ver” (Luhmann, 1996: 66). El postulado, evidentemente obvio, busca precisar que la observación de primer orden “obra en forma ingenua” o “de manera acrítica” (1996: 67) con respecto a la propia referencia. Observarla requiere un esfuerzo. Demanda colocarse en un nivel de segundo orden; es decir, efectuar una observación de la operación como observación, enfocar en el observador para establecer qué distinciones utiliza. Para esa tarea, debe utilizar una distinción diferente: “el observador de segundo orden tiene que poder enlazarse a observaciones de primer orden” (1996: 67). Diferenciándolos, el observador de primer orden siempre es un sistema estructurado que, operación mediante, establece límites con su entorno. Sobre la base de que “todo lo que es observado depende por lo tanto de la diferenciación utilizada por el observador” (1996: 65), la observación de segundo orden se funda en la identificación del esquema de observación utilizado por aquel; efectúa el esfuerzo de observar lo que no puede ver desde su posición; es decir, cómo observa al mundo con base en la distinción sistema/entorno. A la vez, todo observador de segundo orden es también un observador de primer orden cuyo punto ciego es su propia observación. El autor nuevamente apela a Spencer-Brown cuando afirma que si la fórmula de la observación es –( Ⴈ )–, la de la observación de segundo orden es –( ႨႨ )–. Para ejemplificar, en el sistema científico desde una posición de segundo orden, un investigador evalúa la veracidad o la falsedad de las publicaciones de otros investigadores; en la economía, los precios permiten observar cómo los observadores de primer orden se observan en el mercado; y en la política, con mira en los resultados electorales gobierno y oposición se observan mutuamente en la opinión pública (Luhmann, 2007b).

De esa forma, el sistema se reproduce de modo paradójico, aunque ello no constituye ningún inconveniente, ya que continúa operando ciegamente, sin observar; el problema es la observación, cuando se plantea la pregunta sobre cómo observa un sistema o cómo se produce una operación enfrentándose a su paradoja. La observación es una operación paradójica, dado que en un instante actualiza una dualidad como unidad, cuyas condiciones de posibilidad son también las condiciones de su imposibilidad. Que el código moral bueno/malo, señala Luhmann, sea bueno o malo sólo se vuelve problemático para quien observa el código, no así para la moral que continúa enlazando comunicaciones a partir de él, esto es, desparadojizando su paradoja.

 
Clausura operativa y acoplamiento estructural

Para continuar caracterizando la TO, se retoma la idea de clausura operativa y se le vincula con el acoplamiento estructural. Respecto a la clausura, es posible exclusivamente “por la producción de un sistema de sus propias operaciones y por su reproducción dentro de la red de sus anticipaciones y recursos recursivos” (Luhmann, 2006: 245); en consecuencia, clausura operacional significa que “las operaciones propias se posibilitan recursivamente por los resultados de las operaciones propias” (2007b: 68). En mayor detalle, sólo las observaciones de observaciones dan cuenta del cierre: a nivel del primer orden, “todas las huellas de la clausura operativa se borran” (2007b: 67). Aun cuando se piensa con el cerebro, las conciencias no conocen cómo funciona, y los sistemas sociales tampoco saben que las comunicaciones sólo contactan con comunicaciones. A nivel de primer orden, se opera “bajo la ilusión de contacto con el entorno” (2007b: 67). Únicamente con las observaciones de segundo orden se supera dicha condición. Con el esquema de distinción que utiliza su observado es “cuando descubre que la ilusión de realidad sigue siendo un hecho dentro del mundo real” (2007b: 67).

Por otra parte, la operación es un acontecimiento empírico “que forma en la trama de acontecimientos similares un nuevo acontecimiento, continuando así la autopoiesis del sistema” (Luhmann, 1996: 365); por eso, vinculado con la clausura operativa “autopoiesis significa: producción del sistema por sí mismo” (2007b: 70). Con todo, el sistema no existe por sí mismo; lejos de negar el entorno, la clausura enuncia la manera en que el sistema se vincula con éste: el sistema consigue reconocer sus operaciones para establecer su propio estado mediante el rechazo o la modificación de los supuestos del entorno. La clausura expresa que es en el plano de las operaciones donde el sistema no establece contacto con el entorno, y ello es condición de posibilidad de la apertura, a la vez.

