Universidad Nacional Autónoma de México • Instituto de Investigaciones Sociales

v81n3r2Geoffrey Pleyers y Manuel Garza (coordinadores). México en movimientos: resistencias y alternativas (México: Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca/Universidad de Ciudad Juárez/Miguel Ángel Porrúa. 2017), 164 pp.

Reseñado por:

Luis Martínez Andrade

Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales

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Desde hace más de una década, México se ha convertido en sinónimo de “Estado fallido”, “camposanto a cielo abierto”, “administración de la miseria” o “narco-Estado”. Si bien es cierto que dichas imágenes no distan de la realidad, también es verdad que México se distingue por ser un interesante foco de análisis de los movimientos sociales y de luchas populares. Por tanto, reconocer la dinámica tanato-política de la modernidad/capitalista implica, al mismo tiempo, identificar los destellos de esperanza irradiados en y durante los “estados de rebelión” de las víctimas. Precisamente en esa línea se inscribe México en movimientos, obra coordinada por los sociólogos Geoffrey Pleyers y Manuel Garza. Compuesto por cinco partes, este libro nos ofrece una importante cartografía de las diversas formas de lucha que se están desarrollando en algunas regiones del país.

En “Resistencias y alternativas a partir de las comunidades”, primera parte del libro, somos testigos de la manera en que las raíces comunitarias juegan un papel crucial tanto en el uso del derecho como instrumento contra-hegemónico (González Hernández y Zertuche Cobos) cuanto en el recurso de la “autodefensa” (Ornelas) para romper con las formas clientelares de larga data. También observamos que es en la lucha (en las asambleas, en las barricadas, en el cuerpo a cuerpo) donde se rompe con el continuum de la historia y la subjetividad es recuperada (Garza Zepeda). La comuna de Oaxaca, los insurrectos de San Francisco Cherán y las “autodefensas” en Michoacán ponen en cuestión ciertas miradas ingenuas que descartan de suyo el papel de la “crítica de las armas”, pues empleando un lenguaje benjaminiano diríamos que equiparan llanamente la emergencia de la violencia divina con la estructura de la violencia mítica.

“Frente a la violencia”, segunda parte del libro, aborda no sólo los principales rasgos de la “violencia sistémica” y de la “violencia sistemática” (Constantino), sino también el proceso de politización de identidades estigmatizadas (Lamas). A través del análisis del trabajo de colectivos urbanos (de jubilados y pensionados, de búsqueda de familiares desaparecidos, de la “brigada callejera”, principalmente), los autores muestran las diversas expresiones de la acción colectiva. Por otra parte, en este acápite se hace hincapié en las movilizaciones por los desaparecidos (López Aspeitia), puesto que son la expresión no sólo de la defensa de los derechos humanos sino también de la lucha por la memoria.

La tercera parte, titulada “Movimientos campesinos y resistencias ecológicas”, fue la que particularmente retuvo nuestro interés, ya que no sólo expresa nítidamente la crisis civilizatoria que padecemos, sino porque además pone de relieve las contradicciones objetivas del proceso capitalista de producción y reproducción social. Se analiza la particularidad del desarrollo capitalista —en su forma neoliberal—, en la que la “acumulación por despojo” (para emplear el término popularizado por David Harvey pero que tiene origen en el trabajo de Rosa Luxemburgo, dicho sea de paso) contribuye a la reproducción ampliada del capital. Tanto el texto de Víctor M. Quintana como el de Víctor Toledo identifican las luchas de las comunidades campesinas e indígenas como formas de resistencia al modelo extractivista. La noción de “territorio” es fundamental para entender la configuración de estas luchas, puesto que nos pone sobre la pista de otras temporalidades, de otras visiones de mundo y de otras formas organizativas que confrontan a la modernidad/capitalista. Es difícil no pensar en un “giro decolonial” cuando uno de los autores sostiene: “Se trata de batallas supremas porque no hay soluciones modernas a la crisis de la modernidad” (87). Cabe hacer mención que la dimensión emocional (Poma y Gravante) cumple una función importante en el despliegue de subjetividades-otras en los conflictos socio-ambientales.

