Universidad Nacional Autónoma de México • Instituto de Investigaciones Sociales

Max Weber’s critique of the German historicist tradition

Juan Fernando García Alcaraz*

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*Candidato a doctor en Sociología por la Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco. Universidad Autónoma de Sinaloa. Temas de especialización: teoría sociológica, liderazgo político y neoliberalismo en América Latina. Avenida Universidad s/n, 82000. Mazatlán, Sinaloa, México.

 

Resumen: Max Weber (1864-1920) es quizás el clásico de la sociología que prestó más atención a los problemas metodológicos de las ciencias sociales. A pesar de que sus ensayos metodológicos pueden resultar en ocasiones difíciles de entender, no dejan de generar fascinación en los especialistas, debido a la agudeza mental con la que fueron concebidos. El siguiente artículo analiza una faceta un poco olvidada de los ensayos metodológicos weberianos, esto es, su crítica a la tradición historicista alemana.

Palabras clave: historicismo, empatía, reproducción interior, psicologismo, intuicionismo

Abstract: Max Weber (1864-1920) is perhaps the classic sociology author who paid the most attention to the methodological problems of the social sciences. And although his methodological essays can sometimes be difficult to understand, they do not cease to fascinate specialists for their intellectual acuity. The following article analyzes a somewhat neglected facet of Weber’s methodological essays: his criticism of German historicism.

Keywords: historicism, empathy, inner reproduction, pyschologism, intuitionism.

 

Los ensayos metodológicos de Max Weber

Max Weber no solamente se interesó en el debate metodológico de las ciencias sociales por la importancia de definir su estatus científico frente a las ciencias naturales, también se vio impulsado a ello por cuestiones prácticas de la investigación empírica. Para cuando Weber escribía sus primeros ensayos metodológicos, ya había realizado importantes investigaciones empíricas en distintos campos de las ciencias sociales. A diferencia de Émile Durkheim, Weber se había formado bajo la dirección de eruditos nacionalistas que seguían de cerca las consecuencias sociales del posicionamiento de la nueva Alemania unificada como potencia mundial en 1871. Tras sus investigaciones sobre los movimientos migratorios en las zonas rurales de Alemania del Este, a consecuencia del fortalecimiento de la agricultura comercial, o sus investigaciones acerca de la bolsa y de intervenciones en la Asociación para la Política Social (Verein fur Socialpolitk), podemos rastrear la genuina pasión de Weber por comprender los problemas candentes que atravesaba la Alemania de su tiempo.

Aun cuando Weber declaró públicamente que se definía como burgués y apoyaba sus valores culturales,1 no dejaba de insistir en la importancia que tiene para el desarrollo de la ciencia social la separación de la esfera de los juicios de valor en la constatación científica de los hechos. En la defensa de este principio tan “trivial” (como tantas veces lo remarcó) se quedó aislado, al igual que le sucedió en numerosas ocasiones con sus actividades políticas. Los mentores y colegas de Weber se habían formado en la gran tradición del historicismo alemán, que tenía sus raíces en la época del romanticismo e incluso en la filosofía crítica kantiana. A esta generación le parecía normal que el profesor tuviera el legítimo derecho de defender y persuadir a sus alumnos sobre sus particulares puntos de vista sobre las cuestiones políticas y sociales. Por el contrario, Weber supo romper con esta tradición en la medida que le permitía clarificar las condiciones adecuadas para la conducción de una investigación lo más objetiva posible en las ciencias sociales.

Esa es la causa por la que Weber escribe una buena parte de sus ensayos metodológicos en polémica no sólo contra los herederos del historicismo alemán, sino también contra autores provenientes de disciplinas en apariencia lejanas a las ciencias sociales, como la estética y la psicología. Pero, pese a lo duras que podían ser sus críticas, Weber solía polemizar de manera “respetuosa”. Es decir, pocas veces descalificó el valor total de las aportaciones científicas de los autores contra quienes polemizaba; más bien, tenía el hábito de explicar que el objetivo de sus comentarios críticos se dirigía a clarificar aquellos puntos que no habían quedado claros del todo, o que habían quedado “lógicamente mal fundamentados”. Además de esto, Weber nunca exageró la novedad de sus propuestas metodológicas y mucho menos las defendió bajo una postura dogmática. De hecho, tendía a reducir la originalidad de sus aportaciones críticas al afirmar constantemente que se limitaba a esclarecer lo que era “evidente por sí mismo en la confusión de problemas metodológicos”.

Esta actitud de Weber se despliega a través de sus ensayos más intricados y complejos, que elaboró después de la recuperación de su colapso nervioso. Su primer ensayo metodológico publicado fue “Roscher y Knies y los problemas lógicos de la escuela histórica de economía”, entregado en tres partes entre los años de 1903 y 1906. Este ensayo fue escrito por encargo de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Heidelberg, en el marco de la celebración del primer centenario de dicha universidad. En 1904 le siguió quizás el ensayo metodológico más famoso de Weber, titulado “La ‛objetividad’ del conocimiento en la ciencia social y en la política social”, publicado en el primer volumen de la Revista de Ciencia Social y de Política Social (Archiv für Socialwissenschaft und Sozialpolitik). En este ensayo, al igual que expone los objetivos de la revista y los presupuestos metodológicos que deben de compartir todos sus colaboradores, Weber desarrolla su propia interpretación rickertiana sobre la formación de conceptos en las ciencias sociales con la exposición de la teoría de los tipos-ideales.

Los sucesivos ensayos metodológicos importantes están relacionados con problemas concretos de la investigación tanto en la disciplina de la historia como en la teoría del derecho y en la economía. En relación con la historia, es el caso del ensayo titulado “Estudios críticos sobre la lógica de las ciencias de la cultura”, publicado en 1906. En cuanto a la teoría del derecho, su ensayo “La ‛superación’ materialista de la historia de Stammler”, publicado en 1907. Por último, en cuanto a la economía, la reseña de un libro del distinguido profesor Lujo Brentano, titulada “La teoría de la utilidad marginal y la ‛ley fundamental de la psicofísica’”, publicada en 1908.

Lo esencial de la concepción de Max Weber acerca de los problemas sustanciales de la metodología de las ciencias sociales se encuentra en los ensayos descritos anteriormente. También revisten importancia los ensayos metodológicos relacionados con el diseño de específicas investigaciones empíricas, como lo ejemplifica su Introducción metodológica para las encuestas de la “Asociación de Política Social” sobre selección y adaptación de los obreros en las grandes fábricas, publicado como libro en 1908, así como su conferencia pronunciada en 1913 ante la asociación y publicada con importantes modificaciones en 1917 como El sentido de la “neutralidad valorativa” de las ciencias sociológicas y económicas.

La literatura secundaria sobre la obra de Max Weber en nuestro idioma ha adquirido tal grado de refinamiento especializado sobre su interpretación crítica, que se encuentra a la altura de los mejores intérpretes weberianos de los países occidentales. Dentro de esa vasta literatura, destacamos las contribuciones del doctor Luis F. Aguilar, quien, en su libro de dos volúmenes titulado Weber: La idea de ciencia social, hace un análisis muy completo sobre la metodología weberiana y las tradiciones intelectuales sobre las que se construyó. Asimismo, destacamos la obra de Rafael Llano sobre Weber titulada La sociología comprensiva como teoría de la cultura, puesto que en ella se explican de forma clara y precisa la metodología y las categorías fundamentales de la sociología comprensiva de Max Weber. Estos dos textos son ya clásicos sobre la metodología weberiana muy pormenorizados y de lectura obligada para cualquier estudiante interesado en el tema.

