Universidad Nacional Autónoma de México • Instituto de Investigaciones Sociales

Extractivism, production and challenge of inequalities in Argentina

Santiago Bachiller*

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* Doctor en Antropología Social por la Universidad Autónoma de Madrid. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet-Argentina). Temas de especialización: procesos de desigualdad social y antropología urbana. Las Heras 3807 5º D, 1425, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina.

 

Resumen: Este artículo analiza cómo se producen, legitiman y desafían las desigualdades en una ciudad petrolera de la Patagonia Argentina. En primer lugar, se considera cómo las desigualdades se expresan en los modos de acceso a la vivienda. Dejando constancia de que las desigualdades no siempre se expresan en el territorio, luego se examina el desacople entre los ingresos salariales y las jerarquías simbólicas. Posteriormente se estudian las estrategias desplegadas por quienes se perciben como los grupos tradicionales, encaminadas a preservar un orden social amenazado; paradójicamente, el desafío al sistema clasificatorio no implica cuestionar los principios que naturalizan el orden social existente.

Palabras clave: extractivismo, movilidad social, desigualdades sociales, espacio urbano.

Abstract: This article analyzes how inequalities are produced, legitimized and challenged in an oil city in Patagonia Argentina. First, it examines the way inequalities are expressed in the forms of access to housing. After showing that inequalities are not always expressed in the territory, the decoupling between income and symbolic hierarchies is examined. Subsequently, the strategies deployed by those who perceive themselves as traditional groups which focus on preserving a threatened social order are studied. Paradoxically, the challenge to the classification system does not imply questioning the principles that naturalize the existing social order.

Keywords: extractivism, social mobility, social inequalities, urban space.

 

Considerando que “el petróleo moldea las relaciones sociales y las relaciones naturaleza/sociedad, generando diversas desigualdades” (Barrionuevo y Peters, 2016: 2), el objetivo del presente trabajo implica analizar las múltiples dimensiones que constituyen los procesos de desigualdad urbana en Comodoro Rivadavia, ciudad de la Patagonia Argentina sobredeterminada por la producción de hidrocarburos; en tal sentido, se presta especial atención a los modos en que las distancias sociales son producidas, reproducidas, legitimadas y cuestionadas (Segura, 2015).

El artículo es resultado de un trabajo de campo etnográfico iniciado en 2011, el cual aborda los procesos de tomas de tierras que derivaron en la conformación de asentamientos informales en la ciudad petrolera. En tal sentido, el estudio se basó en técnicas de investigación como la observación participante o la realización de distintos tipos de entrevistas a funcionarios estatales, pobladores de asentamientos, empresarios del mercado inmobiliario, etcétera. Asimismo, es de destacar que algunas de las reflexiones presentes en el texto son producto de la interacción cotidiana con quienes se perciben como los grupos tradicionales comodorenses.

El apartado inicial representa una primera caracterización de la desigualdad en una ciudad cuyo desarrollo se encuentra monopolizado por el petróleo. Desde la economía y las ciencias políticas se generó un debate en torno a la siguiente paradoja: si para algunos el petróleo garantiza el bienestar local, para otros representa una auténtica maldición (Peters, 2016). En dicho apartado se presentan estadísticas que ilustran los beneficios de una enorme riqueza generada gracias a la extracción de hidrocarburos, así como consecuencias negativas vinculadas con la brecha salarial y el costo de vida.

El espacio urbano es un eje fundamental para el presente texto. Así, el segundo apartado gira en torno a los accesos desiguales al suelo y la vivienda en la ciudad patagónica, enfocándose en la correlación entre contextos de booms petroleros (es decir, incrementos del precio internacional del petróleo), expansión urbana y ocupaciones masivas de tierras. No obstante, ciertas modalidades de desigualdad social se tornan ilegibles si circunscribimos nuestra atención en el espacio urbano. Las desigualdades entre clases se objetivan en el acceso diferencial a la ciudad, pero no de una manera lineal, sino de un modo turbio (Bourdieu, 1999). A su vez, una mirada relacional y multidimensional de la desigualdad (Reygadas, 2004) permite detectar una particularidad de esta ciudad petrolera que difícilmente podría ser contemplada ciñéndonos al eje espacial: el desacople entre distintos vectores claves en los procesos de constitución de las desigualdades urbanas (Grimson y Baeza, 2011). En Comodoro, los ingresos salariales, las jerarquías simbólicas y la dimensión residencial no guardan una relación de correspondencia directa, no actúan de forma sincronizada ni paralela.

En el tercer apartado constatamos que, en la ciudad petrolera, las fronteras materiales y simbólicas que delimitan la desigualdad son más blandas que en otros sitios, se encuentran menos cristalizadas. Los límites que organizan los campos sociales jerarquizados son atravesados con mayor frecuencia respecto de otras localidades, y ello genera un pánico de clase entre quienes se perciben como los grupos tradicionales locales. El primer subtítulo indaga en las estrategias reparadoras elaboradas por tales “grupos tradicionales”, encaminadas a reinstaurar el orden perdido. Empero, los vectores que tradicionalmente fijan un orden no siempre poseen eficacia en Comodoro. Los discursos que promueven una distancia social, asociados con el nivel de ingresos y el consumo, con la exclusividad de ciertas zonas o con los imaginarios raciales, no necesariamente surten efecto, lo cual supone un desafío para las dinámicas de conformación y legitimación de las desigualdades. Significativamente, el vector más invocado por estos grupos tradicionales a la hora de justificar las distancias sociales es el tiempo, la antigüedad de la residencia en la ciudad. Por otra parte, en el segundo subtítulo se sostiene que el desafío al sistema clasificatorio, así como las reacciones conservadoras ante dicha amenaza, no necesariamente cuestionan un modelo de acumulación de capital que genera desigualdad, y tampoco se oponen a los principios básicos que naturalizan las distancias sociales legitimando al orden social existente.

Resaltando el carácter multidimensional de los procesos de desigualdad urbana, la conclusión supone una síntesis de los argumentos centrales del artículo.

Antes de iniciar el análisis, resulta conveniente formular una aclaración. En sus estudios sobre las clases medias argentinas, Sergio Visacovsky (2012) advierte contra la creencia global de que las clases sociales pueden ser determinadas objetivamente; por el contrario, los límites de las clases son materia de discusión, ya que sus fronteras conceptuales no son naturales, sino que se definen en función de los contextos históricos. Sociológica y económicamente, es muy complicado definir a la clase media como un sujeto específico, pues su denominador común es la heterogeneidad; no se verifica una traducción directa entre nivel de ingresos y tipo de consumo, y tampoco encontraremos necesariamente coincidencias en lo que se refiere a un mismo cuerpo de valores o a comportamientos estandarizados. Para este antropólogo, las clases sociales son categorías clasificatorias que permiten el surgimiento de discursos morales. Adhiriéndonos a dicha perspectiva, en este trabajo apelamos a nominaciones como las de “Nacidos y Criados” (NyC),1 “grupos tradicionales” o “recién llegados”, en tanto un lenguaje que ordena la realidad y sus actividades; dichas expresiones deben ser comprendidas como categorías nativas que permiten clasificar a los sujetos y a los grupos sociales en un sistema jerárquico, en un orden simbólico que posee efectos concretos en la vida cotidiana de las personas.