Para informar en qué consiste esa apertura y esclarecer la naturaleza del vínculo sistema/entorno, acuña la noción de acoplamiento estructural. En principio, “los acoplamientos estructurales restringen el campo de las posibles estructuras con las que un sistema puede realizar su autopoiesis” (Luhmann, 2007b: 72). Aun cuando el entorno no determina, debe estar presupuesto. En ese sentido —y sólo en él— se recupera la vieja idea de adaptación: todos los sistemas se adaptan al entorno; de lo contrario, su autopoiesis se detendría y el sistema dejaría de existir. El punto es que sus influencias “atan y acrecientan determinadas causalidades que actúan sobre el sistema acoplado: lo irritan y de esa manera lo estimulan a que se autodetermine” (2007b: 74). Las irritaciones son permanentes y, al mismo tiempo, generalmente son imperceptibles. Tienen un “modo inadvertido y silencioso de funcionar” (2007b: 77). Vinculadas a la complejidad, las irritaciones permiten el empalme con el entorno sin necesidad de absorber o reconstruir las condiciones de alta complejidad que presenta. Lo que se capta es una fracción extremadamente reducida de él, mientras la mayor parte de su complejidad permanece oculta. Esa parte es justamente a lo que el autor denomina perturbaciones, ruidos o irritaciones, construcciones momentáneas efectuadas por el sistema para observar los efectos del entorno que aún no implican información. En conclusión, no hay irritación proveniente del entorno, ni transferencia de irritación hacia el sistema. Se trata de una construcción de complejidad interna propia del sistema, posterior a los influjos del entorno; por lo tanto, es siempre autoirritación. Ante ella, al sistema se le abren dos posibilidades: buscar la causa en su interior para aprender de ella o atribuirla al entorno en tanto casualidad, opción que nuevamente divide en dos el horizonte de posibilidades: desecharla o aprovecharla (1996).

En síntesis, los sistemas clausurados en su operación se vinculan mediante acoplamientos estructurales. En el caso de los sistemas psíquicos y los sistemas sociales, que han co-evolucionado en el medio del sentido, la forma cardinal de acoplamiento es mediante el lenguaje, que permite superar una de las grandes improbabilidades para que se efectúe toda comunicación: que ego entienda lo que alter quiere. En virtud de su capacidad de percepción, los sistemas psíquicos pueden controlar el acceso del mundo externo, razón por la que los sistemas sociales sólo están acoplados de manera directa a ellos; pero a su vez, la conciencia depende de manera radical del cerebro, éste del organismo, y así sucesivamente. Lo que se extrae, entonces, es la paradoja de la “total dependencia de los acoplamientos estructurales en total autonomía de operación” (Luhmann, 2007a: 284).

Se remata la exposición de la TO con la evaluación que Luhmann hace sobre su potencial: “el observador del observador no es un observador mejor: es simplemente otro” (Luhmann, 2007b: 904); por ende, la TO no constituye un punto de vista privilegiado; al observar, toda observación participa de la observación, por lo que nunca accede a una posición externa. ¿Qué ventaja ofrece? Al aclarar cómo su observado hace a un lado la totalidad del mundo para concentrarse en una parte (es decir, que identifica cómo éste reduce complejidad), consigue un notable aumento de complejidad: la del observado y la suya. De esta forma, la observación de la observación de la observación atiende al “descubrimiento más excitante de la investigación cognitiva moderna”: la latencia, término que designa “la posibilidad de observar y describir lo que otros no pueden observar” (1996: 69). El cambio de perspectiva instala el problema de la latencia en el centro; con ello, permite arribar a conclusiones circulares y paradójicas. Además, como una distinción es la marcación de un campo, la re-entry posibilita volver a entrar en ese campo distinguido. Si se toma el caso de la distinción sistema/entorno, la TO puede volver sobre la distinción inicial y decidir si se la mantiene o no; en otras palabras, transforma la paradoja mediante un volver y aplicar lo mismo, pero de forma diferente, ya que se está en una nueva posición.

 

Contribuciones de la TO a las interpretaciones sobre ontología y epistemología

Ontología

El proyecto teórico de Luhmann pregona la desontologización radical de la semántica tradicional vétero-europea. Esta incluye el pensamiento greco-romano-cristiano, un acervo cultural propio de formas pasadas de diferenciación (específicamente, las estratificadas y las diferenciadas en centro/periferia) que logró interpretar las propiedades de un periodo caracterizado por la formación de ciudades e imperios, la configuración de noblezas y la descripción de un mundo jerárquicamente organizado. Pese a que esta herencia acompaña el surgimiento de la modernidad, la crítica reposa en la extinción de la sociedad que describe. A sus ojos, la tradición ontológica está dominada por la unidad del ser —debido a que la nada no existe, lo real ocurre bajo la forma del ser—, único valor válido de observación (Luhmann, 2007b: 712). En contraposición, el proyecto de Luhmann decide partir desde la diferencia, en lugar de la unidad. Así, comienza antes de cualquier distinción efectuada por un observador, y en conexión con la teoría de sistemas se inclina por la distinción sistema/entorno (2007b).

Este posicionamiento estimula numerosos debates. A continuación, los situamos en un cuadro general, no exhaustivo, para indagar si la TO ofrece claves para comprender su perspectiva ontológica. El principio organizador del debate es la evaluación del éxito de su proyecto des-ontologizador; atendemos, además, a las interpretaciones sobre su concepción de realidad.