Si bien Weber nunca expuso sus reflexiones metodológicas en un solo tratado, eso no justifica que algunos autores califiquen la metodología weberiana como fragmentaria o ambigua (Brunn, 2016). Por el contrario, a través de sus ensayos metodológicos se puede rastrear una univocidad en la forma que Weber concebía la lógica particular de las ciencias sociales o ciencias de la cultura, como solía denominarlas.

Algunos autores mencionan la vital importancia que tuvieron las críticas de Weber a la tradición historicista alemana en la constitución de su visión particular sobre la lógica de las ciencias culturales (Winkel, 1977). En ese contexto, este artículo estará encaminado a exponer tales críticas. No obstante, primero abordaremos las cuestiones metodológicas importantes que tenían lugar en la Alemania de su época, para después analizar las críticas de Weber al historicismo alemán.

 

La disputa metodológica en las ciencias sociales: la Methodenstreit

La recepción en Alemania de los principios de la economía política clásica, tal y como fue desarrollada con Adam Smith, David Ricardo y otros, fue hostil por parte de la ciencia económica desarrollada en este país bajo el influjo cultural del romanticismo alemán. En Alemania nunca tuvo lugar la aceptación del principio deductivo del “hombre económico” que postula la conducta económica como determinada por motivos exclusivamente económicos, es decir, de acuerdo con la racionalidad de las necesidades y deseos de los individuos (Shionoya, 2005: 36). Por el contrario, bajo la influencia del romanticismo en la renovación de las ciencias históricas alemanas que tomaban como referencia directa a las obras del gran historiador Leopold von Ranke e indirecta de Friedrich Hegel y Friedrich Schleiermacher, y también de la aplicación del método histórico a la jurisprudencia por parte de Friedrich Karl von Savigny y otros, se puso énfasis en el carácter ético-cultural de la conducta económica del individuo, globalmente configurada por el sistema ético de una determinada sociedad. De esta manera, en la ciencia económica alemana se había establecido el principio inductivo que asumía como presupuesto la conducta del individuo en el ramo económico influida por una especie de “espíritu nacional”; así, se difundió, como tarea primordial de la economía, la investigación sobre la historia de los hechos económicos de la nación.

Bajo este programa de investigación emergió lo que se conoció como la Escuela Histórica de la Economía, cuyos representantes, en la primera generación, fueron Wilhelm Roscher, Bruno Hildebrand y Karl Knies; en cuanto a la segunda generación, liderada por Gustav von Schmoller, fueron Etienne Laspeyres, Karl Bücher, Adolph Wagner, Werner Sombart, Georg Friedrich Knapp y el distinguido historiador económico Lujo Brentano.

Se ha considerado que los fundadores de la Escuela Histórica de la Economía desarrollaron más una filosofía de la historia que propiamente investigaciones sobre historia económica (Menger, 2006: 30). Esto ha sido el motivo por el cual no han sido incluidos en los manuales de historia del pensamiento económico, debido a que desarrollaron muy poca teoría económica (Shionoya, 2001: 55). En cambio, la segunda generación de esta escuela realizó importantes investigaciones de historia económica, cuyas notables contribuciones en muchos campos de esta subdisciplina todavía son apreciadas como valiosas en la actualidad por los historiadores económicos.2 No obstante, aunque esta escuela haya gozado de un amplio reconocimiento en Alemania, también generó críticas en torno a su método inductivo, que llevaba a la investigación de cada etapa histórica de la economía nacional a la que se tenía en consideración, abandonando cualquier iniciativa de desarrollar teorías económicas. Quien se atrevió a poner en cuestión el método inductivo de esta escuela fue el economista austriaco Carl Menger (1840-1921), en su artículo “Investigaciones sobre el método de las Ciencias Sociales, en especial, de la economía política”, con lo que inició la Methodenstreit en las ciencias sociales.

En este artículo, Menger reivindicó el método deductivo de la economía política clásica, dado que permitía la elaboración de una teoría “pura” de la economía con un rango de aplicabilidad general. De acuerdo con el autor, la fragilidad del método inductivo de la Escuela Histórica de la Economía residía en la parcialidad de sus resultados con una limitada generalidad. Por ello, Menger afirmó que la teoría económica tiene la necesidad de establecer proposiciones deductivas a través de un riguroso análisis lógico sin cuyas conclusiones teóricas estén limitadas en tiempo y espacio. Por supuesto, no desestimó la capacidad de la escuela histórica de la economía en la recolección y sistematización de datos históricos. No obstante, su crítica a esta escuela giraba en torno al desmérito que había hecho en la elaboración de teorías deductivas de la economía. En respuesta al desafío del método histórico, Von Schmoller señaló que el método deductivo de la economía carece de contenido empírico, sin conexión alguna con la realidad. Si bien el método deductivo puede llegar a un alto grado de abstracción de la economía, según Von Schmoller, esto es irrelevante para explicar la dinámica específica de cualquier tipo de economía nacional. Por consiguiente, para este autor, el método histórico es el indicado para analizar el proceso por el cual las instituciones económicas se desarrollaron hasta llegar al presente,3 porque la explicación evolutiva de las instituciones económicas no puede ser entendida mediante una teoría “pura” y deductiva de la economía.

La disputa por el método apropiado para la construcción de teorías de la ciencia económica generó un intenso debate que se extendió hasta la discusión del estatus científico de las ciencias sociales: ¿qué hacía diferente al método científico de las ciencias sociales con respecto al de las ciencias naturales? En la Alemania del último tercio del siglo XIX, se experimentaba un asombroso desarrollo de la ciencia que generaba una división y especialización continua de nuevas disciplinas científicas. Esto daría lugar a que se extendiera en la población una noción popularizada de que el método científico estaba determinado por la específica “esfera de realidad” que había sido descubierta, ante lo cual, el investigador tenía la tarea de analizar sus correspondientes leyes inmutables. La aceptación de este tipo de visión positivista de la ciencia y de realismo epistemológico se debió en gran parte al declive del idealismo alemán después de la muerte de Hegel.

El filósofo Wilhelm Dilthey fue quien emprendió la primera definición de la distinción de las ciencias sociales y las naturales. Para este autor, son las diferencias ontológicas en la realidad las que fundamentan la distinción de los métodos científicos entre las ciencias naturales y las sociales. El mundo objetivo de la naturaleza solamente lo podemos captar por nuestros sentidos externos, mientras que en los hechos culturales tenemos la capacidad de captar interiormente el flujo de sus vivencias inmediatas. Por ejemplo, frente a la presencia de un individuo afligido que llora desconsoladamente, por nuestra parte, involuntariamente somos capaces de “revivir” o “reproducir” (Nachbildung) su estado mental y afectivo, y, por consiguiente, de “comprender” (Verstehen) su aflicción. Este tipo de conocimiento “intuitivo” de las vivencias internas de las acciones de los individuos y también de los hechos culturales, de acuerdo con Dilthey, es lo que diferencia las ciencias sociales de las naturales:

La naturaleza la “explicamos”, la vida anímica la “comprendemos”. Porque en la experiencia interna se nos dan también los procesos de la vida psíquica, en un todo. […] Este hecho condiciona la gran diferencia de los métodos con los cuales estudiamos la vida psíquica, la historia y la sociedad respecto a aquellos otros métodos que acarrean el conocimiento de la naturaleza (Dilthey, 1951: 197).

