Universidad Nacional Autónoma de México • Instituto de Investigaciones Sociales

“Forward, Motherland!” The invention of the nation under Rafael Correa

Mónica Patricia Mancero Acosta*

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* Doctora en Ciencias Sociales con especialización en Estudios Políticos por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales-Ecuador. Universidad Central del Ecuador, Quito. Temas de especialización: procesos políticos contemporáneos, nacionalismos, feminismos. Avenida Universitaria, Quito, 170129, Ecuador.

Resumen: El régimen de Rafael Correa en Ecuador, el correísmo, ha utilizado el control sobre la prensa y una estrategia de corte nacionalista conservadora afincada en el Estado para intentar configurar una hegemonía vertical. Este artículo interpreta dicha retórica nacionalista como el resurgimiento de un proyecto de mestizaje. La Revolución Ciudadana ha interpelado la noción de ciudadanía liberal y ha afrontado la tarea de insertar a los sujetos “tradicionales” en un mundo moderno. Paralelamente, ha apelado a la comunidad nacional y ha erigido un modelo de nación blanco-mestizo que sepulta las diferencias y la propuesta política de construcción de un Estado plurinacional e intercultural.

Palabras clave: nacionalismo, correísmo, Ecuador, Estado plurinacional, revolución ciudadana, prensa.

Abstract: Rafael Correa’s regime in Ecuador, correísmo, has used control over the press and a conservative nationalist strategy based on the state to attempt to establish vertical hegemony. This article interprets this nationalistic rhetoric as the resurgence of a miscegenation project. The Citizens’ Revolution has challenged the notion of liberal citizenship and undertaken the task of inserting “traditional” subjects into a modern world. At the same time, it has appealed to the national community and built a model of a white-mestizo nation that buries differences and the political proposal of constructing a plurinational, intercultural state.

Key words: nacionalism, correísmo, Ecuador, plurinational state, Citizens’ Revolution, press.

Cuando el presidente de Ecuador, Rafael Correa, en medio de un enlace de carácter semanal en el que informa a la nación acerca de su gestión, rompe un diario de amplia circulación nacional, no sólo deja perpleja a buena parte de la audiencia, sino que a través de su gesto envía un mensaje a los propios medios de comunicación, incluida la prensa escrita, y a toda la sociedad. Este gesto del presidente es una vehemente expresión de la disputa sistemática y permanente instalada desde que llegara al poder en 2007. Pero ¿qué significa este gesto?, ¿cómo interpretar este ímpetu del mandatario que lo lleva a partir en dos el diario?

La sostenida disputa con la prensa por parte del régimen del presidente Rafael Correa en Ecuador puede ser entendida desde diversos enfoques. Mi apuesta en este trabajo es abordar el conflicto del correísmo1 con la prensa desde la perspectiva del nacionalismo y la construcción de la nación ecuatoriana, una tarea al parecer siempre pendiente, o al menos deficitaria.

Este trabajo inicia explicitando algunos elementos conceptuales que delimitan el campo de la literatura que aborda el tema del nacionalismo; asimismo, se examina brevemente el debate acerca de la construcción de la identidad ecuatoriana. En el apartado siguiente se caracteriza el nacionalismo conservador de matriz estatal del régimen; finalmente, se explicita el caso concreto de la tensa relación entre el correísmo y la prensa, interpretado en el marco de la construcción nacionalista de lo que ha sido denominado por la estrategia discursiva del régimen como “la patria ya es de todos” y “volver a tener patria”.

Para el análisis de estos temas, en este trabajo hago uso de discursos del presidente y otros actores sociales, y menciono diversas políticas públicas y estrategias institucionales desplegadas en este periodo. Finalmente, dialogo con textos e interpretaciones que se han planteado sobre estos tópicos.

El argumento que intento mostrar en este trabajo es que el correísmo ha utilizado una estrategia de corte nacionalista conservadora, evidenciada en el manejo de la prensa, para lograr configurar su hegemonía en el proceso de recambio de élites políticas en el país. Esta estrategia se posiciona, contradictoriamente, en el momento en que el Estado ecuatoriano se instituye constitucionalmente como plurinacional; por ello, interpreto esta retórica nacionalista como el resurgimiento de un proyecto mestizo de modernidad.

¿Qué nacionalismo?

El debate acerca del nacionalismo es amplio y complejo y muestra las tensiones permanentes en las ciencias sociales en general, puesto que participan de los hilos conductores de sus reflexiones. Los nacionalismos pueden ser esencialistas, conservadores del orden establecido, o transformadores. Para el caso que aquí interesa, resultaría productivo el enfoque de Benedict Anderson (2000), que plantea un importante lugar de la imprenta y de la cultura como los mecanismos de imaginación de una comunidad política atravesada por un capitalismo en la esfera no sólo de la producción, sino de la mercantilización del propio mundo cultural.

Anderson (2000) propone la construcción del Estado-nación como una comunidad imaginada. La nación, al igual que el nacionalismo, es un artefacto cultural de una clase particular. La nación se imagina limitada porque tiene fronteras; se imagina soberana porque surgió como parte del proyecto ilustrado; se imagina comunidad porque se concibe como horizontal, fraternal. Al referirse al origen de la conciencia nacional, Anderson plantea que las lenguas impresas tuvieron una influencia determinante para la construcción de la nación imaginada, puesto que crearon campos unificados de intercambio por medio de la imprenta y el papel; los lectores fueron el embrión de la comunidad nacionalmente imaginada. El capitalismo impreso dio la imagen de antigüedad que era fundamental para la idea subjetiva de nación. También creó lenguajes de poder de una clase diferente a la de antiguas lenguas vernáculas. La convergencia entre capitalismo y tecnología impresa hizo posible una nueva forma de comunidad imaginada que preparó el escenario para la nación moderna.

El despacho del impresor fue centro de las comunicaciones y de la vida intelectual. Así, la lectura de los periódicos crea una comunidad imaginaria de lectores en cuya existencia confía el lector, aunque no tenga la menor noción de su identidad. Estos lectores semejantes, a quienes se relacionaba a través de la imprenta, formaron, en su invisibilidad secular y particular, el embrión de la comunidad nacionalmente imaginada.