Una primera línea sostiene que la des-ontologización de Luhmann cumple sus objetivos: para Jean Clam, “Luhmann es el sociólogo de nuestro siglo con el sentido más agudo de la estructura post-ontológica de la comunicación” (2000: 43). Además de fundar conceptualmente la sociedad desde un posicionamiento post-metafísico —libre de la tradición accionalista y sus connotaciones acerca de la firmeza ontológica del sujeto actuante—, su teoría de sistemas termina des-ontologizando la propia noción de sistema, al pensarla como una diferencia, con forma circular y autodiferencial, y orientarla al estudio de la no identidad, el carácter paradójico y no resumible de la realidad. No obstante, considera que su teoría sociológica incorpora una dimensión protológica (ligada al esquema de Spencer-Brown),3 que le proporciona una base a priori acerca de la estructura del mundo y pese a no tener referencias trascendentales comparte características con esa tradición. Athanasios Karafillidis entiende que, más que deconstruir la ontología, el éxito de Luhmann es dar cuenta de la contingencia y la complejidad de los fenómenos sociales evitando recursos conectados a propiedades esenciales. Aunque acepta que se lo vincule con una ontología mínima —la cual debería denominarse ontología operativa o procesal, u ontología no esencial de eventos distintivos—, juzga más apropiado alinearlo con la ontogenética, que significa “tener una epistemología sin caer en la trampa de la ontología” (2015: 216). Según Armin Scholl (2012, 2015), Luhmann des-ontologiza los puntos de vista meta-teóricos que subyacen al realismo filosófico —caracterizado por suponer la existencia de cosas y hechos que en principio pueden reconocerse u observarse correctamente—, por lo que su concepto de realidad ya está des-ontologizado y no debe entenderse en clave realista. Para comprenderlo se precisa diferenciar escepticismo de agnosticismo: el primero, al negar la realidad, arriba a una ontología negativa, y se mantiene en un plano ontológico; el segundo, camino elegido por Luhmann, al negarle a la realidad un papel teórico, sí logra la des-ontologización.

Otra línea argumenta que es posible identificar huellas ontológicas en la perspectiva luhmanniana. Ésta se subdivide en dos versiones. La primera asegura que su proyecto des-ontologizador quedó inconcluso: Krzysztof Matuszek, por caso, ve que, lejos de desaparecer, en la filosofía moderna los problemas ontológicos se reconvierten y deben rastrearse en los supuestos epistemológicos. Para ello, atiende al constructivismo operativo de Luhmann, cuyo principio general es que el resultado de cada cognición depende de las distinciones utilizadas. Así, distingue entre conocimiento —una realidad construida en la observación— y realidad —una realidad independiente de la observación—; luego limita la contingencia asumiendo que la realidad es el resultado de una observación que utiliza la distinción sistema/entorno. En ese cuadro, el “rechazo [a la ontología] es insostenible” (Matuszek, 2015: 224). Aunque se aleja de quienes defienden la existencia de una realidad independiente de la observación, la ontología se hace presente cuando sostiene que la distinción sistema/entorno es condición necesaria y universal de la cognición. Similarmente, Thomas Mavrofides (2015) asegura que subyace al postulado “hay sistemas” la suposición implícita de que hay observadores. Se trata de un supuesto empírico y metodológico, que además es ontológico porque el observador se concibe a sí mismo como una entidad distinta, como un todo. Por lo tanto, para que la des-ontologización sea completa, debería evitar el empleo de conceptos como distinción y operación.

Otra versión indica que el hecho de que haya ontología no implica el fracaso del proyecto general. Hans-Georg Moeller (2012), por ejemplo, dice que el constructivismo radical provee el marco adecuado para generar observaciones que constituyen la realidad. Éste implica una epistemología, pues manifiesta cómo funciona la cognición, pero también una ontología, porque explica cómo se produce la realidad. Al examinarla, observa que se trata de una ontología posmoderna, que reconoce que lo contingente y lo plural son reales y de ninguna manera ontológicamente deficientes. Provocativamente, William Rasch asegura que la epistemología no es necesariamente incompatible con la ontología. En el caso de Luhmann, repara en los conceptos indiferenciados mundo, realidad y sentido, para proponer que los dos primeros involucran distintos niveles de realidad: el mundo sería la realidad per se, independiente de la mente, desconocida para la ciencia y que ocupa el lugar del ser para la ontología tradicional; la realidad, en cambio, sería la realidad empírica, que el conocimiento sí conoce porque es la realidad que el conocimiento construye, y ocupa el sitio de la reflexión epistemológica. En conclusión, sugiere que el mundo “parece ser el lugar de descanso final para todas las distinciones, el cementerio de observación” (Rasch, 2012: 99); por ello, aunque sea una versión no realista y no representacionalista, la ontología aún tiene un lugar significativo en su teoría. Por último, Sergio Pignuoli Ocampo (2016) contrasta dos conceptos de ontología: uno, amplio y general, que concierne a la adopción de premisas sobre la estructuración de lo real; otro, cultural e históricamente determinado, que pertenece a la definición de la estructuración de lo real predominante en la tradición del pensamiento filosófico europeo occidental. Con base en esa clasificación, defiende la pertenencia de Luhmann a la primera modalidad, puesto que su crítica a la ontología tradicional se asienta en una teoría general de la estructuración de lo real basada en la conceptualización de la complejidad, los sistemas, la autorreferencia, la temporalidad y la emergencia (Pignuoli Ocampo, 2019).