 

Desigualdad y petróleo en Comodoro Rivadavia

A partir de una revisión crítica de la teoría rentista, Stefan Peters (2016) sostiene que en la década de los años ochenta la tesis del resource curse, o maldición de los recursos, ocupó la escena. Sintéticamente, este conjunto de estudios plantea que los países dependientes de rentas internacionales obtenidas por la explotación de commodities terminan subordinándose a una única actividad que obstaculiza la diversificación económica y el desarrollo a largo plazo, son más propensos a sufrir crisis y altas tasas de desigualdad, padecen instituciones débiles con altos índices de corrupción y clientelismo, e incluso pueden derivar en regímenes autoritarios. No obstante, con el aumento de los precios de los commodities de principios del siglo XXI, el neoextractivismo surgió como modelo de desarrollo dominante en Sudamérica, imprimiendo un nuevo enfoque al debate.

La intensificación en la explotación de los recursos naturales fue paralela a un mayor papel estatal en la distribución de la renta hacia los sectores populares, motivo que llevó a impugnar la tesis que pregonaba la maldición de los recursos. Tomando distancia de ambas posiciones, Peters (2016) realiza un agudo cuestionamiento al binomio maldición/bendición, pues el mismo termina despreocupándose de la desigualdad social y las relaciones de poder. Maldición y bendición coinciden en suponer que las secuelas de la extracción afectan al conjunto social; parten de una lectura apolítica que olvida que, en el interior de una sociedad, actividades como la extracción de hidrocarburos son una bendición para algunos y una maldición para otros, conforman un mapa social con ganadores y perdedores. La meta central del presente artículo consiste en analizar la configuración de desigualdades en una sociedad petrolera.

Según el último Censo Nacional realizado en 2010, Comodoro Rivadavia tiene 175 916 habitantes; esta ciudad se localiza en el sur de la provincia de Chubut, y representa el epicentro de la zona hidrocarburífera conocida como Golfo de San Jorge. La producción de petróleo determina la vida social local. En tal sentido, la noción de “espacio de los flujos” (Castells, 2001) es de gran utilidad para pensar en cómo la desigualdad social se expresa en el espacio urbano comodorense. En un contexto de intensificación del proceso de globalización, este concepto destaca la organización de la sociedad contemporánea en torno a una serie de redes de producción que, mediante las telecomunicaciones, conectan en una escala planetaria al capital, las informaciones estratégicas y los miembros de una élite cosmopolita. Las ciudades serían nodos que se posicionan jerárquicamente en el interior de una red específica de producción; la red que aquí me interesa destacar se encuentra determinada por la producción mundial de petróleo, e inscribe a Comodoro Rivadavia como uno de sus múltiples nodos.

En 2014, el Golfo de San Jorge aportó 49% del petróleo nacional. Esta producción de petróleo equivale a la generación de una enorme riqueza que se traduce en tasas muy favorables de empleo y pobreza: a fines de 2011, Comodoro Rivadavia era la tercera ciudad del país con más empleo (45.3%), y ocupaba el cuarto mejor lugar en lo que respecta a pobreza (datos disponibles en Bachiller et al., 2015). Pero el petróleo puede ser tanto una bendición como una maldición. Paradójicamente, y a pesar de estos indicadores, Maristella Svampa (2014) retrató a la localidad patagónica como un modelo de mal desarrollo, como la capital nacional de la trata de mujeres, la prostitución y el crimen, como una sociedad asolada por el narcotráfico, la violencia y las adicciones.

En las desigualdades ligadas con un modelo de acumulación de capital monolítico basado en el petróleo, la brecha salarial ocupa un lugar central. En 2013, el 10% más rico de la población ocupada percibió un ingreso 30 veces superior al del 10% de los trabajadores más pobres (Usach y Freddo, 2014). Por otra parte, debido a los elevados salarios, el ingreso en el mercado laboral del petróleo constituye la inserción de preferencia para la mayoría de los habitantes. No obstante, la capacidad de absorción de mano de obra de tal mercado es muy limitada, con lo cual la mayoría de la población no logra acceder al nivel adquisitivo propio del mundo del petróleo.2

 A la vez, en una localidad cuyos precios se encuentran moldeados por las actividades extractivas, el costo de vida es uno de los más altos del país. En 2013, en Chubut una familia tipo precisaba unos 1 071 dólares para no ser pobre; en Comodoro, dicha canasta familiar, que no incluye los precios relacionados con la vivienda, se disparaba a 1 727 dólares (Bachiller et al., 2015). Estas diferencias afectan especialmente a quienes no gozan de un salario propio del mundo del petróleo. Asimismo, y como veremos en el próximo apartado, las desigualdades se intensifican en lo que respecta al acceso al suelo y la vivienda.

 

Boom petrolero, mercado del suelo, expansión urbana y toma de tierras

Un modo clásico en el que se expresa la desigualdad consiste en las distintas vías de acceso al suelo urbano por parte de diferentes grupos sociales. Desde sus orígenes, a principios del siglo XX, la ciudad se expandió hacia la zona norte mediante la creación de campamentos empresariales (por lo general, petroleros). Los beneficios de ingresar en dichas empresas/campamentos excedían el plano laboral, pues también implicaron el acceso a una vivienda próxima al sitio de empleo. Hoy en día, el trabajo continúa siendo el eje articulador para la obtención de una vivienda, no sólo por el ingreso económico que el mismo supone, sino también porque la mayoría de los escasos planes oficiales de vivienda con los que cuenta la ciudad son destinados a determinados sindicatos.3

 En este punto es posible trazar una línea de continuidad con el pasado: quienes no cuentan con ciertos privilegios de pertenencia laboral ven seriamente obstaculizadas sus posibilidades de satisfacer sus demandas habitacionales.

