Universidad Nacional Autónoma de México • Instituto de Investigaciones Sociales

In memory of Elinor Ostrom

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José Sarukhán Kermez*

* Doctor en Ecología por la Universidad de Gales, Gran Bretaña. Ex rector e investigador emérito de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Fundador y coordinador nacional de la Comisión para el Uso y Manejo de la Biodiversidad. Temas de especialización: conocimiento, uso y gestión de la biodiversidad; ecología de poblaciones y comunidades. Liga Periférico-Insurgentes Sur 4903, Col. Parques del Pedregal, Tlalpan, 14010, México, D.F.

Resumen:

El trabajo de Elinor Ostrom constituye una formidable aportación a la búsqueda de alternativas que permitan conservar la diversidad biológica y a la vez contribuir al desarrollo de las comunidades indígenas y campesinas que dependen de los sistemas y recursos naturales. Su obra tiene especial importancia en un país megadiverso como México, donde además gran parte de la riqueza biológica se encuentra en territorios propiedad de comunidades indígenas y campesinas, tradicionalmente marginadas y empobrecidas.

Palabras clave: biodiversidad, uso, conocimiento, capital humano, capital natural.

Abstract

Elinor Ostrom’s work is a formidable contribution to the search for alternative ways to conserve biodiversity while enhancing the development of indigenous and peasant communities that depend on natural systems and resources. Her work is particularly important for a megadiverse country such as Mexico, where much of the biological wealth is found in territories owned by traditionally marginalized and impoverished indigenous and peasant communities.

Keywords: biodiversity, use, knowledge, human capital, natural capital.

Lin Ostrom, académica y docente de profunda sensibilidad social e invaluable calidad humana, fue a lo largo de muchas décadas una líder importante en el campo de los estudios socioeconómicos y ambientales. Lin trabajó especialmente sobre las actividades colectivas de los grupos que aprovechan recursos comunitarios y su obra culminó en el reconocimiento por parte del Comité del Premio Nobel, que le otorgó en 2009 el galardón en el área de Economía.

Escribir sobre Elinor Ostrom es un reto, porque no resulta fácil para alguien como yo, quien es básicamente un diletante en el campo que Lin dominó brillantemente, hacer un análisis académico de su trabajo. Sólo puedo justificar mi cercanía a los temas centrales del trabajo de la doctora Ostrom: el manejo de los bienes comunes, la importancia de los derechos de propiedad, el capital social y la acción colectiva, por el interés de encontrar formas de uso del capital natural de México que, al tiempo que conserven la diversidad biológica, ayuden a asegurar la subsistencia económica de los dueños de ese capital. En un país megadiverso como el nuestro, donde además entre dos tercios de los bosques templados y tres cuartas partes de los bosques tropicales son propiedad comunal, estudiar las formas de uso y manejo de las comunidades en cuanto a los recursos naturales implica que uno queda situado en el campo que la doctora Ostrom estudió durante cinco décadas.

La citación del Premio Nobel de Economía menciona que éste le fue concedido por "su análisis de la gobernanza económica", especialmente de los "bienes comunes", y porque sus investigaciones establecieron el hecho de por qué una serie de fuerzas, más allá de las del mercado y los Estados, pueden generar una cooperación organizada de grupos que utilizan recursos comunes. La distinción con el Premio Nobel fue también entendida y celebrada por muchos como un reconocimiento implícito del valor del capital humano y del capital social de muchas comunidades indígenas y rurales que poseen sus propias formas de organización social, política y productiva. A la luz de este trabajo y reconocimiento, uno se cuestiona por qué este capital humano y social y los valores sociales que los sustentan no son asumidos como el núcleo del desarrollo del país. Los estudios de Ostrom han mantenido firmemente la idea de que es necesario llegar a soluciones alternativas a las planteadas por los teóricos del Estado o de la privatización, pues estas soluciones no son las únicas vías para resolver los problemas a los cuales se enfrentan quienes se apropian de "recursos de uso común", mientras que, paradójicamente en distintos casos, han dado pie a la destrucción de los bienes comunes naturales, ecosistemas, poblaciones naturales, especies y diversidad genética, además de erosionar el capital social de las propias comunidades dueñas.