 
Epistemología

Luhmann denomina teoría de la cognición a la forma en que reflexiona el sistema científico. Inicia con la pregunta kantiana acerca de cómo es posible el conocimiento, y le añade el cuestionamiento sobre quién la realiza. Para entender cómo es el segundo nivel en el que se coloca la ciencia en relación con el primero, la observación inmediata, la teoría de la cognición se sitúa a nivel de tercer orden: enfoca al sistema científico para averiguar cómo alcanza su clausura mediante la recursividad de sus operaciones; es decir, cómo con base en la distinción entre verdadero/no verdadero estimula el enlace de comunicaciones que involucran al conocimiento dentro de la sociedad. El resultado de ese ejercicio es el constructivismo operativo (Luhmann, 1996).

Al igual que el análisis del nivel ontológico, a continuación se exponen algunas de las principales discusiones sobre su concepción epistemológica. Primordialmente, atendemos a las interpretaciones sobre la modalidad luhmanniana de manejar la tensión realismo/constructivismo; secundariamente, a la peculiaridad de su perspectiva constructivista. Antes de comenzar, cabe mencionar que uno de los puntos más controversiales del debate gira en torno al postulado fundacional de Sistemas sociales: “Hay sistemas” (Luhmann, 1998b: 37). Lejos de iniciar con una duda, sostiene que la existencia de los sistemas es concreta, lo que significa que no los considera herramientas analíticas o métodos para acercarse a la realidad. Entiende que el sistema designa lo que realmente es y prueba sus afirmaciones frente a la realidad. En otras palabras, la teoría de sistemas estudia sistemas reales en el mundo real.

De acuerdo con Jack Chirstis, como realismo y constructivismo se entremezclan en su epistemología, “parece que Luhmann es empujado en direcciones opuestas y contradictorias” (2001: 330). Para aportar al tema, presenta un nuevo compañero de discusión, el realismo gramatical —de Wittgenstein, Strawson, Bhaskar, Putnam y Dupré—, dado que ambos se oponen a un realismo metafísico que defiende la determinación del significado por referencia, lazo que permite establecer la verdad sobre el mundo. En contraste, Luhmann y el realismo gramatical proponen desacoplar las preguntas de significado, referencia y verdad. A tal fin, primero se enfilan con el planteo kantiano que postula la relevancia del “momento no empírico del conocimiento empírico” (2001: 333); luego lo radicalizan cuando, en lugar de restringirlo a un número limitado de conceptos, lo generalizan a todos. En el caso de Luhmann, ve que para fundamentar el conocimiento incorpora conceptualizaciones del constructivismo radical, ya que ofrecen puntos de partida empíricos y no trascendentales. Pero, en su opinión, las conclusiones constructivistas sobre un mundo no observable, incognoscible e inaccesible, se basan en una confusión: el mundo es inexorable e inagotable; por ello “observar el mundo no tiene sentido o es elíptico para observar cosas en el mundo” (2001: 342). Entonces, si se despojan los excesos constructivistas de Luhmann, se puede apreciar su cercanía al realismo gramatical.

En el plano contrario están quienes sitúan a Luhmann dentro del constructivismo radical: para Matuszek, debido a su escepticismo y agnosticismo epistemológico respecto a lo real, Luhmann no es un realista, ni toma una postura intermedia entre realismo/constructivismo. Su constructivismo operativo es una variante del constructivismo radical, que rechaza tanto al realismo epistemológico como al idealismo trascendental. Para demostrarlo, afirma que el postulado “hay sistemas” sólo tiene un significado metodológico preliminar, que no sirve como argumento que aporte al debate realismo/constructivismo y tampoco para afirmar que la realidad sea la base de la cognición; por ello, “los sonares de la teoría no detectan fondo” (2015: 206). Mavrofides también lo ubica dentro del constructivismo radical, que a sus ojos es una maniobra metodológica, no una posición filosófica. Aunque coincide con que la realidad es irrelevante para el observador de observaciones, discrepa en que sí constituye el banco de pruebas de las selecciones de los sistemas, lo que “no dice nada acerca de la realidad per se, pero lo dice todo acerca de los sistemas autorreferenciales” (2015: 212). Finalmente, si bien pareciera que Luhmann oscila entre constructivismo y realismo, Scholl enfatiza su cercanía al constructivismo radical. Una vez que introduce una serie de suposiciones realistas —entre las que destaca el “hay sistemas”, una presunción metafísica y pragmática que da cuenta de una ontología mínima—, sigue la vía constructivista cuando relaciona “estrictamente el entorno ‛real’ con las observaciones del sistema” (2012: 7). El punto es que constructivismo y realismo no son epistemologías opuestas. Precisamente, el constructivismo radical propone una lógica propia que incorpora al realismo al distinguir entre observación de primer y segundo orden.

