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Alfredo Joignant (2019). Acting Politics. A Critical Sociology of the Political Field. Londres/Nueva York: Routledge, 202 pp.

 

Reseñado por:

Mauro Basaure

Universidad Andrés Bello
Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social

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Este libro busca fundamentar la necesidad de introducir una perspectiva sociológica e histórica en el análisis político, y con ello enriquecer y superar lo que Alfredo Joignant, su autor, considera un déficit sociológico-histórico en la ciencia política de corriente principal.

El marco conceptual que estructura el volumen es la teoría sociológica de los campos de Pierre Bourdieu, específicamente del campo político. Refiere, por una parte, a la diferenciación y autonomización de la actividad política; por la otra, a los agentes que operan en su interior, así como al modo que lo hacen. Joignant dice pensar con y contra Bourdieu. Con él, pues asume abiertamente la utilidad de la teoría del campo político, que permite pensar la política sin hacerlo políticamente; contra él, pues se opone a toda comprensión de esta teoría que reduzca sus posibilidades para comprender la complejidad del fenómeno político. En un esfuerzo mimético, Joignant considera necesario no sólo reconocer la complejidad del fenómeno político —no reductible a la formalidad y la institucionalidad—, sino también adaptar la propia teoría del campo a esa complejidad, cuestión que significa revisarla y llevarla más allá de los límites que impusiera Bourdieu.

Asumir el operar autonomizado (y reducido a los espacios formales del quehacer político institucional del campo), así como el que la conducta de los agentes esté en armonía efectiva con la lógica del campo —es decir, guiada prereflexivamente por el habitus del campo—, todo ello puede constituir una descripción acertada de momentos de política normal, pero es un error —se lee en el libro— extender esa descripción a estados de crisis, de reforma importantes o calificables como revolucionarios. Bajo éstos, el campo político se abre y se ve influido externamente, por ejemplo, por ideas que adquieren un poder especial sobre los actores, y estos se ven obligados a actuar reflexivamente, es decir, más allá del habitus de campo.

En el núcleo de la reflexión de Joignant hay, por tanto, un cuestionamiento a un concepto cerrado, a-sociológico y a-histórico, de la autonomía del campo, y junto a ello un reconocimiento de la autonomía y “creatividad de la acción”, así como del poder y la influencia de las ideas. Una lectura detenida permite ver, de hecho, que la noción de autonomía se conjuga de varias maneras.

La autonomía del campo. El capítulo uno, “La formación, objetivación y autonomía del campo político”, reconstruye las tesis centrales de la teoría del campo político, destacando el proceso histórico de diferenciación y auto-nomización como un proceso con patrones estables, pero que se declina de manera plural en cada contexto. Para una descripción sociológica sobre los procesos de emergencia por diferenciación y autonomización del campo político, puede acudirse al tercer capítulo, “La política del habitus”, mucho más logrado teóricamente que el primero. La emergencia del campo político en el marco del sufragio universal, la autonomización y diferenciación de ese campo mediante la profesionalización de los políticos, la diferenciación de la dimensión histórica (donde caben el surgimiento y las etapas de desarrollo del campo), y de una estabilización con base en una lógica de operación interna única, ambas cuestiones —sincronía y diacronía— interactuando en un mismo sistema permanentemente dinámico y sin cierre final; todo esto se encuentra bien desarrollado en estos capítulos.

Joignant busca establecer que el campo político va más allá del espacio formal y es impulsado también por razones y motivos que distan de aquellos reconocidos como propiamente políticos. La lógica y racionalidad de la competencia política —propias de la descripción del campo político— no bastan; de ahí que su libro apunte a complementarlas tanto con la consideración de las bases sociales de la competencia como con los aspectos políticos y económicos involucrados en las relaciones, transacciones y luchas que tienen lugar en el campo. Todo ello habla de una autonomía relativa y de una crítica a la noción de campo cerrado sobre sí mismo.

