Universidad Nacional Autónoma de México • Instituto de Investigaciones Sociales

Young Argentine NiNi’s: Containment networks and coping skills

Lidia de la Torre* y María Teresa Baquerin de Riccitelli**

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*Doctora en Sociología por la Pontificia Universidad Católica Argentina (UCA). Instituto de Investigación, Facultad de Ciencias Sociales (UCA). Codirectora del Proyecto de Investigación “Condiciones de vida y capacidades de desarrollo humano de la niñez y adolescencia en diferentes contextos macroeconómicos, tipos de familia y dimensiones de derechos. Argentina 2006-2012”, Foncyt. Codirige la línea de investigación “Juventudes argentinas del Siglo XXI”. Alicia M. de Justo 1500, 1107, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina.

**Doctora en Sociología por la Universidad Católica Argentina (UCA). Codirige la línea de investigación “Juventudes argentinas del Siglo XXI”, Instituto de Investigación, Facultad de Ciencias Sociales (UCA). Temas de especialización: los jóvenes y la brecha digital.

Las autoras agradecen al Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Pontificia Universidad Católica Argentina por permitirnos acceder a la base de datos de la Encuesta de la Deuda Social Argentina, Serie Bicentenario 2010-2016.

 

Resumen: El objetivo principal de este trabajo es describir y comprender la relación existente entre la situación de inactividad de los jóvenes NiNi y los estados emocionales o afectivos que influyen en su capacidad para afrontar la vida cotidiana y establecer vínculos sociales de contención. Este objetivo se sustenta en el supuesto de que la desigualdad social genera brechas psicosociales que tienden a profundizarla y consolidarla. Se construyeron dos índices que miden las dos variables dependientes: déficit actitudinal y déficit relacional. Los datos provienen de una encuesta realizada a 4 426 jóvenes de 18 a 25 años, con una muestra representativa, probabilística y polietápica.

Palabras clave: vulnerabilidad, integración, trabajo, estudio, contención, afrontamiento.

Abstract: The main purpose of this paper is to describe and understand the relationship existing between the inactivity of NiNi Youth (young people who do not work or study) between the emotional and affective states that influence to their capacity to cope with everyday life and also to establish social links that provide containment. This purpose is based on the assumption that social inequality generates psychosocial rifts that tend to intensify and consolidate it. Two overall rates measuring the two dependent variables were constructed: attitudinal and relational deficit. The data are drawn from a survey of 4 426 young people aged 18 to 25 years, with a representative, probabilistic and multistage sample.

Key words: vulnerability, integration, work, study, containment, coping.

 

El objetivo principal de este trabajo fue observar la manera en que las condiciones materiales de vida de los hogares inciden en la construcción de lazos sociales que facilitan el desarrollo de actitudes positivas de afrontamiento. En función de este objetivo nos preguntamos en qué medida las condiciones de vulnerabilidad socioeconómica limitan el desarrollo de actitudes proactivas, bajo el supuesto de que, a mayor vulnerabilidad material, mayor es el déficit actitudinal que llevaría a los jóvenes que no estudian ni trabajan (NiNi) a consoli-dar situaciones de pasividad y/o a la incapacidad para afrontar diferentes situaciones de la vida cotidiana. En este contexto nos planteamos un segundo interrogante, que consistió en observar la manera en que el déficit de lazos de contención social incide en la actitud pasiva que asumen los jóvenes NiNi. Hipotetizamos entonces que, en un contexto de vulnerabilidad social, se vuelve más difícil establecer el tipo de vínculos sociales que permitirían la conformación de actitudes proactivas y, consecuentemente, la ruptura de la pasividad que caracteriza a los jóvenes que denominamos NiNi.

Los resultados aquí presentados utilizan como fuente de información los datos de la Encuesta de la Deuda Social Argentina —Serie Bicentenario 2010-2016— realizada por el Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Pontificia Universidad Católica Argentina.

Muchas investigaciones han tratado de describir los factores que se vinculan con el fenómeno de los jó venes NiNi y evaluar perspectivas tendientes a hacer un diagnóstico eficiente para el diseño de políticas públicas orientadas a resolver el problema. La mayor parte de los estudios han focalizado su atención en aspectos sociodemográficos vinculados al problema de los jóvenes que no estudian ni trabajan. Los resultados obtenidos permiten observar que estos jóvenes carecen, en general, de la capacitación educativa necesaria tanto para ingresar al mercado laboral como para integrarse socialmente. Advierten, además, que estas condiciones tienen una mayor incidencia en hogares con escasos recursos materiales, históricamente afectados por situaciones de marginalidad social. Esta acumulación generacional de déficits materiales, sociales y culturales dificulta seriamente la posibilidad de modificar la situación de los más jóvenes, generándose así el anquilosamiento y la reproducción de la exclusión.

Sin embargo, sin dejar de lado la importancia que tiene la estructura socioeconómica familiar al estudiar la situación de estos jóvenes, nos parece igualmente importante analizar y evaluar el impacto de la fragilidad de las redes sociales de contención, reciprocidad y protección dentro de la configuración familiar y barrial, así como las capacidades psicosociales de afrontamiento y toma de decisiones con que cuentan los jóvenes que hoy en Argentina no estudian ni trabajan.

 

Metodología

Los datos del presente trabajo provienen de la Encuesta de la Deuda Social Argentina (edsa), que utiliza un cuestionario multipropósito que aborda distintas dimensiones y componentes del desarrollo humano y social. “El objetivo es monitorear de manera sistemática los cambios que operan sobre los problemas de desarrollo humano y social que afectan a gran parte de la población, así como evaluar los factores que intervienen en su reproducción histórica” (Salvia y Tami, 2000: 405). La encuesta se realiza cada año sobre una muestra probabilística representativa de hogares y personas que en el periodo de referencia residen en 20 aglomerados urbanos del país. Los 10 dominios del estudio para los que son representativos los resultados de la encuesta son: 1) Total urbano (aglomerados de 80 000 habitantes o más); 2) Áreas metropolitanas; 3) Gran Buenos Aires; 4) Ciudad Autónoma de Buenos Aires; 5) Conurbano Bonaerense; 6) Gran Rosario; 7) Gran Córdoba, 8) Gran Mendoza; 9) Gran Tucumán y 10) Resto urbano del interior (ciudades no metropolitanas de 80 000 habitantes o más).

El muestreo es probabilístico, polietápico con selección aleatoria de viviendas, hogares y población, estratificación de radios censales y hogares. Para este estudio se trabajó con bases apiladas 2010-2014, que cuentan con un total de 4 855 jóvenes de 18 a 25 años relevados en los hogares de la muestra.