En Comodoro existe una correlación histórica entre booms petroleros y expansión urbana (Bachiller et al., 2015). En tales etapas la ciudad atrae a miles de migrantes, los precios del suelo se disparan, y la mayoría de los “recién llegados”, así como miles de familias comodorenses, no logran acceder al suelo y a la vivienda por las vías legalmente reconocidas como válidas. Entonces, la toma de tierras y la autopromoción de la vivienda se constituyen en los mecanismos predilectos para satisfacer mínimamente las necesidades habitacionales. Fue lo que ocurrió a fines de la década de los años cincuenta, cuando el gobierno de Arturo Frondizi (1958-1962) facilitó la explotación petrolera a empresas privadas. Entonces, la ciudad vivió su primer boom petrolero, el cual se tradujo en la ocupación de los cerros del oeste de la ciudad por parte de miles de migrantes. Consecuentemente, a lo largo de la historia urbana local la desigualdad se tradujo en una fuerte diferencia en los canales de acceso al suelo y la vivienda entre los distintos grupos sociales. Los campamentos/barrios empresariales de la zona norte tuvieron claras ventajas en materia de recursos e infraestructura; estas empresas no sólo proporcionaron trabajo y viviendas a sus empleados, sino que también construyeron caminos, espacios de ocio como cines o complejos deportivos, etcétera. En cambio, la mayoría de los migrantes y de los sectores populares terminaron residiendo en asentamientos informales; luego de medio siglo, la precariedad urbana continúa siendo el paisaje predominante en muchos de tales barrios.

La desigualdad también se expresó históricamente en el interior de las unidades territoriales. En los campamentos petroleros devenidos posteriormente en barrios, la desigualdad urbana supuso reproducir en el espacio barrial las jerarquías laborales. Es decir, las empresas delimitaron claramente el espacio, alojando en las mejores zonas y viviendas al personal de mayor jerarquía, y relegando a los operarios a las áreas más desfavorables. Por otra parte, probablemente una particularidad de Comodoro consista en la fuerte diferenciación en la calidad de las viviendas que se observan dentro de los asentamientos. A medida que transcurren los años, las viviendas tipo rancho suelen intercalarse con casas consolidadas que más de un individuo perteneciente a las clases medias envidiaría.

Al respecto, vale la pena recordar la distinción entre desigualdades estructurales y dinámicas (Fitoussi y Rosanvallon, 1997). Las primeras constituyen las formas más tradicionales de desigualdad, y se encuentran condicionadas por la jerarquía de los ingresos entre categorías sociales (básicamente, entre obreros y ejecutivos). En cambio, las nuevas formas de desigualdad son más dinámicas, suponen recalificaciones de diferencias dentro de categorías que anteriormente eran homogéneas, son diferencias intracategoriales. Estando muy vinculadas con accidentes en las trayectorias, se refieren a la manera en que personas que provienen de un mismo sector social, y que poseen cualificaciones idénticas, observan cómo se distancian socioeconómicamente. En Comodoro, dichas desigualdades dinámicas se canalizan a partir del ingreso al mundo del petróleo. Los vecinos pueden compartir una trayectoria vital similar; sin embargo, quienes consiguieron empleos en el petróleo suelen construir viviendas fastuosas sin mudarse de barrio, generando fuertes contrastes en una misma unidad territorial.

Si analizamos las últimas décadas en la historia urbana local, constataremos que entre mediados y fines de la década del 2000 (etapa en la que el precio del petróleo batió récords mundiales), la ciudad vivió un crecimiento explosivo. Dicha expansión urbana se produjo especialmente a partir de tres factores: el desarrollo de Rada Tilly, la construcción de departamentos en el centro de la ciudad, y el mayor proceso de tomas masivas de tierras en la historia comodorense.

Rada Tilly es un municipio autónomo localizado a 12 kilómetros de distancia que, en la práctica, funciona como un barrio satelital de Comodoro. Comparando los censos de 2001 y 2010, constatamos que Rada Tilly es la localidad que más creció de la provincia de Chubut (incrementó su población 45%, mientras que Comodoro, el país y la provincia crecieron respectivamente 29%, 10% y 23%) (Bachiller et al., 2015). En Rada Tilly no se verificaron ni tomas de tierras ni planes estatales de viviendas. Por el contrario, tal incremento poblacional desmedido en tan corto tiempo refleja un intenso proceso de segregación sociorresidencial, mediante el cual las clases con mayor capacidad adquisitiva de Comodoro, por lo general asociadas con el petróleo, se trasladaron a dicha villa balnearia. Las entrevistas realizadas a empresarios de la construcción y/o de inmobiliarias confirman que el excedente del boom petrolero es el factor que explica el crecimiento de Rada Tilly; en tal sentido, un empresario recordaba que “hace 10 años un lote valía 10 000 dólares, hoy está en 150 000 dólares” (entrevista a SyNL, 23 de abril de 2017).

En tales entrevistas, hay una plena coincidencia en cuanto a las percepciones del territorio y la zonificación de las prácticas empresariales. El acuerdo unánime sostiene que en la ciudad “hay pocos lugares buenos para construir”, y todos apuntan a las mismas áreas: Rada Tilly, el centro, kilómetro 3, los barrios Roca y Pueyrredón. Un antiguo presidente de la Cámara Inmobiliaria llegó a sostener que el mercado “está zonificado naturalmente”, lo cual se traduce en que la Cámara no recibe consultas de quienes residen en sitios periféricos, y que nunca asesoraría a nadie para mudarse a dichos barrios. Estos criterios de zonificación muestran hasta qué punto el mercado del suelo se encuentra condicionado por el mundo del petróleo: Rada Tilly y sus alrededores están destinados a petroleros, así como el empresariado de la construcción se despreocupa de los barrios populares (donde no residen los sectores con capacidad de apropiarse de la renta petrolera).

En segundo lugar, la mayor parte de las nuevas construcciones se localizaron no sólo en Rada Tilly, sino también en el centro de la ciudad. En tal sentido, los empresarios coincidieron en que, por falta de suelo y por una cuestión de rentabilidad, en los últimos años el mercado se volcó a la construcción en altura. Se construyeron departamentos pequeños, financiados por comodorenses que apuntaron a una segunda o tercera vivienda para alquilarla a hombres solteros que llegan a la ciudad con un empleo en el petróleo. A su vez, las mejores casas en alquiler y los departamentos más amplios son destinados a quienes se dedican al petróleo y viven con sus familias. Uno de los entrevistados remató esta idea sosteniendo que “quienes no están en el petróleo alquilan lo que queda” (entrevista con MMO, 2 de febrero de 2017).

En Comodoro, los precios del mercado inmobiliario corren en sintonía con la renta petrolera, mientras que para la mayoría de la población los ingresos evolucionan a un ritmo mucho más lento (Usach y Freddo, 2014); asimismo, los precios del suelo urbano se expresan en dólares, mientras que los salarios lo hacen en pesos. Así, el alquiler de los departamentos de uno o dos ambientes en enero de 2015 oscilaba entre 352 y 941 dólares, lo que representaba los valores más altos del interior del país. En la ciudad chubutense, los alquileres bailan al ritmo del petróleo, y ello es así pues 70% de las propiedades del mercado de alquiler son cooptadas por las operadoras petroleras de la zona (Bachiller et al., 2015).

