Universidad Nacional Autónoma de México • Instituto de Investigaciones Sociales

 

Juan Cruz Olmeda

Centro de Estudios Internacionales
El Colegio de México

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Para muchos, la victoria de Jair Bolsonaro en las pasadas elecciones presidenciales de Brasil ha constituido un parteaguas en la historia moderna del país sudamericano y un signo de interrogación respecto del futuro de la democracia en su territorio. El 55% de los votos obtenidos en la segunda vuelta electoral demuestra una contundencia clara en los resultados. Lo sorpresivo radica en que hasta meses antes de la contienda, el ahora presidente ocupaba un rol marginal en el sistema político brasileño y sus posturas extremas en diferentes ámbitos eran percibidas como un factor que inevitablemente lo llevaría a la derrota.

Sin embargo, su discurso plagado de frases misóginas, racistas y homofóbicas no obstaculizó su camino para convertirse en presidente; por el contrario, reforzó y amplió el apoyo hacia Bolsonaro. En otras palabras, esta postura extrema no terminó siendo un lastre, sino que potenció su llegada a un gran porcentaje de brasileños, que vieron en el entonces candidato a un político transparente que no temía señalar y exhibir a quienes consideraba como una carga para el sistema. En definitiva, las posturas “políticamente incorrectas” fueron percibidas por muchos votantes como un signo de autenticidad, que contraponía a Bolsonaro a la clase política tradicional.

Las particularidades de su personalidad, así como la forma en la que logró ascender a la presidencia y su constante uso de las redes sociales para entrar en contacto con sus seguidores, han llevado a que se compare a Bolsonaro con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien también abrazó un discurso “anti-establishment” para llegar al poder. Dos diferencias emergen, sin embargo, a primera vista. Por un lado, antes de llegar a convertirse en mandatario de Brasil, Bolsonaro no era ajeno a la política y había construido una larga carrera desde el Congreso, a diferencia de Trump, a quien se le conocía más bien por su actividad empresarial. Por otro lado, el político brasileño fue impulsado por un partido pequeño y periférico en el sistema político brasileño (el Partido Social Liberal, PSL, de corte conservador y derechista), que carecía de una estructura y del que Bolsonaro se convirtió en miembro apenas a principios de enero de 2018. Sin duda, algo muy diferente al poderoso Partido Republicano que postuló a Trump.

A pesar de estas diferencias y tal como sucedió luego de la victoria de Trump en 2016, en Brasil también se alegó que el voto por Bolsonaro era resultado de la “irracionalidad” de los votantes de dicho país.

En contra de esta postura, en este breve escrito me propongo argumentar que, tal como fue el caso en Estados Unidos, existían en la sociedad brasileña elementos que llevaron a que muchos votantes vieran en un candidato extremo como Bolsonaro la mejor opción en el momento de concurrir a las urnas.

Lo anterior plantea la necesidad de asumir que las llegadas al poder de personajes como Trump o Bolsonaro (o Marine Le Pen, Victor Orban, entre otros) resultan ser síntomas o la expresión de transformaciones o corrientes más profundas que tienen lugar en las sociedades que los ven emerger, y que no necesariamente desaparecerán cuando dichos políticos dejen sus cargos.

Antes de concentrarme en aquellos elementos presentes en Brasil que, desde mi visión, proveyeron tierra fértil para que un político hasta entonces marginal e impulsado por un partido sin estructura lograse convertirse en una alternativa electoral competitiva y posteriormente ascender a la presidencia, son necesarias dos aclaraciones.

En primer lugar, asumir la postura anterior no implica desconocer que algunos acontecimientos ocurridos antes de las elecciones tuvieron efectos directos en el resultado. Quizás el más importante haya sido el encarcelamiento del líder del Partido de los Trabajadores (PT), Luiz Inácio “Lula” Da Silva, lo que le impidió competir en un momento en el que lideraba las preferencias. Discutir la legalidad o la motivación política detrás de esta medida es sin duda relevante, pero no resulta el objetivo de este trabajo. Tampoco, intentar dilucidar que hubiese sucedido si en una segunda vuelta Bolsonaro se hubiese enfrentado al ex presidente.

Por otro lado, intentar comprender qué llevó a que muchos brasileños se sintieran atraídos por una figura como la del ahora presidente no debe ser entendido como una tentativa por querer justificar esta decisión ni avalar las posturas y políticas de Bolsonaro. En lo personal, considero que los ejes rectores de su gobierno y las acciones derivados de los mismos pueden tener efectos perjudiciales en las instituciones democráticas brasileñas y provocar un retroceso en los avances que ha registrado el país en materia de derechos en los últimos años.