Para el análisis de aspectos sociodemográficos, actitudinales y relacionales se construyó una variable denominada NiNi, que segmentó a la población bajo estudio en: 1) jóvenes que no estudian ni trabajan y que tampoco son amas de casa; 2) jóvenes que estudian; 3) jóvenes que trabajan; 4) jóvenes que estudian y trabajan; y 5) amas de casa.

Las variables que caracterizan los atributos del entrevistado fueron: trabajo y nivel educativo. Esta última dividió al segmento de jóvenes en dos, los que no alcanzaron a completar el secundario y los que sí lo completaron o alcanzaron un nivel de estudios formales superior. La variable trabajo se midió preguntando al entrevistado si había trabajado la semana previa a la aplicación de la encuesta. Esta forma de evaluación permite comparar los datos obtenidos con los datos oficiales de Argentina, aun cuando podría entenderse como una limitación en este estudio. Se excluyeron las tareas domésticas y las tareas solidarias.

Para el análisis se utilizaron tres variables estructurales complejas, construidas por odsa, que permiten observar diferentes situaciones de vulnerabilidad de los hogares:

a) Estrato socioeconómico. Toma en consideración el capital educativo del hogar, la condición ocupacional de sus miembros, el acceso a bienes y tecnología, y las características de la vivienda; y segmenta a la población en Medio alto, Medio bajo, Bajo y Muy bajo.

b) Hogar con Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI). Según la definición de la Cepal, es el que presenta por lo menos una de las siguientes privaciones: hacinamiento (más de tres personas por cuarto); vivienda de tipo inconveniente (rancho, casilla, pieza de inquilinato o pensión, etc.); ausencia de retrete; presencia de al menos un niño en edad escolar que no concurre a la escuela; hogares con cuatro o más personas por miembro con ocupación laboral y con jefe de familia con primaria incompleta como máximo nivel de educación. Esta variable permite observar situaciones extremas de privación económica o marginalidad social.

c) Condición residencial. Permite clasificar a los hogares urbanos según su emplazamiento en diferentes espacios. Segmenta a la población entrevistada con base en el tipo de barrio en el cual habita, ya sea en barrios con trazado urbano formal, con predominio de población con nivel socioeconómico medio alto; barrios con trazado urbano formal, con predominio de población con nivel socioeconómico medio; barrios de trazado formal, con predominio de población con nivel socioeconómico bajo o en villas o asentamientos precarios. Esta variable describe el espacio residencial que se constituye en el espacio en el cual se estructuran los vínculos sociales/ redes de contención.

Para los efectos centrales del trabajo se construyeron dos variables complejas: 1) actitudes frente a los problemas y 2) redes sociales de contención. Ambas variables tienen dos valores —con o sin déficit— que clasifican a las jóvenes según el grado de carencia de herramientas para resolver situaciones problemáticas y la calidad de sus relaciones.

1) Las actitudes de los jóvenes frente a los problemas fueron observadas en tres dimensiones de análisis:

•Dimensión pesimista: construida con base en indicadores1 que muestran la imposibilidad/ incapacidad para modificar o hacer frente a la situación problemática.

•Dimensión mágica: construida con base en indicadores2 que muestran que la solución de los problemas no depende de la voluntad de las personas.

•Dimensión apática: construida a partir de indicadores3que muestran la incapacidad para desarrollar acciones proactivas.

2) La variable redes sociales de contención se construyó a partir de dos dimensiones:

•Dimensión afectiva: definida a partir de la evaluación de indicadores4 que muestran la existencia de lazos de afecto, amistad, cariño.

•Dimensión orientativa: definida a partir de la evaluación de indicadores5que muestran la existencia de un entorno contenedor.

 

Trayectorias juveniles: los jóvenes NiNi

En investigaciones anteriores observamos una clara relación entre las condiciones materiales de vida y las actividades que definen a los jóvenes en estudio. Se observa que cuanto más alto es el estrato socioeconómico al que pertenecen, tienden más a estudiar o a estudiar y trabajar, mientras que los que pertenecen a los estratos socioeconómicos más bajos se asocian con la tendencia a la inactividad, tal como lo muestra la relación positiva existente entre los hogares de los NiNi, que presentan los mayores niveles de NBI, de déficit habitacional y de pasividad (Torre y Baquerin, 2017). El impacto negativo de la vulnerabilidad socioeconómica de los hogares en las trayectorias de vida de los jóvenes nos llevó a plantearnos la pregunta en la que se basa este trabajo, en qué medida diferentes trayectorias —estudiar, trabajar, permanecer inactivo— se asocian con el desarrollo de la capacidad para el afrontamiento de los problemas de la vida cotidiana y con la calidad de las relaciones sociales que los jóvenes de 18 a 25 años establecen con su entorno.

Estamos suponiendo, entonces, que en los niveles similares de vulnerabilidad en las condiciones materiales de vida de los hogares, el ejercicio de una actividad —estudiar o trabajar— ubicaría a los jóvenes en una situación menos vulnerable socialmente que la de aquellos que permanecen inactivos. Esta menor vulnerabilidad tiene como contrapartida una mayor integración social y, por lo tanto, una mayor posibilidad de establecer vínculos sociales —fuertes y débiles—, así como el desarrollo de capacidades para el afrontamiento de los problemas de la vida cotidiana. Entendemos por vulnerabilidad las “características no idiosincráticas que generan debilidad, desventaja o problemas para el desempeño y la movilidad social de los actores […], y que actúan como freno u obstáculos para la adaptación de los actores a los cambiantes escenarios sociales” (Rodríguez Vignioli, 2001: 18).

La opción del rango de edad hasta los 25 años se basa en lo que algunos autores caracterizan como un periodo denominado adolescencia prolongada, adultez temprana, juventud o adultez emergente, aludiendo a la prolongación del ingreso a la vida adulta. Este pasaje se asocia con una progresiva independencia, la asunción de roles adultos y la aceptación de esa nueva identidad (Aisenson et al., 2014: 118). En general las expectativas socioculturales exigen que este grupo desarrolle en esta etapa alguna actividad, ya sea vinculada con el estudio o con el trabajo. “Se considera en general que es altamente deseable que los jóvenes sean productivos y se desarrollen en las esferas escolar o laboral, o incluso en ambas, por lo que mantenerse fuera de esas actividades es censurable e incluso castigado socialmente, lo que incrementa su condición de vulnerabilidad” (Gutiérrez García et al., 2014).