Una tercera opción no se inclina por ninguno de los polos. Dadas las sutiles divergencias en su interior, se le subclasifica en tres categorías, comenzando por quienes subrayan que Luhmann supera la oposición realismo/constructivismo. Este es el caso de Armin Nassehi (2012), que pretende desligarlo de un constructivismo radical no dispuesto a aceptar sus implicaciones ontológicas; por ejemplo, el “hay sistemas”, una hipótesis que plantea una idea asimétrica de ontología reemplazando la distinción construcción/realidad por sistema/entorno. Así, configura una perspectiva más radical que el constructivismo radical, capaz de afrontar los problemas ontológicos autogenerados: hay sistemas sociales significa que hay algo operando. Esto, lejos de ser una suposición metafísica, es una observación empírica, que presupone observaciones: “Mi pregunta es: ¿Qué existe entre el realismo y el constructivismo? Mi respuesta: operaciones. ¿Existen? En realidad, no (¡sic!). Operan” (2012: 15). Similarmente, Pignuoli Ocampo (2019) entiende que prejuzgar imposible el diálogo entre constructivismo y realismo implica ignorar el diseño no dualista de Luhmann, donde ambos se plantean en términos paradójicos y no de oposición. Por un lado, la operación es un principio fáctico y por ello epistemológicamente fundamental, ya que introduce elementos realistas. Por otro, el constructivismo germina cuando alega que el conocimiento científico precisa una teoría para definir el campo del objeto, su unidad y su acceso fáctico a él. El punto es que la presencia de elementos realistas no contradice su faceta constructivista, pues “basta con entender que la construcción es fáctica para desmontar el dualismo” (2019: 5).

Una categoría intermedia argumenta que ambos polos conviven en su perspectiva. Moeller, por ejemplo, dice que constructivismo y realismo no son inherentemente contradictorios y que el principal logro de Luhmann es reconciliarlos: cuando afirma que la cognición es una construcción, expone un principio de su epistemología constructivista; cuando señala que “hay sistemas”, en cambio, es su ontología realista la que habla. En suma, su constructivismo es tan radical que resulta ser al mismo tiempo un realismo: “Dice que lo que una construcción construye es la realidad o, al revés, la realidad es lo que una construcción es capaz de construir” (2012: 91). Aldo Mascareño también objeta los argumentos que caracterizan al constructivismo como la antítesis del realismo, el objetivismo y la ontología. Opina que el constructivismo sistémico de Luhmann comprende una ontología social, un mundo significativo u horizonte de posibilidades de selección, que surge toda vez que una operación de distinción realiza una indicación. Empero, para que este nivel emerja, debe antecederle un ultramundo, un mundo material, empírico, que es el mismo para todos y que es inaccesible para la observación. El constructivismo sistémico, entonces, “se sostiene en operaciones reales de comunicación entre individuos reales. El resultado de esto es la emergencia de constelaciones simbólicas y sistemas sociales reales cuyas consecuencias son también reales para los mismos individuos” (2010: 9-10).

Por último, están los que entienden que entre constructivismo y realismo hay una tensión no resuelta definitivamente: como se dijo, Rasch vincula a los conceptos indiferenciados mundo y realidad con la realidad per se y la realidad empírica, respectivamente. Lo que ahora importa es su advertencia de que se trata de dos niveles contenidos “de manera ambigua y casi como por accidente, en el uso libre de Luhmann de la palabra realidad” (2012: 99). En consecuencia, si bien empuja a la realidad per se al espacio no marcado, la realidad que construye el conocimiento precisa un subsuelo ontológico para verse a sí misma como empírica y no caer en el idealismo. Gastón Becerra y José Castorina (2018) sustentan que la perspectiva constructivista de Luhmann inicia con una epistemología escéptica y culmina en un antirrealismo que proclama la inaccesibilidad de la realidad en sí misma. En contraste, en el plano ontológico la distinción observación/operación contiene su escepticismo, evitando el empleo de alusiones que niegan al mundo. Aunque esta combinación puede no resultar controversial en primera instancia, consideran que sí lo es la fundación de una sociología empírica partiendo del postulado “hay sistemas”. Por lo tanto, concluyen que la tensión entre su realismo con respecto a los sistemas sociales y su comprensión radical del conocimiento es propia de su estrategia general, el constructivismo sistémico-dualista, caracterizado por restituir los dualismos para valorizar la identidad diferencial de cada elemento.

 
Teoría del observador, ontología y epistemología

El relevamiento de los debates a nivel ontológico enfocó al proyecto desontologizador y a la concepción de realidad de Luhmann. Respecto al primer punto hallamos: 1) una línea argumentativa que lo evalúa exitosamente, y 2) otra, interesada en identificar en su teoría elementos ontológicos, subdividida en 2a) quienes consideran que ello implica un fracaso, y 2b) quienes no.

Al analizar ese cuadro observamos que las posiciones 1) y 2b) no resultan tan lejanas. Los autores de 2b) consideran que su enfrentamiento a la ontología en sentido estricto no impide indagar la ontología en sentido amplio, es decir, su concepción acerca de la estructuración de lo real (Pignuioli Ocampo, 2016); que su epistemología constructivista también ofrece explicaciones acerca de cómo es la realidad (Moeller, 2012), y que el conocimiento siempre refiere a la realidad (Rasch, 2012). Incluso cuando defienden la tesis de la des-ontologización, los autores de 1) admiten la presencia de una ontología mínima en su esquema protológico (Clam, 2000), en su programa ontogenético (Karafillidis, 2015) o en su constructivismo radical (Scholl, 2012). En contraposición, los referentes de 1) entienden que la presencia de elementos ontológicos evidencia el fracaso del proyecto.