 

Un candidato autoritario para una sociedad desencantada con la democracia

Es plausible pensar que uno de los más importantes factores detrás de la popularidad de alguien con un perfil extremo como el de Bolsonaro haya sido el desencanto de las y los brasileños con el funcionamiento de las instituciones democráticas. De hecho, los datos recopilados por la Corporación Latinobarómetro para el año 2018 muestran que Brasil se había convertido para ese entonces en el país sudamericano en el que existía un menor porcentaje de entrevistados que declaraban que la democracia era preferible a cualquier otra forma de gobierno (con 38%), cifra sólo comparable con las observadas en casos centroamericanos como Honduras, El Salvador y Guatemala y por debajo del promedio regional para la misma categoría, ubicado en 48%. (Los datos presentados en esta sección fueron extraídos del informe 2018 de la Corporación Latinobarómetro, que se puede consultar en <http://www.latinobarometro.org/lat.jsp>). Parece todavía más dramático que 41% del total de los brasileños encuestados haya declarado entonces que le era indiferente que en el país existiera un régimen democrático o uno autoritario, ubicando a Brasil como el segundo caso de los 18 considerados por Latinobarómetro con un porcentaje más alto en esta respuesta.

Cabe destacar que este bajo nivel de apoyo constituye un fenómeno más o menos reciente en Brasil, pues hasta 2015, 55% decía preferir la democracia. Esto indica que en pocos años se ha producido un cambio importante en el humor social.

Los datos anteriores se explican en gran medida por la baja satisfacción que muestran los brasileños con el funcionamiento de sus instituciones. En 2018, sólo 9% de los entrevistados se declaraba “muy satisfecho” o “más bien satisfecho” con la democracia en Brasil; ese porcentaje era el más bajo de América Latina y se ubicaba muy lejos del promedio regional de 24%. Al mismo tiempo, 90% de los entrevistados consideraban que el país estaba gobernado por unos cuantos grupos poderosos para su propio beneficio y sólo un 7% declaraba que se gobernaba en favor del pueblo. Lo anterior probablemente explica por qué sólo 6% tenía una visión aprobatoria del accionar del gobierno (el porcentaje más bajo de la región).

Instituciones que son pilares para el funcionamiento de la democracia, como los partidos políticos o el Congreso, generaban también un alto grado de desconfianza en los ciudadanos. Respecto de los primeros, sólo 6% manifestaba tener “mucha” o “algo” de confianza (el porcentaje más bajo de la región); en cuanto al segundo, dicho porcentaje llegaba a 12%. Estas cifras no pueden entenderse sin hacer referencia a las revelaciones derivadas de la investigación del Lava Jato, que echó luz sobre la existencia de una red de corrupción que vinculaba a empresas estatales como Petrobras y a líderes y legisladores no sólo del PT sino también de otros partidos importantes, como el Partido de la Social-Democracia Brasileña (PSDB) y el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (MDB).

Este desencanto con la democracia y sus instituciones centrales expuesto en los párrafos anteriores explica por qué las criticables declaraciones de Bolsonaro reivindicando al gobierno militar que controló Brasil entre 1964 y 1985 y la adulación expresada por algunos de sus más siniestros personajes (como el caso de Carlos Alberto Brilhante Ustra, responsable de numerosos actos de tortura) no sólo no hicieron mella en su popularidad, sino que incluso la potenciaron. No resulta menor destacar que la imagen negativa de los ciudadanos respecto de la clase política contrastaba con un alto nivel de confianza respecto a las Fuerzas Armadas, con 58% (lo que en 2018 ubicaba a Brasil entre los tres países latinoamericanos donde este porcentaje resultaba mayor).

Para muchos de los seguidores de Bolsonaro, jóvenes que no vivieron en el periodo autoritario y sólo lo conocían por los libros, ese pasado incluso se consideraba preferible si se le comparaba con el presente. La confianza en los militares explica por qué para muchos no resultó alarmante el importante rol que el ahora presidente (él mismo con un pasado militar) otorgó en su grupo más cercano a diferentes referentes de las Fuerzas Armadas y eligió como su compañero de fórmula al general Hamilton Mourao.

