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José Manuel Valenzuela Arce (coord.) (2019). Caminos del éxodo humano. Las caravanas de migrantes centroamericanos. México: Gedisa, 134 pp.

 

Reseñado por:

Juan Antonio del Monte Madrigal

El Colegio de México

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Durante los meses de octubre y noviembre de 2018, la atención mediática de la comunidad internacional recorrió los aproximadamente 5 000 kilómetros que van desde el Triángulo Norte de Centroamérica y que pasan por todo el territorio mexicano hasta llegar a la ciudad de Tijuana. El foco estaba colocado en las caravanas de migrantes centroamericanos que caminaron a través de estos países con el objetivo de buscar asilo político en Estados Unidos. Sin embargo, sus integrantes quedaron atrapados en la frontera, con posibilidades mínimas de cruzar fácilmente a Estados Unidos. El proceso de solicitud de asilo sería largo y tendrían que esperar en la ciudad enclavada entre un muro y el océano Pacífico. Ante esta nueva modalidad de migrar en bloque y de manera visible y con el arrinconamiento de estas caravanas en Tijuana, emergieron expresiones ambivalentes —tanto de rechazo como de bienvenida— por parte de la comunidad local y nacional.

La historia alrededor de estos flujos migratorios está lejos de terminar a mediados de 2019. En una aceleración de los acontecimientos sin precedentes, nos encontramos ante nuevos escenarios, por lo que aún resta mucho por reflexionar en torno al tema. Con el libro Caminos del éxodo humano. Las caravanas de migrantes centroamericanos, estamos frente a uno de los primeros esfuerzos editoriales a gran escala que colocan una serie de claves interpretativas para comprender por qué las caravanas se han venido sucediendo con tanta visibilidad desde 2018. Coordinado por José Manuel Valenzuela Arce, profesor con una amplia trayectoria de investigación en torno a la frontera México-Estados Unidos y los procesos socioculturales que la configuran, esta propuesta multidisciplinaria presenta una serie de trabajos realizados desde una diversidad de perfiles vinculados con el activismo, la fotografía, el periodismo y la investigación social.

Por lo anterior, uno de los primeros señalamientos que se pueden colocar sobre el mismo es que es un proyecto heterogéneo gracias a esta apuesta multidisciplinaria. El libro se enriquece con una serie de claves históricas y socioculturales para pensar estas migraciones, una crónica sobre el trayecto de la caravana en 2018, entrevistas realizadas por activistas a migrantes que arribaron a Tijuana, un análisis de los imaginarios infantiles que poblaban estos grupos y un muy interesante anexo que constituye una narrativa visual del éxodo migrante.

Destaca que, aun a pesar del corto tiempo transcurrido entre estos sucesos y la publicación del libro, el trabajo de campo para esta heterogeneidad de aproximaciones fue realizado al calor del arribo de las caravanas a Tijuana. Esto no podía ser de otra manera pues, ante la vertiginosa velocidad con que sucedían posturas y aproximaciones, desde y en torno a las caravanas, se hacía necesario atajar la situación en su propio desenvolvimiento, en una especie de sociología de la urgencia, según su coordinador. De esta manera, pudieron ofrecerse las primeras pistas, informadas desde el terreno, para pensar lo que sucede con estas nuevas modalidades migratorias.

Los primeros capítulos, “Punto de partida” y “Las caravanas de migrantes centroamericanos: el éxodo de la miseria”, escritos por José Manuel Valenzuela Arce, ofrecen un marco para ubicar los aspectos históricos, económicos, sociales y políticos a través de los cuales aproximarnos para comprender la conformación de estas nuevas formas de migración contemporánea.

En primera instancia, se señala que la expulsión de migrantes del Triángulo Norte de Centroamérica se ancla en un proceso histórico que involucra guerras civiles, extractivismo económico y depredador por parte de grandes corporativos trasnacionales, golpes de Estado avalados por países que impulsan ajustes estructurales a través de organismos como el Banco Mundial o el Foro Monetario Internacional, y el exacerbamiento de violencias locales y conflictos internos posteriores a estos golpes.

