Universidad Nacional Autónoma de México • Instituto de Investigaciones Sociales

v79n2r1Hugo José Suárez. Creyentes urbanos. Sociología de la experiencia religiosa en una colonia popular de la Ciudad de México (México: Universidad Nacional Autónoma de México-Instituto de Investigaciones Sociales, 2015), 388 pp.

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Reseñado por:
Jorge Durand

Universidad de Guadalajara

El libro Creyentes urbanos, de Hugo José Suárez, nos invita a introdu-cirnos en el mundo religioso de la colonia Ajusco, en el sur de la Ciudad de México, sitio de pedregales que hace medio siglo empezaron a poblarse y urbanizarse.

Esos años de la revolución sandinista y centroamericana se vivían con profunda emoción y solidaridad en esa colonia; fueron años en que los movimientos sociales urbanos tomaban forma y personalidad, apoyados y sustentados en comunidades de base con amplia participación de la iglesia; también fueron años en que los antropólogos se permitieron el lujo de dejar a indígenas y campesinos en sus comunidades y reencontrarlos en la ciudad. En ese contexto se realizaron varios estudios de lo que se llamaba antropología urbana: “Cómo sobreviven los marginados”, “Lucha urbana y acumulación de capital” y “La ciudad invade al ejido”.

Suárez se confiesa públicamente como un profundo creyente de la sociología. En cinco de sus libros, de los 11 que se citan en la solapa, el título o el subtítulo llevan el término “sociología”, como el que ahora reseñamos: “Sociología de la experiencia religiosa en una colonia popular de la Ciudad de México”. Este autor es un sociólogo por vocación, formación, disposición e insistencia.

En el primer capítulo, citando a Ferdinand de Saussure, Suárez dice: “El punto de vista crea el sujeto”, y ese punto de vista es el del sociólogo. Una sociología más bien francesa, con mucha influencia de Pierre Bourdieu y lo que se llamó el “campo religioso”. Hoy, cuando hay maestrías y doctorados de todo tipo, con nombres y especificidades peculiares, hay que reconocer el valor que otorgan la profesión, la ciencia y el método.

Cabe señalar que la sociología en México vivió una época de profunda ideologización que la alejó de la investigación empírica, cuando su mayor riqueza consistía precisamente en ir y volver de la teoría a la realidad y de la realidad a la teoría. Este libro es una buena muestra de ese ejercicio. También diremos que la sociología se había alejado del tema religioso como objeto de investigación; sería por aquello relacionado con la superestructura, como se decía en otros tiempos.

No obstante, Suárez vuelve al tema religioso, tema que había sido una de las preocupaciones fundacionales de la sociología, si se me permite citar a Émile Durkheim y “Las formas elementales de la vida religiosa” y a Max Weber por su interés en lo pragmático de las religiones.

El autor de Creyentes urbanos se inserta en la colonia Ajusco con los instrumentos propios de su oficio, una encuesta que pone al descubierto profundas diferencias generacionales sobre temas tan actuales y acuciantes como el divorcio, las relaciones prematrimoniales, el uso de los anticonceptivos, el aborto, la homosexualidad. Temas centrales de una iglesia decimonónica que prolongó sus obsesiones y frustraciones en esos temas a lo largo del siglo XX.

En la colonia Ajusco, 85% de los habitantes se reconoce como creyente, cree en Dios, no tanto en el diablo, ni en el infierno, pero sí en el cielo, lo cual, cierto es, resulta prudente. Muchos otros creen en los milagros y particularmente en la Virgen de Guadalupe. Sin embargo, hay diferencias significativas por género: las mujeres son más creyentes y esperanzadas que los hombres. Y tienen razón las mujeres, porque los hombres creen más en los fantasmas, los aparecidos y los espíritus. Pero a fin de cuentas todos son practicantes de la religión de una u otra forma y con mayor o menor frecuencia.

Pero más allá de la encuesta, el trabajo de investigación tiene también una profunda y necesaria perspectiva de análisis cualitativo, que busca, en palabras del autor, “encontrar en la palabra el sentido de la experiencia misma y develar el sistema de disposiciones que está detrás”. Y siguiendo a Bourdieu, ejerce la mayéutica propiamente aristotélica, y se desempeña como partero, al ponerse mentalmente en el lugar del entrevistado.

Dicho oficio implica un riesgo, una interpretación, como lo señala al citar nuevamente a Bourdieu en ese bello párrafo en que se refiere a la interpretación del actor de teatro que debe pasar de la escritura a la oralidad, y el sentido inverso, el de la entrevista que pasa al texto académico.

El libro, además de desarrollar in extenso el tema central, se complementa con lo que el autor llama excursos, digresiones que lo llevan a retomar poemas, canciones, películas, lecturas y relecturas. Algo así como un ensayo de libertad intelectual donde el autor se libera del academicismo y reflexiona, incluso teoriza, sobre lo que llama una coherencia disonante, donde nos ha tocado vivir, donde se busca por muchos caminos encontrar sentido a la vida, y uno de esos caminos es el mundo de las creencias, la experiencia religiosa; también el de las canciones y la poesía, por qué no.