Paradójicamente, el papel marginal de Bolsonaro durante sus 20 años como miembro de la cámara de diputados terminó convirtiéndose en algo positivo. Si en su momento sus posturas extremas lo excluyeron de los acuerdos legislativos construidos por los diferentes partidos que gobernaron Brasil desde los años noventa, en el contexto de una creciente insatisfacción ciudadana con los políticos tradicionales Bolsonaro logró instalar la idea de no estar relacionado o vinculado con actores fuertemente señalados por actos de corrupción. Lo anterior facilitó que pudiese construir su candidatura como outsider (aun habiendo sido parte del sistema durante décadas) y enarbolar un discurso anti-partidocracia que interpeló el sentimiento de muchos votantes.

 

Los efectos de la polarización política

La victoria de Bolsonaro tampoco puede explicarse sin hacer referencia a una segunda tendencia que durante la última década comenzó a evidenciarse en la sociedad brasileña: una aguda polarización construida en torno a la posición adoptada frente al PT y las políticas llevadas adelante durante los gobiernos de sus máximos exponentes, Lula (2003-2010) y Dilma Roussef (2011-2016).

Si bien los gobiernos petistas no generaron una reconversión social profunda que terminara con las relaciones de poder existentes y fueron considerados moderados en comparación con otras experiencias de la izquierda en la región, diversas políticas orientadas al avance de derechos de minorías y sectores históricamente en desventaja comenzaron a ser percibidas como potencialmente amenazantes para el statu quo. Esta convicción abonó a que las clases medias y medias altas, principalmente de las zonas urbanas, se convirtieran en opositores del oficialismo, creando una división que se decantó en dos grupos antagónicos dentro del escenario político: los seguidores del PT y los anti-PT.

Dicha polarización derivó en que sus opositores endilgaran al PT y a sus políticas el origen de todos los males de Brasil, llevando a aseverar que la continuidad de dicho partido en el poder constituía una amenaza para la supervivencia de la propia sociedad brasileña. El proceso que en 2016 culminó con el impeachment de la presidenta Rousseff no sólo dejó en evidencia la profundidad de esta división, sino que además mostró de manera clara la intensidad del sentimiento anti-petista en muchos brasileños, que en esos días decidieron jugar un rol activo en la organización de movilizaciones multitudinarias reclamando la renuncia de la mandataria. Así, por ejemplo, encuestas realizadas por un equipo de la Universidad de São Paulo entre los asistentes a dichas marchas mostraron que 39% de los entrevistados estaban incluso a favor de apoyar una intervención militar si ésta ponía fin al gobierno de Dilma. Dichas encuestas se pueden consultar en el capítulo de Gisela Zaremberg “Mi meme te odia: redes sociales y giro a la derecha en Brasil” en el libro editado por Mario Torrico (2017), ¿Fin del giro a la izquierda en América Latina? Gobiernos y políticas públicas (México: Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales).

En el contexto de la elección, la polarización facilitó el ascenso de Bolsonaro porque generó terreno fértil para su discurso ideológico, que retrataba al PT como el responsable de introducir la “doctrina marxista” en el gobierno de Brasil, una “doctrina” a la que se acusaba de ser contraria al sentir nacional, impuesta desde el exterior y una amenaza para los valores tradicionales de los brasileños.

Que la casaca de la selección de futbol de Brasil, sin duda uno de los símbolos que representan la identidad nacional, se convirtiera en una de las prendas preferidas de los seguidores de Bolsonaro expresaba de alguna manera la idea de que él era el único candidato que podía proteger al país de corrientes que venían del exterior con la finalidad de desestabilizar.

Cuando comenzó a vislumbrarse que, sin importar quien fuese su candidato, el PT seguramente estaría en la segunda vuelta, muchos votantes que se le oponían asumieron la certeza de que estarían dispuestos a apoyar a cualquiera que impidiera que el partido de Lula volviese al poder. El crecimiento de Bolsonaro en las encuestas, dejando atrás a los candidatos de partidos más tradicionales como el PSDB y el MDB (Geraldo Alckmin y Henrique Meirelles, respectivamente), llevó a muchos a pensar que era él quien podía contener la corriente petista, y lo transformó en un imán para muchos votantes anti-PT. Un efecto similar se evidencio en relación con los grupos económicos. A pesar de que el ahora presidente no era su primera opción, los empresarios no dudaron en apoyarlo cuando quedó en claro que la disputa sería entre él y Fernando Haddad, reemplazante de Lula en la fórmula del PT. Este vínculo se estrechó aún más cuando se confirmó que el ultraliberal Paulo Guedes estaría a cargo de la política económica en caso de una victoria bolsonarista.

 

La mano dura como respuesta a la violencia

Otro elemento relevante para explicar el resultado de la elección es el relacionado con el aumento de la violencia, el creciente peso de los cárteles del narcotráfico y la incapacidad del Estado para controlar ciertas regiones del territorio.