La educación es una de las variables que muchas de las investigaciones han utilizado para definir las diferentes etapas etarias, vinculando niveles educativos con la amplitud temporal del periodo juvenil. Algunos estudios denominan a esta población como “jóvenes plenos”, ya que representa a un conjunto de jóvenes con la edad en la cual en teoría deben haber completado recientemente la educación secundaria y coincide con el momento en que la mayor parte de los jóvenes se inserta en el mundo laboral o empieza sus estudios terciarios o universitarios.

En este escenario los más integrados deberían ser los jóvenes que estudian o estudian y trabajan, y, en consecuencia, tendrían que ser los más capacitados para vincularse socialmente y para desarrollar conduc-tas proactivas. Por el contrario, los menos integrados deberían ser los jóvenes que no estudian ni trabajan —NiNi—, y este aislamiento estaría asociado con la carencia de lazos de contención y con la incapacidad o dificultad para afrontar la vida cotidiana.

Otra trayectoria socialmente aceptada es la de los jóvenes que trabajan y que se integran a través de una actividad productiva remunerada que no por fuerza está vinculada con el grado de educación alcanzado. Si bien haber terminado el nivel secundario —obligatorio en Argentina— es condición necesaria para que los jóvenes alcancen la formalidad laboral y mejores condiciones de trabajo, persiste un alto grado de informalidad, independientemente del nivel educativo alcanzado. Respecto de la situación laboral, en algunos estudios se toma como criterio de segmentación la formalidad del empleo, de manera tal que el segmento de los jóvenes NiNi estaría constituido, además de por los que no trabajan, por los que tienen un trabajo precario u ocasional. En otros se considera trabajador a todo aquel que percibe un ingreso por una actividad, independientemente de la formalidad y regularidad de ese trabajo. En esta investigación se tomó como criterio para formar parte de los NiNi no tener un trabajo remunerado, ya sea formal o informal, es decir, un trabajo pleno de derechos o uno precario.

Con los criterios descritos definimos cinco grupos de jóvenes: los que estudian, los que trabajan, los que estudian y trabajan, los que no estudian ni trabajan, y las amas de casa. La exclusión de estas mujeres de la población que definimos como jóvenes que no estudian ni trabajan tiene como objetivo hacer visible el trabajo del ama de casa o el rol de cuidadora, específicamente en el segmento de las mujeres más jóvenes, quienes en la mayor parte de la bibliografía, que incluye a Miranda (2009), Tuirán y Ávila (2012), Gutiérrez García et al. (2014), D’Alessandre et al. (2014), son incluidas en la categoría de NiNi por considerar que en esa etapa vital deberían estar trabajando o estudiando. Es decir, que estas mujeres que llevan a cabo una tarea importante para la sociedad y deberían ser objeto de políticas específicas, son invisibles no sólo para la sociedad que desvaloriza el rol del ama de casa, sino también para los investigadores, que las incluyen en la categoría de NiNi.

Sin embargo, en este estudio entendemos a esas jóvenes amas de casa como un subgrupo con características especiales, que si bien puede ser considerado como población inactiva (no pea), requeriría estudiarlo con un enfoque particular. En este sentido, algunos autores proponen definir el trabajo doméstico como trabajo reproductivo para diferenciarlo del concepto de trabajo tradicional, vinculado con la producción. El trabajo reproductivo incluye una serie de actividades destinadas a la reproducción biológica, social e ideológica de la fuerza de trabajo (Carrasquer et al., 1998).

Entenderemos, entonces, al trabajo doméstico como trabajo reproductivo, y consideraremos ama de casa a todas aquellas mujeres que realizan o tienen a su cargo las tareas domésticas, sean madres o tengan la responsabilidad de cuidar a personas dependientes, hijos, hermanos pequeños, ancianos. En la definición de ama de casa habitualmente se excluye la responsabilidad del cuidado de personas dependientes, en tanto que algunos investigadores asimilan el concepto de ama de casa al de cuidadora.

En síntesis, este estudio considera NiNi a los jóvenes entre 18 y 25 años que no estudian, ni trabajan, ni son amas de casa. Así definido, en Argentina el segmento NiNi representa 12% de la población total de jóvenes en esa edad, porcentaje equivalente a aproximadamente 650 000 jóvenes,6 de los cuales 42% son varones y 58% mujeres. La mayoría de los NiNi forman parte de hogares de nivel socioeconómico bajo o muy bajo (66%); 41% habita en villas de emergencias o barrios precarios; dos de cada 10 no cubren las necesidades básicas (NBI severo); y la mitad de ellos no terminó la escuela secundaria (Torre y Baquerin, 2017).

El nivel de vulnerabilidad de estos jóvenes que no estudian ni trabajan es mayor que el del resto de los segmentos analizados. En esta línea, en investigaciones anteriores observamos que a mayor déficit socioeconómico de los hogares, mayor es la probabilidad de que los jóvenes integren el segmento NiNi, es decir, que entornos vulnerables retroalimentan la pasividad y el aislamiento, limitando la integración social (Torre y Baquerin, 2016).

El resto de los jóvenes de entre 18 y 25 años se distribuyen teniendo en cuenta los criterios mencionados (educación y trabajo) de la siguiente manera: 18% estudia, 46% trabaja, 15% estudia y trabaja y 9% son amas de casa (ver Gráfico 1). Esta investigación tuvo en cuenta los cuatro segmentos, tomando a los jóvenes NiNi como grupo experimental y al resto como grupos de control a fin de comparar el efecto de diferentes estímulos que permiten describir diferencias y semejanzas entre ellos. En especial las determinadas por las condiciones materiales de vida de los hogares y los años de escolaridad alcanzados. Asimismo, en otro plano se observaron las actitudes con las que enfrentan situaciones problemáticas y la posibilidad de contar o no con redes sociales de contención.

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Déficit de integración humana y social

El objetivo principal de esta investigación es observar cómo el contexto de pertenencia de los jóvenes influye en el desarrollo de predisposiciones tendientes a generar acciones positivas frente a situaciones problemáticas.

Tal como fue desarrollado en el apartado de metodología, para el análisis de estos aspectos actitudinales y relacionales se construyeron variables complejas. Un primer índice intentó medir las Actitudes que desarrollan los jóvenes frente a los problemas y un segundo índice buscó evaluar las Redes Sociales de Contención con que cuentan para desarrollarse afectiva y socialmente. En ambas variables se clasificó a los jóvenes según el grado de carencia o déficit en el modo de resolver situacio-
nes problemáticas y en la calidad de sus relaciones.

