Universidad Nacional Autónoma de México • Instituto de Investigaciones Sociales

v74n1r2Verónica Montecinos y John Markoff (eds.), Economists in the Americas (Cheltenham, Reino Unido-Northampton, MA: Edward Elgar Publishing, 2009).

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Reseñado por:
Carlos Mallorquin

Centro de Estudios del Desarrollo, Universidad Autónoma de Zacatecas.

El libro, organizado y coordinado por Montecinos y Markoff, presenta uno de los primeros relatos que pueden encontrarse sobre la evolución y la transformación de la academia en materia económica en el continente “americano” de la posguerra. Se incluyen siete estudios de caso: Argentina (Glen Biglaiser), Brasil (Maria Rita Loureiro), Chile (Verónica Montecinos), Colombia (Luis Bernardo Flórez Enciso), México (Sarah Babb), Estados Unidos (Marion Fourcade) y Uruguay (Adolfo Garcé), con una amplia introducción y un epílogo.

En este caso, vale la pena iniciar con el epílogo. En este último texto del libro se exponen tres hipótesis que explicarían las transformaciones institucionales y discursivas en la formación y evolución de la economía como disciplina en el continente “americano” después de la segunda guerra mundial. Una de ellas menciona la importancia de la “hegemonía de los Estados Unidos en la época posterior a la guerra fría” (p. 310); la segunda juega con la idea de que no se trata tanto de la “dominación estadounidense en la economía”, sino del “creciente rol profesional de los economistas”, simultáneamente a la “dominación dentro de la profesión de una economía forjada en los Estados Unidos” (p. 312), o lo que se ha llamado la “americanización de la economía”; y finalmente, que la mutación forma parte de ese proceso de “globalización” donde la “internalización de la economía” (p. 312) es una de sus consecuencias.

El libro destaca los orígenes y la construcción de la economía como profesión a lo largo del siglo XX, describiendo las variadas estrategias para diferenciarse de las facultades de la “contaduría”, en algunos casos, y del “derecho”, en otros. Sin embargo, no cabe duda de que el término más adecuado para describir las transformaciones de los últimos 25 años es “domesticación” del pensamiento económico, y no sólo en América Latina, “disciplinando” a la academia con lo que el libro designa como mainstreaming.

En el último cuarto de siglo, el perfil y la incorporación del estudiante tanto a nivel de grado como de posgrado, y de los académicos potenciales, se construyen a partir de variadas estrategias, entre las cuales está elevar el rigor de las técnicas cuantitativas; ampliar su lugar en el currículum; erradicar la historia del pensamiento económico; priorizar los supuestos del comportamiento de los agentes productivos establecidos en las ideas neoclásicas; financiar los estudios de los latinoamericanos en los centros estadounidenses, donde reina el pensamiento neoclásico; eliminar las discusiones sobre las nociones de bienestar social que no tengan como punto de partida al agente individual; menospreciar la participación de entidades como el Estado, o el gobierno, en la construcción económica de las naciones.

En algunos casos, la narrativa del libro reduce mucho de este campo discursivo a las confrontaciones entre los partidarios del “mercado” y los del “Estado” (Sarah Babb, México; Glen Biglaiser, Argentina). Señalo esto por si con ello se alude al estructuralismo latinoamericano, perspectiva que en parte proponía la construcción de instituciones que generarían el “mercado”. Esto muestra que el libro no tiene como objeto principal el análisis pormenorizado de las estrategias y políticas económicas de los últimos tiempos; más bien, busca describir, comprender, aquello que Verónica Montecinos llamó la “hegemonía” y la “ubicuidad” del economista en sus primeros trabajos. Al parecer, la transformación de una profesión hasta cierto punto marginada mediáticamente hasta la década de los años sesenta supone o requiere de una explicación a partir de la sociología de las profesiones. No son solamente los gabinetes de los gobiernos los que van siendo ocupados por “economistas”, sino que gran parte de los sectores sociales, políticos y corporativos los emplean. A dicho proceso se agregan las instituciones intermedias entre el público, las universidades y los procesos de socialización, como serían los think tanks (de todos los colores), que transmiten “la palabra” a los lugares más recónditos del planeta, así como una serie de revistas y centros de investigación locales que retroalimentan a la disciplina, que requiere de la difusión del proceso de unificación de la academia y del perfil del profesionista. Por lo visto, existe un amplio espacio para desarrollar, amplificar y criticar la noción del “capital cultural” de Bourdieu, aprovechado únicamente por Montecinos y Markoff.

No quiero decir que las hipótesis sobre la hegemonía estadounidense en la economía no sean muy importantes. No debemos olvidar que la domesticación del pensamiento económico se sufrió tanto en las universidades anglosajonas como en las latinoamericanas. Todo aquello que no trataba con la “teoría del juego”, o el rational choice, fue marginado; los llamados institucionalistas (me refiero a la tradición de Veblen y Commons en el pasado y de G. Hodgson de manera más reciente) perdieron su lugar en la academia, al igual que los “estructuralistas” en América Latina, pero todo esto también puede explicarse con la propia tergiversación o “corrupción” del pensamiento de Keynes en la afamada “síntesis neoclásica”.

El libro muestra de manera fehaciente que los discursos son importantes y reflejan las reglas del juego político o, sintéticamente, del “poder”. El vocabulario de la economía y sus seguidores, adeptos y lectores, se refleja en los cambios institucionales y en la aparición de nuevos centros de enseñanza con o sin apoyo estatal (como sucede en el caso de México). En otros países, el apoyo corporativo y el universitario estadounidense para transformar la academia y cambiar los ejes de la discusión y su vocabulario han sido enormes (como en Chile), lo que se explica en parte por las estrategias para contrarrestar el pensamiento económico en un país que alberga a una de las instituciones más importantes de la Organización de las Naciones Unidas: la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). En otros países es tan insignificante la inversión extranjera (como lo es en Uruguay) como para transformar la academia. A su vez, el vocabulario teórico no ha sido importante en las políticas económicas; Colombia presenta un caso desesperadamente apolítico, al igual que sucede con Estados Unidos. Por fortuna, la academia y las instituciones gubernamentales presentan en Brasil una lucha constante por el vocabulario teórico y las consecuencias de las políticas neoliberales a lo largo de toda su historia, con o sin manu militari.

Esto refleja también que, a pesar de todo, los deseos e intenciones de los agentes involucrados en la “disciplinación” (perdón por el término) de la academia, tanto en Estados Unidos como en la región latinoamericana, existen lugares y estrategias que revitalizan las diversidades culturales específicas que permiten repensar tanto la academia de economía como sus discursos sustantivos. La idea de que en América Latina existe una “convergencia” ineludible con la academia estadounidense no es un caso cerrado, como bien lo señalan Montecinos y Markoff.

Los autores del libro no lo presentan como uno de experimentación comparativa, pero es muy útil para pensar la evolución de la academia de economía en otros países y profundizar en algunos aspectos teóricos más sustantivos. Esto hay que subrayarlo porque en América Latina el pensamiento económico generó una serie de construcciones teóricas que vale la pena rescatar y que dos generaciones de estudiantes no tuvieron la oportunidad de conocer por los cambios en la profesionalización de la economía descritos en el texto.

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