En tercer lugar, el fuerte crecimiento de la última década no se asocia con la densificación de los barrios preexistentes y consolidados en la trama urbana, sino con una expansión hacia las periferias mediante las tomas masivas de tierras y la autopromoción en la construcción de las viviendas (Usach y Freddo, 2014). La proliferación de los asentamientos guardó relación con un mercado del suelo que se orientó a las élites (por lo general, vinculadas con el petróleo), con el incremento de los precios del suelo resultado del boom petrolero, y con la incapacidad estatal a la hora de resolver la emergencia habitacional.

En primer término, el Estado produce desigualdades urbanas debido a la insuficiente cantidad de unidades habitacionales oficiales construidas. El mayor constructor de viviendas estatales en la ciudad, el Instituto Provincial de la Vivienda (IPV), sólo entregó 422 viviendas entre 2011 y el 2014. Se trata de una cifra irrisoria si pensamos que en 2016 en la ciudad había unas 3 000 ocupaciones de tierras (El Patagónico, 2016), o que en 2017, 12 602 comodorenses se encontraban inscritos en el IPV solicitando una vivienda social (Dupuy, 2017).

La producción estatal de desigualdades también se asocia con una ausencia histórica en materia de planificación urbana. La ciudad posee cierto pasado de planificación, pero la misma nunca fue urbana, sino que se limitó a garantizar la extracción y circulación de hidrocarburos. A su vez, el Estado local ha sido un agente reproductor antes que mitigador de las desigualdades territoriales. La naturalización del mercado como el asignador “más racional” de recursos promovió la falta de regulación estatal. Más aún: cuando intervino, la municipalidad replicó la lógica de mercado. A modo de ejemplo, cabe mencionar que la política de loteamiento público, amén de haber sido escasa, ofreció tierras a precio más reducido respecto del sector privado, pero siempre respetando los precios diferenciales que el mercado establecía entre los distintos sectores de la ciudad. Es decir, el precio de venta fiscal se limita a restar 40% al precio que fija el mercado en cada barrio. La evolución de las ordenanzas municipales que reglamentan el acceso al suelo urbano marcha en un mismo sentido; el denominador común que recorre la historia de estas normativas consiste en una adjudicación de tierras basada en la certificación de la antigüedad de la residencia en la zona (Bachiller et al., 2015). Considerando los precios expulsivos del mercado inmobiliario y su combinación con este tipo de normativas restrictivas, no debería extrañarnos el protagonismo que adquieren los “recién llegados” en las tomas masivas de tierras; vale la pena aclarar que bajo el término “recién llegados” se incluyen personas que llevan años residiendo en Comodoro, pero que no cumplen con los rígidos requisitos establecidos por la legislación municipal.

A partir de entonces, la desigualdad se traduce en un modo subordinado de obtención de servicios e infraestructura urbana; a diferencia de las áreas residenciales, en los asentamientos la resolución de dichas necesidades suele quedar supeditada a la capacidad de movilización y de negociación barrial frente a determinadas figuras político-partidarias que tienen acceso a las dependencias estatales.

Pese a lo planteado a lo largo de la presente sección, la desigualdad no siempre se manifiesta en el espacio urbano. En tal sentido, el próximo apartado gira en torno a otras dimensiones propias de la desigualdad en una ciudad petrolera que difícilmente puedan ser analizadas tomando a la espacialidad urbana como eje de análisis prioritario.

 

Las desigualdades no necesariamente se manifiestan en el espacio urbano

Si la desigualdad no siempre se expresa en el territorio es debido a que no es posible plantear una equivalencia mecánica entre la posición de los agentes en el espacio social respecto del espacio físico (Bourdieu, 1999).

Al analizar cómo los residentes de asentamientos experimentan la ciudad, confirmamos que la desigualdad guarda una relación compleja con el espacio urbano. En tal sentido, en otro trabajo sostuve que en Comodoro las categorías morales no se espacializan con tanta facilidad (Bachiller, 2014). Aquí me limito a mencionar una serie de factores que apoyan dicho argumento. En primer lugar, en la ciudad patagónica no existen expresiones específicas para designar de manera peyorativa a los espacios urbanos que nacieron mediante tomas de tierras; por el contrario, el término más recurrente es el de “extensión”, el cual supone una lógica inclusiva que entiende a las nuevas formaciones urbanas como una prolongación de un barrio preexistente. De hecho, tales áreas por lo general no son percibidas en términos de degradación, como una disrupción del entramado urbano. En comparación con lo que sucede en ciudades como Buenos Aires, en Comodoro no se observa un estigma similar al del “villero”, donde la precariedad de la vivienda parecería impregnarse en la calidad humana de sus ocupantes, impactando negativamente en sus sociabilidades e identidades (Bachiller, 2014). El imaginario local sobre los denominados “barrios altos” apunta en el mismo sentido.

Dicha zona se pobló a principios de los años sesenta, mediante la ocupación masiva de los cerros por parte de migrantes. Tras 50 años de historia, la mayoría de las viviendas que allí se edificaron continúan sin poseer un título de propiedad. Sin embargo, los comodorenses no dudan en calificar a dichas áreas como “barrios”; es decir, conciben a estos espacios como históricos e integrados al resto de la ciudad. Para el punto de vista nativo, la antigüedad, el paso del tiempo, transforma un asentamiento en barrio. Un tercer ejemplo: si pensamos en los desplazamientos cotidianos, constatamos que en la ciudad patagónica no existen fronteras materiales ni simbólicas tan marcadas, hasta el punto de constituir espacios vedados para ciertos grupos sociales. Quienes residen en asentamientos frecuentan el centro de la ciudad, su domicilio no restringe las visitas de sus conocidos, etcétera.

En definitiva, determinados vectores de la desigualdad no poseen una expresión territorial y, por lo tanto, no son fácilmente legibles desde el espacio urbano, lo cual nos lleva a reiterar la necesidad de realizar un análisis multidimensional y relacional de la desigualdad (Reygadas, 2004). En el próximo apartado constataremos que esta propuesta es aún más pertinente en una ciudad donde los ejes que moldean a la desigualdad se encuentran desacoplados.

 

Los desafíos al sistema clasificatorio propios de una sociedad petrolera

Focalizándose en el caso comodorense, Alejandro Grimson y Brígida Baeza (2011) observan una falta de correlación directa entre ingresos y estatus. En concreto, argumentan que el personal petrolero (con y sin calificaciones) posee altos niveles de ingresos que no se condicen con el prestigio social que obtienen. La movilidad ascendente, vinculada con el ingreso al mundo del petróleo, puede significar que alguien que procede de los sectores populares tenga un salario muy superior a otra persona que es percibida como perteneciente a las clases medias locales. Así, en la ciudad patagónica se vive un desacople entre la estructura de ingresos y la estructura de prestigio, entre el nivel económico y las jerarquías simbólicas. El presente apartado retoma los planteamientos de Grimson y Baeza, pero ampliándolos hacia dos direcciones que no fueron exploradas en su texto. En primer lugar, incluyendo la dimensión del espacio residencial en el análisis del desacople entre el nivel de ingresos y el prestigio social. En segundo término, remarcando la distancia entre los procesos de producción, de legitimación y de desafío de las desigualdades.