Sus investigaciones son particularmente relevantes a la luz de los muy actuales y graves problemas socioambientales que afectan al mundo como un todo y de los difíciles esfuerzos en curso para alcanzar acuerdos gubernamentales de naturaleza mundial. Pero también lo son por varias otras razones importantes: a) la tenencia colectiva de la tierra en México (y crecientemente en América Latina y en algunos otros lugares del mundo) y de los sistemas de gobernanza ligados a la misma; b) sus sistemas culturales propios, resultado de largas historias de apropiación, manejo y generación de conocimiento de los sistemas y recursos naturales, y c) las características ecológicas del territorio de muchos países con ecosistemas naturales megadiversos y aptitud de uso de éstos. El conjunto de ideas y del trabajo de Lin Ostrom es particularmente relevante para México, porque aportó el marco teórico conceptual y el abordaje metodológico que nos faltaba a quienes hemos trabajado en torno a las relaciones entre los grupos sociales campesinos e indígenas y los territorios y recursos naturales de los que son propietarios en comunidad.

Además, las aportaciones conceptuales de Elinor Ostrom en cuanto a la importancia de los actores locales en la solución de problemas ambientales globales han adquirido mayor relevancia por el creciente acuerdo internacional alcanzado a partir de la XVI Conferencia de las Partes de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, celebrada en Cancún, México, en 2010, en torno a la atención a los problemas ambientales globales, ligados con la reducción de emisiones de gases de invernadero por medio de la Reducción de Emisiones causadas por la Deforestación y la Degradación de los Bosques —la implementación de un mecanismo denominado REDD+, por sus siglas en inglés—, que busca reconocer y recompensar a comunidades locales por sus esfuerzos de conservación de las masas forestales y mitigación del proceso de cambio climático global.

En ese escenario, los países con alta riqueza de biodiversidad que, como México, tienen la posibilidad de impulsar formas exitosas de manejo comunitario de los bosques, y que al ser sustentables en el largo plazo, se conviertan al mismo tiempo en vías de desarrollo económico autónomo para las comunidades dueñas de los bosques, no deberían desperdiciar esta oportunidad. Esto es especialmente cierto si se cuenta con una eficaz capacidad de estimación, verificación y monitoreo de los cambios de cobertura vegetal del territorio, por parte de académicos y actores locales, como sucede en distintas comunidades y regiones de nuestro país.

Independientemente de las capacidades técnicas de un país, la base en la que descansan todas estas posibilidades de aprovechamiento de los recursos internacionales que estarán disponibles para la instrumentación del programa REDD+ reside en las comunidades que poseen los recursos forestales, en su cohesión social, sus conocimientos y sus sistemas de gobernanza, así como en las oportunidades y el apoyo que reciban para establecer o consolidar empresas y actividades productivas basadas en el uso sustentable del capital natural. La cohesión social de las comunidades es un elemento esencial para dotarlas de la capacidad de organizarse y funcionar sanamente; sin embargo, es un factor social que ha sido asediado por diversas causas externas, de manipulación política o de limitaciones de tipo económico o demográfico.

La capacidad de comunicación entre los individuos ha sido el motor de la profunda transformación a partir de la evolución cultural de nuestra especie, iniciada en el proceso de su diferenciación de los homínidos de los que se origina y con los que comparte casi la totalidad de sus genes. La vida social, tan característica del Homo sapiens, ciertamente no es exclusiva de los seres humanos: existe en otros primates e incluso en algunos grupos de invertebrados, como las abejas y las hormigas. Sin embargo, a diferencia de estas especies, en la nuestra el tejido social obedece no sólo a reglas de convivencia genéticamente establecidas que maximizan la adecuación biológica de los individuos, sino a valores que surgen de la cohesión y la cooperación y que confieren a la organización social un sentido mucho más profundo y amplio. El ser social en toda su amplitud es una característica sólo atribuible a nuestra especie y se mantiene fundamentalmente por las diversas expresiones de la cohesión social.

La exclusión social es una importante causa de la existencia de sociedades duales, profundamente desiguales y conflictivas. Otras condiciones, como las de desintegración social, marginación y pauperización, son resultados directos o indirectos de una economía que, en palabras de Riccardo Petrella, economista y sociólogo italiano estudioso de los recursos hídricos, ha estado motivada, guiada y dirigida por un propósito que ha tomado precedencia sobre todos los demás, y que es el de la competitividad cortoplacista, que se ha convertido en "el único y verdadero objetivo —vendido, propagado y defendido— de la economía de los ‘Nortes’, del planeta". El final del siglo XX y el inicio del actual se han caracterizado por el triunfo de las finanzas sobre la producción y el bienestar social.