Mi interés es analizar la importancia de la prensa en el nacionalismo, pero no sólo en los orígenes de la comunidad imaginada, como lo enfatiza Anderson, sino en su sostenimiento y en los “golpes de timón” que ese nacionalismo pretende, como es el caso de la Revolución Ciudadana y el correísmo en el Ecuador. La tesis del nacionalismo banal de Michael Billig y Rosamaría Núñez (1998) plantea precisamente que la tarea de construcción del nacionalismo es permanente y está repleta de maniobras que fortalecen la idea de la nación en la conciencia de los ciudadanos. La identidad nacional no se construye en momentos especiales solamente, sino en un sinnúmero de gestos cotidianos que fijan la idea de un “nosotros”, salvo que se trate de una política de refundación de la nación en sí misma, y en ese caso, la imaginación de discursos primigenios debería pasar por la creación de una nueva prensa, por un nuevo momento primordial de definición no sólo de la institucionalidad estatal, sino de la pareja de esta dualidad, de la nación y de la nacionalidad. Al parecer, ésta es una perspectiva que considerar en nuestro estudio, pero este debate lo enunciaremos más adelante.

Creo provechoso articular este enfoque con la crítica desarrollada por la Escuela de Frankfurt acerca de la creación de industrias culturales dentro de las cuales los medios de comunicación terminan por transformar la cultura en un producto masificado, y de esta forma inducen a una obediencia de las masas (Horkheimer y Adorno, 1998). Para los autores, la civilización actual concede a todo un aire de semejanza, la racionalidad técnica es hoy la racionalidad del dominio mismo, es el carácter forzado de la sociedad alienada de sí misma. La constitución del público forma parte del sistema, y el mundo entero es pasado por el cedazo de la industria cultural.

Es decir, este ensayo se mueve en una tensión teórica puesto que, por un lado, con Anderson ratificamos un rol de creación e imaginación de la prensa en la construcción del nacionalismo —aunque queda abierto a que este artefacto pueda ser utilizado al servicio de cualquier nacionalismo, sea éste conservador o transformador—, pero, por otro lado, introducimos una perspectiva crítica acerca del rol de los medios de comunicación entendido como parte de una industria cultural que crea consumidores funcionales —relativamente— a la imposición de una racionalidad técnica de dominio. De cualquier forma, tampoco quiero participar de una dimensión apocalíptica, como la llamaría Umberto Eco, acerca de la relación entre las masas y los medios.

Si bien este enfoque de Anderson combinado parcialmente con la teoría crítica de Adorno y Horkheimer se muestra prometedor, hay que considerar una objeción, y es que la prensa se constituyó en un artefacto privilegiado para la imaginación de la nación en el siglo XIX; entonces, hablamos de un momento en que son las élites letradas las que prioritariamente participan de este acto que describe formidablemente Anderson: abrir el diario de la mañana y leer acerca de los mismos acontecimientos e imaginar a esos otros que no se pueden conocer cara a cara. Si nos referimos a nuestros países de América Latina, esta constatación es más evidente aún, puesto que hasta hoy la prensa escrita llega a un reducido porcentaje de “élite letrada”, en el sentido que le otorga Ángel Rama (2004), es decir, su constitución letrada como fuente de poder. Además, esta objeción se refuerza con el hecho de que la prensa de papel está siendo ahora desplazada por Internet y las redes sociales, lo cual trae consecuencias tanto en la democratización de los repertorios discursivos como en un descentramiento del locus de enunciación de los mismos.

Cuando hablamos de nacionalismos es imprescindible abordar el tema de cómo se construyen las identidades. Para Stuart Hall (2003), éstas se instituyen a través de la diferencia, no al margen de ellas; esto significa a través de la relación con el otro, con lo que no es, con lo que le falta. Por otro lado, la identidad está fuertemente relacionada con el tema del poder, y por ello también con la política. La constitución de una identidad social es un acto de poder, dado que la identidad se afirma en la negación y exclusión dentro de una jerarquía violenta entre dos polos: hombre/mujer, blanco/negro (Laclau citado en Hall, 2003). Por ello, la teorización de la identidad es reconocida como un asunto de considerable significación política.

No obstante, diferencia y otredad no son sinónimos. Mientras que en la diferencia el subordinado es una fuerza necesaria de desestabilización dentro de la identidad del dominante, pues el subalterno es constitutivo del dominante, en la lógica de la otredad se supone que la diferencia es en sí misma una economía producida históricamente, impuesta a las estructuras modernas de poder, a lo real. Mientras que en la diferencia el otro se define por su negatividad, y eso sólo puede dar origen a una política del resentimiento, la otredad es una teoría de la positividad basada en las ideas de eficacia, pertenencia y de lo mismo cambiante (Grossberg, 2003).

Para Michel de Certeau, un sujeto en su oposición al otro construye lo suyo con materiales de su antagonista. Esto le da un nuevo valor a la tesis de la intersubjetividad y la interculturalidad: “No se trataría [tanto] de zanjar distancias con el diferente, como [de] reconocerlo como una alteridad constitutiva de la identidad de cada cual” (De Certeau, citado en Almeida, 2003: 131). Las identidades, por lo tanto, no son autorreferidas sino interinfluyentes.

Con estas premisas me interesa abordar el debate acerca de la nación “ecuatoriana” y el mestizaje. La construcción de dicha nación ha pasado por escollos significativos desde el periodo decimonónico hasta la actualidad. La cuestión regional ha sido y continúa siendo un tema que atraviesa nuestra configuración nacional y nuestra identidad (Mancero, 2013). La geografía que fractura las regiones en costa, sierra y oriente ha sido aprovechada por los grupos humanos para construir diferencias que han sido utilizadas para defender un reparto inequitativo de recursos. Asimismo, la diversidad étnica —14 nacionalidades indígenas y 21 pueblos— se constituyó en el sino que nos ha marcado irremisiblemente en la compleja construcción de la identidad nacional “ecuatoriana”, si tal cosa existe. Finalmente, las persistentes diferencias de clase y acceso a recursos —sin olvidar las de género— conforman, todas ellas, una configuración explosiva que ha escudriñado cauces diversos en la ansiada búsqueda de la identidad nacional. Una de estas salidas ha sido la propuesta de mestizaje cultural.

Para José Almeida (2003), Ecuador era percibido como portador de una tensa triangulación entre los troncos “blanco”, “indio” y “negro”, cuyo resultado final era una conflictiva policromía en la que sobresalía el “blanco-mestizo”, que era concebido como el exclusivo grupo verdaderamente humano, el único capaz de dar sentido y vida al país. Por ello, el mestizaje pasaría a convertirse en la política oficial de los regímenes políticos de la primera mitad del siglo XX.

Almeida plantea que en Ecuador la búsqueda de unidad nacional llevó a esgrimir una ideología del mestizaje que unificaba a los troncos identitarios diversos y los disolvía; por ello, el “blanqueamiento” era una meta nacional. La negatividad con que se percibe al indio o al negro hace presuponer que son las élites blanco-mestizas las que han esgrimido un discurso de discriminación en contra de estos grupos; sin embargo, hay que reconocer que el conjunto de la población ecuatoriana se ha apro-piado de estas ideas, lo que ha desembocado en una intolerancia racial o en “endorracismo” destructivo, donde los propios sujetos se perciben en esa negatividad:

El desarrollo posible es visualizado dentro de un continuum que va de lo “rural/indio/negro/inculto/antiguo” a lo “urbano/blanco/civilizado/moderno”, donde “ecuatorianizarse” significa desmantelar lo rural “indianizado” y afirmarse en el centro urbano “blanqueado”, el que a su vez se allana y subordina a los centros metropolitanos (Almeida, 2003: 89).