Otro de los seis excursos tiene que ver con algo más concreto y descriptivo, con la organización vecinal en torno a una ermita a la Virgen de Guadalupe en la calle Nahuatlacas, iniciativa de un vecino para cambiar el sentido a un lugar que era utilizado como punto de reunión de drogadictos y borrachos. La iniciativa cuajó y el lugar se convirtió en espacio sagrado y callejero al mismo tiempo, donde la comunidad exige respeto a sus miembros que no escuchan de otro modo y por eso tiene que recurrir a un argumento mucho más fuerte y contundente: el de no ofender a la Virgen.

Nuevamente, Suárez coloca fuera algo que es muy profundo, que es el poder que tiene la descripción densa, la etnografía antropológica. Y uno se pregunta por qué lo deja fuera, aunque en cierto modo la deja dentro, pero como un excurso, una senda, un camino lateral, que no es central de su investigación. ¿O sí es central?, me pregunto.

Ese gesto, esa iniciativa del poblador de corregir una conducta por un medio, podríamos decir heterodoxo, es cultura. Implica un profundo conocimiento de los mecanismos culturales que subyacen incluso en lo que podríamos suponer más alejados de las prácticas religiosas: alcohólicos, drogadictos, delincuentes que no se atreven a profanar el espacio sagrado.

Y esto viene a cuento porque el autor señala de pasada en la introducción que hay una cultura católica, vuelto a repetir entre comillas “cultura católica”, que es mayoritaria según la encuesta. Son códigos culturales que todos entendemos porque somos mexicanos, occidentales, latinoamericanos, independientemente de nuestras prácticas o creencias. Para mí éste es un punto fundamental de la primera página de la introducción y que se deja un poco de lado a lo largo de todo el libro. Podríamos decir que es otro excurso más, según mi punto de vista. Una senda por la que se podría transitar con mayor atención y detenimiento.

¿Qué es la cultura católica? La definición se la dejo a los expertos en estos temas. Yo me iré por la ruta fácil y diré qué no es, o quién no tiene cultura católica, con un ejemplo. Cuando vino Hillary Clinton a México dijo que quería visitar a la Virgen de Guadalupe, lo que es de rigor. Y al estar frente a la imagen hizo una pregunta inteligente: “¿Quién es el pintor?” Todo el mundo se quedó mudo. Eso es no tener cultura católica.

En efecto, pensé que el asunto de la cultura podía ser un punto crítico importante. Pero no, he de confesar que en las últimas páginas del libro concluye con lo que el autor llama tres matrices culturales: la rural-popular, de donde vienen los colonos de estos pedregales; la urbano-moderna, que hace referencia al título del libro y al proceso agudo de secularización que se nota en el análisis de las generaciones; y en tercer término, la ecosofía, donde hace honor al esfuerzo, que todo sociólogo que se precie de serlo tiene, de crear una categoría de análisis, que en este caso hace referencia a las viejas y nuevas preocupaciones metafísicas sobre la reencarnación, el cosmos, la energía, la naturaleza, la ecología, los saberes y los orígenes ancestrales.

Coincido en sus conclusiones de que estas tres matrices no son mundos separados, tampoco sistemas culturales distintos, lo que quizá podría interpretarse a partir del término matriz. En realidad, las tres son parte de la coherencia disonante señalada en el primero de los excursos.

Si volvemos 40 años atrás a la colonia Ajusco, coincidiría con el autor en que la matriz rural-urbana era predominante. En su mayoría había migrantes internos de Michoacán, Guanajuato, Puebla, los colonos de aquellos tiempos que habían comprado tierras a los ejidatarios y estaban en proceso de legalizar sus terrenos.

Sin embargo, al lado, en Santa Úrsula, se concentra el pueblo viejo de ejidatarios de raigambre pueblerina y campesina, en medio del océano urbano. Sería interesante, quizás en el futuro, comparar las vivencias y experiencias religiosas de estos pueblos originarios con los barrios de migrantes vecinos de la colonia Ajusco o Santo Domingo.

Asimismo, habría que preguntarse si la socialización política de los colonos del Ajusco, que coincide con una pastoral de comunidades de base, orientada desde la teología de la liberación, forma parte de un mismo proceso de socialización, tanto de participación política como de participación en nuevas formas de expresión de la religiosidad que tienen que ver más con el compromiso social y la solidaridad comunitaria que con los rituales tradicionales. La matriz urbana religiosa, en aquellos años, era de lucha política por los servicios y el reconocimiento de la propiedad, con participación política, en aquellos tiempos del Partido Socialista de los Trabajadores.

De hecho, vivimos en las tres matrices al mismo tiempo y esto forma parte de la cultura, pero no cualquier cultura: de la cultura católica nacional, guadalupana, de raíces prehispánicas, occidentales, judeocristinas, mexicanas y últimamente globales; esa síntesis no es otra cosa que el pueblo mestizo que somos, más allá de la raza y la religión.

Espero que esta reseña sea una invitación a leer el libro, a disfrutar de una prosa bien escogida y elegida, de una investigación profunda, reposada y repensada que dice mucho de nosotros mismos como pueblo, como de algún modo creyentes o practicantes, finalmente como mexicanos.

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