¿Qué aporta la TO al debate? Luhmann es explícito al declarar la caducidad de la ontología, en tanto semántica tradicional vétero-europea, para describir las sociedades modernas. Entre sus falencias destaca que no puede observar su principal defecto: “Cómo puede insistirse en la unidad, cuando es inevitable distinguir entre ser/no-ser” (2007b: 721). De ello deriva su incapacidad para entender que en el esquema de observación ser/no ser hay un único valor válido y que, en consecuencia, el observador sólo puede situarse en un lado: “Debe participar del ser, pues de otro modo no podría observar” (2007b: 712). De este modo, la TO es clave para entender su decisión de partir desde la diferencia en lugar de la unidad. Gracias a su elevado nivel de abstracción, el máximo que se puede alcanzar —más allá del cual se vuelve a la hoja en blanco en los términos de Spencer-Brown—, comienza antes de cualquier distinción efectuada por un observador; en este caso, ser/no ser.

Estas consideraciones nos enfrentan con la posición 2a): Luhmann se opone a la semántica ontológica que sitúa al observador del lado del Ser. Es cierto que la referencia a condiciones necesarias y universales de la cognición (Matuszek, 2015) o que el uso de distinciones y operaciones (Mavrofides, 2015) involucra elementos ontológicos, pero eso no constituye un defecto para Luhmann. No se trata de una recaída en la ontología, sino de principios constitutivos abiertamente asumidos de su teoría. Así, nos alineamos con las posiciones 1) y 2b). En cuanto al éxito o no de la des-ontologización, consideramos que el trabajo realizado no alcanza para discernir entre las opciones, pues deberían añadirse otros elementos al debate, sobre todo los que permitan efectuar una comparación con la ontología que critica. Por ello, se toma el camino más prudente, que es enfilarse a la posición 2b).

Al guiarse por la tensión realismo/constructivismo, las discusiones a nivel epistemológico distanciaron a quienes lo ubican 1) dentro del realismo gramatical; 2) el constructivismo radical; 3) la coexistencia del realismo y el constructivismo. Respecto a las posiciones polarizadas, de modo similar argumentan que, en principio, pareciera que Luhmann oscila entre realismo y constructivismo; después se alejan cuando afirman que si se le libera de sus excesos constructivistas se acerca al realismo gramatical (Chirstis, 2001), o al contrario, que más allá de ciertas suposiciones realistas iniciales, está muy cerca del constructivismo radical (Scholl, 2012).

Antes de evaluar el aporte de la TO, se retoma el tema pendiente acerca de la concepción luhmanniana de realidad. Al revisar los textos seleccionados, destacan pasajes donde el realismo aflora; por ejemplo, cuando se refiere a la des-ontologización de la realidad: “Si un sistema de conocimiento no tiene acceso a su mundo externo, se podría negar que dicho mundo externo existe. Pero también podemos —y más verosímilmente— afirmar que el mundo externo es como es” (Luhmann, 1990: 67). Análogamente, cuando el autor asegura que su reflexión “no permite ninguna conclusión con respecto a la irrealidad del entorno” (2006: 246). Esas ideas son reforzadas cuando argumenta que “no puede haber duda de que el mundo externo existe o de que el verdadero contacto con él es posible como condición necesaria de la realidad de las operaciones del sistema mismo” (1990: 69); también, cuando señala: “Hay al menos algunas pistas que indican que una realidad que permanece desconocida, si fuera totalmente entrópica, no permitiría la cognición” (2006: 255).

Estos pasajes ilustran que Luhmann no es escéptico respecto de lo real, ni propone una ontología negativa. Aunque no suele enfatizarlo, su posicionamiento presenta suficientes rasgos realistas para afirmar, en contraposición a Matuszek, que los sonares de la teoría sí detectan fondo, acercándonos a quienes señalan que una realidad per se (Rasch, 2012) o un ultramundo (Macareño, 2010) subyacen a su postura. A su vez, estas observaciones abonan la conclusión previa, pues la concepción luhmanniana de realidad aporta indicios sustanciales a su postura ontológica.

Hasta aquí la TO no tiene mucho para decir, pues no hay teoría que pueda probar la existencia o no de la realidad (Luhmann, 1990). En cambio, sí resulta útil para esclarecer un punto neurálgico del debate: el “hay sistemas”. Entre las diversas interpretaciones, se dice que es una presunción metafísica y pragmática (Scholl, 2012); que sólo tiene un significado metodológico preliminar (Matuszek, 2015); que se trata de una hipótesis (Nassehi, 2012), o que es uno entre otros elementos realistas (Becerra y Catorina, 2018; Moeller, 2012; Pignuoli Ocampo, 2016). Consideramos que la TO sirve de apoyo a esta última: el concepto extremadamente formal de observación que propone parte de la diferencia, para luego conectar con la teoría de sistemas y continuar con la diferencia sistema/entorno.4 El punto es que, porque hay operación, “hay sistemas”. A través del enlace selectivo y recursivo de sus operaciones, el sistema se diferencia del entorno, alcanzando su clausura operativa que, a su vez, es condición de posibilidad de la apertura a un entorno más complejo. Así, operación mediante, postula el carácter concreto (no analítico) de sistemas que son reales, que están en el mundo real y que además son autorreferenciales (son una unidad constitutiva consigo misma), autoorganizativos (constituyen sus propias estructuras) y autopoiéticos (reproducen sus elementos a partir de sus propios elementos).