El resurgir del idealismo trascendental, bajo la corriente de la escuela neokantiana de Baden, puso en cuestión la validez lógica de la distinción ontológica entre las ciencias sociales y las ciencias naturales. La revitalización de la filosofía kantiana respondió al nuevo reto de explicar las condiciones subjetivas que hacen posible el conocimiento científico frente a la especialización de la ciencia. Siguiendo las huellas de Emmanuel Kant, la corriente del neokantismo reclamó para sí como ámbito propio de su reflexión analítica la teoría del conocimiento científico, polemizando en contra de las posturas epistemológicas naturalistas o psicologistas. En este tenor, el filósofo alemán Wilhelm Windelband, en su discurso rectoral de 1894 en Estrasburgo, Alemania, objetó la división de las ciencias planteada por Dilthey bajo premisas ontológicas, afirmando que, aunque el historiador tiene la ventaja de “revivir” o “reproducir” en su interior los hechos culturales, esto no justifica dicha división, pues el conocimiento interior de las vivencias no se puede validar lógicamente como conocimiento científico (Köhnke, 2011: 357).

Sin duda, la reproducción interior de las vivencias culturales es un tipo de conocimiento distintivo de las ciencias de la cultura, pero para que pueda ser cualificado como conocimiento científico debe de satisfacer ciertas premisas de validez lógica, de modo similar a como ocurre con la validación del conocimiento en las ciencias naturales. Al igual que Kant, Wildenband explicó que la validez lógica del conocimiento científico no se justifica por su relación directa con cierto nivel de la realidad empírica, sino con los estándares de la “conciencia normativa”. La realidad es una sola e indivisible, por lo que nunca podrá ser comprehendida en su totalidad por las categorías conceptuales. Por lo tanto, para Windelband, no son los fundamentos ontológicos lo que diferencia a las ciencias entre sí, sino la construcción de sus intereses cognitivos validados normativamente. Para el autor, existen dos estándares absolutos que posibilitan la validación del conocimiento científico en las ciencias: el nomotético y el ideográfico.

El tipo de conocimiento nomotético es aquel que no tiene ningún interés en la individualidad de los eventos de la realidad concreta. Si en dado caso el dato individual adquiere relevancia para su análisis científico, es debido a que puede ser representado como tipo, un ejemplo de un concepto genérico o un caso que pueda ser subsumido bajo una determinada ley general. Es común que este tipo de conocimiento sea generado principalmente en las ciencias naturales, ya que su objetivo primordial es la explicación de la naturaleza en un sistema de leyes generales, que den cuenta de las regularidades nomológicas que gobiernan todos los eventos de la realidad concreta. Por el contrario, el tipo de conocimiento ideográfico intenta averiguar las características singulares y concretas de la realidad empírica, así como la explicación de las propiedades distintivas de algún determinado fenómeno en sí mismo. Para Windelband, por lo general este tipo de conocimiento es generado en las ciencias históricas,4 aunque también puede ser generado en las ciencias naturales. Por ejemplo, desde el punto de vista de las ciencias biológicas, el análisis científico de los organismos es explicado bajo leyes generalizadoras, mientras que a la historia natural le interesa explicar científicamente el proceso evolutivo de los organismos vivos en sus características distintivas y únicas a través de la historia.

Debemos tener en mente que esta dicotomía metodológica (nomotético/ideográfico) solamente clasifica modos de investigación, no los contenidos del conocimiento en sí mismo. Es posible —y de hecho así ocurre— que los mismos sujetos sean el objeto de una investigación nomotética o ideográfica (Windelband, 1980: 175).

En conjunto, para Windelband, las diferencias metodológicas entre las ciencias sociales (o del espíritu) y las ciencias naturales no son ontológicas, sino que radican en las propiedades analíticas que orientan su investigación científica. Estas conclusiones teóricas serían ampliadas por el filósofo Heinrich Rickert, en su famoso libro Los límites de la formación de conceptos en las ciencias naturales. En este libro, Rickert analizó en profundidad la peculiaridad de la construcción de conceptos en las ciencias históricas o ciencias de la cultura, teniendo estas ciencias como presupuesto epistemológico la imposibilidad de construir teorías que reflejen o reproduzcan la realidad en su totalidad.

Rickert sigue en este sentido las reflexiones epistemológicas de su discípulo, Emil Lask. Para este filósofo, siguiendo a Johann Fichte, el flujo de la realidad concreta es una única e indivisible entidad que se despliega en un permanente hiatus irrationalis, es decir, en un continuo heterogéneo que se extiende infinitamente. Según Lask, el idealismo trascendental desarrolló dos posturas epistemológicas de aproximación cognitivas ante la irracionalidad de la realidad concreta: la lógica analítica y la lógica emanacionista. De acuerdo con este autor, la filosofía de Kant representa la lógica analítica, mientras que la lógica emanante tiene como representante la filosofía hegeliana (Beiser, 2011: 446). Para esta segunda postura, las categorías conceptuales tienen una relación directa con la realidad, esto es, el movimiento de los fenómenos individuales personifica el contenido de los conceptos. De esta manera, la realidad es deducida desde las categorías conceptuales, y éstas llegan a ser una “realidad superior”. Por su parte, Rickert rechaza esta postura epistemológica y concuerda con la lógica analítica en que las categorías conceptuales son aspectos artificialmente construidos de la realidad, con el fin de analizar en una unidad coherente los elementos de la realidad que existen de una manera difusa o inexpresiva.

Entonces, para Rickert, el problema que enfrentan las ciencias de la cultura o históricas es el modo de abstracción de ciertos aspectos de la realidad cultural para la construcción de categorías conceptuales que nos permitan darle inteligibilidad. Para ello, se debe encontrar un principio de selección metodológica que no sea llevado ni por azar ni a capricho del investigador, sino por una “relación a valores” (Wertbeziehung). A diferencia de Windelband, Rickert desarrolló un concepto empírico de los valores afirmando que, para la Wertbeziehung, los valores “siempre son tomados de la vida cultural o de los valores culturales”. Es por esto por lo que el concepto de valor en las ciencias empíricas se distingue de aquel concepto de valor desarrollado por la corriente neokantiana de la escuela de Marburgo, debido a que las ciencias de la cultura sólo tienen como meta el análisis de los valores culturales que poseen un reconocimiento general en una determinada comunidad de individuos.

En lo que concierne a los valores generales factualmente reconocidos, el concepto en sí mismo implica que son valores de una comunidad humana. Incluso cuando nosotros reconocemos un valor como generalmente normativo, sin embargo, este valor siempre será validado por una comunidad real de seres humanos (Rickert, 2009: 131).

