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v77n2r3 portadaMaría Luisa Tarrés Barraza, Laura B. Montes de Oca Barrera y Diana A. Silva Londoño (coordinadoras). Arenas de conflicto y experiencias colectivas. Horizontes utópicos y dominación. (México: El Colegio de México, 2014).

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Reseñado por: 
Miguel Armando López Leyva

Instituto de Investigaciones Sociales
Universidad Nacional Autónoma de México

¿Qué incentiva a la gente a participar en una acción colectiva? ¿Cómo se genera identidad entre los par-ticipantes? ¿Qué condiciones (políticas y sociales) son propicias para activar una movilización y definir su curso? Preocupaciones de esta índole se encuentran presentes en el libro Arenas de conflicto y experiencias colectivas. Horizontes utópicos y dominación. En éste hay un acercamiento a distintos ámbitos en los que se genera acción colectiva, en particular movimientos y organizaciones sociales, a partir de las experiencias de los autores que colaboran, en las que plantean sus dificultades en el abordaje de casos y las opciones que hallaron para trascenderlas creativamente. El subtítulo apunta hacia la meta de transformación que muchas de estas luchas sociales se han propuesto: la reversión o disminución de los mecanismos de dominación que se han reconfigurado en los últimos años, lo que constituye, en sí misma, una utopía.

En la nota introductoria, María Luisa Tarrés Barraza indica el objetivo: “Reflexionar sobre las encrucijadas teórico-metodológicas” a las que se enfrentan los analistas de la acción colectiva para, así, “interpretar el surgimiento de conflictos como formas de sociabilidad que generan, mantienen o modifican comunidades de valores o intereses y grupos instituidos” (13). En este sentido, el mérito de esta obra, colectiva como la acción misma que enuncia y estudia, es acercarnos al trabajo nada sencillo que enfrentan investigadores de distintas procedencias para “(re)interpretar” los fenómenos y casos que se decidieron a desmenuzar, dando cuenta de sus difíciles decisiones ante desafíos que la teoría impone cuando no ajusta su molde a realidades tan disímbolas. De los desafíos teóricos surgen los dilemas metodológicos sobre qué hacer para que los datos de esas realidades puedan ser construidos de modo tal que nos indiquen lo que estamos buscando y permitan construir explicaciones plausibles. Es un excelente ejercicio de observación de la “obra negra” de la labor creativa del investigador, aquella que no sale a la luz porque sólo vemos el resultado, esto es, el exterior del reluciente edificio analítico construido (para usar una metáfora arquitectónica).

Pero no es el único mérito. Además de mostrarnos el taller intelectual y el utillaje metodológico de los autores, los capítulos tienen la virtud adicional de entregar lecturas críticas de los enfoques teóricos predominantes no para desecharlos o minimizarlos, la salida más fácil, sino para extraerles su utilidad, ya sea adaptándolos en sus dimensiones interpretativas o haciéndolos complementarios de otros enfoques sociológicos (incluso filosóficos). El resultado de estas lecturas críticas y aplicaciones prácticas es una serie de estudios, la mayoría sobre México, que ofrecen nuevas miradas sobre la acción colectiva y alternativas para su análisis, con la pretensión de llenar los vacíos dejados por la literatura especializada. Para decirlo de otro modo, es un conjunto de textos estimulantes, muy bien escritos si algo más estimulante se requiriese, que se concentra en la discusión y, por qué no, en el replanteamiento de tópicos “clásicos” de la sociología de la acción colectiva.

El libro se divide en cuatro secciones cuyos temas centrales son: identidad, intermediación, espacios institucionales y situación de riesgo ante transformaciones del orden global contemporáneo; a su vez, las secciones se dividen en capítulos (11 en total). Selecciono cinco de ellos para comentarlos, pues son una muestra más que representativa de los intereses temáticos y abordajes teórico-metodológicos que propone esta publicación. De la observación del modo en que cada capítulo resolvió los desafíos y dilemas atrás mencionados podrá tenerse una idea de cuán fecundo resultó este ejercicio de investigación sociológica.