El desacople entre ingresos, estatus y espacio residencial en buena medida responde a que cada uno de estos vectores posee su propia temporalidad. No se trata de un dato menor, ya que tanto las definiciones sobre la desigualdad, basadas en indicadores estadísticos, como las perspectivas nativas sobre las brechas sociales se asocian con la velocidad y la intensidad en que evolucionan y con el modo en que se combinan estos tres ejes de análisis. A modo de ejemplo, es posible afirmar que la vivienda posee una temporalidad que remite a los vaivenes propios del funcionamiento del mercado inmobiliario, así como a las políticas habitacionales y de regulación del acceso al suelo; en Comodoro, la magnitud y la intensidad del trabajo (y por consiguiente, de los ingresos) en buena medida se encuentra condicionada por la temporalidad del mercado mundial de hidrocarburos; por último, al guardar relación con marcos de significación y sentidos comunes, el estatus parecería responder a una temporalidad cuyas transformaciones son menos permeables a los vaivenes y las coyunturas político-económicas. En esta ciudad petrolera, el desacople entre vivienda, trabajo y estatus se manifiesta a través de una población que cuenta con un “buen empleo”, pero que ni siquiera con un salario destacable logra acceder a una vivienda digna apelando al mercado formal inmobiliario.

Los estudios sobre orden y desigualdades urbanas nos recuerdan que las fronteras simbólicas pueden cristalizarse en dispositivos capaces de perpetuar las separaciones (Lamont y Molnár, 2002). Cuando dichas fronteras se solidifican y logran internalizarse en la mente de los sujetos, el orden se convierte en hegemónico. Pero justamente una de las particu-laridades de Comodoro Rivadavia es que las fronteras materiales y/o simbólicas no parecen haberse cristalizado, sino que, por el contrario, permanentemente son desafiadas. El imaginario de movilidad social trastoca el sistema de clasificación local sobre el cual se producen y/o legitiman las desigualdades sociales. A su vez, la velocidad de los cambios propios de una ciudad cuya temporalidad se encuentra sobredeterminada por los ritmos de la producción mundial del petróleo dificulta la posibilidad de procesar el sistema clasificatorio, es un obstáculo a la hora de fijar un orden donde los campos sociales estén claramente delimitados. Tal situación tiene distintas consecuencias, entre las cuales destacan las siguientes.

En primer lugar, un efecto de ilegibilidad respecto de la propia sociedad. En tal sentido, es significativo cómo ensayos de corte periodístico, así como ciertos textos académicos locales (De Boer, 2011; Budiño, 1971), se fundan en imaginarios de desarraigo; en los mismos, Comodoro es retratada como un campamento (petrolero) en permanente transformación, así como predomina un relato de degradación y de amenaza ante la incapacidad de controlar el espacio donde transcurre la vida cotidiana. Algunas de estas imágenes se traslucen en las opiniones cotidianas de quienes llevan años viviendo en la localidad, en comentarios en los que prevalece una sensación de nostalgia por el pasado perdido y desconcierto ante la transformación vertiginosa de un pueblo en una ciudad. Tal como se desprende de la nota que a continuación se transcribe, y que fuera publicada por un diario local bajo el sugerente título de “¿Qué sentimos los NyC?”, la ilegibilidad se liga con una sociedad que muta a tal ritmo e intensidad que los individuos no llegan a procesar los cambios.

Una confortable sensación de seguridad y pertenencia nos produce a los NyC de Comodoro reconocernos como tales. Frecuentemente, en reuniones de amigos o en eventos sociales, artísticos o culturales, surge la estadística. ¿Cuántos somos nacidos acá y cuantos llegaron desde otros lugares? La mayoría de estos últimos es notable […]. ¿Por qué siento algo así como un malestar difuso (y no tanto) cuando, circulando por calles del centro de la ciudad o al asistir a lugares de presencia masiva, noto que no conozco a nadie? Y, a partir de esta percepción, me invade una sensación de soledad, de extrañeza, de desconfianza […]. Creo que esos semblantes extraños, esas modalidades diferentes, esos colores diversos de la gente nueva que ¿invade? nuestro espacio, no es el único motivo del malestar […]. El Comodoro de nuestra juventud no está más. No volverá a ser. Es otro, más grande, cambiado, diferente (MAB, 2011).

En segundo lugar, el hecho de que el sistema jerárquico de clasificación social local sea permanentemente puesto en entredicho guarda relación con una sociedad muy dinámica, en la que el conflicto social aflora permanentemente (incluso en las etapas de bonanza económica). Comodoro es una ciudad más rica, pero también más desigual respecto de la media del país, y ello se traduce en altos niveles de violencia material y simbólica. No me refiero simplemente a datos “objetivos” como la tasa de homicidios,4 sino a formas más sutiles de violencia que se perciben en la interacción cotidiana entre las personas y que remiten a las enormes distancias sociales (así como a su desafío) que genera el mundo del petróleo. En este punto del artículo resulta pertinente invocar el célebre texto de Guillermo O᾿Donnell (1984), el cual comienza con una frase que muchas veces escuchó en Argentina y en Brasil: “¿Usted sabe con quién está hablando?”. Mediante este tipo de enunciados, se intenta denotar que el otro está “fuera de lugar”, se impone un ritual que apunta a que los actores tomen conciencia de las diferencias “necesarias” para el correcto desarrollo de las rutinas cotidianas. El politólogo continúa sus argumentos recordando que, en Argentina, dicha frase suele concatenarse con la siguiente respuesta: “Y a mí qué mierda me importa”. Su trabajo continúa analizando diversas “microescenas” que, tal como sucede con la reacción que manda al demonio a quien se presentaba como “una persona importante”, coinciden en desafiar implícitamente a las distancias sociales. El vínculo entre mozos y clientes, porteros y vecinos de un edificio, o la organización del tráfico diario, le permiten a O᾿Donnell demostrar que Argentina es una sociedad menos jerárquica que Brasil, aunque dicho igualitarismo no presupone un menor nivel de violencia 

y autoritarismo. Aceptando la propuesta de O᾿Donnell, podríamos pensar en ciertas microescenas comodorenses; por ejemplo, “la lucha cotidiana” por estacionar el automóvil en el centro de la ciudad; en tales situaciones, a la pregunta “¿usted sabe con quién está hablando?”, y más allá de la condición social del receptor del enunciado, la respuesta muy probablemente no se limitaría a un “y a mí qué mierda me importa”, sino que derivaría en agresiones físicas. Esta conflictividad posee un aspecto positivo: la movilidad social ascendente genera cierto sentimiento de inclusión tanto en los “recién llegados” como en los sectores populares locales, así como permite cuestionar sistemas de categorización social que en otros puntos del país se muestran inflexibles. La otra cara de la misma moneda, su versión negativa, no se circunscribe al malestar inherente a toda forma de conflicto, sino que también se relaciona con el hecho de que el desafío al sistema de clasificaciones no necesariamente supone revertir las causas de la desigualdad social (cuestión sobre la cual girará el último apartado).