Los dos grupos étnicos fundamentales estarían viviendo procesos diametralmente opuestos: los mestizos estarían sumidos en una crisis identitaria e irradiando pesimismo al resto de la población, mientras que los indígenas estarían abocados a una recomposición identitaria étnico-cultural. Frente a ello, plantea Almeida, es necesario, a través de la antropología, recoger las nociones de alteridad y diferencia.

Por otra parte, Fernando Tinajero (1986) plantea los conceptos de lo propio y lo ajeno, y menciona que hay interpretaciones como la de que la cultura nacional es fruto de la imposición de lo hispánico y la destrucción de lo vernáculo, o que es una fusión de lo propio en la cultura universal, de ahí que los ecuatorianos experimenten una identidad abatida, pero ambas son erróneas, puesto que niegan presencia y validez a los rasgos originales. Según Tinajero, no hay sujeto pasivo, puesto que dentro de cada configuración sociocultural hay un agente protagonista y su antagonista.

La investigación antropológica empezó a recuperar estos sujetos dotados de una gran capacidad, ductilidad y perspicacia, dado que poseían una admirable capacidad situacional y adaptativa que los había conducido no sólo a controlar su vida y su entorno, sino a resistir a su adversa posición estructural con respuestas creativas y sin sacrificar sus valores ni su identidad. Por ejemplo, Norman E. Whitten (1987), en un estudio sobre los napo-runas en la Amazonia ecuatoriana, advierte que ellos eran capaces de intuir y manejar hábilmente las oposiciones de quienes los rodeaban. La dualidad que manejaban —sacharuna (hombre del bosque)/alliruna (hombre racional)— les permitía desplazarse de una hacia otra identidad, entre modernidad y tradicionalismo, entre epocalismo y esencialismo. Sin embargo, estos desplazamientos, según Whitten, no los llevaban a una suerte de esquizofrenia, todo lo contrario, les permitían desarrollar una compleja subjetividad indígena.

Niels Fock (citado en Almeida, 2003) también planteó que el indígena poseía una subjetividad bidimensional que se diferenciaba de la unidimensionalidad del blanco-mestizo. Podía ser indígena, pero a la vez ser también ciudadano ecuatoriano. Se partía del supuesto de que los indígenas y los negros, de espaldas a los poderes centrales, vivían la identidad como una forma de contrapoder. La resistencia se producía en las fisuras del sistema y se expresaba en los rituales, en las fiestas, en el escarnio, la “indisciplina” o en la “ociosidad” tan aborrecidas por los grupos de poder.

El imaginario social ecuatoriano mostró, al decir de Almeida, tres nudos conflictivos: el regionalismo, el racismo y la ventriloquía. El regionalismo se asentaba en la exacerbación de prejuicios para controlar los recursos; el racismo se vivía como una discriminación que se expresaba frente al otro, pero más aún, se negaba lo que dentro de sí tenía de ese otro (del indígena) el mestizo. Y la ventriloquía, citando a Andrés Guerrero, constituía un sistema de intermediación que se erigió frente a la imposibilidad del indio de hablar por sí mismo; primero el intermediario fue el cura o el terrateniente, pero con el liberalismo es el funcionario estatal quien pasa a ocupar este rol. De esta forma se constituía un cerco de agentes que no le permitía filtrar hacia el Estado la urgencia de sus demandas.

¿Cuáles de estos nudos conflictivos, planteados por Almeida, persisten? Diversa literatura académica sostiene que los dos primeros se niegan a desaparecer, mientras que la ventriloquía ha cedido hacia un protagonismo del sujeto indígena. Éste es el contexto verdaderamente “explosivo” percibido por la matriz blanco-mestiza, en el cual se explica el retorno de un nacionalismo conservador salpicado de racismo y de una añeja propuesta de mestizaje.

El nacionalismo conservador del correísmo

El estudio del discurso nacionalista de Rafael Correa realizado por Beatriz Zepeda (2010) nos muestra algunas pistas para poder deconstruirlo aunque, como veremos, con algunas restricciones. Para Zepeda, en el discurso de Correa aparece la “oligarquía” como el primer enemigo; la “prensa servil a los grupos de poder” es el segundo gran enemigo. Luego aparecería el enemigo externo, constituido por el “gran capital transnacional” y “la globalización neoliberal”. En su discurso, el presidente Correa se muestra escéptico de que una prensa “libre, independiente, responsable, competente, veraz” exista en Ecuador. Esta prensa aparece como enemiga no sólo del correísmo, sino como enemiga de los regímenes progresistas en la historia del país, como el del presidente Eloy Alfaro, quien fue ajusticiado por una turba que había sido azuzada por las élites y la prensa dominante del momento. Así, para Zepeda se construye una identidad y una genealogía de continuidad entre Alfaro y Correa, quien sería el heredero del primero.

Encuentra Zepeda que hay esfuerzos por “remoralizar” o dar un nuevo significado al contenido de la identidad nacional aunque, como sostengo en este artículo, esto se combina con la aparición de elementos de discursos de nación anteriormente dominantes, es decir, el mestizaje, que examinaré más adelante. Regresando al análisis de la autora, al estudiar el discurso de Correa ratifica la hipótesis del carácter cívico de la nación, con ciudadanos no en el sentido liberal clásico, sino con actores sociales movilizados, quienes construyen y protagonizan la historia de la “Nueva Patria”.

Comparto con Zepeda la idea de la remoralización de la identidad nacional en el proyecto correísta, que expresa este afán de refundación, de “volver a tener Patria” y, por tanto, de imprimir este carácter cívico a la nación. No obstante, me distancio de su conclusión de que los ciudadanos a los que apela la concepción de Correa no son los del sentido liberal clásico, sino actores y movimientos sociales. Me parece que esta conclusión de la autora, poco apegada al escenario político ecuatoriano, tiene que ver con un problema metodológico relacionado con el análisis de los discursos oficiales de Correa que hace la investigadora.