Los datos muestran que la tasa de homicidios en Brasil es de aproximadamente 30 por cada 100 000 habitantes, lo cual coloca al país sobre Colombia, México y Guatemala, y casi sextuplica la cifra observada en su vecino Argentina. La gravedad del problema queda aún más clara si consideramos que para 2018, de las 50 ciudades más violentas del mundo (de acuerdo con su tasa de homicidios), 25 se encontraban en Brasil (Robert Muggah y Katherine Aguirre Tobón, 2018. Citizen Security in Latin America: Facts and Figures. Strategic Paper 33. Río de Janeiro: Igarapé Institute; disponible en <https://igarape.org.br/en/citizen-security-in-latin-america-facts-and-figures/>).

Si bien el fenómeno de la violencia no es del todo nuevo, éste se ha visto potenciado por el fortalecimiento de bandas criminales de la mano del crecimiento del narcotráfico, que además manifiestan su capacidad para controlar territorios y generar disturbios si se ven amenazadas.

Resulta relevante que la cantidad de asesinatos violentos no haya disminuido durante los gobiernos del PT, a pesar de que desde mediados de la década de 2000 se registraron mejoras en las condiciones de vida de la población. Además, los efectos positivos de las políticas de pacificación y control territorial implantadas en algunas favelas de Río por el gobierno de Dilma Rousseff mostraron tener corta vida.

Si bien existe la idea de que las clases media y alta son las principales víctimas de este tipo de dinámicas, estos sectores cuentan con los recursos para sufragar el costo de seguridad privada, refugiarse en edificios protegidos y evitar el transporte público, lo que les permite verse menos expuestos a eventos violentos. Es en las zonas populares ubicadas en las periferias de las grandes ciudades donde la prevalencia de conductas violentas genera efectos más nocivos y predispone a la población a inclinarse por opciones de “mano dura”.

Fue justamente esta la tónica que permeó en las propuestas de seguridad avanzadas por Bolsonaro como candidato; además, que ubicó el combate al crimen como uno de los ejes rectores de su futuro gobierno. Tanto su visión general como algunas de las acciones concretas presentadas en la campaña generaron críticas por parte de los sectores progresistas, debido a sus efectos perniciosos en términos de la protección a los derechos humanos y las libertades civiles.

En diferentes momentos Bolsonaro enfatizó la idea de que los brasileños pudieran portar armas y usarlas para defenderse ante posibles crímenes. De igual forma, externó la necesidad de ampliar las capacidades de las fuerzas de seguridad para actuar sin restricciones y proteger a los uniformados frente a acusaciones de uso excesivo de la fuerza, al tiempo que reiteradamente mencionó que, desde su óptica, la protección a los derechos humanos beneficiaba a los delincuentes por encima de la ciudadanía. El acto de posicionar las manos como si estuviese sosteniendo un arma se convirtió en el gesto favorito del candidato durante la campaña, provocando aplausos de sus seguidores cuando lo realizaba.

El modelo de seguridad bolsonarista asume la premisa de que los marcos legales que regulan el accionar de las policías actúan en los hechos como barreras que dificultan su labor. No resulta menor que el ahora presidente haya afirmado en reiteradas ocasiones que “el mejor delincuente es el delincuente muerto” y propuesto que a un policía que dispara primero y pregunta después no hay que castigarlo sino premiarlo. En 2017 llegó incluso a declarar que un policía que no mata no es policía.

Lejos de restarle votantes, esta visión a favor de la mano dura se convirtió en una de las razones de peso para que muchos terminaran apoyando a Bolsonaro, lo cual deja en evidencia que un sector de la población brasileña no sólo se muestra entusiasmada por el así denominado “populismo penal”, sino que incluso está dispuesto a tolerar ciertos niveles de violación a los derechos humanos y “daños colaterales” en el combate contra el crimen a cambio de orden y seguridad. Y esta postura no sólo es posible encontrarla en las clases más privilegiadas, sino también en sectores populares que, como ya se mencionó, son muchas veces quienes sufren de manera más directa los efectos negativos de la delincuencia.

Aunque pueda resultar un dato anecdótico, el hecho de que en São Paulo resultase electa como diputada estadual una ex policía que saltó a la fama por un video en el que se le observa ultimar a un delincuente durante un asalto frente a una escuela deja en claro este “espíritu de época”.