Siguiendo con el argumento, se señalan procesos de desigualdad provocados por la implantación del sistema neoliberal en estos países —y en toda la región latinoamericana, de hecho—, cerrando puertas a la movilidad social a partir de posturas meritocráticas que oscurecen los problemas estructurales y basando su funcionamiento en la precarización de los más pobres y vulnerables. Por otro lado, se colocan los marcos prohibicionistas impulsados por Estados Unidos que alentaron los escenarios de violencia y muerte en estas regiones a través del crimen organizado, y se vincula la generación de pandillas mareras a procesos de deportación impulsados por el país del norte en los años noventa. En ese sentido, Valenzuela Arce habla del incremento de escenarios de precarización y de un contexto profundamente desigual y violento como la articulación principal de factores que expulsan a las poblaciones migrantes hacia el norte del continente.

Otra serie de factores que confluyeron, según Valenzuela Arce, para el incremento del interés sobre estas caravanas, tiene que ver con las narrativas mediáticas tergiversadas que se hicieron sobre las mismas, donde jugó un papel central la campaña antiinmigrante de base histórica supremacista y racista que llevó a cabo Donald Trump durante las elecciones intermedias en Estados Unidos. Se sabe que la manipulación de información sobre los migrantes ha representado una constante en los procesos electorales estadounidenses.

En este largo y fundamental capítulo para el libro, ubico dos espacios para afianzar las claves interpretativas que se nos ofrecen. En primer lugar, la idea de precarización merece una discusión conceptual más profunda para que el término no se reduzca a la precariedad laboral (dinámica que, por supuesto, engloba). Aún más, quizá podemos pensarlo de manera relacional con el doble objetivo de, por un lado, soslayar posturas deterministas y evitar la atribución teórica a la realidad que se observa, contestando los planteamientos conceptuales desde la experiencia empírica. Por otro lado, para poder observar la respuesta de los migrantes ante los constreñimientos estructurales. Es decir, colocar los procesos estructurales de precarización, pero articular un componente relacional que permita analizar a los migrantes como personas activas que, en bloque, hacen frente a las violencias que enfrentan en busca de un mejor futuro.

En segundo lugar, Valenzuela Arce define las fronteras como “sistemas y dispositivos político-administrativos de clasificación social, pero también son dispositivos socioculturales de inclusión y exclusión” (51), donde se alimenta la reproducción de la desigualdad social mediante la exacerbación de las diferencias. Un debate sobre los procesos de atrapamiento podría enriquecer la propuesta en tanto colocan a las ciudades y regiones fronterizas como una coyuntura geográfica que arrincona y tiene efectos directos en la movilidad de las personas migrantes.

En otras palabras, las caravanas migrantes se quedaron atrapadas en Tijuana al verse imposibilitadas para cruzar hacia Estados Unidos debido al gran muro —físico, militar y administrativo— que se encuentra en esta ciudad. Las caravanas de migrantes dejan de serlo al arribar a esta urbe, aquí se convierten en un estancamiento de migrantes. Tijuana representó un tapón de botella en el flujo de la caravana migrante, lo que colocó las condiciones para las reacciones encontradas de la población local frente al arribo de dicho éxodo. Por lo mismo, es preciso repensar la idea generalizada de que Tijuana es una ciudad hospitalaria y para todos. La caravana mostró un lado oscuro que existe allí, aunque por el momento sea apenas una minoría.