Los discursos oficiales del presidente generalmente están a cargo de un equipo discursivo adscrito a la presidencia. Para analizar los reales discursos del presidente hay oportunidades espléndidas y reiteradas cuando cada sábado tiene lugar lo que se denomina un “enlace semanal”. Estos discursos espontáneos suelen durar de tres a cuatro horas, aproximadamente, y consisten en rendiciones de cuentas que tienen como guía la agenda semanal del presidente y en torno a la cual se informa acerca de la política pública. El enlace también recoge —aparte de anécdotas, chistes y comentarios— una sección especial denominada “La cantinflada de la semana”, en la que se aborda el tema de cómo la prensa, calificada generalmente como “corrupta” y “vendepatrias”, ha tergiversado los distintos temas de política pública o de gobernabilidad del país de acuerdo con el régimen. No obstante, el estudio de Zepeda, quizá porque fue realizado en el primer periodo del correísmo, se focalizó en los discursos oficiales.

Esta metodología le permite concluir a Zepeda que Correa interpela en su discurso a actores sociales movilizados. Sin embargo, interpretamos más bien que él y su proyecto político han terminado interpelando al ciudadano en sentido estrictamente liberal, y negando la dinámica de la política contenciosa expresada en movimientos y actores sociales —de profunda e histórica influencia en el país—, quienes en el discurso de Correa no pueden erigirse en actores políticos, dado que no participan por la vía de la institucionalidad liberal, las elecciones, o no las han ganado nunca. El acto eleccionario y del sufragio es la exclusiva fuente de legitimidad política para Correa, quien ha terminado atrapado en el discurso de la democracia liberal (Ospina, 2010). Examinemos fragmentos del discurso del presidente en los que califica a estos movimientos sociales como una minoría que obstaculiza el desarrollo del país, sobre todo a los indígenas, que organizaron en agosto de 2015 diversas acciones de protesta dentro de lo que denominaron un “levantamiento” indígena:

Ojalá que entiendan los de siempre, no se engañen, ahí está la mayoría del pueblo ecuatoriano, aquí está la mayoría, ésa es una minoría que pueden gritar, hacer mucha bulla pero seguirán siendo absoluta minoría. Y esta reflexión es importante, compañeros, porque, bien, las minorías pueden reclamar sus derechos, deben reclamar sus derechos en democracia, pero no están reclamando, están ordenando que archivemos las enmiendas [a la Constitución], están ordenando que cerremos las negociaciones con la Unión Europea; es decir, quieren a la fuerza imponer su agenda política, agenda política que fue absolutamente, pero totalmente derrotada en las urnas, sacó tan sólo un 3% y eso no es democrático […].

Insisto, una minoría puede reclamar sus derechos pero no puede imponer, pues cambiar un proyecto político que tiene el apoyo de la inmensa mayoría, y ellos lo saben, no pueden tapar el sol con un dedo. Si mañana fueran las elecciones volvemos a vencer 3 a 1, compatriotas, estamos cerca del 70% de apoyo popular, ellos lo saben. Entonces, ¿por qué cambiar el rumbo? ¿Por qué una minoría está en desacuerdo? Eso es un absurdo […].

No sólo que el presidente tiene legitimidad democrática sino que tenemos cerca del 70% del apoyo popular, que los que sacan el 3% de votación en las urnas quieren que cambiemos el rumbo y vienen los periodistas de siempre [a decirnos]: “Presidente, cambie el rumbo”. Precisamente porque escuchamos a las calles, porque escuchamos a las grandes mayorías, más que nunca, ¡a mantener el rumbo de nuestra revolución, compatriotas! (Enlace semanal 437, minuto 1:09 a minuto 1:12, desde Pimampiro. Disponible en <https://www.youtube.com/watch?v=_oKR57kL3mo>.

Ahora una minoría, que no representa a nadie pero habla en nombre de todos, nos quiere llevar al viejo país de los paros, de las piedras, los 10 años, siete presidentes. ¿Y por qué? Ningún argumento valedero, porque perdieron sus espacios de poder. Yo prefiero caerles bien a las grandes mayorías, compañeros, ellos quieren parar al país, pero ¡a este país, a Ecuador no lo para nadie, compañeros! A trabajar con mucho más ahínco, más entusiasmo, a cuidar lo que tanto trabajo nos ha costado, nuestro rechazo a las prácticas del pasado y a decirle que ese pasado no volverá, compañeros. ¡A Ecuador no lo para nadie! ¡Que viva nuestra Revolución Ciudadana, hasta la victoria siempre, compañeros! (“Presidente Correa convoca a rechazar a grupos de oposición que pretenden volver al país del pasado”; disponible en <http://www.elciudadano.gob.ec/presidente-correa-convoca-a-rechazar-a-grupos-de-oposicion-que-pretenden-volver-al-pais-del-pasado>).

Podemos advertir cómo, en la visión del correísmo, las demandas y acciones del movimiento indígena y otros movimientos populares, representados en ese 3% de voto obtenido en las elecciones, según el presidente, quedan fuera de toda posibilidad de expresarse políticamente debido a este “fracaso” electoral. En efecto, mi argumento es que Correa erige en pleno siglo XXI un discurso profundamente nacionalista y enmarcado en el ideal de mestizaje, en el mismo momento que los movimientos sociales, y fundamentalmente el movimiento indígena, logran posicionar en la Constitución de 2008 la existencia de un Estado plurinacional e intercultural. El mandato de la plurinacionalidad resultó ser una apuesta incómoda que el correísmo no ha sabido cómo manejar y finalmente ha terminado cercenándola.

Las implicaciones de soberanía, de territorialidad, de autonomía y de reconfiguración identitaria de la plurinacionalidad no han sido encaradas por la institucionalidad estatal, y si bien al inicio constaban en las agendas gubernamentales a través de la existencia de una Secretaría de Pueblos y Nacionalidades, por ejemplo, luego fueron postergadas y finalmente han sido eliminadas.2 El riesgo de una supuesta pulverización de la soberanía que acarrearía la plurinacionalidad, la falta de flexibilidad para “imaginar” —en el sentido que le da Anderson— un Estado plurinacional, y finalmente la visión dominante del mestizaje como articulador del Estado-nación ecuatoriano, han repudiado el proyecto de la construcción de un Estado plurinacional.

Es en este contexto que el discurso nacionalista de Correa se posiciona. Dicho discurso no sólo enfrenta al enemigo externo, al otro, al imperio, a los organismos internacionales, sino también al enemigo interno, pero este enemigo interno no son realmente las oligarquías, pues ellas siempre han participado del proyecto del mestizaje; el enemigo interno pasó a ser el movimiento indígena, que puede hacer peligrar no sólo la idea de conformación de una nacionalidad mestiza homogénea, sino también una modernidad siempre esquiva.