 

Actitudes de afrontamiento: déficit actitudinal

En este apartado se busca identificar las predisposiciones de los jóvenes para afrontar las distintas circunstancias de la vida, afrontamiento que puede resultar positivo o negativo según sus competencias y capacida-des. Con ese propósito no sólo observamos las predisposiciones de los jóvenes en situaciones problemáticas en las que deben desarrollar sus capacidades para resolverlas, también analizamos el impacto que los factores socioestructurales, que funcionan como condicionantes, o al menos como condiciones iniciales para el desarrollo de una actitud, tienen sobre esas predisposiciones.

En principio entendemos que las actitudes son predisposiciones a actuar de una determinada manera, que en la evaluación se expresan a favor o en contra de un objeto, y que están condicionadas por la incidencia de elementos cognitivos, afectivos y conductuales. Podemos complementar esta definición considerando, como Richard La Piere, que las actitudes “se adquieren en la experiencia social y proporcionan al […] individuo cierto grado de preparación para ajustarse de manera precisa a determinados tipos de situaciones sociales, en caso de que esas situaciones se presenten” (Readon, 1981: 58).

Como vimos antes, y dado que el foco de esta investigación está puesto en la actitud/predisposición que manifiestan los jóvenes para afrontar una situación problemática, podemos agregar que la predisposición para resolver un problema se asocia con los conceptos de expectativa y valencia. La primera definida como la percepción que tiene una persona “de que una determinada acción llevará a la consecución de un resultado, y la segunda alude al valor que la persona anticipa al logro del resultado” (Barberá Heredia, 1999). La investigación sobre el desarrollo de expectativas y valencias, al tiempo que se evalúan los factores que condicionan el compromiso con la meta, ha tenido en cuenta tanto aspectos de la personalidad y de experiencias de vida como componentes externos a la persona (mayor o menor dificultad para realizar las tareas propuestas, déficits estructurales) (Garrido Gutiérrez, 2000).

Dado que, a diferencia del estudio de la conducta, el estudio de la actitud se caracteriza por la intangibilidad y por su condición de predisposición, se diseñaron diferentes escenarios hipotéticos que permitieron observar las predisposiciones que los jóvenes pondrían en juego para la resolución de circunstancias problemáticas. De todos modos advertimos que “todo estudio de las actitudes por medio de la indagación directa está expuesto a serias objeciones, debido tanto a las limitaciones del método de análisis como al hecho de que la inexactitud de juicio humano al clasificar las actitudes es una variable inevitable” (Readon, 1981: 54).

En el marco de las citadas limitaciones se construyeron tres escenarios, cuyos indicadores permitieron elaborar otras tantas actitudes teóricas con las que los jóvenes suelen encarar las diferentes circunstancias de la vida. En estos escenarios se analizan los recursos cognitivos y emocionales que los jóvenes poseen para hacer frente a las dificultades, los cuales se observan a través de variables que denotan características psicológicas representadas en los modos de afrontamiento, la carencia de control del entorno y la capacidad de tener proyectos de vida.

En este contexto es posible diferenciar el afrontamiento negativo o evitativo, que consiste en una serie de conductas destinadas a distraer y evitar pensar en la situación problemática, sin realizar intentos activos para tratar de resolver el asunto. Este estilo de afrontamiento minimiza la situación de estrés, ya sea ignorando su existencia, escapando de la misma o evitando tomar la responsabilidad de resolverla (Salvia, 2014: 158).

Los escenarios planteados permiten observar tres actitudes con las que los jóvenes manifiestan ese estilo: apática, fatalista y mágica. Entendemos por actitud apática aquella en la que los actores no afrontan el problema, ni buscan ni planifican posibles soluciones debido a la falta de confianza en su propia capacidad de control. Los fatalistas, por el contrario, son aquellos que parten del supuesto de que la realidad no depende de ellos, que el mundo está manejado por gente con poder y que todo lo que puedan hacer frente al problema está condenado al fracaso. Una tercera posibilidad para el afrontamiento de una situación problemática es la actitud mágica, en la cual prevalece la convicción de que lo que ocurre es el resultado del azar, del destino, de Dios o de la suerte.

Con cargas afectivas diferentes, los apáticos, los fatalistas y los que esperan soluciones mágicas tienden a desarrollar conductas más o menos pasivas. En definitiva, la diferencia entre las tres actitudes se manifiesta en un continuo que va de la acción a la pasividad. En este sentido, cabe señalar que mientras los resultados de la acción van a influir en el establecimiento de nuevas expectativas y valores, en el desarrollo emocional y en las futuras acciones, los resultados de la pasividad o la inacción, al no generar logros, van a consolidar actitudes pasivas y/o negativas.

Si comparamos los cuatro segmentos de jóvenes que se están estudiando, podemos ver, a la luz de las diferentes actitudes descritas, que uno de cada tres jóvenes NiNi (34%) esperan que la solución de sus problemas provenga de la suerte, del azar o de Dios. Esta actitud, que definimos como mágica, es asumida también por 27% de los jóvenes que trabajan y tiende a ser algo menor entre los que estudian (20%), y entre los que estudian y trabajan (18%).

Por otra parte, en un escenario en el que se evalúa la capacidad de los jóvenes para hacer planes y resolver problemas, vemos que los NiNi son los más apáticos para buscar soluciones (29%). Esta apatía se observa también, aunque en menor medida, en los otros segmentos de jóvenes (21% entre los que sólo trabajan y sólo estudian y 18% entre los que estudian y trabajan).

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Si bien, teniendo en cuenta la edad de la población estudiada, el nivel de pesimismo es relativamente importante, resulta interesante señalar que la presencia de una actitud fatalista es relativamente inferior a la registrada respecto de las dos actitudes evaluadas. Un 16% de los NiNi y 15% de los jóvenes que trabajan sienten que el mundo les presenta obstáculos imposibles de salvar. Esta proporción es menor entre los jóvenes que estudian y los que estudian y trabajan (6% y 5% respectivamente). En relación con nuestro supuesto inicial, podemos concluir que cuando los jóvenes NiNi enfrentan un problema tienden a asumir una actitud pasiva, primero a esperar una solución mágica y luego a mostrarse pesimistas sobre sus capacidades para resolver problemas. Con base en lo analizado hasta aquí, podemos concluir que el segmento NiNi se constituye con jóvenes que pertenecen al grupo que tiene menos herramientas para enfrentar situaciones adversas y una clara predisposición a la pasividad (ver gráfica 2).

