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v76n2r1Alain Touraine. Después de la crisis. (México: Fondo de Cultura Económica, 2013), 177 pp.

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Reseñado por:
Julio Labastida Martín del Campo

Instituto de Investigaciones Sociales
Universidad Nacional Autónoma de México

Este importante libro, que tiene como objetivo ayudar a comprender la crisis que vivimos y sus posibles desenlaces, fue publicado por primera vez en París por Éditions du Seuil en 2010. En su presentación, Alain Touraine comienza diciendo: "Una crisis económica es en primer lugar un asunto de los economistas, aunque no siempre o frecuentemente la hayan previsto". Como podemos constatar, Touraine, desde la perspectiva del sociólogo que es y siempre ha sido, nunca ha rehuido pensar en los grandes cambios que han marcado nuestra atribulada época.

En la sociedad actual, nos dice Touraine, ya no nos representamos a nosotros mismos como los actores de un sistema económico, respecto del cual se organizaría toda la vida social; ahora nos representamos como sujetos dotados de derechos y creadores de nuestra propia vida en un universo en el que predomina lo cultural, lo que Touraine llama "la subjetivización de los actores".

De acuerdo con el diagnóstico del autor, la actual crisis separó aún más la economía de la sociedad, como efecto de la autonomía creciente de las lógicas especulativas y financieras. La pregunta que se impone es: ¿qué puede influir a largo plazo sobre estas tendencias? Touraine subraya que una de las principales consecuencias de esta separación es una exclusión creciente de los actores sociales, pero también considera que nuestras sociedades pueden experimentar, como consecuencia de dicha crisis, un cambio cultural acelerado que a su vez provoque transformaciones profundas, aunque a largo plazo. Estas transformaciones implican que los actores "sociales" se comportan cada vez más de una forma más independiente del sistema económico.

A partir de esta reflexión, Touraine concluye que los próximos años oscilarán entre la catástrofe y la refundación. De manera más precisa, Después de la crisis está centrado en un estudio que estructura factores que pesarán, en un sentido o en el otro.

La causa de la crisis actual —iniciada en 2007 y que alcanzó su momento crítico y más peligroso en 2010— no ha sido eliminada. Mientras que el sector bancario se recuperó rápidamente, la economía de muchos países no lo hizo. La crisis impactó en primer lugar a Islandia, Irlanda y Grecia; posteriormente alcanzó a Francia, España y Portugal; de hecho, a toda Europa; aunque para Touraine y otros analistas la excepción es Alemania.

Hasta ahora, Europa parece condenada al estancamiento. Touraine considera que los efectos de la crisis actual parecen más difíciles de superar que la de 1929, porque se multiplican por la globalización económica y financiera, que destruye todos los vínculos entre la economía y la sociedad.

Sin embargo, nos advierte Touraine, sería apresurado llegar a la conclusión de que la sociedad ha sido completamente destruida. El autor utiliza la metáfora de una ciudad bombardeada que, aunque vulnerada, sigue existiendo. De la misma manera, la noción de sociedad no desaparece completamente. Esta noción subsiste a pesar de la presión enorme que ejercen sobre las ciencias humanas las nuevas tecnologías, particularmente las de la comunicación, y en los dos últimos siglos, las ciencias de la naturaleza, sobre todo en sus formas ya caducas (el cientismo), como lo ha demostrado Edgar Morin.

Entre los cambios lentos pero positivos, el autor considera que existen procesos de transformación que se dan, en primer lugar, en el plano de la conciencia. Desde esta perspectiva, destaca la importante corriente de economistas de alto nivel —de los cuales algunos son premios Nobel, Amartya Sen el primero, pero también Joseph Stiglitz, Paul Krugman y Jean-Paul Fitoussi, entre otros—, que critican la visión estrecha inspirada por un cuantitavismo superficial, un pensamiento estadístico y económico que reduce la situación del individuo o de las categorías sociales a su ingreso o, me permito añadir, en el caso del neoinstitucionalismo, que ahora está de moda entre los politólogos, a sus intereses. Además, esta corriente de economistas busca integrar, con mayor o menor éxito, los análisis sociales, políticos y culturales con el cálculo económico. Estos cambios son una muestra de que el pensamiento avanza en la medida que el cambio social tiende a afirmarse.