Por lo tanto, la tarea del investigador de las ciencias culturales es seleccionar un aspecto de la realidad histórica y relacionarlo con un valor determinado que haya tenido o tiene reconocimiento general en alguna determinada comunidad. Al hacer esto, el historiador convierte cierto segmento de la realidad en objeto de conocimiento, es decir, en un individuo histórico provisto de significado cultural. Pero la relación a valores es solamente un procedimiento formal que permite al historiador conocer los hechos singulares y concretos de la vida cultural. No obstante, Rickert acepta que la cultura pueda ser comprendida bajo conceptos generalizadores de la ciencia natural, pero siempre y cuando se tenga en cuenta que su uso tiene el límite de fungir sólo como un medio para el conocimiento individual de la vida cultural y no para señalar sus “fuerzas ocultas” o sus “tendencias inevitables” (Rickert, 2009: 180).

La propuesta metodológica de Rickert recibió críticas, como la del filósofo Alois Riehl, quien había señalado que poner la realidad en relación con valores es lo mismo que “valorarla”. Ante esta crítica, Rickert señaló que la relación a valores es un procedimiento lógico que se mantiene en el terreno de la constatación de los hechos y que permite distinguir los hechos esenciales de los fenómenos culturales.

De todos los autores que hemos revisado brevemente dentro del contexto de la Methodenstreit, la filosofía analítica de Rickert tuvo un impacto mayor en las reflexiones metodológicas de Weber, aunque hasta cierto punto. Weber aceptó el principio metodológico de la relación a valores como la principal filosofía epistemológica de las ciencias sociales, pero rechazó la intención de Rickert de establecer un sistema de valores de carácter supra temporal a partir de los valores existentes en una sociedad determinada. Rickert mencionó que Weber nunca estuvo interesado en cuestiones puramente epistemológicas, y mucho menos en los problemas de la filosofía académica. Nunca tuvo la intención de comentar como experto en problemas de la epistemología, sino en la medida en que ellos ofrecían nuevos “puntos de vista” para la lógica de la ciencia de la cultura. Años después de la disputa por el método, el autor catalogaría los trabajos metodológicos de Weber como producto de un “lógico empiricista” (Rickert, 2009: 8).

 

La crítica de Weber hacia la Escuela Histórica de la Economía

En la cuarta edición de la obra de Rickert que hemos citado, escribió que durante el comienzo de su carrera universitaria en Friburgo, Weber le había mencionado sus dudas en cuanto al método ideográfico propuesto por Windelband para la disciplina histórica, porque lo consideraba fundamentado por nociones estéticas. De hecho, Weber no consideraba posibles las intenciones de Rickert en desarrollar una lógica de la historia, hasta que le entregó en 1902 los dos capítulos finales de su obra, que tratan sobre la formación de conceptos históricos y de la objetividad histórica. Desde entonces, Weber se convenció de que “el método conceptual de la ciencia de la historia puede ser correctamente caracterizado como una ciencia individualizante de la cultura” (Rickert, 2009: 8). A partir de entonces, Weber desenvolvió su propia lógica de las ciencias sociales en polémica contra los principales historiadores de su tiempo.

Como lo hemos mencionado arriba, la Escuela Histórica de la Economía era la principal escuela de economía en Alemania. Incluso es común ubicar a Weber como perteneciente de la generación “más joven” de esta escuela (junto con Werner Sombart). La escuela tenía estrechos vínculos con el Estado alemán, de una forma distinta a lo que ocurría entonces en Inglaterra. En Alemania, los economistas se caracterizaban por su intervencionismo estatal en el apoyo a las políticas proteccionistas, a la regulación de la economía e incluso al establecimiento de políticas asistenciales, y llegaron a ser conocidos con el apelativo burlón de “socialistas de cátedra” (Kathedersozialisten). Esta generación de economistas alemanes formó en 1872 la famosa Asociación para la Política Social (Verein für Socialpolitik), cuya influencia en el Estado alemán se dejaba sentir en la presión que ejercía contra el otorgamiento de cátedras en las universidades alemanas a todo economista que se inclinaba abiertamente hacia el principio del laissez-faire (Tribe, 1995: 66).

Por supuesto, no todos los economistas de la Escuela Histórica coincidían en todos los puntos de vista económicos, sobre todo en lo que tiene que ver con la formulación de políticas proteccionistas y asistencialistas. Por ejemplo, Weber, quien había realizado, por encargo de la Asociación de Política Social, una investigación sobre las condiciones agrícolas en la Alemania del Este, se había manifestado en contra de las políticas proteccionistas de los precios de los granos alemanes. Según su punto de vista, esta política fortalecía a una decadente clase de terratenientes (Junkers) que se negaban a reajustar sus propiedades bajo las nuevas condiciones del mercado mundial, debido a que ello ocasionaría su declive como estrato social privilegiado económica y políticamente en el reino de Prusia (Bendix, 2000: 57). A pesar de esta y otras posturas críticas en torno a las políticas económicas del segundo Deutsches Reich, la corriente conservadora de la Escuela Histórica de la Economía era la predominante entre los economistas alemanes. En ese contexto tendría lugar la crítica de Weber a dicha escuela, que giraría en torno a los primeros trabajos programáticos de Wilhelm Roscher y Karl Knies.

 

La crítica de Weber contra Roscher

Tal y como lo dijimos al comienzo de este artículo, Roscher fue quien introdujo la aplicación del método histórico a la economía política. Lo hizo con la publicación en 1843 de un panfleto de 150 páginas, Grundiss zu Vorlesungen über die Staatwirschaft nach geschichlicher Methode (Conceptos fundamentales de las lecciones sobre la Economía del Estado, según el método histórico). Básicamente, al introducir el método histórico en el análisis económico, Roscher le proporcionaba dimensión social a la economía política clásica. Pero esta innovación estaba cargada de amplios objetivos ambiguos, puesto que pretendía constituir el análisis económico en sus conexiones con el derecho o la cultura, política, lo social, etcétera, que se han establecido a lo largo de la historia. Roscher creyó que estas conexiones se reducían a leyes económicas básicas, que a su vez se enlazaban con las leyes del desarrollo económico por las que atraviesan las naciones. Según el autor, el desenvolvimiento de las leyes del desarrollo económico está en función de los patrones evolutivos por los que pasan todos los pueblos del mundo, similares a las etapas de desarrollo de los seres humanos: infancia, juventud, adultez, envejecimiento y muerte. Cabe mencionar que Roscher proponía evaluar las posibilidades de desarrollo económico de una nación atendiendo primero a su posicionamiento evolutivo y al de las naciones vecinas, así como a su carácter nacional. De este modo, el economista sabrá cuáles son las políticas económicas adecuadas al patrón evolutivo por el que está atravesando su respectiva nación (Caldwell, 2005: 46).