Con las tres tipologías actitudinales descritas se construyó una variable compleja que mide el déficit actitudinal de la población de jóvenes de 18 a 25 años. Este índice muestra que 30% de los jóvenes NiNi carece de las capacidades necesarias para desarrollar conductas positivas frente a situaciones problemáticas. Si comparamos el déficit actitudinal de los jóvenes NiNi respecto de los otros segmentos analizados —jóvenes que trabajan, que estudian y que estudian y trabajan—, observamos la misma tendencia registrada que cuando estudiamos las tres dimensiones que componen este índice. Los jóvenes que trabajan tienden a mostrar un déficit similar, aunque algo menor al de los NiNi, cuando deben afrontar un problema (25% asume actitudes negativas). Esta cifra desciende a uno de cada diez entre los jóvenes que estudian y entre los que estudian y trabajan (12% y 11%, respectivamente) (ver gráfica 3).

 

Incidencia de factores materiales en el déficit actitudinal

Dado lo observado cuando analizamos el perfil de los diferentes segmentos de jóvenes, nos preguntamos ahora en qué medida la situación socioeconómica de los hogares resulta un condicionante del déficit actitudinal registrado. Para responder a este interrogante analizamos el índice desde la perspectiva del estrato socioeconómico, las necesidades básicas insatisfechas, la condición residencial y el nivel de educación.

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El análisis del déficit actitudinal permite afirmar que el estrato socioeconómico al cual pertenecen los hogares de los jóvenes se vincula claramente con su capacidad para afrontar los problemas; cuanto más vulnerable es el hogar, mayor es el déficit actitudinal. Se ha encontrado que 43% de los jóvenes NiNi del estrato más bajo no logra desarrollar actitudes tendientes a solucionar los problemas, en tanto que en el otro extremo de la escala (estrato medio alto), sólo 17% de los jóvenes manifiesta este déficit7 (ver gráfica 4).

Otro indicador de déficit socioeconómico es el NBI, que se focaliza en las privaciones estructurales en el nivel de subsistencia de los hogares y que mide de manera directa las condiciones de vida y el bienestar material del hogar. En este caso se destaca el hecho de que este indicador establece un umbral de bienestar restringido, aunque efectivo, en cuanto a dar cuenta de situaciones extremas de privación económica o de marginalidad social (Salvia, 2014: 33). Es por eso que nos preguntamos: ¿En qué medida hogares con NBI condicionan las actitudes de los jóvenes que ni estudian ni trabajan? Los datos muestran que formar parte de un hogar con nbi duplica la probabilidad de que estos jóvenes carezcan de herramientas para asumir actitudes proactivas frente a un problema (42%, cifra que se reduce a 26% en los hogares de los jóvenes NiNi que no tienen NBI)8 (ver gráfica 4).

La condición de habitabilidad —cuyas dimensiones abarcan acceso a una vivienda digna, a servicios públicos y a condiciones ambientales saludables— constituye otro indicador de déficit estructural que podría condicionar las actitudes de los jóvenes. En este sentido, observamos que 70% de los jóvenes NiNi que viven en hogares situados en villas o asentamientos precarios son incapaces de afrontar problemas cotidianos, mientras que sólo 26% de los que residen en barrios de nivel económico medio alto está en esa situación9 (ver gráfica 4).

El nivel de educación es otro de los indicadores que, suponemos, puede incidir en el nivel de déficit actitudinal. Se observa, así, que a mayor nivel de educación, los jóvenes tienen menos dificultades para encontrar o planificar la solución de sus problemas. En el caso de los jóvenes NiNi, vemos que 33% de los que no completaron el nivel secundario son más vulnerables a situaciones problemáticas que quienes lo completaron o tienen estudios superiores (13%)10 (ver gráfica 4).

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Déficit actitudinal: resumen y comentarios

En síntesis, observamos que las condiciones económicas estructurales son las que más se asocian con el afrontamiento negativo en el segmento de jóvenes NiNi. Es decir, que cuanto mayor es el déficit en las condiciones materiales de vida, mayor es la tendencia a asumir actitudes evasivas frente a un problema. Estos jóvenes tienden, en primer lugar, a esperar soluciones mágicas y, en segundo lugar, a mostrarse incapaces para poner en marcha un plan que resuelva una situación problemática. En una proporción menor, no por eso menos significativa, estos jóvenes expresan un sentimiento de frustración frente a una realidad que perciben como imposible de cambiar.

Dada la similitud que se ha venido mostrando en este trabajo entre los jóvenes NiNi y los jóvenes que trabajan, nos preguntamos si esa similitud se asocia con alguna de las variables socioeconómicas que definen las condiciones materiales de vida de los hogares.

Como hemos visto, en general se registra una clara incidencia de los factores socioeconómicos en las actitudes que asumen los jóvenes frente a situaciones problemáticas. Asimismo, observamos que los jóvenes que viven en hogares con buenas condiciones económicas estructurales confían más en sus posibilidades para resolver los problemas que los que viven en hogares vulnerables. Sin embargo, si bien es cierto que condiciones socioeconómicas similares tienden a generar actitudes similares, lo que se advierte en este estudio es que en condiciones de vulnerabilidad semejantes el nivel de déficit actitudinal entre los jóvenes que trabajan es sensiblemente menor que el que se observa entre los jóvenes que no estudian ni trabajan.

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En efecto, 43% de los jóvenes NiNi que viven en hogares de nivel socio-económico muy bajo se muestran incapaces para generar las estrategias con las cuales podrían hacer frente a las dificultades. En esta situación se encuentra un 30% de los jóvenes que trabajan y que forman parte de hogares con muy bajo nivel socioeconómico.

Por otra parte, mientras que 42% de los jóvenes que no trabajan ni estudian, y que pertenecen a hogares con NBI, carecen de recursos para vencer situaciones adversas, entre los jóvenes que trabajan y que comparten la misma situación de privación económica o marginalidad social esa cifra se reduce a la mitad (24%).

Al considerar la condición residencial del hogar se registra un porcentaje muy superior de déficit actitudinal de los NiNi que habitan en hogares situados en villas o asentamientos precarios (70%), en comparación con el déficit registrado entre los jóvenes que trabajan y viven en el mismo tipo de hábitat (35%).

Como puede observarse en la tabla anterior, el nivel de educación no es una variable que marque diferencias en el grado de déficit actitudinal entre los jóvenes NiNi (33%) y los que trabajan (31%).

Es evidente el impacto del nivel económico social y del nbi en el déficit actitudinal de los jóvenes, pero el factor que tiene mayor incidencia es la condición residencial y, específicamente, formar parte de hogares constituidos en villas o asentamientos precarios. Si bien es cierto que el volumen poblacional que reside en este tipo de hábitat es relativamente pequeño —8% de los NiNi y 5% de los que trabajan—, parece que, más allá de las condiciones materiales de vida, es el medio ambiente social lo que pone a estos jóvenes en situación más vulnerable.