Las tendencias economicistas, el manejo del planeta de acuerdo con el criterio exclusivo del rendimiento económico de las empresas y la monetarización de todos los afanes humanos, están arrinconando a la humanidad en un callejón sin salida. Esto ha llevado a desestimar las necesidades colectivas no ligadas al mercado, al dispendio de enormes cantidades de recursos finitos, y a excluir de los beneficios del crecimiento a grupos cada vez mayores de la población mundial. La selección de un modelo durable de desarrollo modificaría profundamente los estilos de producción y de vida dominantes y las formas de consumo. De hecho, tal modelo implica un reforzamiento de redes ciudadanas y de solidaridad, la elaboración de nuevos enfoques sobre el trabajo, capaces de satisfacer necesidades que el mercado, por sí solo, no puede atender o atiende apenas de manera muy limitada. Obviamente, tal modelo de desarrollo no resulta fácilmente aceptable para el statu quo.

Kenneth Boulding, un economista del siglo pasado fundador del concepto de Teoría General de Sistemas, educador y además cuáquero ferviente, resumió en una frase, de manera magistral, la casi imposibilidad de aceptación, en la mente de la mayoría de la gente, del etéreo concepto de desarrollo sustentable. Decía Boulding: "Quienquiera que piense que se puede crecer a perpetuidad en un planeta finito, o está loco o es un economista".

La misma Lin Ostrom se refería al desarrollo sustentable como "un prerrequisito para cualquier desarrollo en el futuro. La sustentabilidad en los niveles local y nacional debe contribuir y sumarse a la sustentabilidad en la escala global. Esta idea debe necesariamente constituir el basamento de las economías nacionales y conformar el tejido de nuestras sociedades". También es claro que solamente el desarrollo sustentable basado en criterios sociales y ambientales, es capaz de prevenir tanto el llamado "apartheid social" como los desastres ecológicos que, de mantenerse las actuales tendencias, amenazan seriamente la civilización y las sociedades humanas, como las conocemos en la actualidad.

En los países que poseen una considerable y ampliamente distribuida población rural, que depende de los bienes de los sistemas naturales para subsistir y que es a menudo dueña de las tierras donde se encuentran esos ecosistemas, la estrategia de conservar la biodiversidad "sin tocarla", como proponen los diferentes tipos de áreas naturales protegidas —sin duda de gran importancia— constituye un enfoque muy limitado para preservar la biodiversidad que, en su mayoría, se encuentra fuera de esas áreas protegidas y está ubicada en los zonas que son propiedad de las comunidades rurales.

Existe suficiente evidencia empírica para afirmar que los procesos diversificados y sustentables de extracción de componentes de los ecosistemas constituyen, a la par que mecanismos necesarios para dotar de alternativas de sustento económico a los dueños de esos recursos, alternativas perfectamente compatibles con la conservación de las características estructurales y funcionales de los ecosistemas, que son los factores determinantes para la provisión de los servicios y bienes ambientales que recibimos de los ecosistemas.

Pensar en formas de relación con los recursos naturales renovables que no estén limitadas a su conservación no consuntiva, sino que incluyan de manera central su utilización nacional y sustentable, no sólo lograría dos cambios absolutamente centrales para el futuro: conservar el patrimonio natural de cada país y resolver, por lo menos en una parte importante, la severa marginación económica y social de las comunidades rurales. Se lograría un cambio adicional con profundas consecuencias para el futuro de muchas naciones en desarrollo: la transformación de una población rural —que en su mayoría carece de opciones económicas y sociales y depende cada vez más de subsidios y rentas de diversa índole, y permanece atrapada en el estado de marginación— en empresaria y dueña de su futuro. Este cambio constituiría una transformación social, cultural y psicológica de dimensiones enormes y de consecuencias impredecibles para bien de la cohesión, la igualdad y la gobernabilidad de México.

Elinor Ostrom queda entre nosotros como la constructora de un sólido marco conceptual para nuestros estudios e iniciativas, comprometidos en convertir a los dueños de los recursos comunitarios de nuestros bosques y áreas naturales en empresarios a partir de su propio capital natural. Sus repetidas visitas a México representaron para muchos un valioso estímulo, fortalecieron nuestras ideas y nuestra convicción de continuar buscando y construyendo formas de conservar nuestro patrimonio biológico, y contribuir a preservar y desarrollar los valores sociales, los conocimientos y la organización de los grupos indígenas y rurales, ambos recursos que constituyen parte fundamental de la riqueza de este país.

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