Me parece muy importante resaltar que en esta hora de la globalización de los mercados, que parece a muchos el principio mismo de la economía, Touraine nos recuerda que la innovación ha aportado a la economía más recursos y más transformaciones profundas en la historia de la humanidad que la acumulación de capital. Por estas razones históricamente fundadas, los críticos de la noción schumpeteriana de empresario olvidan dar un lugar central a la invención y a la creación en el crecimiento y en las transformaciones económicas que han cambiado radicalmente nuestro mundo.

Al mismo tiempo, Touraine nos recuerda que no es posible pretender construir una sociedad sin referencia a las actividades económicas, porque éstas son los instrumentos de creación del mundo social nuevo. Asimismo, sostiene que la vida económica y la vida social no pueden ser rescatadas más que en su conjunto y en la medida en que los actores se lo propongan como objetivo fundamental.

No hay que olvidar, por lo tanto, que sólo es posible resistir a las lógicas internas de la globalización y de la hegemonía del capital financiero si los principios son transformados en normas y en modos de organización en todos los dominios de la vida social.

En el terreno político, el autor reconoce la insuficiencia de las democracias representativas, debilitadas por la diversificación social creciente de las sociedades industrializadas. Sin embargo, también nos recuerda que en ambos lados del Atlántico, alejados de la esfera gubernamental, se han desarrollado nuevos movimientos sociales y culturales con gran impacto social, como la ecología política, que contribuyen a la construcción de un mundo mejor para la humanidad.

Quisimos que la democracia fuera representativa y estuvo bien que así fuera; sin embargo, actualmente es necesario identificar los intereses que son representables y asegurar que los dirigentes sean efectivamente representativos, más que de los intereses particulares o de su propio interés, del interés general que incluye el respeto y la protección de las minorías. Hay que decir que en ese terreno las democracias han retrocedido, porque las sociedades democráticas actuales ya no están divididas, a diferencia de la sociedad industrial, entre una minoría de dirigentes y una mayoría de trabajadores, sean independientes o dependientes, porque en la sociedad postindustrial dominada por los intereses financieros y regida por las políticas neoliberales, son cada vez mayores los sectores de la población desprotegidos y marginados. Por estas razones, una democracia participativa y renovada sería un primer paso en una buena dirección; hablamos de una democracia cuyo objetivo central sería defender a aquellos que no tienen nada, en nombre de los derechos de todos.

Por lo tanto, la refundación de la vida social debe basarse en individuos que tengan una orientación universal, es decir, capaces de construirse a sí mismos al mismo tiempo que reconocen a los otros individuos, con todas sus diferencias, así como los mismos derechos y la misma capacidad de convertirse a su vez en sujetos. En otras palabras, se trata de construir una sociedad concebida como una casa común, en la que todos sus habitantes sean capaces de asociar el respeto a las diferencias con la construcción de una conciencia universalista de los derechos humanos fundamentales.

En este sentido, se trata de reconstruir al individuo haciendo que confluyan la conciencia privada y la acción pública. Nos alejamos así de la concepción del individuo egoísta que sólo piensa en sus propios intereses, en la acumulación y en el consumo.

Touraine sostiene, haciendo eco de su propia reflexión —que podemos encontrar en su libro Critique de la modernité (1992)—, que para alcanzar un mundo de tolerancia y paz debemos reconocer los principios universales que definen al sujeto humano y la gran variedad de caminos a través de los cuales cada colectividad se transforma. En otras palabras, la modernidad es única, pero hay una pluralidad de caminos a la modernización.

Recapitulando: la crisis es el resultado de la dictadura impuesta por el sector financiero. Por lo tanto, para salir de esta crisis, necesitamos un proyecto de construcción de nuevas relaciones sociales y nuevas instituciones. Los financieros tienen el poder para hacer prevalecer sus intereses por encima de los de la mayoría de la población. Por ello, es necesario construir una sociedad en la cual los actuales dirigentes de la economía sean obligados por el Estado a tomar en cuenta los motores del cambio, que son la innovación y la producción, así como dar respuesta a las necesidades y a los intereses de la mayoría de la población, sin olvidar que la protección de la naturaleza es imprescindible para la conservación de la vida.

Mi principal conclusión tras la lectura del libro de Alain Touraine es que, para recrear una nueva vida social, ésta debe estar sustentada en el reconocimiento de los derechos humanos, entendidos en forma integral, incluyendo los económicos, los sociales y los culturales, por lo que es necesario transformar también la organización política y social mediante reformas que produzcan cambios profundos en la redistribución del ingreso, y en particular la regulación del sector financiero por el Estado. Estas reformas constituyen la condición imprescindible para cualquier transformación significativa.

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