Los NiNi son jóvenes que integran hogares marcados por la vulnerabilidad social y económica, tienden a vivir en un hábitat precario, deteriorado, hostil y con pobres servicios, y es en este tipo de entorno donde se profundiza el déficit de actitudes cognitivas y emocionales que se ponen en juego en circunstancias adversas.

La importancia del entorno social y material en el desarrollo de actitudes y conductas se comprende si entendemos que están conformadas por el componente cognoscitivo, el emocional y el motivacional. Con estos componentes los jóvenes (en nuestro caso) construyen representaciones de su realidad, la valoran y actúan en consecuencia. Mediante el sistema cognoscitivo se establece la relación con el entorno y se elabora una representación mental a partir de la cual se generan predisposiciones en las cuales influye el factor afectivo (emociones). Es a partir de estas representaciones que los jóvenes establecen una relación manifiesta en aceptación o rechazo de los acontecimientos (Nuttin, 1982).

A diferencia de los componentes cognitivo y afectivo, que influyen de manera importante, el componente motivacional se relaciona con el entorno en función del grado de compromiso que la persona establece con determinadas acciones. Para Nuttin, el hombre está abierto al mundo y orientado a interactuar con él. Pero las personas pueden actuar de diferentes formas al relacionarse con el entorno. En este sentido la motivación no sólo explica la aparición de una conducta, sino que es responsable de su dirección (Nuttin, 1982).

Si retomamos la idea de que son las relaciones interactivas que se entablan de modo continuo entre los procesos psicológicos y los fenómenos sociales (influencia social) las que condicionan las actitudes y permiten prever los comportamientos, podemos pensar que los jóvenes que viven en entornos favorables tenderán a ser optimistas cuando tengan que encarar las diferentes situaciones adversas que la vida les plantea, y desarrollarán conductas proactivas, como dedicarse a resolver el problema o a planificar su solución. Mientras que aquellos que viven en entornos hostiles y creen que no tienen posibilidades de modificar la realidad estarán menos dispuestos a enfrentar las situaciones problemáticas o, expresado de otra manera, no estarán motivados a la acción sino a la inacción o a la pasividad. En esta última postura o dirección podemos ubicar a los jóvenes NiNi que pertenecen a hogares marcados por la vulnerabilidad social y económica que, en consecuencia, no desarrollan potencialidades para realizar actividades que les permitan su crecimiento personal y su inserción social.

 

Redes sociales de contención: déficit relacional

En este punto analizamos las relaciones sociales de los jóvenes y los factores socioculturales que intervienen en la calidad de esas relaciones, y si esos factores funcionan como condicionantes de un mayor o menor grado de afiliación social.

Con este propósito se observaron, además de los vínculos afectivos con que cuentan los jóvenes, la presencia o ausencia de personas que les brinden información y les ayuden a conocerse a sí mismos y a su entorno.

Desde este lugar nos preguntamos si el hecho de no contar con muchas redes sociales crea un contexto desfavorable para el desarrollo personal y la integración social de los jóvenes bajo estudio.

Para resolver esta cuestión se construyeron dos dimensiones de redes sociales, cuyos indicadores permitieron elaborar un índice con el cual se observó en qué medida los jóvenes contaban con una malla de contención que los ayudara a encarar las diferentes circunstancias de la vida. Una de las dimensiones se construyó a partir de la evaluación de indicadores que muestran la presencia de lazos de amor, amistad, ternura, y que definimos como afectiva. Con la otra, a la que definimos como orientativa, se buscó identificar la existencia de un entorno que contenga, aconseje e informe a los jóvenes.

La definición de relaciones afectivas se focalizó en la percepción de los jóvenes de que tienen amigos y personas que los quieran y que los acompañen. A partir de esto nos preguntamos si las carencias afectivas constituyen un indicador de vulnerabilidad psicológica y social.

Por otro lado, la dimensión orientativa buscó operacionalizar la percepción de los jóvenes sobre las redes de contención con que cuentan. Los vínculos son orientativos cuando ayudan al autoconocimiento y brindan guías para realizar una tarea o señalar un comportamiento determinado. Las personas que conforman este círculo son las que facilitan a los jóvenes la comprensión del entorno social, que les indican cuál es el comportamiento esperable en determinadas situaciones e incluso
les ayudan a conocerse a sí mismos.

El análisis de las redes sociales en este trabajo está en línea con la clasificación de los vínculos, en fuertes y débiles, que propuso Granovetter (2000). Para este autor, los primeros son los que se establecen con familiares, amigos y compañeros (trabajo, escuela, barrio), y los segundos son los que se construyen con personas con quienes se tienen contactos esporádicos, vínculos emocionales nulos y escasa relación. En este sentido, asimilamos el concepto de lazos fuertes con la dimensión afectiva y el de lazos débiles con la orientativa.

En síntesis, el propósito de esta parte del trabajo fue analizar la calidad de las redes sociales con que cuentan los jóvenes para indagar si éstas inciden en el grado de vulnerabilidad y aislamiento social, bajo el supuesto de que la presencia de una cadena de relaciones interpersonales de índole afectiva e informativa incrementa la autoestima y facilita la integración.

Si comparamos los cuatro segmentos de jóvenes bajo análisis, podemos observar que 23% de los jóvenes que no trabajan ni estudian carecen de redes afectivas de contención. Este déficit no es una característica propia de estos jóvenes, ya que los que estudian, los que trabajan, y los que estudian y trabajan demandan un nivel similar de contención afectiva (ver gráfica 5).

En cuanto a la disponibilidad de un entorno que los informe y oriente, observamos que 20% de los jóvenes NiNi carece de este tipo de relaciones (ver gráfica 5). El nivel de déficit es algo menor entre los que trabajan (16%) y entre los que estudian y trabajan (14%), y claramente inferior entre los que estudian (9%).

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Con las dos dimensiones descritas se construyó una variable compleja que mide el déficit de las redes de contención de la población analizada; dicha variable nos permitió observar que el déficit es semejante entre los jóvenes NiNi y los jóvenes que trabajan (16%), y algo menor entre los que estudian y trabajan (11%) y entre los que estudian (7%) (ver gráfica 6).