En tercer lugar, y como se argumenta en el próximo subtítulo, en la ciudad petrolera los límites que organizan los campos sociales jerarquizados donde se posicionan los distintos grupos sociales son atravesados con mayor frecuencia que en otras localidades, factor que provoca una reacción conservadora por parte de quienes se sienten perjudicados.

 

Las amenazas y los esfuerzos por preservar el orden clasificatorio

Un aspecto fundamental de los conflictos sociales consiste en una disputa acerca del sentido de las categorías clasificatorias. En el caso comodorense, la producción de petróleo genera una movilidad social de fuerte impacto material y simbólico para el conjunto social. Tal como se sostuvo al plantear la existencia de un desacople, personas catalogadas como pertenecientes a los sectores populares acceden a un empleo en la esfera del petróleo y pasan a tener ingresos superiores a muchos de quienes se adscriben como los grupos tradicionales de la ciudad. Entonces, los NyC experimentan un fenómeno de “pánico de clase”, una sensación de caos clasificatorio, perciben que “su espacio social” se encuentra amenazado. Así como ciertas desigualdades son intolerables para el conjunto social, también suele suceder que determinadas igualdades resulten inadmisibles; en tales ocasiones, los grupos que se sienten afectados generan una serie de estrategias reparadoras que apuntan a reinstaurar el orden perdido. Volviendo al texto de O᾿Donnell (1984), diríamos que los rituales de refuerzo surgen cuando los medios de jerarquizar una situación dada fallan irremediablemente.

Vectores que suelen ser centrales a la hora de establecer y fijar un orden no poseen demasiada eficacia en Comodoro. Es lo que ocurre, por ejemplo, con los discursos emitidos por quienes se perciben como los grupos tradicionales en cuanto a la “invasión de sus espacios” por parte de “intrusos”. Este tipo de relatos brindan pistas sobre cómo funciona el proceso de estratificación social; en concreto, suponen teorías nativas acerca de la legitimidad o ilegitimidad de la estructuración de la sociedad. Refiriéndose específicamente a las mujeres de los petroleros, Grimson y Baeza (2011: 12) señalan el desprecio de los NyC ante su “presencia contundente en el espacio público […], también perturba su presencia en lugares inesperados para otros participantes, como los casinos de la ciudad”. De modo similar, una frase recurrente en la ciudad es que “al centro ya no se puede ir, [pues] está lleno de negros”.5 Tal lógica discursiva coincide con el crecimiento de Rada Tilly, espacio de autorreclusión de buena parte de quienes se imaginan a sí mismos como las élites tradicionales de la ciudad y de otros grupos que supieron apropiarse de una porción de la renta petrolera; no casualmente, la frase citada suele concatenarse con otra donde se remarca que “yo ya no salgo de Rada Tilly”.

Sin embargo, esta serie de lógicas discursivas no necesariamente tiene efectos sobre sus destinatarios; como se mencionó previamente, los “recién llegados” (ya sea a la ciudad o a las clases acomodadas) persisten en sus visitas al centro, disfrutan del mar de Rada Tilly durante el verano, etcétera. Es decir, a diferencia de lo que ocurre en otras localidades del país, la circulación por la ciudad de los sectores populares no se encuentra condicionada por los discursos que intentan preservar a ciertos sitios de la presencia de las poblaciones “indeseables”. Los estigmas no siempre son vividos como tales, pues las personas impugnadas pueden desconocer los límites que los grupos privilegiados intentan establecer, no asumen los estereotipos, o incluso elaboran un conjunto de prácticas discursivas que les permiten revertir las acusaciones. Cuando ello ocurre, la desigualdad simbólica es desafiada.

El consumo implica un proceso de nominación y reconocimiento que involucra mecanismos de clasificación y diferenciación de las personas y las cosas. Así, según Ana Rosato y Victoria Arribas (2008: 12), “al consumir un producto, los hombres no sólo incorporan sus nutrientes, sino también un cuerpo de significados, valores y creencias que los constituyen desde su interior”. En la sociedad moderna, el consumo adquiere un papel preponderante entre los factores que moldean el estilo de vida y los patrones de las relaciones interhumanas. No es casual entonces el surgimiento de discursos articulados en torno a los estilos de consumo entre quienes pretenden establecer distancias sociales respecto de otros grupos sociales. Sin embargo, una de las especificidades comodorenses consiste en que “la emergencia de sectores populares con alto poder adquisitivo hace que el ingreso económico sea un valor relativo y deje de ser distintivo de por sí” (Barrionuevo, 2016: 98). Quienes se imaginan a sí mismos como los grupos tradicionales de la ciudad resaltan con desprecio cómo los “recién llegados” malgastan su dinero en electrodomésticos, ropa deportiva de marca, o “tuneando” automóviles. A partir de ejemplos focalizados en el consumo, Natalia Barrionuevo (2016) sostiene que la impugnación moral de los NyC censura ciertos hábitos de clase. No obstante, es preciso señalar que este tipo de consumos es muy parecido al que realizan los “grupos tradicionales”.

La cultura petrolera y rentista gira en torno al consumo y la inmediatez (Peters, 2016), pero dicha cultura empapa no sólo a “los recién llegados”, sino también a quienes se adscriben como las clases tradicionales de la ciudad. Más aún, los NyC no pretenden diferenciarse mediante la adquisición de bienes culturales que supuestamente serían propios de las élites; no es a partir del consumo de una literatura específica, de películas, música, viajes exóticos o de una gastronomía étnica que estos grupos tradicionales invocan un sentido de distinción (Bourdieu, 1988). Como consecuencia de la fuerte movilidad social ligada con la producción de hidrocarburos, el caos clasificatorio guarda relación con el modo en que dichas capas poblacionales, supuestamente pertenecientes a las “clases moralmente inferiores”, consumen el mismo tipo de productos respecto de quienes se perciben como los grupos tradicionales de la ciudad.

El resentimiento por la alta capacidad de consumo de los “recién llegados” no se organiza con base en el objeto consumido, sino en parámetros normalizadores de qué y cómo debe consumirse; los reproches a los estilos de consumo “inapropiados” incluyen una temporalidad adecuada, “propia de las clases respetables”. Así, un ítem fundamental a partir del cual estos grupos establecen un principio de distinción social consiste en el tipo de vivienda donde se reside. En tales narrativas, espacio y temporalidad se combinan de un modo complejo: los “recién llegados” derrochan sus abultados salarios en autos de alta gama o en enormes televisores, pero no invierten en el arreglo de sus viviendas.6 Desde ya que esta caracterización merece ser criticada por sociocéntrica: hay una mirada profundamente burguesa y moralista a la hora de evaluar al “otro” en función de cuánto se alejan de un “modo correcto” de consumo. Además, lo que estos discursos olvidan es que, con sus ingresos, dichos grupos sociales acceden a formas de consumo asociadas con cierto sentido de éxito social (como la indumentaria deportiva), o incluso logran afrontar la construcción gradual de la propia residencia, pero lo que no consiguen es adquirir un lote edificado en una de las ciudades más caras del país.