Es necesario mencionar que el enemigo interno en el discurso de Correa también han sido los grupos oligárquicos tradicionales. Estos grupos fueron definidos tempranamente por Correa como los “pelucones”, y contra ellos se enfiló una disputa a través de los nueve años que lleva en el poder, aunque con algunas modificaciones. Al inicio de su mandato, Correa delimitó el campo político entre un “ellos” y un “nosotros”, bajo una concepción de la política de amigo/enemigo, semejante a la de Carl Schmitt acerca de lo político. Éste constituyó un momento de una definición importante con la cual muchos sectores populares se sintieron identificados. No obstante, esta contraposición se ha ido desplazando y los enemigos han pasado a ser paulatinamente los propios actores populares, pero aquellos movilizados que ahora incomodan tanto al régimen.

Respecto al anuncio de las Cámaras de la Producción sobre la desobediencia tributaria y a la rebeldía tributaria, expresó: “Háganla nomás pero entérense que si en el gobierno desacatan la ley se van presos, pues, pelucones, háganla nomás, por favor, ¿con quién creen que están hablando estos señores? Creen que todavía nos van a sorprender a estas alturas del partido, creen que nos van a sorprender, es decir, no se dan cuenta de que cambió el gobierno”. Explicó que las personas que se están quejando por la reforma tributaria son Álvaro Noboa, las Cámaras de la Producción, los banqueros, los pelucones, por lo que eso es un buen síntoma de que el país está cambiando (“Presidente Correa advierte a pelucones que rebeldía tributaria será sancionada con prisión”. Disponible en <http://www.ecuadorinmediato.com/Noticias/news_user_view/ecuadorinmediato_noticias--68057>).

Como postulamos anteriormente, el nacionalismo puede ser una doctrina funcional a intereses conservadores, a esencialismos identitarios que nos separan de otros que no comparten los mismos atributos y que terminan por reificar la idea de nación, o, por el contrario, puede tener un potencial democratizador, popular, de emancipación de los pueblos (Chatterjee, 1994). El nacionalismo en el correísmo se mueve en una incómoda tensión entre estos dos aspectos. Es profundamente conservador porque en la práctica ha llevado al fracaso el proyecto plurinacional e intercultural, que ha sido y continúa siendo una batalla de los movimientos sociales y fundamentalmente del movimiento indígena, que recoge demandas históricas largamente acumuladas. Por otro lado, mantiene un discurso y, parcialmente, algunas prácticas progresistas, por ejemplo, cuando la soberanía se ha constituido en el eje de una política internacional que se aparta de la habitual sumisión que mantenía el país frente a Estados Unidos y a organismos internacionales de carácter económico.

Esta ambigüedad en el discurso nacionalista del correísmo no llega a resolverse, pero se sintetiza en la frase hoy convertida en eslogan, retomada de Benjamín Carrión, de “volver a tener patria”. Recuperar la patria pero ¿de quién?, ¿quiénes fueron los que la tenían secuestrada? Caben varias interpretaciones: las oligarquías, el imperialismo, o los indios, que siempre han constituido —en la lectura de estas élites culturales y políticas— un “obstáculo” para el proyecto de la modernidad. Para Carrión, quien ha sido el inspirador de este eslogan del correísmo, la construcción de la nación está asentada en características geográficas, mientras que las étnicas derivadas de nuestra diversidad de naciones no tienen mucho que aportar, como analicé en un trabajo anterior (Mancero, 2013). En la interpretación de Tinajero (1986), la construcción de lo nacional para Carrión resulta ilusoria, pues pretende juntar la cultura burguesa con la subalterna bajo la noción de la gran cultura para una pequeña nación. Más aún, la creación en 1944 de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, el gran proyecto de Carrión, es la expresión de ese proyecto de Estado-nación mestizo.

El mestizaje en Ecuador, como en otros países de América Latina, es presentado como una nueva raza producida por una fusión mítica y democrática entre blancos e indígenas (Pagnota, 2008). Así se encubre la violencia de la fusión y también el “blanqueamiento” que los indios deben lograr para insertarse y ser aceptados. La nación mestiza fue la más acabada metáfora para “sedimentar el discurso nacional, desarrollar una identidad de pertenencia y reconstruir una narrativa ecuatoriana” (Ibid.).

En América Latina, desde las independencias, el término clave no fue tanto el de nación cuanto el de patria. Mientras la nación apela a cuestiones culturales, territoriales e institucionales, la patria tiene una connotación precisa, se refiere a la tierra donde uno ha nacido, es inmediata y corporizable (Quijada, 2003). Sobre todo en Ecuador, donde persisten innumerables pueblos y nacionalidades indígenas originarias, apelar a la patria en pleno siglo XXI implica traer de vuelta este proyecto del mestizaje.

El correísmo se ha decantado hacia un nacionalismo estatal conservador. Es el Estado quien pone sobre sus hombros la construcción de la nación. Frente a las diferencias y los desacuerdos, los actores minoritarios tienen que ser controlados, invisibilizados e incluso judicializados. El Estado utiliza todas sus instituciones y poderes para lograr estos objetivos.3 Los indígenas y sus coidearios son visualizados como verdaderos obstáculos en un proyecto de país en pleno proceso de modernización, que avanza y que no se puede detener frente a estas minorías que intentan caotizarlo. Si queremos que el eslogan “Avanzamos, patria” se concrete, es ineludible para la Revolución Ciudadana que el Estado enfrente a estos grupos minoritarios, vistos como dudosos sujetos de derechos.

El presidente Correa ha afirmado que la pobreza es el principal problema de los indígenas. Su preocupación y la del aparato estatal ha sido dotar de infraestructura educativa, de salud y servicios de saneamiento básicos las áreas donde viven poblaciones indígenas, pero también en otras, para “luchar contra la pobreza”. Los resultados de estas políticas en cuanto a reducción de pobreza son evaluados de manera contradictoria. Las demandas de los indígenas han sido reducidas a temas de pobreza, mientras que otras, como educación intercultural, justicia indígena, autonomía y territorios, han sido desplazadas. De ahí que, según mi interpretación, el correísmo ha privilegiado la clase sobre la etnia, lo económico sobre lo cultural y la justicia redistributiva sobre una justicia de reconocimiento, en vez de integrarlas.

No obstante, los indígenas se han mantenido en una política contenciosa activa y han reclamado sus derechos: “Basta, señor Presidente, [de] los insultos al pueblo indio, cuando le habla al pueblo indio [de] incapaces, indios salvajes” (“Bases indígenas piden a Correa respetar a dirigentes”. Disponible en <http://www.eluniverso.com/2010/07/20/1/1355/bases-indigenas-piden-correa-respetar-dirigentes.html>).

En días recientes, frente a las últimas movilizaciones, el presidente expresó que la mayoría de indígenas no respaldan esas movilizaciones y calificó a los dirigentes como “indios fracasados”. Quizás ésta es la mejor expresión que ilustra la visión del correísmo que mira a los indígenas como obstáculos para la modernización. La transición de una sociedad tradicional a una moderna es impedida por estos agentes que expresan el “fracaso” nacional, la imposibilidad de construir una nación moderna y desarrollada.