 

Incidencia de factores materiales en el déficit relacional

Dado lo observado cuando analizamos el tipo de redes con que cuentan los jóvenes, nos preguntamos ahora en qué medida la situación socio-económica de los hogares resulta un condicionante del régimen relacional registrado. Para responder este interrogante analizamos los diferentes tipos de relaciones y el índice desde la perspectiva del estrato socioeconómico y el nivel de educación.

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Un primer análisis permite observar que el estrato socioeconómico de los hogares se vincula con el déficit de las redes de contención, de tal manera que los jóvenes que viven en los hogares más vulnerables muestran mayor carencia de vínculos sociales. Esta situación es mucho más evidente en el segmento de jóvenes NiNi de hogares de nivel muy bajo (27%) que en el de jóvenes de hogares de nivel medio alto (4%). Si determinamos el grado en que incide cada uno de los componentes del índice en el déficit de las redes de contención, podemos observar que la incidencia de las redes orientativas (29%) es mayor que la de las afectivas (21%) (ver gráfica 7).

Otro indicador de déficit socioeconómico que se asocia positivamente con el déficit de redes de contención es la educación. El estudio demostró que 24% de los jóvenes NiNi que no terminaron el nivel secundario carecen de dichas redes, cifra que se reduce a 9% en el grupo de jóvenes con mayor nivel de educación. Al analizar los componentes del índice se observa que el déficit de las redes orientativas (27%) incide más en ese resultado que el de las redes afectivas (14%) (ver gráfica 7).

Ni las necesidades básicas insatisfechas ni la condición residencial parecen incidir en la carencia de los lazos afectivos y orientativos de los jóvenes bajo estudio.

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Déficit relacional: resumen y comentarios

En síntesis, observamos que el estrato socioeconómico y el nivel de educación se asocian con el déficit en las redes sociales de contención (más de redes orientativas que de afectivas) que se encontró en el segmento de jóvenes NiNi.

Si retomamos la comparación entre los jóvenes NiNi y los jóvenes que trabajan, tal como hicimos al analizar las actitudes, advertimos que en situaciones socioeconómicas y nivel de educación similares, los jóvenes que trabajan muestran un déficit menor que el que se observa en el segmento de los NiNi. En efecto, mientras que en el grupo de jóvenes de un estrato económico muy bajo 27% carece de redes de contención, entre los que trabajan ese déficit se reduce a 18%. Una diferencia algo menor se registra desde la perspectiva del nivel de educación, según la cual entre los NiNi el déficit es de 24%, en tanto que entre los que trabajan es de 19%. Como se ha dicho, la distinción entre vínculos fuertes —lazos familiares, de amistad y de compañerismo— y vínculos débiles —lazos sin vínculos emocionales y con escasa relación— propuesta por Granovetter (2000) ayudó, en este trabajo, a iluminar el análisis de las redes sociales. Otros autores, como Lin, Ensel y Vanghn, definen los lazos débiles como aquellos que se establecen con conocidos y amigos de amigos, y los lazos fuertes como aquellos que se establecen con amigos, parientes y vecinos (Granovetter, 2012: 202).

La observación de los datos permite formular la calidad deficitaria de las redes sociales de contención de los jóvenes NiNi. No obstante, si retomamos los conceptos de Granovetter, podemos advertir que las redes descritas en el presente estudio se acercan más a la definición de vínculos fuertes que a la de vínculos débiles. En esta línea, los jóvenes NiNi evidencian carencias, también en el ámbito de los vínculos fuertes, aquellos en que las relaciones interpersonales son permanentes y desarrollan lazos emocionales. Los datos muestran que esta debilidad se incrementa en las redes orientativas, supuestamente porque las personas del entorno de estos jóvenes tienen también escasas interacciones con otros grupos.

Los lazos débiles “son el tipo de lazos que conducen al conjunto de roles complejos y a la necesidad de los individuos de desarrollar una flexibilidad cognitiva e intelectual” (Granovetter, 2012: 200). Si bien suponen contactos infrecuentes y escasos lazos relacionales, estos vínculos proveen información procedente de círculos diferentes, a veces distantes. Los jóvenes que no estudian ni trabajan carecen de este tipo de información y, por lo tanto, acceden sólo a las limitadas opiniones de su entorno íntimo, y como los que están más cerca comparten la misma realidad, es de esperar que manejen similar información. En consecuencia, la inactividad los sitúa en una situación de desventaja que retroalimenta el aislamiento.

En esa línea, autores como Blau, Duncan y Feartherman encontraron una asociación directa entre tener vínculos débiles y el logro ocupacional. Podemos pensar, entonces, que este aislamiento es un factor más que coadyuva a instalar la situación de inactividad de estos jóvenes (Granovetter, 2012: 203).

Redes sociales de contención y actitudes proactivas

En este apartado analizamos la relación entre las redes sociales y las actitudes bajo el supuesto de que tener redes de contención favorece el afrontamiento positivo.

Al vincular los conceptos señalados se observa que a mayor déficit de redes sociales de contención, mayor es el déficit de actitudes proactivas. De acuerdo con el estudio, 48% de los jóvenes NiNi que carece de lazos sociales que los contengan es incapaz de enfrentar o resolver situaciones problemáticas. Esta cifra se reduce a 2 de cada 10 en el grupo de los que cuentan con algún lazo que los contenga (ver gráfica 8).

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 De manera consistente con lo que se ha mostrado en este estudio al analizar la variable redes, la orientación es el componente que explica mejor la relación descrita entre redes y actitudes. Carecer de redes de orientación genera un fuerte déficit de actitudes positivas, como lo demuestra el hecho de que 48% de los jóvenes NiNi que carecen de ellas muestran incapacidad para resolver una situación problemática.

A modo de resumen, y desde la perspectiva de Granovetter, podemos decir que los jóvenes NiNi carecen de lazos débiles y tienen déficit de lazos sociales fuertes. La carencia de lazos débiles reitera la situación de aislamiento de los adultos de su entorno familiar y favorece el aislamiento de los jóvenes. La falta de lazos débiles “no sólo los aislará de las últimas ideas y modas, también puede situarlos en una posición de desventaja en el mercado laboral, donde la promoción puede depender […] del conocimiento de las oportunidades apropiadas en el momento apropiado” (Granovetter, 2012: 197).