 

El ascenso de los evangélicos: imbricación entre política y religión

Un elemento final es el referido al creciente peso político y electoral que durante las últimas décadas han alcanzado en la vida brasileña las congregaciones evangélicas, que cuentan desde hace años con un importante número de representantes en las cámaras del Congreso. Esto ha llevado a que se hable de la existencia de una “bancada de la Biblia”, haciendo referencia a este grupo de legisladores que abrazan posiciones conservadoras. Esto sin duda ha sido resultado de la penetración que dichos grupos religiosos han tenido en la sociedad: se calcula que casi 25% de la población brasileña se identifica como evangélica, en una época en el que el número de católicos ha tendido a la baja.

En este marco, organizaciones como la Iglesia Universal del Reino de Dios han ganado importante reconocimiento, no sólo por contar con un elevado número de seguidores, sino porque a partir de éstos han construido un imperio económico y mediático. Por ejemplo, el líder de dicha organización, Eder Macedo, es propietario de TV Record, la segunda cadena de televisión más importante del país.

De manera similar a lo acontecido en otros países latinoamericanos, estos grupos evangélicos (que tienen particular presencia en zonas populares de las grandes ciudades, donde cuentan con un sinnúmero de templos) también han jugado en Brasil un rol central en la oposición al avance de causas como la despenalización del aborto o el reconocimiento de los derechos de las minorías sexuales, al tiempo que han señalado a la “ideología de género” como la causante de poner en riesgo los valores asociados con la familia.

También aquí el discurso conservador de Bolsonaro encontró terreno fértil. No sólo por comulgar con las posturas defendidas por los evangélicos, sino por compartir el diagnóstico acerca de que muchas de las políticas orientadas a expandir los derechos impulsadas por los gobiernos del PT habían llevado a la “decadencia moral” de Brasil. La crudeza de la declaración de un pastor reproducida por el diario El País deja en evidencia esa idea: “Fue la izquierda brasileña quien apoyó con fuerza toda esa basura moral, como la ideología de género o el beso gay en la novela de las seis de la tarde” (“Los evangélicos se convierten a Bolsonaro”, El País, 8 de octubre de 2018).

Lo anterior parece dejar en evidencia que la figura de Bolsonaro aparecía como atractiva no sólo porque se esperaba de él que llegase a poner orden en relación con la seguridad, sino también porque eso mismo haría en relación con los valores y las conductas socialmente aceptados. Las reiteradas declamaciones del candidato en contra de las relaciones entre personas del mismo sexo (varias de ellas muy ofensivas) y sus afirmaciones respecto a los roles tradicionales asignados a hombres y mujeres sin duda reflejaban posturas con las que se identificaban estos sectores.

Pero la vinculación de Bolsonaro con los evangélicos también le fue beneficiosa en un plano material. En los hechos, su relación con líderes de varias de estas organizaciones le permitió hacer uso de las redes y los recursos comunicacionales controlados por dichas congregaciones para llegar a amplios sectores de la población. Esto de alguna manera le sirvió al candidato para compensar el escaso nivel de alcance territorial del PSL, que lo postuló. La evidencia de este apoyo quedó más que clara el día del último debate entre los candidatos a la presidencia, al que Bolsonaro no pudo asistir por encontrarse convaleciente luego de sufrir un intento de asesinato durante uno de sus actos de campaña. En el mismo momento en que diferentes cadenas transmitían en directo dicho evento, el canal TV Record ponía al aire una entrevista con el candidato derechista desde su domicilio.

 

Conclusión

Para finalizar, vale la pena dejar en claro que el recuento realizado en párrafos anteriores no es exhaustivo y tampoco pretende predecir cuál será el devenir del gobierno de Bolsonaro, quien tomó posesión del cargo el pasado 1 de enero. A tan sólo algunos días de su llegada al poder comenzaron a develarse denuncias e investigaciones sobre los hijos del mandatario y algunos de sus ministros, que derivaron, por ejemplo, en el alejamiento del secretario general de la presidencia a tan sólo cuarenta y tantos días de haber sido designado.

Lo que no puede negarse es que la victoria de Bolsonaro supondrá la reconfiguración del sistema de partidos brasilero. No sólo el PT deberá entrar en un proceso de redefinición si quiere seguir siendo competitivo. También el MDB y el PSDB, que han sido jugadores de peso en el pasado reciente, tendrán que repensar su futuro. Uno de los efectos de la polarización que se observó en la última elección es que el centro se vació de votos y los partidos mencionados fueron los que más lo sufrieron.

En cualquier caso, lo que no les convendrá hacer es culpar a los votantes por su suerte.

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