De ahí que, contrariamente a la gran ruptura que el correísmo afirma querer marcar, el discurso nacionalista que interpela este proceso político no se distancia del gran proyecto modernizador, mestizo y blanqueador del siglo XX, sino que más bien lo vuelve a posicionar en el escenario en una continuidad histórica sorprendente. En este tenor, hay que analizar el conflicto con la prensa en este contexto más global, en el cual se estarían disputando los sentidos de este proyecto modernizador, capitalista y mestizo, en su integralidad.

Algunos estudiosos plantean que los gobiernos progresistas en América Latina han logrado resumir lo que denominan una cierta “emergencia plebeya”. Específicamente, para Marc Saint-Upéry (2008) los gobiernos progresistas de América Latina, entre ellos el de Ecuador, estarían posicionando esta “emergencia plebeya” que imprime un nuevo sentido de lo público:

En países con una importante población indígena o afroamericana, el principio de la “patria para todos” se traduce por medio de afirmaciones explícitas sobre la diversidad étnica y el carácter multicultural del Estado, por políticas de discriminación positivas, por la presencia de actores indígenas o negros en la cumbre del aparato estatal o por “un nuevo nacionalismo de izquierda en el que los clivajes pueblo-oligarquía y nación-imperialismo están atravesados por una cierta etnificación (no excluyente) de la política” (Do Alto y Stefanoni, 2006, citados en Saint-Upéry, 2008: 77).

Por el contrario, planteo que, en el caso de Ecuador, el proyecto de la Revolución Ciudadana, y más específicamente el correísmo, mantiene rasgos profundamente racistas y sexistas que le han impedido recuperar ese ethos popular y ese sentido plebeyo de lo político que plantea Saint-Upéry. Más aún, el correísmo no ha sido capaz de formular un nuevo nacionalismo de izquierda, como lo manifiestan Pablo Stefanoni y Hervé Do Alto, sino que ha reencauchado un viejo nacionalismo de matriz mestiza y de élite, que mostró sus limitaciones en décadas anteriores del siglo XX.

El retorno del racismo con la Revolución Ciudadana ha sido ya analizado por otros investigadores. Desde la perspectiva del etnodesarrollo, Carmen Martínez (2011) ha examinado los impactos que el régimen de Correa ha provocado sobre los pueblos y el movimiento indígena, y afirma que si se entienden como etnodesarrollo la libre determinación, el control cultural y la convivencia intercultural, éste se encuentra en peligro en el país. De acuerdo con la autora, en el régimen de Correa hay un cierto grado de reconocimiento político, pero éste es “ambiguo e incompleto” y está llevando al resurgimiento del racismo:

El proceso de destrucción de las estructuras organizacionales del movimiento indígena, la deslegitimación de sus líderes históricos como grupos corporativos y corruptos, y la campaña para convencer al resto de la población de que los indígenas no están capacitados para regirse y que necesitan ser gobernados por otros, están causando un fuerte resurgimiento del racismo en el Ecuador (Martínez, 2011: 197).

Además, en el correísmo se observa una identificación de lo público con lo estatal y un afán de asimilación de lo diverso en la constitución de lo nacional. De acuerdo con Nora Rabotnikof (2008), en América Latina, durante el azoroso proceso de construcción de lo público llegó un momento determinado en que la nación como valor integrador estaba en crisis o era insuficientemente moderna; por ello, no lograba conjurar el fantasma de la desintegración ni equilibrar los mecanismos de exclusión. En este sentido, advertimos que para el correísmo lo público es sinónimo de estatal y lo nacional aún constituye un espacio de construcción de procesos de integración. No obstante, se trata de una integración plana en la cual se participa en tanto ciudadano homogéneo, lo cual no se condice con el estatuto de un Estado plurinacional consagrado en la Constitución de 2008.

La prédica nacionalista oficial, aunque no exclusiva del correísmo, no se limita a crear medios y un aparataje informativo con las características que examinaremos más adelante. Las consignas nacionalistas, por ejemplo, que vemos evidenciadas en los despliegues conmemorativos de cada lunes, en el cambio de guardia presidencial que tiene lugar en el palacio presidencial de Carondelet en la capital del país, Quito. Este acto ha sido convertido en un momento emblemático de la rutina cotidiana, es lo que Billig y Núñez (1998) han denominado el nacionalismo banal. Allí se concentran como invitados especiales diversos sectores sociales, sobre todo populares, a quienes se los hace partícipes como invitados de honor de este performance en el que los símbolos patrios ocupan el primer lugar, aunque siempre por detrás de la propia figura presidencial. También la revitalización de canciones como “Patria, tierra sagrada”, a más de lo que podría encontrarse en textos escolares, por ejemplo, son todos ellos signos de este retorno de un nacionalismo, que en momentos cuesta calificarlo, como lo hacen Billig y Núñez, como “banal”, sino que más bien se acerca a lo que ellos mismos denominan nacionalismo “vehemente”, por la fuerza que se le ha dado.

Según la incisiva lectura de Rabotnikof (2008), la búsqueda del lugar común se desplaza sobre dos ejes que aparecen con su propia lógica: por un lado, la ciudadanía en su versión más o menos clásica; por otro, la comunidad que apela a la idea de nación y que recupera el discurso de lo nacional-popular. Encuentro que el correísmo se mueve justamente entre esta ambigüedad que la autora presenta más bien como alternativa, entre un liberalismo clásico y un nacionalismo de Estado. La Revolución Ciudadana ha interpelado la noción de un ciudadano liberal despojado de sus ataduras arcaicas, sus corporativismos. Más aún, el propio correísmo ha afrontado la tarea moderna de limpiar a los sujetos “tradicionales” de los lazos que no le permiten “progresar” e insertarse apropiadamente en un mundo transformado. Pero, paralelamente, este proceso político ha apelado a la comunidad nacional, a un sentido de pertenencia identitaria de raigambre tradicionalista y que acaba erigiendo un modelo de nación blanco-mestizo que sepulta las diferencias y con esto toda la propuesta política de construcción de un Estado plurinacional e intercultural.