Como ya lo había notado el economista Gustav Cohn en su obituario sobre Roscher, citado por Keith Tribe, el programa de investigación de la economía propuesto por Roscher era muy difuso como para servir de utilidad para la investigación empírica; por lo tanto, sus proposiciones sobre el “método histórico” que eran citadas por la sucesiva generación de economistas más bien quedaban como enunciados abstractos que como principios fundamentales para la investigación (Tribe, 1995: 69-20). He aquí donde residen las críticas de Weber, quien percibió con mayor agudeza las ambigüedades y contradicciones del método histórico de Roscher. De acuerdo con Weber, en el trasfondo de la aplicación del método histórico en la teoría económica de Roscher se traslucía su romanticismo nacionalista al afirmar que el “espíritu del pueblo” es el fundamento real de las etapas evolutivas del desarrollo de la nación.

Si bien Roscher es cauteloso al aceptar reducir causalmente todos los fenómenos culturales a una simple hipótesis de la existencia de una entidad metafísica (sea Volksgeist o Volkscharakter) que subyace a toda nación o pueblo, no abandona del todo este presupuesto. Según Weber, en el libro de Roscher Principios de economía política según el método histórico, en numerosos pasajes hay afirmaciones en las que se deja ver su creencia en un espíritu del pueblo que impregna toda manifestación cultural de la nación. Con base en esta premisa, para Roscher la labor de la ciencia es desvelar la “esencia” del carácter del pueblo a través del descubrimiento de “leyes” causales de los fenómenos culturales.

La crítica que Weber hace al método de Roscher ahonda más cuando analiza su propuesta lógica del uso del método comparativo para el desvelo empírico de la “esencia” del pueblo, y así formular teorías generales de validez universal (Hennis, 1987: 40). El objetivo de Roscher es llegar a teorías generales lo más abstractas posible, de tal manera que sean capaces de explicar causalmente la vasta realidad concreta. Esto tendría como consecuencia, según Weber, que la individualidad de la realidad concreta o los simples hechos históricos resulten irrelevantes frente a la necesidad de perfeccionar las teorías generales. De acuerdo con Weber, la realidad empírica y concreta nunca podrá ser explicada exhaustivamente en su causalidad “legal” mediante teorías muy abstractas y generales, y mucho menos si las ligamos con patrones evolutivos. Por consiguiente, según Weber, el uso del método comparativo solamente tiene como fin analizar las características individuales de los fenómenos culturales en su singularidad cultural. Asimismo, se debe aceptar como premisa que la realidad concreta es infinita y cualquier ordenamiento conceptual de ella siempre será “insuficiente”.

Para Weber, las leyes o los conceptos nomológicos, en la disciplina histórica y en las ciencias culturales, solamente nos son “suficientes” para nuestros propósitos de conocimientos cuando le damos inteligibilidad conceptual a la realidad concreta, pero no para conocer las entidades metafísicas que subyacen, sino para conocer la individualidad de los fenómenos culturales. Es decir, para conocer lo característico de los fenómenos culturales que nosotros consideramos como significativos.

Los paralelismos (el método comparativo) podrían servir entonces, simplemente, como instrumentos para comparar los diversos fenómenos históricos en su plena individualidad, y la comparación podría resultar útil con el fin de establecer los rasgos característicos de cada uno de ellos… En otras palabras, los paralelismos serían uno entre varios medios posibles para definir conceptos individuales. La cuestión de si y cuándo pueden ellos constituir un medio adecuado al fin es muy problemática, y sólo puede resolverse en cada caso concreto (Weber, 1985: 18-19).

Weber señala que Roscher también fundamenta su método histórico en la lógica hegeliana de la historia. En el sistema conceptual de Hegel, los conceptos tienen una realidad metafísica que se manifiesta a través del devenir histórico. Cada hecho empírico o fenómeno cultural “resulta” del desarrollo metafísico de los conceptos, es decir, el método científico es rigurosamente racional para poder deducir desde los conceptos generales las determinaciones “legales” de la realidad histórica. La crítica principal de Weber en cuanto a esta concepción “emanantista” de la realidad histórica se ubica en que “despoja” a la realidad de toda su concreción mediante la abstracción.

En apariencia, Roscher también critica el método de la dialéctica de Hegel afirmando que no es posible deducir la realidad empírica a través de un raciocinio riguroso. No obstante, como lo señala Weber, Roscher sustituye la lógica hegeliana por una lógica que explica el devenir histórico de acuerdo con los “decretos de Dios”. La dialéctica del devenir histórico, para Roscher, viene impulsada por los motivos y las intenciones de los individuos que han sido decretadas o pre-establecidas por el orden divino.

 

La libertad de la voluntad y la irracionalidad del devenir histórico

En el análisis de Weber sobre el método histórico de Karl Knies, cofundador de la Escuela Histórica de la Economía, aborda un tema que recurrentemente retomará a lo largo de sus ensayos metodológicos: la irracionalidad de la voluntad de los individuos. Knies afirma que la naturaleza específica de las ciencias de la cultura se debe a que la “libertad de la voluntad”5 de los individuos condiciona la irracionalidad del devenir histórico, debido a que sus acciones son “incalculables”. Este es el punto de vista que considera que la acción humana es fortuita y no está sometida a “regularidades”, que no es posible conocer las “leyes” que están detrás de ella. Pero si en el terreno de la ciencia histórica surge el problema metodológico de conocer las regularidades de la acción humana dada la importancia que han tenido ciertos personajes en el curso de la historia: ¿en qué medida los hechos históricos pueden ser imputados a las acciones “creativas” de determinados individuos?

La historia no “descubre” las acciones creativas de los individuos como si fueran propiedades naturales u objetivas de ellos mismos que están dispuestas para ser observadas en cualquier tiempo y espacio. La historia considera como “síntesis creativa” determinadas acciones no porque ha descubierto diferencias objetivas en los hechos históricos, sino porque las ha referido a ideas de valor. Solamente mediante el proceso metodológico de referencia a valores el historiador puede observar y enfatizar la peculiaridad de las acciones de los individuos. Aunque a menudo ocurre, según Weber, que el historiador corre el riesgo de medir por su “valor intrínseco” una determinada acción y juzgarla como irrelevante, mientras otros historiadores consideran que las consecuencias de tal acción han sido “altamentes creativas” en el curso del devenir histórico. O bien, que el historiador juzgue altamente valiosa una determinada acción, mientras otros historiadores han demostrado que dicha acción, en sus consecuencias para el devenir histórico, ha sido totalmente irrelevante por haber perdido su “sentido originario” a través de su mezcla con otros hechos históricos.

Para Weber, la acción humana puede ser calculable de la misma forma que los procesos del mundo físico-natural. La acción humana no contiene en sí, objetivamente hablando, más “elementos” que puedan encontrarse en el mundo físico por los que se pueda afirmar la imposibilidad de calcular la acción. Por el contrario, si observamos la acción humana, veremos su tendencia a “regularizarse”. En las ciencias sociales, Weber señala que existe un “plus” interpretativo con respecto a las ciencias naturales, ya que están posibilitadas de calcular la acción humana a través de la interpretación: no sólo se puede adquirir un conocimiento de las regularidades de la acción humana (saber nomológico), sino que también pueden “comprender” los motivos o las intenciones que la impulsan a actuar. Esta comprensión permite reconstruir un motivo o un complejo de motivos que pueden ser “reproducibles” en la experiencia interior, “y a partir de ello imputarlo con grados de precisión diversos según el material de que dispongamos” (Weber, 1985: 80).