Autonomía de la acción social. Si lo recién dicho refiere a lo que, con Georg Simmel, podemos llamar “la autonomía de las formas sociales”, en Acting Politics se busca introducir las dimensiones individuales y accionales en un marco conceptual que, como se ha dicho, no desconoce, por otro lado, la dimensión estructural referida a la lógica del campo. Para Joignant, la personalidad y las dimensiones motivacionales son relevantes. Así también, como lo hace en el capítulo dos, aborda la cuestión del carisma. Esta es una fuente sui géneris de valoración en el campo que, por principio —como se deriva de Max Weber—, no es formalizable bajo la lógica rutinaria del juego en el campo. Este no puede explicarse por los individuos y sus características; eso es cierto, pero estas dimensiones accionales tampoco pueden quedar completamente ajenas al análisis político.

Asumiendo una perspectiva pragmatista (aunque inconsciente de ello), Joignant sugiere que situaciones críticas hacen cambiar a los agentes de lo que, dicho con Luc Boltanski, uno podría llamar “régimen de acción”. Es el caso de los escándalos y la desestabilización que causan sobre la lógica del campo y del habitus, es decir, sobre la “normalidad” del operar político. No es casual que, para seguir esta línea, Joignant se acerque a teóricos como Hans Joas, Luc Boltanski y Laurent Thévenot, promotores del pragmatismo sociológico. Él busca desembarazarse de la rigidez de la noción de habitus, para darle cabida a la creatividad de la acción, en el sentido de Joas, o a momentos de reflexividad, en sentido archeriano.

La mayor ambición conceptual del libro, se puede ver, es establecer una síntesis teórica que permita integrar normalidad e irregularidad, reproducción y discontinuidad, estructura y agencia e incluso colectivo e individuo, todo ello intentando no salirse del marco bourdiano, el cual, como se sabe, no presta todas las herramientas necesarias para ello. Creo que Joignant no se equivoca en elegir la teoría archeriana como una candidata para este desafío, pues ésta es sensible al entrelazamiento morfológico, dinámico o secuencial, de estructura y acción.

Autonomía de las ideas. En el capítulo seis, “El poder de las ideas”, Joignant afirma la necesidad de tomarse en serio el rol de las ideas y su capacidad de influir tanto en el campo como en las conductas de los actores, y ello no sólo bajo escenarios históricamente excepcionales. Esto abre una discusión sobre la autonomía de las ideas respecto de los intereses y compromisos con grupos de interés, a los que se debe en gran medida el habitus del político profesional. Se abre también una interesante discusión sobre el poder performativo de las ideas en la dinamización y cambio del campo político, cuestión que resulta clave, pues hoy el juego político, como lo muestra Patrick Champagne, es incomprensible sin objetivar la influencia sobre los agentes por parte de analistas, asesores, resultados de encuestas o politólogos.

Leer este libro en términos de estas tres conjugaciones de la noción de autonomía permite presentar el núcleo del esfuerzo de Joignant, quien en su conclusión describe su intuición fundamental:

Es inimaginable que la política, las cosas de la política […] no se desplieguen en espacios no institucionales e incluso desinstitucionalizados […] de poder […]. Sin embargo, al mismo tiempo y sin contradicción, la política tiene lugar en un espacio autónomo que se diferencia de otros espacios […]. Uno de los desafíos es trabajar en esa delgada línea entre la política del campo […] y esa otra política —generalmente profana y con frecuencia vulgar (en el sentido de la gente común)— que escapa al sentido práctico tan típico de los agentes políticos profesionales y es capturado (al menos, en parte) por los líderes populistas que actualmente están ganando terreno, cuestión que cae fuera de la lógica del campo (173).

Esta intuición combina un marco estrictamente conceptual con una especie de diagnóstico de época, según el cual la alienación que genera la autonomización del campo político respecto del ciudadano ordinario —y la reafirmación teórica de esa autonomía como autonomía ajustada a espacios institucionales— tiene efectos políticos indeseables, como el descontento ciudadano recuperado como populismo de derecha. Es esta intuición la que justifica los capítulos cuatro (sobre la organización institucional del campo) y quinto (sobre la desigualdad política). En esta intuición reside la justificación de subtitular este libro como “Una sociología crítica del campo político”. Es importante decir esto, pues ni el concepto de política actuante (Acting Politics) ni el de “sociología crítica” serán encontrados con facilidad en este libro. Su llamativa ausencia expresa una importante falta de claridad respecto de los objetivos de la obra.