En efecto, el correísmo podría ser analizado en este supuesto intento de refundación nacional, lo cual implicaría la generación de una nueva identidad. En el propio discurso presidencial podemos encontrar referencias a esta “nueva” construcción identitaria. Los ecuatorianos, conocidos como personas pesimistas y tristes, sobre todo quienes habitan el callejón interandino, son vistos por el presidente como necesitados de un gran cambio cultural.4 El presidente pregona la imperiosa necesidad de que debemos tener una elevada autoestima y un sentido de orgullo nacional. Manifiesta reiteradamente en sus enlaces semanales que “Ecuador está cambiando” o, en los últimos enlaces, “Ecuador ya cambió”. Sin embargo, ha sostenido, permanentemente, que el cambio más difícil que tenemos por delante es el cambio cultural.5

Pero todo esto tendría un sentido positivo, diríamos, un nacionalismo que imprime nuevos bríos a la sociedad, que le da sentido de cohesión y lo impulsa hacia objetivos compartidos. Al inicio, ciertamente, funcionó esta forma del correísmo, lo que se demostró en una alta aceptación social tanto en las diferentes elecciones y consultas populares convocadas como en las encuestas de opinión pública.

Sin embargo, en determinado momento se provocó un giro en el que la tónica del discurso del régimen ha sido la disputa insustancial y la falta de reconocimiento a otros actores sociales y políticos. De cualquier forma, este proceso de “sentimentalización de la nación” (Norman, citado en Zepeda, 2010) es continuamente manipulado en los discursos del presidente y le ha generado un amplio impacto político y reconocimiento. No obstante, desde mi punto de vista, esta supuesta nueva identidad y este intento de refundación son más aparentes que reales, puesto que más bien se observa el retorno a un discurso mestizo de antiguas élites en el siglo XX.

En el siguiente apartado voy a referirme específicamente a las innumerables batallas que el correísmo ha librado para enfrentar a los medios de comunicación. Me interesa abordar esta disputa dado que la prensa juega un rol crucial tanto en la creación como en el sostenimiento de la comunidad imaginada nacional. La prensa crea sentidos compartidos o campos unificados de intercambio, como los denomina Anderson (2000). No es el único recurso ni el más privilegiado en esta era de la información, en la cual las redes han cobrado una importancia inusitada, pero sin duda es un campo de disputa, puesto que se forman lectores con niveles de semejanza, afinidad y sentido de pertenencia. Ahora bien, los medios, y particularmente la prensa, no son inocentes en los juegos de poder. Como analizamos con la Escuela de Frankfurt, éstos forman parte del sistema de dominio y racionalidad instrumental jerárquica, dado que llevan a una relativa clausura de las posibilidades de imaginación y capacidad de propuesta de estos públicos y lectores, que se convierten, parcialmente, en consumidores culturales obedientes.

La prensa y la invención de la nación

Cuando Rafael Correa accede al poder en 2007, inicia una disputa inacabada con los medios de comunicación y aun con los nuevos espacios de generación de opinión pública, las redes sociales. Esta disputa se visualiza no sólo en el gesto de romper un diario frente a un auditorio lleno de simpatizantes y de cara a las cámaras que transmitían a nivel nacional e internacional. Tenemos mucho más que eso: una política sistemática y organizada para la creación de un aparato estatal de control de la información, expresado desde la aprobación de una Ley de Comunicación, la creación de una Superintendencia de la Comunicación (Supercom), la institución del Consejo de Regulación y Desarrollo de la Información y Comunicación (Cordicom), el poder de una verdadera maquinaria de generación de discursos y propaganda, seguimiento a medios y redes instalada en la Secretaría Nacional de Comunicación (Secom). Además, se ha realizado incautación de medios que tenían problemas legales;6 se han creado nuevos medios de comunicación funcionalizados al discurso del régimen en el poder; se ha provocado una judicialización de numerosas disputas en torno a la comunicación; se han aprobado enmiendas a la Constitución referentes a la comunicación como servicio público, entre otros.

El proyecto de la denominada Revolución Ciudadana, al igual que cualquier proyecto nacionalista, reclama lealtad. Esta lealtad se construye si se comparten imaginarios, valores y discursos, y finalmente si las prácticas desplegadas forman parte del mismo proceso hegemónico. Para que tal hegemonía pueda ser construida se requiere, como decía Antonio Gramsci, no sólo operar desde el Estado, sino también desde la sociedad civil. La pretensión hegemónica del correísmo implica este afán de monopolizar el uso de la palabra legítima; para ello, la generación de un conjunto de medios más gubernamentales que públicos7 ofrece la oportunidad de constituir lo que Pierre Bourdieu (1999) llamaba el poder simbólico.

Según Eric Hobsbawm (2002), la maquinaria del Estado es el registro de nacimientos, matrimonios, defunciones, censos. Los estados necesitaban una religión cívica, que era el patriotismo. Los estados y los regímenes tenían todos los motivos para reforzar el patriotismo con sentimientos y símbolos de tradiciones inventadas. En el momento de la democratización de la política, se hizo esencial educar al pueblo, unirlo a la nación y la bandera. Ésta ha sido también la apuesta del régimen correísta en el Ecuador de inicios del siglo XXI, que ha tenido una intención incluyente. Entonces el patriotismo, más que el nacionalismo en sí mismo, es esta suerte de religión cívica que ha sido utilizada por este proceso político. Mientras que el nacionalismo es la doctrina y el pensamiento sistemático acerca de la construcción de la nación, el patriotismo se acercaría más bien a esta religión cívica de la que nos habla Hobsbawn.

Ahora bien, surgen las preguntas: ¿para qué utilizar estas estrategias?, ¿por qué es necesario apelar a estas lealtades nacionalistas? De acuerdo con Beatriz Zepeda (2010), construir la nación tiene un objetivo, que es facilitar el gobierno y el dominio sobre la comunidad nacional; por ello, éste es un ejercicio de poder. La apuesta del correísmo ha sido precisamente permitir el ejercicio del poder en un entorno que aparecía como riesgoso, debido a que en la Revolución Ciudadana son nuevas élites políticas las que se hacen con el poder. Esto ha implicado acudir a numerosas maniobras para poder neutralizar a las élites políticas anteriores; entre ellas, una estrategia clave ha sido pretender controlar los imaginarios y discursos generados desde la prensa y los medios de comunicación. Mi argumento es que el correísmo no podía ser hegemónico si no desarrollaba este aparato de comunicación y propaganda que le permitía oponerse a las antiguas élites políticas que pretendían retomar el poder.

Así vemos, siguiendo la concepción gramsciana, cómo el proceso político de la Revolución Ciudadana se decanta por ejercer hegemonía en la sociedad civil pasando por un modelo con tintes autoritarios, en tanto que ha creado o funcionalizado varias organizaciones sociales ya existentes para su proyecto, convirtiéndolas en sus apéndices. La red de maestros, la Central Única de Trabajadores y otras organizaciones creadas en este periodo, son muestras de esta estrategia. En el caso de la prensa, hay una estrategia por partida doble: primero, una Ley de Comunicación que recibió el rechazo de la derecha política y de los medios públicos tradicionales; segundo, la creación de medios de comunicación públicos que han terminado convertidos en oficiales. Ambas políticas son dos caras de la misma moneda, apuntan a generar una hegemonía vertical y poco democrática, porque no se la ejerce prioritariamente desde la sociedad civil, como planteaba Gramsci, sino desde el Estado, en un sentido casi “autista”, puesto que no logran recoger o incorporar —quizá ni lo intentan— los repertorios y los discursos de esa sociedad civil.