La interpretación racional de la acción humana también debe “comprehender” aquellos elementos irracionales de la misma. Esto es, la interpretación de la acción humana también debe comprender los efectos o influencia que tienen sobre ella los elementos “emotivos” y “valorativos” que la componen. Si, en dado caso, la acción humana está determinada por reacciones “patológicas” que no permitan imputarle algún sentido subjetivo, es allí cuando podemos hablar de la irracionalidad de la acción propiamente dicha (por ejemplo, aquellos individuos que padecen de serios problemas mentales). Para la comprensión de esta especifica acción humana irracional, Weber afirma que el investigador tiene que apoyarse en aquellas ramas de las ciencias médicas que le permitan esclarecer las “regularidades” que subyacen en una acción humana “irracional”.

Es incorrecto afirmar que la irracionalidad de la conducta humana está determinada por la libre voluntad o arbitrio de los individuos. Por el contrario, cuando los individuos logran vencer las perturbaciones emocionales o toda coacción física o psíquica en beneficio de la claridad de sus juicios sobre los fines que desean lograr y sobre todo, en la selección de los medios adecuados para llevarlos a cabo, podemos afirmar que el individuo ha tomado una decisión en condiciones de su “libre voluntad”. Por otro lado, si el individuo toma sus decisiones basándose en erróneas interpretaciones de los hechos, de fallas conceptuales o de prejuicios dogmáticos, o que sus decisiones se vean condicionadas por su temperamento o por alguna disposición afectiva, podemos afirmar que el individuo ha tomado sus decisiones bajo condiciones “irracionales”. En este caso, el historiador que analiza las conexiones históricas de las decisiones de los individuos a menudo se topará o se enfrentará con la mezcla de ambos tipos de acciones, ya que, según Weber, ni los hechos históricos son guiados por acciones puramente teleológicas, ni representan una masa de hechos irracionales inconexos (Roth, 2016). Todos los hechos históricos están configurados tanto por elementos racionales como por elementos irracionales de la acción. Por consiguiente, la labor del historiador, en su análisis de las conexiones históricas de las acciones de determinados personajes históricos, es precisamente exponer su contenido racional o irracional, pero no con el fin de valorarlas, sino con la finalidad heurística de comprender las consecuencias que tuvieron ambos elementos (racionales/irracionales) en la configuración de los hechos históricos.

El historiador que desea interpretar las acciones humanas, según Weber, debe abstraerse de las condiciones históricas específicas e identificar los motivos constantes de los individuos. La interpretación del historiador tiene la ventaja a posteriori, frente al sujeto histórico, de interpretar el desarrollo histórico de la acción del sujeto en la forma en que ésta efectivamente se desenvolvió, según las tomas de decisiones más “racionales”, aun cuando no hayan sido consideradas por los sujetos históricos. Para la realización de esta interpretación, el historiador formula “juicios” teleológicos ajustando las acciones históricas de los individuos en las categorías de medio y fin, para vincular la acción con las condiciones que históricamente sucedieron.

Cuanto más libre en el sentido anteriormente indicado sea ésta,6 más accesible será el juicio teleológico y más racional la conexión causal entre el motivo de la acción, la máxima del actor y el resultado del proceso. La ciencia histórica lleva a cabo la interpretación teleológica racional sirviéndose de las reglas de experiencia para determinar las conexiones causales (Weber, 1985: 123).

 

La crítica de Weber hacia el método histórico de Eduard Meyer

Weber no resolvió de forma “definitiva” el problema de la construcción de una lógica objetiva de la disciplina histórica con su crítica del método de la Escuela Histórica de la Economía. Los logros que obtuvo Weber en esta crítica fueron haber despojado al método histórico de presupuestos metafísicos y haber planteado las categorías adecuadas para el “cálculo” de la acción humana. No obstante, volvió a analizar los problemas sustanciales de la lógica de la investigación histórica a la luz del ensayo del gran historiador de la Antigüedad, Eduard Meyer, Sobre la teoría y la metodología de la historia.7

Si consultamos el texto citado de Meyer, en apariencia no encontraremos grandes diferencias con las posiciones de Weber ante la lógica de la historia, porque ambos autores parten de la misma fuente intelectual: la filosofía de la formación de conceptos en la historia de Rickert. El propio Weber afirmó que aceptaba muchos de los puntos de vista de Meyer sobre el método histórico, pero dado que su ensayo es un “informe clínico” de la labor científica del historiador, escrito por un gran historiador, según Weber, es más significativo para la construcción de una metodología histórica “objetiva” aprender de los “errores” lógicos de Meyer que de una comprensión cabal de sus aportaciones metodológicas. La razón de esto se debe a que Meyer intenta establecer una metodología de la historia a través de un examen de los problemas concretos que comúnmente enfrenta el historiador en su praxis científica. Y para Weber, solamente así, resolviendo problemas concretos de la praxis científica, se logra un avance significativo de las ciencias. Por consiguiente, la crítica de Weber no sigue puntualmente todos los puntos abordados por Meyer, sino que se enfoca en analizar aquellas digresiones que habían quedado ambiguas o que quedaron “lógicamente mal fundamentadas”. El resultado es un ensayo de Weber denso porque hace un gran esfuerzo intelectual8 para justificar sus puntos de vista opuestos a los de Meyer, en relación con una fundamentación “objetiva” de la lógica de investigación científica de la historia.

Así pues, uno de los errores lógicos que Weber logra detectar es la incongruencia de Meyer de su definición del hecho histórico. Frente a la confusión que deja al historiador contemplar la vasta infinidad y complejidad de los sucesos del pasado, Meyer señala que el problema de la definición del hecho histórico reside en las premisas que hacen posible interpretar los sucesos del pasado como importantes o característicos:

Es la consideración histórica la que convierte el suceso concreto en destacado por ella entre la masa infinita de sucesos producidos en la misma época, en un acontecimiento histórico. El historiador se plantea por sí mismo los problemas con los que aborda el material histórico; y esos problemas le facilitan el hilo conductor con ayuda del cual ordena los acontecimientos y selecciona los momentos históricos, y, para resolverlos, establece las conclusiones históricas que considera oportunas. El presente del historiador es un factor esencial que no puede descartarse de ninguna exposición histórica, entendiendo por tal tanto su individualidad como el mundo de pensamientos y de intereses de la época en que vive (Weber, 2002: 140).

Con base en la filosofía de la formación de conceptos de Rickert, Meyer sostiene que el historiador siempre será obligado a interpretar un determinado aspecto de la realidad histórica. Ni siquiera en hechos como el arte o la historia de la literatura, por ejemplo, el historiador podrá explicar exhaustivamente todos y cada uno de sus aspectos.9 Meyer menciona también que en cierta medida los sucesos del pasado facilitan su investigación debido a que han resultado “operantes” o “eficaces” en el curso del devenir histórico. Por ejemplo, para Meyer, los efectos de la cultura griega y los hechos de su historia son percibidos en la actualidad, así como el desarrollo de los pueblos que han alcanzado un alto grado de civilización, de manera que los pueblos de baja civilización no adquieren el mismo interés histórico, a menos que incurran en el devenir de la historia y tengan consecuencias importantes en la cultura occidental, como la invasión de los hunos en el imperio romano o de los mongoles en la Europa occidental.