La condena moral por parte de los grupos tradicionales de la ciudad, incluso cuando supone una combinación de variables como el estilo de consumo e intentos de segregar espacialmente, no necesariamente logra preservar las distancias sociales. Entonces, los discursos de los NyC, indignados ante el espectáculo de los “recién llegados” vaciando los comercios de electrodomésticos del centro de la ciudad, suelen concluir con una expresión en la cual subyace cierta sensación de impotencia: “Hagan lo que hagan, ganen lo que ganen, compren lo que compren, siempre serán negros”.

Aquí es preciso detenerse en dos cuestiones. En primer lugar, el cuestionamiento a la legitimidad del eventual ascenso económico de los sectores populares suele basarse en la racialización de las relaciones de clase, fenómeno que se refuerza cuando quienes pertenecen a dichos sectores además son inmigrantes. No obstante, como bien señalan Grimson y Baeza, este tipo de discursos suelen presentar serias dificultades para “instituirse como argumentos consensuales que socaven masivamente el capital simbólico del grupo. [La raza no provee un argumento consensual porque] es una clasificación implícita y privada que no puede emerger al espacio y al debate público” (2011: 24). Por consiguiente, si bien dichos imaginarios raciales son frecuentes en los discursos de los NyC, sus posibilidades de enunciación se ven limitadas a determinados contextos, perdiendo así fuerza y potencial de ser el principal ítem que garantice inmunidad al orden amenazado. En segunda instancia, cabe destacar que el pánico de clase que viven los NyC surge ante la imposibilidad de cerrar filas a partir de los vectores clásicos de distinción social. De este modo, cuando no es el espacio residencial, el ingreso monetario, el tipo de consumo, o un imaginario xenófobo lo que permite mantener las jerarquías simbólicas, el tiempo de estadía se convierte en un criterio fundamental para preservar o restituir el orden establecido.

El tiempo en general, y la antigüedad de la estadía en la ciudad en particular, se erigen como el principal capital simbólico de quienes se perciben como los grupos tradicionales locales. Como sostuvieron Norbert Elias y John Scotson (2000), la antigüedad de la estadía en una ciudad suele ser una variable central en el surgimiento de jerarquías simbólicas. En el caso comodorense, es a partir de la misma que surge la distinción nativa de NyC.7 Las afirmaciones de Ramiro Segura (2015) sobre el papel central del tiempo en los sistemas clasificatorios en general, y en las dinámicas de jerarquización de las residencias en particular, también son válidas para Comodoro. Más aún: siendo el tiempo de residencia un criterio nativo básico en la legitimación de las distancias sociales, el mismo refuerza el orden social existente. Es lo que sucede con la antigüedad en tanto principio articulador de las diversas normativas municipales de acceso al suelo fiscal; el denominador común de las mismas supuso priorizar a quienes ya cuentan con toda una serie de privilegios (los NyC). Así, la ordenanza municipal número 7297/00 reservó un 70% de los lotes disponibles en la ciudad a un sujeto jurídico que fue identificado como los “hijos del barrio”; bajo tal rótulo fueron definidos quienes podían demostrar ser familiares directos de los vecinos que detentaban una antigüedad superior a los 10 años de permanencia en el barrio. En estos discursos las concepciones de derecho se localizan y restringen hasta límites insospechados: en un contexto marcado por el incremento en la demanda en paralelo a la escasez de tierra urbana disponible, para estas lógicas el derecho a la vivienda no debería centrarse en los extranjeros, ni en los argentinos nacidos en otras provincias, ni en los chubutenses oriundos de otras localidades, y ya ni siquiera en otros comodorenses, sino que debería constreñirse a los jóvenes que nacieron en determinados barrios (Bachiller et al., 2015).

En definitiva, el imaginario de progreso propio de una ciudad productora de hidrocarburos conlleva un fuerte desafío al sistema clasificatorio; en dichos escenarios, grupos sociales como los NyC dedican importantes esfuerzos a preservar el orden clasificatorio amenazado. Sin embargo, en el siguiente subtítulo veremos que el desafío al sistema clasificatorio no necesariamente supone un cuestionamiento a los principios sobre los cuales se producen y legitiman las desigualdades sociales.

 

Desafiando al sistema clasificatorio sin cuestionar la desigualdad social

La riqueza del texto de O᾿Donnell (1984) guarda relación con la paradoja que el politólogo fue capaz de captar: aquellas respuestas que mandan al demonio a quien pretendía arrogarse cierta superioridad impugnan y simultáneamente ratifican las jerarquías sociales. Es decir, respondiendo “y a mí qué mierda me importa”, el interpelado está dejando entrever que “a mí nadie me atropella”; procediendo de tal modo no cancela la jerarquía, sino que sólo cuestiona su vigencia para dicha situación (la lógica subyacente en tales discursos es la siguiente: “La jerarquía existe, pero yo tengo derechos”). En el caso comodorense, la fuerte movilidad social (real o imaginaria) supone un desafío al orden, pero la pugna se limita al prestigio y la riqueza que genera el mundo del petróleo. La disputa y la posibilidad concreta por acceder a lugares de estatus social, inédita respecto de otras zonas del país, no conlleva una controversia sobre los principios que organizan un orden basado en las leyes del mercado en general, y del petróleo en particular. Los NyC y los “recién llegados” comparten un imaginario de éxito social. Por un lado, la generación de riquezas propia de una ciudad petrolera permite que muchos migrantes y/o personas procedentes de los sectores populares se incorporen al campo social reservado para los grupos privilegiados, pero para progresar, esta gente no se ve forzada a impugnar los principios que organizan el sistema social. Por otro lado, el pánico de clase que experimentan los NyC, las reacciones conservadoras que intentan revertir los efectos desafiantes al sistema de clasificación social derivados de la movilidad social ascendente, se circunscriben a las dificultades para cerrar filas a partir de los vectores clásicos de distinción social. Barrionuevo y Peters (2016) se refirieron a la construcción de consensos en torno a una cultura del petróleo; en este artículo se sostiene que tales consensos no se limitan al modo en que se ejerce una actividad productiva, sino que cubren también a la legitimación de las desigualdades que dicho modelo de acumulación de capital presupone.