¿Cuándo surge el constructivismo? Cuando presta atención al sistema clausurado mediante el entrelazamiento recursivo de comunicaciones que giran en torno al conocimiento. Según el principio medular del constructivismo operativo, el conocimiento es una construcción efectuada al interior del sistema científico, que es real pero no tiene acceso a la realidad.

¿Por qué el conocimiento es real? Porque es una operación y, en cuanto tal, puede ser observado y, al hacerlo, se cae en la cuenta de que la cognición, como toda observación de una operación, indica distinguiendo. ¿Por qué carece de acceso a la realidad? Como todo sistema, el cognitivo no puede operar fuera de sus límites. Todo lo concerniente al conocimiento científico es producto de su cierre; por ende, no hay nada en el entorno que se corresponda a la cognición. Para la ciencia, la realidad es unidad entre cognición y objeto; es un concepto indiferenciado que incluye su propia negación, y por ello, está en el entorno (Luhmann, 2006). En el marco de una TO que no restringe la atención a las observaciones recursivas de su observado, sino que amplía la mirada hacia su latencia, la realidad es el punto ciego de la ciencia, por lo que siempre “permanece desconocida” (1990: 64). De tal manera, los principios clásicos que se refieren a la correspondencia, la asimilación, la representación o la adaptación entre conocimiento y realidad, son reemplazados por el problema relativo a cómo un sistema construye complejidad propia bajo condiciones de clausura cognitiva y cómo, a pesar de ello, incrementa su eficacia cognitiva. Sobre estos fundamentos, se plantea la tesis radicalmente constructivista que afirma que la cognición sólo es posible cuando y porque el sistema se cierra operacionalmente; de lo contrario, la complejidad inabarcable del entorno lo disolvería.

Finalmente, ¿por qué el conocimiento es una construcción?

Se puede hablar de constructivismo siempre y cuando se pretenda designar una autodescripción del sistema científico, que ve el problema en cómo llegar de una operación a otra, continuando así la autopoiesis del sistema en un entorno al que no se puede conocer, sino únicamente construir (Luhmann, 1996: 366).

El conocimiento es una construcción que se circunscribe a los márgenes del sistema científico; en consecuencia, “la realidad construida no es […] la realidad mencionada” (Luhmann, 1990: 76). De esta suerte, emerge una teoría de la cognición que sustituye unidades por distinciones; sus productos no buscan la identidad sino la diferencia; en cuanto al sistema, no lo orienta hacia un fin sino hacia su autocatálisis, es decir, hacia sí mismo. En suma, aquí es donde predomina el agnosticismo de Luhmann: al ampliar la mirada hacia la latencia del conocimiento, su proyecto des-ontologizador sólo pone en duda “la relevancia epistemológica de una representación ontológica de la realidad” (1990: 67).

Como se puede apreciar, el entrelazamiento conceptual que configura la TO es fundamental para aclarar algunos de los puntos más debatidos sobre su epistemología. En cuanto a las distintas interpretaciones, parafraseando a Chirstis, es excesivo ubicar a Luhmann en el realismo gramatical si se le libera de sus excesos constructivistas. Más que incorporar una serie de conclusiones constructivistas, encuentra en esa corriente el apoyo principal para su postura epistemológica, a la que, resaltemos, denomina constructivismo operativo. También resulta excesivo ubicarlo sin más dentro del constructivismo radical. Ello implica menospreciar los fuertes componentes realistas que, lejos de ser presunciones iniciales o estrategias metodológicas, son constantes en su esquema. Para ejemplificarlo, en los trabajos donde salda cuentas con el constructivismo radical, el postulado “hay sistemas”, expuesto casi una década antes, en lugar de desaparecer u ocupar un lugar secundario, es convalidado. No obstante, ambos polos coinciden al oponer los lineamientos de Luhmann con un realismo metafísico, filosófico o tradicional orientado a establecer relaciones epistemológicas de representación entre realidad y conocimiento, un punto en común que permite apreciar ciertas coincidencias aun en la divergencia.

Con todo, más que en las posiciones polarizadas, nos ubicamos en la tercera vía que acentúa la coexistencia de elementos realistas y constructivistas. Para aclarar en qué nivel de la subclasificación nos ubicamos, volvemos sobre el último problema abordado: ¿qué tipo de constructivismo es el de Luhmann?