Al respecto, Weber critica que Meyer no percibe la “esencia” de la diferencia de dos operaciones lógicas que ocurre cuando relacionamos un hecho histórico con un determinado valor. En primer lugar, según Weber, una referencia de los hechos históricos a determinados valores no equivale a subsumirlos en conceptos generales como “estado”, “nacionalismo”, etcétera. Según esta posición, no existe una relación de determinados fenómenos con valores, por lo que el punto de vista así formado adquiera una “especificidad individual”. La referencia de algún determinado hecho de la vida cultural a valores ocurre bajo la forma de un juicio de valor sobre dicho fenómeno, que puede ser afectivo o resultado de alguna cavilación, pero que en todo caso no representa la formulación de un concepto sino simplemente un estado subjetivo “individual”. El sujeto se ha formado así una perspectiva particular y específica sobre los hechos: un determinado juicio de valor. En segundo lugar, cuando el sujeto procede a analizar dicho hecho bajo la forma particular y específica en que se lo representa (juicio de valor), se forma un individuo histórico. La categoría lógica del individuo histórico se refiere a la delimitación y selección de ciertos aspectos de los hechos empíricos, que vienen determinados por el juicio de valor del sujeto. Pero no es sino cuando el investigador analiza a dicho individuo histórico en sus condiciones externas o internas, o cuando establece las series causales que lo configuran de un modo particular, cuando el sujeto procede a la formación de conceptos.

Por su parte, Meyer omite la categoría de la individualidad histórica como producto de relaciones con valores cuando afirma la existencia de hechos históricos como “operantes” y “eficaces”. Si bien los pueblos civilizados tienen un gran interés para el historiador, Weber enfatiza que ello se debe a sus posibilidades de relaciones de valor desde las cuales se forman distintos tipos de individuos históricos con los cuales procede su investigación, y no, en cambio, por el hecho que han logrado un alto grado de civilización.10 No obstante, el mismo procedimiento lógico de relaciones de valores tiene validez en la consideración de cualquier pueblo o civilización que no tenga ninguna relación con la civilización occidental (los incas y los aztecas, por ejemplo). De esta manera, para Weber, la configuración lógica de los hechos históricos, cualquiera que sea su tipo, ocurre bajo la relación con valores de la realidad histórica y su delimitación en “individuos históricos”, y no por la deducción de ciertos hechos históricos que han sido “causalmente operantes” en la configuración de la realidad del presente.

 

Psicologismo, intuicionismo y evidencia empática

La obtención de conocimientos históricos no es realizada por una mera deducción lógica en la observación de los hechos empíricos, sino también por la “inspiración” del investigador.11 Weber no considera inútil una investigación psicológica de los fenómenos culturales, aunque advierte del peligro de considerar el factor psicológico como el principal en la configuración causal de los fenómenos. Además, existe el peligro de que el conocimiento adquirido de las condiciones psicológicas de una determinada institución cultural (y sus efectos) sea utilizado por el investigador para explicar la dialéctica institucional de todos los fenómenos culturales. Pese a que Weber admite el valor que tiene la sensibilidad o la intuición del investigador en la interpretación de los fenómenos culturales,12 cuando éste recurra en la obtención de un conocimiento psicológico de los fenómenos culturales, debe evitar codificarlo en un sistema cerrado de leyes abstractas similar al de las ciencias naturales:

El valor cognoscitivo de sus resultados será tanto mayor cuanto menor se esfuerce por conseguir una formulación y una sistematicidad similar a la de las ciencias naturales cuantitativas, puesto que en este caso se perdería la posibilidad de una interpretación comprensible de las formaciones históricas concretas: por tanto, cuanto menos hace suyos los presupuestos generales de las ciencias de la naturaleza (Weber, 1985: 135).

Como bien lo señala Weber, la explicación psicológica de los fenómenos culturales resulta atractiva para el investigador, por el hecho de sentir que su personal interpretación valorativa de los hechos culturales profundiza su “horizonte espiritual”, “volviéndolo capaz de captar y de penetrar posibilidades y matices del estilo de vida como tal, de desarrollar su propio yo diferenciándolo en lo intelectual, lo estético y lo ético y de volver a su propia ‛psique’, por así decirlo, ’sensible a los valores’” (Weber, 2002: 132). Un ejemplo de ello lo constituye la presentación “artística” de los trabajos históricos, cuando el historiador pretende suscitar una experiencia emocional en sus lectores sobre la materia que trata y que no puede o no siente que sea necesario expresar sus conocimientos conceptualmente. Para Weber, ello es justificado en la medida en que la presentación “artística” preste servicios para el historiador en la clarificación de su meta cognitiva. Sin embargo, advierte que la sensibilidad emocional que manifiesta abiertamente el investigador ante el análisis de un fenómeno cultural no está sometida estrictamente a un control y más bien es “inevitablemente desarticulada”. Además, en la medida en que las intuiciones de interpretación del historiador dependan de su personal gusto estético por algún tema determinado, esto hace disminuir el valor de sus análisis científicos:

En ciertas circunstancias, dichas intuiciones pueden tener un valor “heurístico” significativo, pero en otras pueden obstaculizar el conocimiento objetivo, y ello justamente porque ofuscan la conciencia de que la “intuición” está constituida sólo por contenidos emocionales del observador y no por los de la “época” o el artista considerado. En este caso, el carácter subjetivo del conocimiento se identifica con su falta de “validez”, precisamente porque no ha sido articulado conceptualmente y la sensación de estar participando de sentimientos ajenos se sustrae a toda demostración y a todo control (Weber, 1985: 145).

En la época que Weber escribía su ensayo sobre Roscher, autores como Wilhelm Wundt, Hugo Münsterberg, Theodore Lipps o Benedetto Croce creían en la posibilidad de una explicación psicologista de la realidad histórica o de los hechos culturales. Un ejemplo radical de esta posición era Croce, para quien los “conceptos históricos” no tienen validez debido a que la historia está interesada en conocer fenómenos que son siempre individuales y éstos sólo son accesibles a la intuición y no a conceptos que por naturaleza propia son generales y abstractos. Por consiguiente, la historia como conocimiento de las “cosas” individuales sólo puede exponerse como una secuencia de intuiciones, de igual manera a lo que caracteriza al conocimiento artístico. Por su parte, Weber no deja de subrayar la necesidad de conceptualizar lo intuido, indispensable para el desarrollo de las ciencias de la cultura.

Por otra parte, en la comprensión de formaciones históricas concretas, por lo común, el investigador echa mano de la interpretación a través de categorías conceptuales construidas “teleológicamente”. Aquí, el pensamiento teleológico es utilizado con fines interpretativos y no significa una “subrogación” de la causalidad por obra de una teleología. Weber también afirma que existe una distinción lógica entre la causalidad de nuestras categorías teleológicas y el orden causal de los hechos empíricos. La causalidad teleológica sirve para dar univocidad a los conceptos por la selección de aquello que se considera esencial de los fenómenos mediante una referencia a valores. La explicación causal de los hechos empíricos no está determinada por nuestras categorías “teleológicas”, sino por la investigación empírica. Por supuesto, la investigación puede ser guiada por alguna teoría construida teleológicamente, pero el servicio que ésta presta es únicamente analítico y no dogmático.