Cuestionar las consecuencias negativas inherentes a un modelo extractivo, asociadas con la contaminación, la salud de la población, los innumerables problemas urbanos ante una planificación que se limitó a la extracción de hidrocarburos, las brechas salariales y sus efectos colaterales (la falta de cohesión y solidaridad social, la violencia en sus diversas manifestaciones), etcétera, es un tema tabú en la ciudad petrolera. Tampoco hay una reflexión sobre los “casos exitosos”: ingresar al mundo del petróleo no es la panacea. No es casualidad que esta ciudad posea las cifras más altas de sobreocupación del país, situación que bien podría ser calificada en función del concepto de “alienación”.8 Los “petroleros” son envidiados por sus abultados sueldos, pero sus regímenes laborales implican soportar unas condiciones de empleo muy duras (recordemos la inclemencia del clima en la estepa patagónica), ausentarse de su hogar durante semanas (los problemas familiares de estos hombres son otro tópico en los diálogos que circulan en la ciudad), altas tasas de adicciones, etcétera. En tal sentido, su biografía laboral recuerda la máxima marxista: esta gente pierde su vida para ganársela. Asimismo, en las conversaciones locales suele destacarse la desintegración social que padece la ciudad, pero a pocas personas se les ocurre asociar dicho diagnóstico con los abismos salariales que produce el mundo del petróleo, menos aún con el modo y el tiempo de organización del trabajo inherente a esta actividad. Consecuentemente, las fuerzas productivas y el modelo de acumulación no son cuestionados.

El desafío no apunta a cómo se produce, ni a cómo se legitiman las categorías centrales de un sistema clasificatorio sobre el cual se articula el orden social imperante. Citando a Peters (2016: 157), diríamos que “las críticas a la actividad petrolera no suponen un rechazo al modelo de desarrollo”. No se cuestiona al orden en sí mismo, sino a quienes ocupan los lugares privilegiados. El desafío es consecuencia de la velocidad de los cambios, se asocia con la sensación de volatilidad e incertidumbre propias de una ciudad que depende de dinámicas globales que no controla y que se modifican rápida y constantemente; se vincula con la llegada masiva de “otros” que, en ocasiones, logran incorporarse exitosamente a las posiciones privilegiadas de la pirámide económica. Sin embargo, este escenario de fuerte movilidad social y de proliferación de imaginarios de caos clasificatorios entre los NyC no supone alterar los principios que regulan el orden local. No se propone revertir el modo en que las desigualdades sociales se producen y legitiman, pues reiteradamente se barajan las cartas, pero nunca se cuestionan las reglas del juego.

 

A modo de cierre

Desde una perspectiva antropológica, el objetivo de este artículo consistió en analizar las múltiples dimensiones de la desigualdad urbana; ello supuso examinar cómo los distintos grupos sociales experimentan cotidianamente la ciudad, prestando especial atención a los modos en que las distancias sociales son producidas, reproducidas, legitimadas, cuestionadas o suprimidas (Segura, 2015).

La primera sección estuvo dedicada a esbozar un panorama inicial sobre las desigualdades en una ciudad que simultáneamente ha sido bendecida y maldecida por el petróleo. En tal sentido, se presentaron datos sobre empleo y pobreza, así como se remarcó la gran brecha salarial y su impacto en el costo de vida local como resultado de la actividad extractiva.

El espacio urbano ha sido una dimensión central de este estudio. Consecuentemente, el segundo apartado giró en torno a las desiguales vías de acceso al suelo en la tradición urbana local, prestando especial atención al impacto que los booms petroleros tuvieron en el crecimiento urbano. No obstante, ciertos aspectos de la producción y/o legitimación de las desigualdades urbanas no son legibles desde el espacio. Al examinar la dificultad que los estigmas tienen por espacializarse en Comodoro, constatamos la imposibilidad de establecer una relación lineal entre espacio físico y espacio social. A su vez, una mirada multidimensional y relacional de la desigualdad permite afirmar que una particularidad de esta ciudad petrolera consiste en el desfase entre vectores sociales como los ingresos, el prestigio y el espacio residencial.

Comodoro se encuentra muy ligada con un imaginario de ascenso social mediante el acceso al mundo del petróleo; dichas representaciones trastocan el sistema de clasificación social, suponen que las fronteras que delimitan los campos sociales jerarquizados sean más blandas que en otras localidades. Consecuentemente, quienes se perciben como las élites tradicionales sufren un proceso de “pánico de clase” que desencadena una serie de intentos por reinstaurar el orden amenazado.

En los empeños por reestablecer y fijar un orden, no todos los vectores clásicos a partir de los cuales se producen o legitiman las desigualdades tienen el mismo impacto. Estos grupos sociales, por lo general parapetados bajo el término de NyC, no logran preservar las distancias sociales limitando sus argumentos al consumo (los “recién llegados” pueden tener una mayor capacidad adquisitiva; el tipo de consumo tampoco es demasiado diferente entre los distintos grupos sociales, etcétera), al espacio (migrantes y sectores populares circulan por la ciudad sin asumir las fronteras simbólicas que otros intentan imponer, etcétera) o a imaginarios raciales (si bien es un diacrítico importante, dichos discursos suelen tener límites a la hora de materializarse en el espacio público y urbano). Entonces, los esfuerzos de los grupos nativos encaminados a resaltar su prestigio diferencial y restituir el orden amenazado toman al tiempo (a la antigüedad de la residencia en la zona específicamente), más que al espacio, como eje central. En tanto principal capital simbólico, de la temporalidad surge la categoría de NyC, la cual resulta central en el ­sistema de clasificación social.

Las ciudades petroleras constituyen un “laboratorio sociológico” especialmente interesante para el estudio de las desigualdades sociales. En Comodoro, queda claro que la pobreza no siempre se articula linealmente con la desigualdad social: el mundo del petróleo supone una enorme fuente de riquezas, pero también multiplica las distancias sociales. Más aún: incluso cuando personas provenientes de los sectores populares logran acortar las brechas económicas ingresando al mundo del petróleo, dicha situación no siempre implica una reducción de la desigualdad simbólica. Este argumento confirma la necesidad de promover estudios con una lectura relacional y multidimensional de la desigualdad (Reygadas, 2004). Por otra parte, el interés que despierta una ciudad como Comodoro se debe no sólo a cómo el sistema clasificatorio es constantemente cuestionado, sino también a cómo dicho desafío se desliga de un modelo de acumulación que produce formas específicas de desigualdad urbana.

El mundo del petróleo supone posibilidades concretas de ascenso social, pero las mismas no necesariamente implican criticar las causas que producen y/o legitiman las distancias sociales. El desafío al orden se circunscribe a una disputa por ingresar en los lugares privilegiados de la pirámide social, sin que ello suponga cuestionar las consecuencias negativas inherentes a un modelo de desarrollo netamente extractivo.

 

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Recibido: 12 de diciembre de 2017

Aceptado: 24 de mayo de 2018

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