 

Comentarios finales

En este estudio se observó el fenómeno NiNi desde una perspectiva amplia que no sólo analiza el impacto de los factores estructurales y sociales en la situación de pasividad de estos jóvenes, sino también la medida en que, en esos contextos, el déficit de redes sociales de contención impacta en el desarrollo de actitudes con las que estos jóvenes pueden enfrentar las situaciones problemáticas. Desde esta perspectiva, el principal objetivo del estudio fue describir y comprender la relación existente entre las condiciones materiales de vida de los jóvenes que no estudian ni trabajan, pero que pueden establecer lo que Granovetter denomina lazos débiles, y los estados emocionales o afectivos vinculados con el desarrollo de la persona, con su capacidad para afrontar la vida cotidiana. Dicho objetivo fue observado en una población de jóvenes de 18 a 25 años segmentada según su situación educativa y ocupacional. Esto permitió definir cuatro segmentos: jóvenes que estudian, jóvenes que trabajan, jóvenes que estudian y trabajan, y jóvenes que no estudian ni trabajan, ni son amas de casa. Este último grupo, que constituye la población en estudio, representa 12% del total de jóvenes de Argentina, lo que equivale según el censo poblacional de 2010 a aproximadamente 650 000 jóvenes en todo el país.

De acuerdo con los propósitos planteados en este estudio, se observó la incidencia de las condiciones materiales de vida de los jóvenes en las actitudes que asumen para vencer situaciones adversas. Podemos afirmar que los jóvenes que viven en entornos vulnerables tienen menos confian-za en sus capacidades para resolver problemas que los jóvenes que viven en entornos favorables. Esta situación se refleja en el índice que mide el nivel de déficit actitudinal de los distintos segmentos de jóvenes; mientras que uno de cada 10 jóvenes que estudian o estudian y trabajan se siente incapaz de afrontar diferentes situaciones problemáticas, tres de cada 10 de los NiNi manifiesta este déficit, el cual es un poco menor entre los jóvenes que trabajan (25%).

En resumen, los NiNi son jóvenes que integran los hogares marcados por la mayor vulnerabilidad económica y social, y habitualmente viven en hábitats precarios y hostiles que retroalimentan el déficit de actitudes cognitivas y emocionales, frustrando el desarrollo de sus potencialidades para realizar actividades que permitan su crecimiento personal y su integración social. La comparación de esta población con el segmento de jóvenes que trabajan permitió observar que en condiciones similares de vulnerabilidad socioeconómica de los hogares, los jóvenes que trabajan registran menores niveles de déficit actitudinal que los jóvenes NiNi, y que de las variables analizadas la que mejor explica esa diferencia es la condición residencial, que en el caso de los NiNi es el factor que tiende a profundizar la carencia de redes de contención y el déficit de actitudes proactivas.

El índice que mide el déficit actitudinal muestra el nivel de pasividad de los jóvenes NiNi; sin embargo, este estudio distingue grados diferentes de pasividad. En un extremo se ubican aquellos jóvenes cuya pasividad resulta de no confiar en su capacidad para resolver situaciones problemáticas (actitud apática); en otro nivel están los que no actúan por sentir que su capacidad no alcanza sin un golpe de suerte (actitud mágica), y en el otro extremo de la escala se ubican los que consideran que su capacidad está limitada por un entorno con poder que impide su desarrollo (actitud fatalista).

Los resultados descritos nos llevan a retomar los conceptos de expectativa y valencia analizados por Mayer y Barberá (Barberá Heredia, 1999). En el caso de los jóvenes NiNi, la percepción del fracaso de la acción y, por lo tanto, la imposibilidad de alcanzar un logro, redundaría en actitudes pasivas. Esta teoría permitiría explicar la diferencia en el nivel de pasividad entre los jóvenes NiNi y los que trabajan, ya que tiene en cuenta tanto los componentes externos a la persona como los aspectos de la personalidad y la experiencia de vida.

Para profundizar en el análisis del grado de integración social se observaron las redes de contención de índole afectiva y orientativa presentes en el entorno de la población de 18 a 25 años. Las afectivas, propias del círculo familiar y de amigos, y las orientativas, conformadas por personas que facilitan la comprensión del entorno social e indican el comportamiento esperado en determinadas situaciones.

Si retomamos los conceptos de lazos fuertes y lazos débiles de Gravovetter, en el segmento de jóvenes NiNi resulta evidente la fragilidad de lazos fuertes (afectivos) y la inexistencia de lazos débiles (orientativos). Esto explicaría por qué entornos vulnerables similares generan déficit de redes sociales de contención diferentes entre los jóvenes NiNi y los que trabajan. Los jóvenes que trabajan, si bien registran déficits parecidos respecto de lazos fuertes, cuentan con contactos en círculos diferentes (lazos débiles) que les facilitan un mejor nivel de integración.

El índice que mide el déficit de redes de contención muestra una carencia similar de este tipo de relaciones en los jóvenes NiNi y en los jóvenes que trabajan (16%), y algo menor en los que estudian y trabajan (11%) y en los que estudian (7%). Sin embargo, este déficit de redes de contención oscurece la prevalencia del déficit de las redes orientativas, lo cual se debe a que la demanda de contención afectiva es similar en los cuatro segmentos de jóvenes analizados.

En el caso de los jóvenes NiNi que provienen de hogares vulnerables, el déficit de redes sociales orientativas es mayor debido a que acceden a una información acotada proveniente de un entorno sociocultural caracterizado por la marginalidad. En consecuencia, la situación de inactividad de los jóvenes NiNi, vinculada con la vulnerabilidad socioeconómica y el hábitat en el que desarrollan lazos sociales, los coloca en una situación de desventaja que retroalimenta el aislamiento.

Por otra parte, cuando analizamos la relación entre las redes sociales y las actitudes, observamos que a mayor déficit de redes sociales de contención, mayor es el déficit de actitudes de afrontamiento positivo. Y si profundizamos en el análisis, vemos que más que la carencia de redes afectivas, el indicador que explica mejor el déficit actitudinal es la carencia de redes de orientación.

A partir de esto podemos concluir que los NiNi conforman un grupo de jóvenes en el que se acumulan las mayores carencias materiales, sociales y culturales, que conforman una población con un alto nivel de desafiliación social que da como resultado la fragilidad de sus redes sociales de contención; lo que a su vez deriva en un alto déficit en sus capacidades psicosociales de afrontamiento y de toma de decisiones. Entendemos que ésta es una primera aproximación al conocimiento de esta realidad, la cual, a pesar de las limitaciones propias de este tipo de estudio, permitirá pensar en diseñar políticas públicas tendientes a evitar que se anquilose la situación de exclusión de estos jóvenes mediante propuestas educativas y laborales no formales que permitan su reinserción social.

Como afirma Kofi Annan, el Premio Nobel de la Paz, “una sociedad que aísla a sus jóvenes y corta sus amarras está destinada a desangrarse”.

 

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Recibido: 3 de octubre de 2016
Aceptado: 28 de septiembre de 2017

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