Weber advierte que a menudo en la investigación no se tiene en cuenta esta distinción lógica entre causalidad teleológica y causalidad empírica (producto de la investigación), como suele ocurrir con el uso de conceptos y definiciones de la dogmática jurídica. En el campo jurídico, es válido que jueces o abogados interpreten la coherencia causal de una determinada ley o estatuto legal con la referencia valorativa hacia la norma “fundamental”: la constitución. Pero en el campo de las ciencias sociales, como la historia, es ilegítimo llegar a una explicación causal empírica del significado que tenía una institución legal (como el matrimonio) en una sociedad determinada en el pasado, solamente ateniéndonos a su definición jurídica.

Por otro lado, la conceptualización de la evidencia “empática” es uno de los problemas constantes en la interpretación de los hechos culturales. En sus primeros escritos, Weber desarrolla su concepción de la evidencia empática por medio de una crítica al concepto de la comprensión objetiva de Georg Simmel. Según Weber, en la vida cotidiana comprendemos no de acuerdo con que aspiremos a lograr una explicación lógica del discurso de los individuos (como pretende Simmel), sino porque queremos llevar a cabo fines prácticos. Rara vez, según el curso normal de nuestras interacciones, nos cuestionamos la estructura lógica del contenido de las actitudes y los juicios valorativos de los individuos con quienes interactuamos. Por el contrario, a menudo nos damos por satisfechos por comprender los motivos o las intenciones de los individuos hasta un punto que consideramos suficiente para actuar “en consecuencia”, y no nos molestamos en indagar detalladamente el contenido “objetivo” o lógico del discurso de los individuos y su relación con sus actitudes afectivas o valorativas al respecto.

La comprensión “objetiva” o “lógica” del significado de las acciones de los individuos propiamente es llevada a cabo por las ciencias comprensivas, porque es un instrumento analítico construido artificialmente para la indagación científica. Por supuesto, esto no significa que durante el flujo real de nuestras interacciones no recurramos a una consciente comprensión “objetiva” del significado de las acciones. Por lo general, esto nos sucede cuando no tenemos seguridad de haber comprendido “inmediatamente”, como ocurre cuando un oficial militar recibe una orden ambigua. En todo caso, el oficial procede a interpretar el significado “noético” de la orden recibida, para actuar en consecuencia. En el curso real de las interacciones, la comprensión objetiva lógica por sí sola carece de significado si no es dirigida al servicio de fines prácticos.

Simmel expresa todo esto con un lenguaje psicologista: “A través de la palabra, el estado de ánimo de quien habla […] se transmite a quien escucha”. En este proceso, quien habla es finalmente excluido y permanece sólo el contenido del discurso, que se graba en el pensamiento de quien escucha. Es dudoso que de esta descripción psicológica emerja con suficiente precisión el carácter lógico de este tipo de “comprensión”: en mi opinión, sería en cualquier caso erróneo —como ya hemos visto— pensar que el proceso del “comprender” se realice sólo en el “conocimiento objetivo” (Weber, 1985: 112).

La “evidencia empática” en la interpretación de un objeto provisto de valor (los fenómenos culturales, éticos, estéticos, intelectuales) no constituye una representación comprehensiva de las relaciones causales de tales fenómenos; más bien, representa la delimitación de una individualidad histórica. A través de esta delimitación, de un segmento de la realidad por referencia a valores, podemos interpretar unívocamente las acciones provistas de sentido, pero sólo aquellas que representan ser significativas para
nuestra investigación. De esta manera, interpretamos las acciones significativas de nuestro objeto, estando siempre conscientes de que esta interpretación no se corresponde con aquello que los individuos “sentían subjetivamente”. En todo caso, nuestra interpretación del significado de los hechos culturales se aproxima hipotéticamente a esto: interpretación que nosotros podemos encontrar de valor en el objeto empírico.

 

Conclusiones

A lo largo del presente artículo hemos descrito los puntos de vista críticos que Weber formuló con respecto al historicismo prevaleciente en su época. Sus críticas no estuvieron orientadas a establecer una nueva forma de filosofía de la historia, como lo afirman algunos autores (Weisz, 2012), sino a despojar a la tradición historicista alemana de sus presupuestos metafísicos, organicistas, evolucionistas y emanantistas. Sin embargo, las obras que realizó posteriormente a sus reflexiones metodológicas, como La ética protestante y el espíritu del capitalismo, no son propiamente históricas, sino que están encaminadas a analizar la singularidad de los fenómenos culturales en la masa de los hechos históricos. El análisis de los fenómenos sociales en su especificidad cultural, tomando en cuenta los hechos históricos, permitiría a Weber constituir tipologías genéticas como la tipología de la burocracia moderna, patrimonialismo, dominación carismática, etcétera, con la finalidad de que sirvieran para la interpretación de los hechos históricos, mas no para ordenar tales hechos en una perspectiva evolucionista, organicista, o para develar el ente metafísico que determina el desenvolvimiento de la historia.

Entonces, siguiendo de cerca las observaciones metodológicas de Weber, se puede concluir que la formación conceptual de los fenómenos sociales no está determinada por lo que los fenómenos llevan adheridos “objetivamente”. Como reiteradamente lo hemos visto con Weber, la realidad se despliega en múltiples e infinitas formas en un hiatus irrationalis, por lo que resulta imposible conocer los hechos culturales en su totalidad. Por lo tanto, el curso del acontecer de la vida empírica no sabe nada de conceptos, y en ella no es posible identificar “objetivamente” el peso de los elementos causales, dado que todos los elementos poseen el mismo grado de importancia en la configuración de los hechos históricos.

Aun cuando pretendamos explicar el flujo de la realidad devenida sin ninguna preconcepción previa de nuestra parte, nuestro análisis meramente descriptivo no agotará la totalidad de las condiciones causales del fenómeno que deseamos explicar, porque además del caos inconexo de nuestras descripciones, no tiene sentido alguno tratar de analizar científicamente los fenómenos por esta vía. Toda formación intelectual de un objeto por estudiar o los problemas científicos que causan debate en una determinada comunidad científica, en principio, devienen de una determinada toma de posición con respecto a los fenómenos de la vida cultural.

Por último, los modelos imaginarios que construye el investigador para evaluar el peso significativo de la trama causal de algún hecho histórico en cuestión proceden únicamente a partir de un riguroso conocimiento empírico. Weber advierte que no debe confundirse el rol que aquí tiene la imaginación del investigador para concebir las relaciones causales con la validez científica de dichos juicios de probabilidad. El curso psicológico del origen del conocimiento científico es independiente de su validez científica, por lo que el investigador, aun cuando se encuentra en la situación de “comprender” empáticamente las acciones pasadas de los individuos, no se libera de la tarea de traducir su comprensión empática en conceptos lógicamente bien definidos y de constatar las hipótesis que se generen con los datos empíricos.

 

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Recibido: 15 de mayo de 2019

Aceptado: 16 de enero de 2020

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