En “Crisis de la democracia institucional”, cuarta parte del libro, se devela la fragilidad del discurso de la “transición a la democracia”. Efectivamente, desde el año 2000 observamos una “alternancia en el poder” por parte de las élites que, por supuesto, va acompañada de reformas estructurales, consolidando así el modelo neoliberal. Si bien concordamos con Torres-Ruiz cuando sostiene que debemos evitar el falso dilema entre representación y participación y que los partidos, incluyendo a los de izquierda (Morena y PRD), son electoralistas/pragmáticos, diferimos de su “perspectiva utilitarista” cuando el politólogo menciona que: “fueron, todos ellos [el movimiento zapatista, la APPO, el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, entre otros] momentos de extraordinaria disrupción, movilización y fuerza social, pero que no siempre terminaron exitosamente” (113). Al respecto, pensamos con el sociólogo y economista Jean-Louis Laville, miembro del Mouvement Anti-Utilitariste en Sciences Sociales de Francia, que no debemos culpar a los movimientos sociales de sus derrotas ni endosarles responsabilidad que nos compete a todos los miembros de la humanidad. Por otra parte, tampoco se debe tratar de soslayo el grado de insubordinación ciudadana inédita, como lo consigna en su trabajo Hernández Navarro.

La última parte, titulada “¿Más allá de la política institucional?”, no sólo retoma el debate en torno al significado de “democracia”, también aborda la relación de los movimientos sociales con la esfera institucional. Distintos movimientos (EZLN, Frente en Defensa de Wirikuta, red feminista “YoVoy8deMarzo”) han utilizado las redes socio-digitales (Flores-Márquez) e Internet como “instrumento de lucha” para visibilizar sus demandas y, en ese sentido, disputar el terreno de la comunicación dominado por los medios tradicionales. Por otra parte, observamos que el movimiento feminista (Díaz Alba) se caracteriza por conjugar interseccionalidad de sus demandas (opresión de género, clase y raza) con la lucha frontal en contra de la heteronormatividad de la doxa dominante. Precisamente, “este imaginario de rupturas” (Matamoros) reviste una peculiar importancia en la reconfiguración constante de uno los movimientos más importantes de finales del siglo XX: el movimiento zapatista del sureste mexicano.

Al respecto, las propuestas del Ejército Zapatista de Liberación Nacional y del Congreso Nacional Indígena para participar en los comicios electorales de 2018 nos obligan a tomar en serio la experiencia acumulada por las comunidades indígenas y, en ese sentido, como apunta Matamoros, “donde unos ven muros institucionales imposibles de traspasar, otros ven veredas por todas partes, y no por los caminos mismos de las instituciones, sino por la esperanza que se actualiza en nuevos pasajes históricos de la lucha de clases” (137). Es evidente que el “elemento ético en la democratización de la democracia” (Pleyers) no está ausente en las luchas contemporáneas; sin embargo, también somos testigos del surgimiento de “una cultura distinta de la militancia tradicional” por parte de los alter-activistas. Como sostiene Pleyers, “esta cultura alter-activista propone un activismo altamente individualizado pero muy solidario, conectados en las redes sociodigitales y por las resonancias globales y, a la vez, muy activos en el nivel local, ya que permite implementar alternativas concretas” (139). Estamos pues ante “prefiguraciones” de otra manera de entender lo “político” y de hacer “política”.

Inscrita en el espíritu del proyecto editorial openMovements, esta obra articula lo local con lo global contribuyendo, al mismo tiempo, al desarrollo de un pensamiento crítico de la región donde la “dimensión propiamente latinoamericana” (Bringel) posibilita superar el eurocentrismo propio de algunas perspectivas teóricas. Sin caer en el lenguaje críptico de los especialistas y evitando la inmediatez de los análisis sesgados, pensamos que este libro logra los objetivos que se plantea una sociología pública y global de los movimientos sociales, a saber: a) la conexión de los movimientos sociales con el análisis de la sociedad; b) pensar global de manera combinada en contextos, escalas y procesos distintos; c) aprender y dialogar con (desde) el sur; d) la producción de conocimiento con y desde los movimientos sociales, y e) el fomento de una sociología pública.

Aunque la intensidad con la que se subrayan las diversas expresiones de la “lucha de clases” (véase el excelente prólogo de Holloway) varía según la mirada del investigador o investigadora (algunos omiten el “antagonismo que estructura al mundo capitalista” mientras que otros lo asumen sin cortapisas), pensamos que esta obra da cuenta de la morfología de los movimientos sociales en México y, al mismo tiempo, potencializa el significado de las luchas anti-capitalistas. Por consiguiente, creemos que este libro puede resultar de gran valía para académicos, periodistas o militantes que estén interesados en el México contemporáneo, un México en llamas.

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