Los dos primeros capítulos están cercanos en su interés principal: las motivaciones para involucrarse en una protesta. En “Movimiento indígena en Bolivia: estructura de oportunidades y el sentido de la acción”, Carmen Rosa Rea Castro propone mostrar los “aciertos y desaciertos” a los que se enfrentó para emplear el enfoque de los procesos políticos y los marcos cognitivos para comprender el movimiento aludido en su último ciclo de protestas (2000-2005), antes del ascenso de Evo Morales al poder presidencial. Quizá la pregunta que mejor ilustra su búsqueda es: ¿por qué tuvo éxito el ciclo de protestas en esta especial coyuntura? Pero el interés no queda ahí, pues no se trata solamente de plantear las “condiciones de posibilidad”, externas al movimiento, para responder por el éxito, sino cuáles fueron las motivaciones para actuar (el “sentido de la acción”) de los sectores organizados que le dieron orientación a la protesta a partir de esas condiciones. Así, Rea Castro adopta el enfoque de la Estructura de las Oportunidades Políticas (EOP), al cual le agrega un factor explicativo, “el cambio relativo de la estructura social”. En este agregado hay una crítica explícita: los factores estructurales a los que se refiere la teoría no tienen por qué ser solamente políticos.

Pero aun con esta adaptación la eop no da cuenta de las razones de la movilización indígena y tampoco es útil para ello el uso de la categoría “marcos cognitivos”. Aunque tengo la impresión de que la crítica a ambos enfoques es muy dura (porque la autora les pide más de lo que dan en sí), éste es el momento de la confrontación del desafío teórico y metodológico: encontrar alguna herramienta útil para entender el sentido de la acción, y de la creación de una alternativa: recurrir a “fuentes teóricas que se distancian de las teorías de la acción colectiva”. No es seguro si esta salida hacia procesos de igualación y subjetivación que propone pueda tener un potencial explicativo que vaya más allá del caso de estudio abordado, pero lo cierto es que es consistente con él y lo explica muy bien.

Por su parte, Martín Paladino Cuopolo se interesa por el “carácter polisémico de la acción colectiva y de la racionalidad instrumental en los movimientos sociales” (211). En su texto “El sentido de la acción: interés y solidaridad en el Movimiento Urbano Popular de la Ciudad de México” somete a consideración del lector una discusión permanente en la sociología de la acción colectiva sobre los sentidos divergentes que la motivan: el cálculo de costos y beneficios (motivaciones individuales) vs. el logro de bienes comunes (motivaciones colectivas). El quid de la cuestión está en que ambas estructuras de sentido no siempre logran integrarse entre los diferentes niveles de participantes (la base de la organización, y el liderazgo y los militantes); más bien se presenta un proceso de ajuste, según nos dice el autor: “Conviven de manera tensa y se toleran en virtud de un acuerdo tácito. Los líderes guiarán la acción para que alcance sus objetivos y la base no cuestionará su autoridad mientras confíe en esa guía” (235). Lo importante aquí es el hilado fino de la cuestión: no es que una estructura organizativa sostenga un sentido en lugar de otro y eso explique el nivel de compromiso o desafección con una causa, sino que ambos pueden compartir el espacio organizativo, y será mediante una especie de “equilibrio implícito” que se mantenga la cohesión interna sin contradicciones.

Siendo así, ¿cómo se explica la convivencia de estas dos estructuras en organizaciones y movimientos? Las vertientes teóricas a las que recurre Paladino Cuopolo como referentes no dan cuenta certera de este problema, arguye: ni la solución individualista de Elster ni la “autoproducción de la acción colectiva” de Melucci son suficientes. Siguiendo una estrategia parecida a la de Rea Castro, el autor primero evalúa la “capacidad analítica de las perspectivas de la elección racional y del ajuste de orientaciones” en su aplicación al caso de una organización del mup, para ubicar el problema (ahora de forma empírica) y, por lo tanto, visibilizar los límites de aquellas explicaciones. Habiéndolo hecho, Paladino llega a una novedosa alternativa que habrá que considerar con más detenimiento: el “ajuste ambiguo” entre los dos sentidos de la acción, opuestos a simple vista pero que conviven en el interior de una organización social, es posible en la medida que se trata de una integración práctica, no semiótica, y tiene su fundamento en las diferencias de la vida cotidiana y las formas de categorizar el mundo social de cada participante.

Con un interés en otro aspecto de las “arenas de conflicto”, Diana Alejandra Silva Londoño aporta otra aproximación al clientelismo, al mostrar que puede llegar a ser funcional a la acción colectiva de grupos y organizaciones sociales en la medida en que represente la base de la negociación y presión a las autoridades y no solamente un mecanismo de intercambio que facilita la cooptación y el control de la base militante. En el texto “Entre clientelismo y contienda. Los desalojos de los comerciantes ambulantes del Centro Histórico de la Ciudad de México (1993-2007)”, muestra cómo las formas de organización verticales pueden acoplarse con otras de carácter más independiente: “la existencia de las relaciones clientelares […] también se constituye en la base organizativa que posibilita la capacidad de actuar colectivamente” (289).