Tal como se le ha hecho ver críticamente a Niklas Luhmann, una teoría de la diferenciación funcional y de la autonomización de los sistemas no implica sólo una descripción u observación de la sociedad, sino que tiene un componente normativo y performativo, que no debe ser asumido de modo a-crítico, pues así se pueden colar efectos nocivos sobre la manera de entender la política y, con ello, sobre nuestras propias prácticas. Siguiendo el teorema de Thomas, esto fue lo que quiso expresar Bourdieu con su propia noción de effet de théorie.

Un acierto de este libro es recordarnos la relevancia de Bourdieu para pensar la política en la actualidad, cuestión que, sin embargo, no queda del todo resaltada. Bourdieu nos previno de una ambivalencia fundamental de la política. Por una parte, el surgimiento del campo político en tanto campo autónomo implicó la emancipación (en procesos históricos revolucionarios) de las cuestiones políticas respecto de exigencias religiosas y/o económicas. Ese surgimiento está relacionado directamente con la idea revolucionaria de la representación del pueblo mediante el sufragio. Pero, por otra parte, esas mismas condiciones —una vez establecida la estabilidad y lograda la institucionalización— llevaron a ese campo a desanclarse de ese pueblo y a olvidarlo en función de un interés inconsciente de sus actores por reproducir el campo y, con ello, a sí mismos en tanto políticos profesionales. Para estos, el electorado se transforma en un grupo de incompetentes, en analogía a como en el campo religioso se establece una diferencia entre los que habitan el campo de lo sagrado y los profanos.

No hay que olvidar que fue un argumento del propio Bourdieu el que el campo político —a diferencia del campo matemático o el de la cultura— no puede simplemente cerrarse sobre sí mismo y volverse completamente autónomo. Esto es así no sólo porque la autonomía es siempre relativa y nunca es un proceso inevitable o mecánico, pues es construido por los actores. Es así, fundamentalmente, porque los agentes del campo político tienen que observar y atenerse no sólo a la lógica interna de campo, sino también a la del exterior de éste, pues dependen de la movilización del electorado. Es esta dependencia estructural, que está inscrita en su propio origen, lo que no le permite un completo cierre sobre sí mismo.

Originalmente debemos estas observaciones a Max Weber (su teoría de la autonomización de los órdenes de vida) y a Émile Durkheim (en La división del trabajo social); concepciones que fueron, más tarde, radicalizadas en clave funcionalista por Luhmann (La política de la sociedad). Por el tipo de argumento de Joignant, él debió haberse confrontado con la noción de sistema político de Luhmann, como sistema autopoiético. Pero estas referencias clásicas se echan de menos en el libro, cuestión que le impide perfilar mejor la noción de campo como parte de una teoría de la modernización social de occidente.

Otro detalle muy relacionado: haber mostrado con mayor plasticidad los juegos de interacción y traslape entre los diferentes campos, en especial el lugar supraordinal del “campo del poder” (que no debe confundirse con el campo político), hubiese ayudado en dicho perfilamiento y también a abordar, de manera más sistemática, la cuestión de las élites. Además, ese juego de interacciones resulta clave por lo siguiente: un campo político que no tienda a una sordera autonomizada es también responsabilidad de lo que ocurra en su exterior, pues en ello coparticipa la existencia de instancias de influencia y sensibilización —acometidas por periodistas, científicos, artistas, filósofos y organizaciones de la sociedad civil— comprometidas con dicho campo pero que no pierden con ello su externalidad. Todo ese espacio involucrado políticamente, pero exterior al campo político, es un espacio en disputa y donde se juega la institucionalidad democrática. Del dinamismo de esta exterioridad al campo político, tanto como de lo relativo de la autonomía de este, parece depender que los populismos de derecha no sigan ganando terreno. Con Acting Politics y más allá de este libro, pueden replantearse estas cuestiones.

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