El tema es más complejo de lo que parece, en tanto que en la Ley de Comunicación se ha establecido un acápite relacionado con la promoción de la interculturalidad, e igual se ha hecho con la Ley de Educación Intercultural; además, se organizó un reparto de frecuencias para radios comunitarias. Se requieren estudios más específicos que vayan desbrozando ya no sólo los sentidos, sino los efectos reales que estas leyes y políticas “interculturales” han traído. El movimiento indígena, sin embargo, es crítico de este supuesto carácter intercultural incorporado en estas normativas.

Por todo ello, esta relación con la prensa y los medios de comunicación que hemos descrito se encuentra en la esfera de la política. Y ésta ha constituido una maniobra importante porque han sido nuevas élites políticas, en el régimen de Rafael Correa, quienes han debido enfrentarse a lo que fue denominado “la partidocracia”. En otras palabras, el despliegue de estrategias nacionalistas tiene un carácter profundamente político porque han facilitado ejercer el dominio correísta, y de esta forma rediseñan el orden de lo político en la configuración del Estado nacional. Lo que ocurre es que ha sido una estrategia impulsada no desde y con los sectores sociales, sino desde el Estado, y se ha configurado en un nacionalismo de raigambre estatal.

Para entender mejor este ambiente de permanente confrontación entre la esfera de lo político y la prensa, me interesa señalar la idea de Homi Bhabha (2000), para quien en la construcción del Estado nacional se da una negociación entre el poder político y la autoridad cultural, puesto que las significaciones entre ambas esferas deben ser negociadas. Creo que el correísmo no ha logrado generar tal negociación, y tampoco ha sido capaz de construir una intelectualidad “orgánica”, si tal cosa fuera posible. La prensa, si la asumimos como parte de esa “autoridad cultural” de la que nos habla Bhabha, no fue convocada a negociar. Quizás es verdad que no era posible hacerlo con una parte de ella que defendía los intereses de los grupos dominantes, pero si vemos el panorama de forma más amplia con el mundo intelectual, artístico y cultural, podemos inferir que se han constituido en un frente más de disputa con el correísmo, expresado en el cuestionamiento al rol y casi a la propia existencia de las grandes instituciones de cultura en este país, la Casa de la Cultura, las universidades, entre otras.

Su apuesta ha sido generar “otra” prensa, refundarla como el caso del diario El Telégrafo8 o crearla, como con El Ciudadano o PP El Verdadero. En estos rotativos es donde, según la visión del correísmo, se expresa el carácter más diáfano de la noticia y la verdad. En El Telégrafo, de larga trayectoria, se inyectó una cantidad considerable de recursos económicos y se mantiene con un enfoque panegírico y alineado a la defensa de las políticas y los discursos del régimen. Igual ocurre con la televisión y la radio públicas creadas en el correísmo. Para ejercer este control sin mayores obstáculos, mediante decreto presidencial, se han puesto directorios en cada una de estas instituciones, controlados íntegramente por el ejecutivo.9

Los otros diarios, identificados con la oposición, a criterio del correísmo, no deberían circular, y el propio presidente aconseja en sus enlaces de los sábados no comprarlos. De igual forma, en la esfera de la educación superior, ha creado cuatro nuevas universidades en diferentes ramas del conocimiento, que se convertirían en las instituciones ejemplares que nos llevarían a la economía del conocimiento y al cambio de la matriz productiva. Las otras universidades ya existentes merecen control y se las ha llevado a una crisis institucional, a pesar de los recursos invertidos en ellas. La Ley de Educación Superior ha establecido un control total del ejecutivo en el gobierno universitario, ha restado autonomía a la universidad y ha diseñado una serie de mecanismos administrativos para mantenerla subordinada.

En el ámbito de la cultura, ha quitado oxígeno a la Casa de la Cultura Ecuatoriana, eliminó el área cultural que tenían instituciones como el Banco Central, y la pretensión ha sido centralizar la cultura en una nueva institución, el Ministerio de Cultura(s) y Patrimonio. De ahí que el desconocimiento de la trayectoria, de la institucionalidad establecida y de la historia no constituye sino la cara invisible de la moneda, cuya cara más amigable es el afán de refundación, expresado en la creación de toda esta nueva institucionalidad.

En este sentido, a simple vista parecería primar una intención de refundación de la nación antes que de una estrategia para mantener el nacionalismo existente. La apuesta del correísmo ha sido crear una institucionalidad nueva porque, a su entender, el pasado no le ofrece las bases para edificar su proyecto político modernizador. La contradicción es que, a pesar de estos intentos de rehacer todo, se han dotado de eslóganes y representaciones pasados que no pierden autoridad por su antigüedad, sino porque correspondían a otro momento de un proceso modernizador excluyente.

De este modo, el correísmo postula un nacionalismo conservador y de carácter estatal. En otras palabras, la Revolución Ciudadana no ha podido generar un conjunto de representaciones propias, pero tampoco los objetivos del proyecto de nación han sido verdaderamente renovados, sino que ha terminado refuncionalizando tanto estas representaciones cuanto las propias metas hacia las cuales se ha encaminado su acción estatal dentro del marco del proyecto de una modernidad occidental excluyen-te de sectores sociales y propuestas que a su criterio son “fracasadas”.

Hace algún tiempo, cuando un dirigente de la emblemática organización indígena Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie) ofreció una rueda de prensa para anunciar una marcha de sectores populares con una agenda de varias demandas al régimen, a través de las pantallas de televisión pudimos observar la repetición del gesto del presidente pero al revés: el líder de la Conaie rompió un ejemplar de El Telégrafo, identificado con los intereses gubernamentales. El diario había publicado una noticia sobre la organización de la marcha que tampoco se correspondía, en la perspectiva de los actores sociales, con la realidad. Así, podemos observar esta maniobra de espejo, donde el poder y el contrapoder se enfrentan a la prensa, o las prensas. Este juego de espejos, del presidente destruyendo un diario identificado con la oposición, tuvo su réplica tiempo después, de parte de un actor social popular, que contestó el gesto de destruir esta vez el diario identificado como gubernamental. La prensa —a pesar de su relativo declive— sigue posicionada en el centro de lo político, en un contexto de reconfiguración nacionalista basada en una resurgida y desempolvada estrategia de un proyecto modernizador del mestizaje.

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Recibido: 23 de octubre de 2015
Aceptado: 11 de abril de 2016

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