Para tal efecto, remite a dos casos en contextos notoriamente diferentes: 1993, en pleno proceso de democratización, y 2007, habiendo concluido la transición, en plena democracia y en curso el tercer periodo de gobiernos de izquierda. Esta diferencia de contextos nos haría presumir la capacidad de las prácticas informales, propias del autoritarismo, para adaptarse a nuevas circunstancias de competencia por espacios y recursos, propias de la democracia.

La autora hace uso de la perspectiva integradora del análisis de la contienda política para comprender los dos episodios de desalojo del ambulantaje del primer cuadro de la ciudad de México. A través del recorrido por la trayectoria de las organizaciones, revela su capacidad organizativa y sus mecanismos de presión, negociación y movilización. En esa trayectoria resulta importante la complejidad que el conflicto de estos grupos le representa al Estado, pues en aquél hay una tensión entre dos derechos fundamentales: el acceso al espacio público y el acceso al trabajo. Aunque ninguno de los dos debiera imponerse (entonces no serían derechos), en la práctica el segundo parece tener mayor legitimidad porque el ambulantaje es una respuesta directa al cercenamiento previo de ese derecho. Esta diferenciación es clave para comprender por qué el recurso a la ley no puede ser la solución única al problema, y por qué se articula más flexiblemente en el terreno de la política. De ahí que el clientelismo sea funcional en ámbitos democráticos.

Los dos capítulos restantes por comentar versan sobre el “adversario” que enfrentan los grupos que protestan: las autoridades, los gobiernos, las élites en un sentido amplio (políticas y sociales). Ésa es su aportación porque más que observar lo que hacen movimientos y organizaciones para el logro de sus objetivos, se concentran en lo que hacen dichos adversarios para darles respuesta, conteniendo, encauzando la movilización o legitimando sus propias posiciones a través de iniciativas ideológicas. Como bien apuntan ambos autores, hay poco trabajo de investigación en este terreno, en considerar al Estado (sus instituciones, sus gobiernos, sus actores) como un factor con propósitos, objetivos y, por supuesto, mecanismos articulados no sólo de represión, también de acción.

En esa línea, Mario Alberto Velázquez García nos ofrece en “El Leviatán frente a los que defienden lo verde. El Pacto Ribereño y la Dirección Federal de Seguridad” un texto que contribuye al análisis de la labor de los cuerpos de seguridad e inteligencia durante el autoritarismo mexicano. Basado en el análisis de datos del Archivo General de la Nación, el autor muestra que, además de la represión, el Estado mexicano hizo uso de estrategias que intentaban reorientar la protesta: “recursos legales, políticos, policiales, propagandísticos y de vigilancia”, los cuales también se dirigían a los agentes gubernamentales. Por su parte, Laura B. Montes de Oca Barrera afronta la tarea de “construir una propuesta analítica” para llenar un vacío en la literatura movimientista: la poca atención que ha prestado a los adversarios no-estatales, élites con poder sin duda, pero que no forman parte de la estructura formal del Estado. En su capítulo “Élite económica en movimiento: lobbying y responsabilidad social de empresas transnacionales frente al movimiento social anticorporativo en México”, plantea como respuesta a ese vacío que las reacciones de dichas élites (empresarios) a las acciones colectivas que las impugnan pueden ser vistas como contramovimientos. Así, propone que la Responsabilidad Social Empresarial (RSE) es un contramovimiento que trató de enfrentar el desafío colectivo que le representaba el activismo anticorporativo.

En suma, la comprensión de la acción colectiva requiere una mirada sociológica amplia que no se restrinja a un solo ángulo de interpretación, sino que esté dispuesta a abrirse a otros e incluso arriesgar en la búsqueda de alternativas de explicación. Más aún, necesita investigadores inteligentes que, abrevando de los avances del campo de estudio, sean capaces de reconocer sus logros y, a la par, atender sus insuficiencias, pues sólo así se contribuye al avance del conocimiento. Esa mirada disciplinaria y esa inteligencia colectiva están presentes en esta obra. ¿Qué otro estímulo se necesita para leerla?

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