El tercer capítulo del libro, “4 700 kilómetros, tres fronteras, un sueño” es una excelente crónica sobre los periplos de la caravana migrante de 2018 escrita por la periodista María Verza. Este texto recupera —desde la movilidad misma de la caminata— la conformación y el afianzamiento del éxodo centroamericano. Hace un seguimiento desde su articulación en San Pedro Sula, los ambiguos liderazgos conformados en su transcurrir, la desorganización de la caravana, las problemáticas y los riesgos en su tránsito por México y su ardiente recepción en la ciudad de Tijuana.

Respecto al arribo en esta última, se enfoca en las expresiones de rechazo surgidas por algunos cuantos grupos que enarbolaron un discurso de odio. Aunque sólo lo retoma de pasada, me parece fundamental repensar la idea estabilizada de que Tijuana es una ciudad de puertas abiertas y solidaria por excelencia: en la crónica destaca la diferenciación entre la recepción de los flujos migratorios haitianos ocurridos dos años antes —más o menos en la misma cantidad— y la de los centroamericanos. Parece que, por lo menos en el discurso general, hubo una exotización de los migrantes haitianos como merecientes de apoyo, frente a la amenaza que representaban los imaginarios mareros de los migrantes centroamericanos, ya que estos últimos sí pueden confundirse con la población local.

En el capítulo cuarto, “Voces de la Caravana: testimonios de migrantes. ‘Dejar todo atrás, arriesgarse por completo a ser visible’”, escrito por la activista Gabriela Cortés, se coloca en primera instancia la idea de que, ante la impasividad del gobierno, las organizaciones de la sociedad civil son aquellas que reaccionan y sostienen con vida las emergencias humanitarias que surgen en la ciudad debido a los procesos migratorios. El resto del capítulo consiste en una serie de entrevistas en crudo, apenas con un tratamiento de organización para presentarse en el libro. Si bien esto podría parecer un trabajo inconcluso, representa una oportunidad para, por un lado, conocer los testimonios de manera (casi) directa por parte de los migrantes que protagonizaron la caravana y, por otro lado, representa un área de oportunidad para analizar esa información que se ofrece sin (casi) ningún marco de interpretación.

El quinto capítulo, “Pintando sueños y travesías. Imaginarios de niños migrantes”, escrito en colaboración entre José Manuel Valenzuela Arce, Nancy Utley, Adriana García, Paola Negrete y Diana Cano, es un primer acercamiento a los imaginarios infantiles de niños que estaban involucrados en estos flujos migratorios y acampaban en los albergues temporales de la ciudad de Tijuana. Se presentan análisis sobre las representaciones sociales del lugar de origen como el lugar seguro, el tránsito al norte como el camino a sortear y el imaginario estadounidense como el lugar anhelado. En todo caso, destaca que la movilidad y el desplazamiento forman parte importante de las trayectorias vitales de familias centroamericanas, y aquí se presenta un primer esbozo de cómo eso se interioriza desde una edad temprana en el proceso vital.

Una de las consignas más claras a lo largo de todas las secciones del libro es que la novedad de que estos flujos migratorios se llevaran a cabo en bloque y de manera visible responde a un argumento de seguridad, lo cual es patente desde el primer enunciado del libro: “Se juntaron para cuidarse” (11). En ese sentido, las violencias marcan la mayor parte de la trayectoria de los migrantes centroamericanos; es decir, no sólo huyen de las violencias en sus países de origen, sino que también se movilizan en bloque para tener seguridad frente a la violencia exacerbada que se vive en las rutas migratorias a lo largo del territorio mexicano. Todo lo cual convoca a una reflexión urgente sobre el contexto de violencia en este país y la región, así como del proceso social, político y económico de su conformación.

Por último, este libro se escribió en la transición y los albores del nuevo gobierno mexicano. Esto quiere decir que aún no se conocía la postura de endurecimiento que siguió en torno a su política migratoria y los nuevos escenarios de peligro que se vislumbran para los migrantes. Y aunque ello convoque a nuevas reflexiones, sin duda alguna éstas pueden partir con una base muy sólida en función de las pistas interpretativas que este libro nos ofrece.

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