En los textos consultados, dialoga particularmente con el constructivismo radical. A sus ojos, en el viraje del “a pesar” de que es imposible al “porque” es imposible acceder a la realidad, reposa la radicalidad auto-asumida del constructivismo radical. Empero, cree que postular la improbabilidad del mundo externo “en sí mismo” y el consecuente cierre del conocimiento no es novedoso. Lo nuevo es:

En contraste con el idealismo, la cognición constructivista no busca ni encuentra un terreno. Refleja (cuando refleja) el cambio en la orientación del mundo de la unidad a la diferencia. Comienza y termina con distinciones, muy conscientes del hecho de que este es un asunto propio y no obligado a este reconocimiento por un mundo externo inaccesible (Luhmann, 1990: 77).

Vemos cómo, por otra vía, encuentra nuevos sustentos teóricos para una TO que en lugar de la unidad parte de la diferencia. No obstante el acercamiento, constructivismo operativo es una denominación escogida para distanciarse del constructivismo radical de Ernst von Glasersfeld y Humberto Maturana, principalmente, a quienes advierte sobre los riesgos de caer en un escepticismo, subjetivismo, idealismo o solipsismo (Luhmann, 1996, 1998a). Además, suele objetarles que al reclamar el estatus de observador externo, devienen incapaces de vincular todas las distinciones involucradas en el conocimiento. Pero la situación cambia si en lugar de la biología o de
la conciencia se toma como referencia a la sociedad, que es un solo sistema omnicomprensivo de comunicación. Por medio de un concepto sociológico de cognición, afirma la posibilidad verdadera de radicalizar el constructivismo e incluir sus observaciones en lo observado.

Esta ambivalencia respecto del constructivismo radical indica el carácter irresuelto de la tensión entre realismo/constructivismo, lo que nos aleja de quienes sostienen que Luhmann consolida una tercera posición y nos acerca a quienes identifican ciertas tensiones o ambivalencias intrínsecas a su postura. El objetivo de este trabajo fue iluminarlas desde la TO, herramienta conceptual insuficiente para saldar los debates, pero ineludible para esclarecerlos.

 

Conclusión

En comparación con la teoría de sistemas sociales y la teoría de la sociedad, la TO carece de un desarrollo sistemático, al estar diseminada en distintos textos del autor. Para superar dicho obstáculo, optamos por presentar los cimientos teóricos sobre los que se erige, especialmente la distinción operación/observación de la que se desprenden los tipos y los niveles de observación, la clausura operativa y el acoplamiento estructural. Al indagar su aporte a las discusiones sobre su posicionamiento ontológico y epistemológico,

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 obtuvimos los siguientes resultados: en principio, la TO fundamenta la decisión de partir desde la diferencia y no desde la unidad del ser, como hace la ontología tradicional. Ello no implica que Luhmann carezca de una postura ontológica, la que se examinó, parcialmente, a través de su concepción de realidad y del postulado “hay sistemas”. Ambos puntos aportaron al hallazgo de elementos realistas, los que se contrastaron con su epistemología constructivista operativa. Allí, la distinción operación/observación, junto a la idea de clausura operativa, fueron vitales para entender por qué afirma que el conocimiento es real pero no tiene acceso a la realidad, puesto que es una construcción propia del sistema científico. Finalmente, sus ambivalencias respecto al constructivismo radical se utilizaron como indicador de que la tensión realismo/constructivismo es inherente a su postura. Por ello, concluimos que la TO es una herramienta ineludible, aunque no la única, para establecer su perspectiva en estos temas.

Para culminar, ofrecemos una línea interpretativa sobre el lugar de la TO en relación con la teoría de sistemas sociales y la teoría de la sociedad, cuyo desarrollo esperamos profundizar en próximas investigaciones. Cuando Luhmann evalúa las críticas generales efectuadas a la teoría de sistemas —centradas en sus raíces ideológicas, derivaciones tecnocráticas y propósitos de mantenimiento del statu quo—, considera que no han dado en el blanco. El principal defecto de esta tradición es no especificar qué es un sistema. Para subsanarlo y afrontar el problema relativo a sus condiciones de posibilidad, renuncia a considerarlo un objeto y asume que se trata de una diferencia entre sistema y entorno, por lo que las preguntas no deben apuntar al qué, sino al cómo surge y cómo se mantiene esa diferencia. Por fin, tiene que encontrar la operación que posibilita que el sistema mantenga y reproduzca esa diferencia (Luhmann, 2007a). Como vimos, la TO también es clave para resolver estos problemas. “Hay sistemas” porque hay operaciones, los que seguirán existiendo en la medida en que continúen enlazando selectiva y recursivamente sus operaciones. Por medio de esta ejemplificación, finalizamos destacando que la TO puede interpretarse como el mayor nivel de abstracción desde el que Luhmann edifica, primero, la teoría de sistemas sociales, marco de referencia idóneo para que la sociología consiga fundamentar el campo específico de su objeto y promover su unidad (1998b), y posteriormente la teoría de la sociedad, una observación de segundo orden que, desde dentro de la sociedad, observa cómo observa la sociedad (2007b).

 

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Recibido: 2 de abril de 2020

Aceptado: 9 de agosto de 2021

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